De senectute (relatos de viejos)

http://www.martinezcorada.es/foto_juegos_memoria.htm

LA FOTO

La foto había aparecido en el suplemento dominical de un periódico porque había conseguido no sé qué premio en un certamen. No podía dejar de mirarla, no podía pasar página, como si la imagen me hubiera atrapado y tirara de mí hacia su interior.

Fui a buscar mis gafas para poder observarla con más precisión, últimamente mi vista no es muy buena y los contornos se me desdibujan un poco. Pero no se trataba de nitidez ni de captar detalles, era  la atmósfera lo que me resultaba inquietantemente familiar.

Todavía conservo los recuerdos firmes en mi cabeza y cuando quiero atraparlos y fijarlos aparecen primero como sombras en la niebla del tiempo, un tiempo que puedo ubicar exactamente, hasta ir perfilándose con todos los detalles. Por eso estaba segura de que alguna vez yo había estado en ese porche y había estado mirando hacia fuera precisamente lo que mostraba la foto, pero no podía identificar el lugar ni la época y eso me desconcertaba.

La revista seguía abierta sobre el asiento gastado del sofá y la foto parecía ampliarse hasta fundirse con el entorno, las pareces de un gris desvaído de mi sala de estar, las  anodinas acuarelas de la pared que una vez, hace mucho tiempo, había pintado yo, la ventana donde comenzaba a ponerse el sol…hasta que la ventana se convirtió en el hueco de la puerta de aquel porche desde donde se podía ver el estanque abandonado y los árboles secos con su intrincado ramaje desnudo.

Sentí miedo y sentí frío, me parecía notar el cabello mojado y las mangas del grueso jersey que comenzaba a dejar pasar la humedad. Y supe que me había refugiado allí porque había caído una intempestiva lluvia insertada caprichosamente en una hermosa tarde de sol invernal.

Corriendo desordenadamente campo a través, huyendo infructuosamente de las gruesas gotas,  sorteando los charcos que ya se iban formado en el suelo había  dado casi de bruces con la edificación.

Surgió ante mí como si se hubiera alzado del suelo por su propia voluntad para hacerse presente, como un espectro.

Pero era sólida, con paredes de piedra que resistían el embate de los años y una puerta robusta que cerraba lo que sin duda fueron los corrales en la parte trasera.

Caminé pegada al muro apreciando que solo existían unas pequeñas aberturas, como ventanucos  situados a un cierto nivel del suelo y enrejados con una simple estructura en cruz.

Hasta que llegue al porche. Desde el principio sentí la confortable sensación de estar a cubierto, el porche era espacioso y mostraba con perfecta simetría dos arcos de medio punto que no se prolongaban hasta el suelo, formando así dos huecos de ventana, a ambos lados de uno mayor que constituía la puerta.

Esa disposición convertía el exterior en una especie de escenario  en donde los elementos que podía ver también estaban ordenados armónicamente.

Miraba obsesivamente hacia fuera, había mirado entonces y seguía mirando ahora través de la fotografía, con la esperanza de que el fotógrafo hubiese podido capturar con su cámara lo que se había hecho presente en el hueco de una de las ventanas, en el marco de la puerta, en el borde del estanque, entre los árboles.

Jugando al escondite con la luz y las sombras del final de una tarde de invierno había visto desfilar por aquel improvisado escenario jirones de mi vida pasada y de mi futuro, este que me ha llevado hasta el momento actual en el que la fotografía me ha devuelto a la vieja casa.

Pero ahora no veo nada entre los árboles nI alrededor del estanque, no hay señales, no hay indicios, no hay premonición ni advertencia, no hay imágenes del pasado, solo hay una bella fotografía impresa en una revista semanal.

Traté de averiguar si en las escasa líneas que se dedicaban a la noticia del concurso había alguna referencia al sitio donde se había tomado, pero solo pude conocer el nombre del fotógrafo galardonado sin mención siquiera a su  origen o residencia actual.

Para tentar a la suerte comprobé si figuraba en la guía telefónica de esta ciudad y así fue, una dirección y un número tras el indicador de la profesión: “Manuel Hernández,  fotógrafo, reportajes para bodas, comuniones y otros eventos”.

Marqué el teléfono y esperé, atendió la voz de un hombre ya mayor, sí era Manuel Hernández, el premiado, comencé por felicitarle por el éxito y le comenté si podía ir a su estudio para que me tomara algunas fotos con las que obsequiar a mi familia. Aceptó, por supuesto.

La dirección era la de un edificio antiguo del centro histórico, todavía tenía escalera de mármol con baranda de madera y la garita del portero, ahora en desuso, era asimismo de ese material. No había ascensor pero el fotógrafo estaba instalado en el “principal”.

Deduje que ya no trabajaba mucho, los “reportajes para bodas, comuniones y  otros eventos” los realiza la familia con las cámaras de vídeo digital que todo el mundo usa, manipula y añade efectos sorprendentes y las clásicas fotografías “de estudio” han dejado paso a los álbumes fotográficos que se toman en exteriores.

Manuel quiso informarse de la idea que yo llevaba para las fotos, el hecho de ser ya anciana debió hacerle sentir cómodo porque supuso que no encontraría demasiado obsoletos sus  cámaras  y efectos de iluminación.

No quise mantener por más tiempo la ficción de aquellas supuestas fotos, aunque estaba cambiando de idea al respecto ya que algunos de los retratos que colgaban en las parees me parecían muy interesantes. Todos tenían algo de irreal sin dejar se representar fielmente los rasgos de la persona retratada.

Le hable se su foto premiada, y de la casa de la foto.

.- Yo también había estado allí, le dije.

.- Ah, si, la casa, aquella casa…me respondió

.- ¿Qué vio desde el porche, que quiso fotografiar?

.- La vida, mi vida, pasaba toda por delante de mí, pero no sale en las fotos, en ninguna foto, y eso que hice muchas.

.- ¿Dónde está esa casa realmente?

.- No lo sé, no lo recuerdo, en mi cabeza, solo en mi cabeza.

.- ¿Nadie de los que han ido a la exposición le ha hecho ningún comentario?

.- No, la gente se para a mirarla y todo el mundo parece que recuerda, que le sugiere alguna cosa. Quizás por eso le han dado el premio. Pero nadie pregunta.

.- Supongo que puede estar en cualquier parte, en muchos sitios, para cada uno de nosotros hay una casa como esa en algún momento de su vida, Yo la encontré una vez, una tarde de lluvia, usted la encontró y quiso atrapar su misterio en una foto, quienes la ven ahora piensan que también han estado allí alguna vez, o la han soñado que viene a ser lo mismo.

Manuel me escuchó pensativo pero no dijo nada más. El tema de la casa parecía agotado.

Le encargué un par de retratos míos, para mis hijos. Posé de pie a contra luz, iluminada lateralmente para que no destacaran demasiado las arrugas de mi rostro, y  en escorzo sobre una barandilla de estuco.

Hoy he recibido las fotos, en un gran sobre acolchado. En una de ellas  se me ve  atravesando el arco del porche y en la otra, acodada en el alfeizar de una de las ventanas de la vieja casa.

No es que parezca más joven de lo que soy,  pero yo diría que parezco intemporal y…realmente no sé cómo ha logrado las composiciones si no maneja equipos informáticos y detesta oír hablar del PhotoShop.

Enero 2011

OBJETO SAGRADO

Allí, en el desván, estaba el reclinatorio de mi abuela. Lo había subido mi padre cuando el cura de la parroquia le pidió que pasara a recogerlo porque iba a remodelar el espacio destinado a los Oficios religiosos en un intento de darle mayor participación a una feligresía que día a día iba disminuyendo su afluencia.

Mi padre cargó con el y lo trajo a casa, él presumía de descreído y racional pero no se atrevió a dejarlo junto al contenedor de la basura para que se lo llevara el servicio municipal de recogida de enseres.

Quizás porque recordaba a su madre arrodillada rogando a un dios lejano  para que las cosas fueran un poco mejor en la familia, o porque olía demasiado a cera e incienso y había recibido mil veces la bendición cuando permanecía arrinconado con otros más bajo el púlpito hasta que su dueña lo tomaba, o porque, en el fondo, muy en el fondo lo consideraba de alguna forma un objeto sagrado.

El caso es que acabó en el desván junto a una pared, oculto tras un baúl y un  perchero al que le faltaba un brazo, y nos olvidamos todos de él.

Fue Martín quien lo encontró, dio saltos y le destinó sus habituales calificativos cargados de hipérboles que aplicaba a lo que le gustaba.

Martín era amigo mío, estudiaba Bellas Artes allá por los sesenta y comenzó a utilizar el desván de mi casa como improvisado estudio de pintura. Allí encontraba todo tipo de cachivaches para montar sus composiciones que querían ser arriesgadas y que luego trasladaba al lienzo con la desigual fortuna del principiante.

Yo permanecía a su lado, leía, ponía música y charlábamos cuando su inspiración se lo permitía.

Cuando vio el reclinatorio lo quiso incluir de inmediato a una de sus creaciones, le pareció tan sumamente original y novedoso, un objeto que normalmente no se veía fuera de su natural entorno eclesiástico.

Y entonces me pidió que me desnudara para pintar su más impactante obra: combinar mi juvenil anatomía de diez y nueve años con aquel mueble arcaico, contrastar el símbolo de la religiosidad oscurantista con la imagen de una juventud desinhibida.

No me importó, ya había posado otras veces para él. No me producía ninguna sensación voluptuosa por más que forzara mis escorzos o me colocara en posiciones imposibles, manoseándome a conciencia para ello.

Sabía que él solo se preocupaba de reproducir con sus pinceles el tono y la textura exacta de mi piel, de combinar en su paleta el brillo de mis ojos y de mis labios y de lograr que mi rojizo cabello fuertemente ondulado tuviera en el retrato la misma calidad sedosa y el mismo movimiento que le imprimía el viento que penetraba por el ventanuco o los reflejos cobrizos que aparecían con el sol de la tarde.

Pasamos muchos día ensayando la colocación de mi cuerpo respecto del reclinatorio, me tumbó sobre él, me hizo aparecer aferrada a su respaldo, de pié detrás, delante, arrodillada, acaballada, en primer plano, de espaldas, de perfil. Ninguna de las posiciones conseguía el efecto deseado, el que bullía en su cabeza.

Por fin optó por situarme al fondo, un poco a lo lejos, en semipenumbra, y darle el máximo protagonismo al objeto que tanto le había impactado.

El resultado fue aceptable, mi cuerpo parecía emerger  de una neblina gris azulada que lo envolvía de cierto misterio,  en realidad, había conseguido una estampa religiosa  tradicional, pero con una Virgen desnuda.

Puede que en su cabeza no hubiera podido desprenderse de esa iconografía, con lo que el cuadro carecía realmente de originalidad.

Al menos le sirvió como trabajo de fin de curso para la asignatura de Composición con el que logró aprobar sin mayor gloria, así que el cuadro se quedó en el desván, apoyado en la pared, vuelto de espaldas, junto a lo que había sido el modelo principal de su inspiración.

*********

Hoy lo he vuelto a ver, soy vieja, ya no queda nada de aquella muchacha: mis ojos están rodeados de bolsas azuladas, y mis labios se adornan con una intrincada red de pequeñas arrugas, mi cabello cobrizo se volvió dorado gracias a la atención de mi peluquero y perdió su volumen y su brillo, mis brazos y mis muslos dejaron de ser torneados y rotundos para resultar flácidos y amorfos y mis rodillas acusan los signos de la artrosis.

Sin embargo él permanece igual, ni una carcoma se ha cebado en la caoba brillante de su madera, ni una polilla ha deslustrado la suavidad del terciopelo granate de la tapicería, no está desvencijado y sigue oliendo a cera e incienso.

Indudablemente se trataba de un objeto sagrado.

Abril 2010

SIN CITA PREVIA

 

Mi mujer tuvo el buen gusto de morirse antes de que la convivencia de ambos, atrapada en las pequeñas manías de cada uno, se hiciera insoportable.

Me dejó el recuerdo de una persona afable y sencilla que escuchaba atentamente  mis chismes de la oficina, mientras apoyaba en la barbilla su dedo corazón, invariablemente enfundado en un dedal azul,  a  cambio de que yo escuchara los suyos de toda la familia y amigos con los que nos relacionábamos. Compartíamos así suficientes cosas de las que motivan a una pareja para permanecer junta.

No tuvimos hijos y al morir ella esos familiares y amigos que no habían pasado todavía al estatus de la viudedad me resultaron ajenos.

Por eso, después de jubilarme y comenzar a tener mucho tiempo libre y vacío  consideré que la experiencia vivida con mi mujer era lo bastante positiva para que pensara de nuevo en encontrar pareja.

Tomada esta decisión había que plantearse buscar a la persona adecuada.

Yo soy muy metódico, esto me ha valido el reconocimiento de mis superiores y cierta inquina, teñida de envidia, de mis compañeros, pero ahora, para este particular negocio mío, podía utilizar a gusto mi natural afición a los listados y clasificaciones.

En un folio en blanco, con mi rotulador favorito, decidí confeccionar la lista de los lugares en donde pensaba poder localizar  a mi nueva compañera. Una vez la tuve entre mis manos, comencé a tachar.

Centros Sociales para Pensionistas: no me gustan las bailonas que se emperifollan como adolescentes para encandilar  a los babosos que las miran. Yo no era de esos.

Las “Actividades de Mantenimiento físico” mostraban unos cuerpos decadentes enfundados en chándales de colorines.

Y en los  “Eventos Culturales”, las marisabidillas cacareaban a placer.

Agencias, anuncios en los periódicos, y esa nueva forma de encuentro que es Internet: las citas a ciegas no van con mi personalidad controladora y ordenada. Nadie es como parece ser y yo odio la falsedad por principio.

Por fortuna, observé que uno de los lugares a los que más mujeres de mi edad acudían era el Centro de Salud de mi barrio. Y no eran mujeres achacosas ni con aspecto enfermizo, en general resultaban atractivas, iban bien arregladas aunque discretas y aparecían como mujeres de bien. En fin, lo que yo realmente andaba buscando.

Mi plan era sentarme en una sala de espera tranquilamente, ver, escuchar, captar actitudes, miradas, compostura, y a partir de ahí iniciar una conversación trivial con la elegida.

Y de nuevo elaboré otro listado, esta vez por especialidades médicas, después de copiarlas cuidadosamente del Directorio del vestíbulo, para seguir seleccionando.

Descarté de entrada Oncología por razones obvias, no deseaba quedarme viudo de nuevo; Salud Mental, porque las histéricas, hipocondríacas y depresivas alejan a cualquier persona medianamente sana de su lado, y Ginecología porque supuse que no sería bien acogida la presencia allí de un hombre solo.

Pensé luego en Cardiología, también la eliminé: las personas que padecen del corazón exhiben un buen aspecto en términos generales, pero pueden sufrir complicaciones graves al menor contratiempo y requieren una atención urgente. Ya me veía despertado en mitad de la noche, llamando al servicio de Urgencias y metido en una ambulancia junto a una mujer lívida con una mascarilla sobre la cara, camino del Hospital. No, esto me iba a suponer un  estrés mayor del que estoy dispuesto a soportar.

Neurología, no era tampoco adecuada, porque tiene la particularidad de que los pacientes con parkinsonismo o Alzheimer en sus inicios son aparentemente normales, pero su evolución a largo plazo es realmente dramática. Las imágenes de esos pobres seres que vagan en un estado vegetativo, con una dependencia total, su incontinencia emocional y sus balbuceos me deprimían demasiado.

Digestivo no era para tenerla en cuenta: las mujeres dispépticas son bastante desagradables, no es necesario hacer explícita aquí toda la sintomatología derivada de flatulencias y malas digestiones; observan dietas muy poco apetitosas y, por lo tanto, no se puede compartir con ellas una buena cena aunque sea de tarde en tarde. Podía recordar a las esposas de un par de amigos que se extendían en repugnantes descripciones de sus problemas intestinales como si fueran del máximo interés para la concurrencia, precisamente a la hora de la merienda.

Pasando después a Urología, y a pesar de las marchosas sesentonas que anuncian en la televisión las diversas marcas de empapaderas, no me pareció tampoco la especialidad más atrayente; creo que la incontinencia por mucho que se empeñen esos anuncios es bastante desagradable para una relación en pareja. Yo soy muy escrupuloso con esto de las excretas, ¡qué le voy a hacer! Y tengo un olfato muy fino que me permite percibir ciertos olores inconfundibles.

Me decidí también a no contar con Dermatología, por la sospecha de que bajo la apariencia agraciada de lo que el decoro permite mostrar se ocultasen manchas, pústulas o úlceras,  lo que unido al ancestral temor al contagio que las enfermedades de la piel evocan y que la racionalidad de nuestra cultura actual no ha conseguido vencer del todo, la hacía inadecuada. Imaginar una mujer cubierta de pomadas y apósitos me producía escalofríos.

Reumatología, reunía a bastantes ejemplares femeninos, pero los andares basculantes, las espaldas encorvadas y los dedos engarabitados no resultaban nada seductores.

Quedaron al final dos especialidades para elegir: Otorrinolaringología y Oftalmología.

Y  opté por la segunda, por aquello de que no resultaba sencillo intimar con una persona dura de oído o a la que el audífono le está pitando continuamente.

Nueva lista de opciones en otro de mis folios perfectamente ordenados sobre mi mesa: comencé por descartar a las señoras acompañadas de un caballero. Soy muy respetuoso con la institución matrimonial e incluso con la nueva institución de parejas de hecho. Jamás me entrometería entre ellos-

Y también  había que descartar a las señoras acompañadas de hijos o hijas, vínculos peligrosísimos de interdependencia si aquellos están solteros, o nietos a los que hay que cuidar invariablemente las noches de los sábados y otras muchas entre semana.

Perfil a tener en cuenta definitivamente: señora que acude a consulta sola, con cierto aire de autosuficiencia.

Con esta criba pasé bastantes tardes acomodado en la sala de espera de la consulta de Oftalmología sin localizar a ninguna candidata abordable.

Llegaba hacia las cuatro de la tarde, la temperatura era agradable con la climatización del Centro y los módulos para sentarse medianamente cómodos.

Nadie parecía reparar en mí, los pacientes acudían con cita previa y eran nombrados por la enfermera que asomaba por la puerta provista de una larga lista .

Así, pasaban por delante de mí como en una noria desapareciendo tras la puerta dela Consultapara reaparecer a los diez o quince minutos. Casi siempre observé que las mujeres que se cubrían con gafas oscuras solían salir llevando visibles apósitos en uno de sus ojos, por lo que era lógico que las pacientes acudieran acompañadas, lo que obstaculizaba mi iniciativa de contacto.

Procuraba marcharme hacia las ocho, cuando todavía quedaba algún paciente para evitar que la enfermera preguntase mi nombre y comprobara que no aparecía en su listado.

Durante aquella primavera acabé cogiéndole gusto a las tardes del Centro de Salud, a veces me llevaba un periódico, otras un libro, otras veces miraba por la ventana los macizos de adelfas del patio interior. El ronroneo de las conversaciones en las antesalas de todos los consultorios me adormecía a veces y en duerme vela percibía a la mujer ideal sentada a mi lado, esperando que le hablase. Cuando abría los ojos solía encontrarme en el asiento contiguo a un anciano  de gruesos lentes provisto de bastón, o a una madre de familia con un niño estrábico.

Nunca levanté la mirada hacia la enfermera que hacía pasar a los pacientes, quizá por miedo a que se me dirigiera para marcar con una señal mi nombre o llamarme si fallaba alguno de los citados.

Por eso no me di cuenta de que se trataba de una mujer cercana a los sesenta años, pulcramente peinada con un cabello corto con mechas grises a la que se le percibía, bajo su pijama sanitario, la estructura de un cuerpo todavía firme y que poseía además una simpática sonrisa.

Pero imagino que ella sí me había visto y se había sorprendido ante mi presencia semana tras semana en la sala de espera.

Eran las siete de la tarde de un martes de junio cuando se me dirigió con su voz amable y bien timbrada:

.-¿No tiene cita para hoy, verdad?

.-No, señorita. No se preocupe. Sólo he venido a buscar a un amigo, pero por lo visto él sí ha olvidado la suya.

.-Sin duda todos sus amigos son bastante desmemoriados en estos últimos meses. .-comentó con sorna.

Temí lo peor, temí que me considerara un pobre demenciado que confundía las fechas o las personas, o que tenía la extraña compulsión de acudir a los consultorios médicos. Y esto no me apetecía lo más mínimo. Así que mentí de nuevo:

.-Bueno, realmente preciso una revisión ocular, últimamente  tengo algunas dificultades para la lectura, pero sufro de fobia a los médicos desde niño y vengo para irme  acostumbrando al ambiente.

Traté de hacerla reír con esta chanza.

Pero ella, muy profesionalmente, y dada mi edad, me sugirió que, puesto que aquella tarde el doctor García no tenía mucho trabajo, podía aprovechar para hacerme esa revisión de la que hablaba.

No pude negarme, además ella me gustó, sí, francamente correspondía al perfil de mujer que había andado buscando. Y fui tras ella.

Entré en Consulta, pasé todos los exámenes oftalmológicos de rutina y escuché el diagnóstico:

.-En efecto, está usted en el momento adecuado para que se le intervenga esa catarata del ojo derecho. Quizás no le moleste mucho porque el ojo izquierdo tiene una agudeza visual espléndida para su edad, pero no hay que cansarlo, y usted, la verdad, por el ojo derecho debe ver más bien poco.

Bueno, ya tengo fecha para operarme de las cataratas, fantaseé con la amable enfermera poniéndome cuidadosamente las gotas y escuchando mis quejas de doliente post-operado y me consideré afortunado.

Pero he de ser sincero respecto a la enfermera, pues… sí, es una señora estupenda, me ha tratado de forma impecable, e incluso hemos establecido una cierta relación amistosa, por eso se que es plenamente feliz con su amable esposo, sus  tres hijos y  sus cinco nietos a los que llevan a la pizzería todos los sábados.

Julio.- 2007

DE TODAS LAS PARTES  DEL MUNDO

.- ¿Y dices que cualquier persona puede mandar un escrito y sale ahí?

.- Si, abuela

.- ¿Y  sabes tú eso como se hace?

.- Claro que sé, abuela

Amparo es una vivaracha mujer de 67 años, menudilla y enjuta, que asoma la cabeza por la puerta entreabierta de la habitación de su nieta. Mariam, la nieta, quince años recién cumplidos, tatuaje de una culebrilla en el hombro izquierdo que siempre lleva al descubierto con unas camisetas demasiado largas de mangas y demasiado cortas de cintura, teclea en su PC mientras piensa que vaya idea la suya, cuando se le ocurrió decirle a su abuela que podía encontrar en la red la letra de aquel antiguo romance que le canturreaba de niña:

“Yo me quería casar

con un mocito barbero

y mis padres me querían

monjita de monasterio…”

.- Es que en Internet está todo, abuela. Le había dicho pavoneándose ante el asombro de la anciana.

**********

Desde entonces parece que a su abuela le ha entrado un enorme interés por lo que aparece en pantalla y ronda por el pasillo sin atreverse a entrar en el cuarto, pero Mariam sabe que, en cualquier momento, la va a interrumpir de nuevo con sus preguntas. La abuela siempre fue lista y curiosa, con una curiosidad sana, de persona que se da cuenta de las oportunidades de saber que a ella se le escaparon, y que su nieta tiene tan fácilmente al alcance de la mano y del clic que se escucha constantemente.

Amparo rebusca ahora entre sus cosas. La vieja Enciclopedia Álvarez de Segundo Grado, amarillenta y desgastada aparece en el fondo del armario. Entre sus páginas, una doble hoja de libreta rayada con su letra de adolescente.

El recuerdo de aquella tarde en que el aire se colaba por las ventanas del colegio, cargado del olor a azahar de los campos de naranjos tan próximos se materializó, y se volvió a ver a sí misma con 13 años, su uniforme azul oscuro, cuello blanco, falda tableada hasta más abajo de la rodilla, de pie, frente a sus compañeras, las mejilla arreboladas por la vergüenza y la chillona voz de Sor Patrocinio dela Iluminación  blandiendo su escrito como prueba de la más nefanda tendencia hacia los pecados de la carne.

Después, en el despacho de la Superiora, le fue impuesta la sanción: pasaría arrodillada en la Capilla los recreos todo el tiempo que durase aquella lujuriosa primavera. Y debía romper en trocitos muy pequeños, ya mismo,  aquella hoja de papel.

Entonces, Amparo consiguió conservar en su memoria los versos que ahora releía con una sonrisa, pasmada ante la ingenuidad de contenido:

“Amor, ya reverbera el sol en los jardines

y el alba nace trémula entre la niebla pálida…”

.- Y digo yo, Mariam,  ¿podrías mandar este escrito?

.-¡La host…!, perdona , abuela. ¿Pero de donde has sacado esto?, ¡qué pasada!. Si parece lo del libro de Lengua.

.- Más quisiera yo, dice Amparo por lo bajo, que percibe la descarada influencia de sus lecturas escolares.

.-  Tú calla y lo envías, ¿estamos?

.- Claro que sí, abuela, ¡qué fuerte! Y Mariam no para de reír mientras copia tecleando el antiguo poema de la abuela:

“ …Amor, llego la hora, abandona el refugio de las nieves eternas,

todo te está esperando

 y, vestidos de fiesta,  los campos, los arroyos y las lejanas crestas

te dan la bienvenida… ”

****************

.- ¡Abuelaaaa, abuelaaa, que te lo han colgado, que te lo  han colgado!, grita la chiquilla desde su habitación.

.- ¿Qué dice esta muchacha que cuelga?  Y Amparo acude corriendo a la llamada de su nieta.

En la pantalla hay una fotografía de un amanecer, sobre el que se perfilan  a contraluz las siluetas de unas rosas, ilustrando el texto. Amparo mira, lee, vuelve a mirar la fotografía, y  vuelve a releer sus versos de niña, sentada en la silla ergonómica de su nieta que ahora anda con la oreja pegada al móvil cuchicheando no se sabe qué cosa.

De pronto, la risa todavía fresca de Amparo estalla en la habitación, en su cabeza ha resonado la voz de la Superiora de su Colegio:

.- Y ahora lo romperás para que nunca jamás, nadie, pueda solazarse y pecar con esas palabras y esos pensamientos, impropios de una señorita.

Porque Mariam le ha dicho a su abuela que sus versos los van a poder leer millones de personas de todas las partes del mundo.

Abril 2006

EL ENCAJE

Su vida era como un delicado encaje de bolillos, y la desplegaba suvamente, dulcemente, tratándo de no romper, al hacerlo, la trama sutil con que ella había entretejido los hilos de su existencia con los del tiempo.

Y así, de aquel amarillento tejido, ligero y trasparente, de setenta y cinco años, surgía un esplendor de volutas, hojarasca y rosas, que ella, tan primoromosamente, había guardado para sí misma, lo mismo que había guardado, envueltas y ordenadas, las puntillas y los entredoses que debieron adornar el ajuar de lino y seda que quedó en su arcón.

Y ahora extendía completo el Valenciennes, porque por fín, cuando creía que podía ya concluirlo felizmente, se había quedado interrumpido; cuando la voluta final, la filigrana última, el motivo que podía coronar su labor, trabajada en el silencio de un  corazón de virgen, virgen de setenta y cinco años, se le había escapado de entre sus dedos, roto el hilo, y ya no era posible tejer con él, el último primor.

Y así fue desgranando sus recuerdos, siguiendo aquel hilo invisible con el que había trenzado sus vivencias, desde su infancia de unigénita de cacique rural, infancia simple y monótona, de capilla y huerto, de rosario y aroma de azahar en primavera, de fiesta grande y limonada y pastas almendradas en verano, de procesión y olor dulzón de mosto en otoño, de largas tertulias oliendo a humo de leña de algarrobo en invierno.

Infancia feliz y despreocupada que sugería un trazado de redecilla simple en su encaje de niña, tan sólo salpicado, aquí o allá, de alguna blonda.

Continuaba, luego, con el tejido complicado, difícil, angustiante dela Guerra Civil.El padre, el héroe, el seguro y prepotente, acorralado, escondido, cobarde ante la fuerza de la justicia popular impuesta por aquellos que le habían adulado servilmente sólo unos meses antes.

Huidas, miedos, destrucción y muerte, y su vida, su encaje, trabajado a sobresaltos y ansiedades, continuaba en la ciudad, convertida en un paseo eterno porla Explanadade palmeras, junto a su madre, ya por siempre enlutada y severa.

Ya no azahar en los huertos, ni mosto en el lagar; rentas exiguas que llegaban a través del único aparcero fiel que cada medio año visitaba el entresuelo triste, con sus espejos de pátina oscurecida, su reloj ya sin hora, con varillas eternamente inmóviles en su esfera de nácar, y el terciopelo ajado de las cortinas bermejas casi siempre corridas.

De nuevo el encaje simple, sin filigranas, de apariencia e inocentes mentiras que a nadie podían engañar, a la espera del galán trasnochado que su madre aguardaba, cada día, en aquellos cafés de ciudad provinciana junto al mar, con el sabor dulzón de las pastas de te en los interminables crepúsculos de malva y rojo.

Y seguía tejiendo de rutina cuando sus hilos revolotearon entre sus dedos, los palillos brincaron y la silueta de un sueño se materializó en una rosa roja, olorosas violetas y anémonas multicolores.

En el inicio, tejió sueños con hilos de esperanza, después entretejió la realidad de su presencia junto a sí, a esa edad en que la juventud empieza a diluirse en un indefinible tiempo de urgencia del amor.

El luto de la madre se alivió en un principio, y hasta se abrió de nuevo, olvidado ya el día en que las bayonetas acabaron en las tapias de atrás con la vida de su dueño, la casona del pueblo. Se levantaron fundas empolvadas y las mecedoras del zaguán tejieron a su vez, con su la cadencia, el encaje más hermoso de su vida.

El aparecía porla Calle Mayor, siempre correcto, siempre impecable, siempre caballero al antiguo estilo.

Y otra vez en el encaje se enredaron los palillos y la guirnalda de rosas y laureles se convirtió en corona de aliagas y zarzales.

Alguien trajo el rumor, y después se extendió, y se hizo ya un clamor en el silencio de la siesta dela Calle Mayor.

El mundo del Casino, ruleta y bacará, el terrible devorador de haciendas, de los mejores patrimonios del término, de las heredades más fértiles, de los más florecientes cultivos ocupaban el tiempo de su apuesto galán.

Y la madre se enlutó de nuevo, y la casa se cerró a cal y canto, y volvió el paseo dela Explanaday el terciopelo carmesí del saloncillo a tejerse en su vida, una vez más en un encaje simple y siempre repetido, de cenefa monótona y sabida.

Pero el hilo dorado de unos cabellos rubios y los azules de la mirada tierna de unos ojos siguieron , secretamente, entrelazándose, y creando, de vez en cuando, fantasía de guirnaldas atípicas entre el dibujo, siempre idéntico de aquellos palillos, dóciles a los dedos que iban quedando secos, sarmentados, inhábiles para cualquier caricia, sin tacto para la ternura de una piel, sin respuesta a otros dedos, a otras manos.

Los negros hilos de la tristeza áspera y dura de su madre fueron entonces la chantilly negra que ahoga cualquier otra fantasía de juego en los palillos que ahora cruzaba y entrecruzaba con la misma ritmicidad que pasaban las horas, los días, las estaciones y los años.

De pronto, se acabó el hilo negro en sus calados, su madre había abandonado ya la trama y se sintió, por fin, sola con todos los bolillos en sus manos.

Podía trenzar y destrenzar a voluntad, podía entrelazar a su capricho, podía crear ya punto de Flandes y de Brujas, sin mundillo ni alfileres, incluso.

Y buscó los hilos de oro que se habían tornado de un blanco plateado, y los hilos de azul que eran un poco grises y velados y no le importó incluir en el encaje la locura de formas nunca imaginadas, la novedad de símbolos que no conocía, el sueño tanto tiempo acariciado.

Y ante aquel intrincado laberinto de sus randas, creyó llegado el momento, a sus setenta y cinco años, de dejar de tejer, de vivir al fin sin hilos, sin palillos, sin muestra, sin modelo.

Había al fin doblado la eterna labor de su existencia, olvidándose, al fin de su tejido, pero el hilo de plata de rompió en mil pedazos y el azul se oscureció de golpe a golpe de guadaña.

Por eso me traía ahora aquel encaje, lo desplegaba ante mí tan cuidadosamente, día a día, para no deteriorar su gastado enrejado, señalaba con su huesuda mano cada voluta y cada forma, y me pedía de dónde podía sacar ya un poco más de hilo para seguir tejiendo.

Agosto-93

DE LEJOS, DE MUY LEJOS

—¿Has visto esta foto? Arminda —va pasando las hojas del álbum de cantos gastados.

—Si, doña Amparo, ya la vi.

—Llevo el vestido blanco que tanto le gustaba a papá, ¿ves?, y estoy con mis primos y Tani y la niñera de mis primos que se llamaba Leo. Tani me llevaba ala Alamedaa tomar el sol, ¿sabes quien era Tani?, Arminda.

—No, señora.

—Era mi niñera, se llamaba Estanislaa, pero ella quería que la llamara Tani, había venido de muy lejos, ¿sabes?

—¿De muy lejos?

—Sí, de un pueblo chiquito de la provincia de Teruel, ¡fíjate!, desde Teruel había bajado a Valencia a buscar trabajo…

Y Arminda no sabe muy bien dónde está Teruel, pero calcula distancias y calla.

—Y después de jugar enla Alameda, Tani me llevaba a darle un beso a papá a su despacho de la calle dela Paz, ¿te he dicho que mi papá era Notario?, Arminda.

—Sí, doña Amparo.

—Tenía un despacho muy grande, con vitrinas llenas de libros cerradas con cristaleras de colores y unos sillones de cuero marrón que olían muy bien. Claro que después tuvo que cerrarlo, cuando comenzó la guerra y nos fuimos al chalet de Rocafort, porque papá no quería ir a la guerra, porque la guerra es mala, decía él siempre.

Y Arminda ve uniformes y machetes y sangre sobre la caña de azúcar del ingenio.

—Es mala la guerra, sí, señora.

—Tani se vino a Rocafort con nosotros, claro, pero luego la convenció un novio que tenía y se marchó con él un día en un camión con otras chicas y chicos que cantaban, yo los vi desde la verja del chalet, y como dijo mamá: peor para ella, no llegarán a la frontera de Francia, los matarán antes. No sé si los mataron.

Y sonríe, lejana, mostrando los dientes perfectos de su prótesis.

—Después me casé con don Alfonso, ¿te he hablado de él?, Arminda.

—Sí, doña Amparo.

—Pues ya sabes, era Ingeniero Naval y le conocí también enla Alameda, pero en el baile del Pabellón del Ayuntamiento enla Feriade San Jaime. Íbamos al Pabellón porque mamá tenía un primo que era muy amigo del Alcalde. Pero ya de casada me entró aquella debilidad que me impedía tener hijos, y vino a cuidarme otra chica de lejos, Rocío, que era de la sierra de Córdoba, tenias que haberla conocido, no sabía ni hablar, ¡por Dios!, con aquel acento andaluz tan vulgar.

Y Arminda recuerda sus dulces palabras quechuas que poco a poco se le van olvidando.

—¡Qué desagradecida fue!, cuando ya la desasnamos le pidió a don Alfonso que la recomendara para entrar de limpiadora en una Consignataria del Puerto, total, porque la aseguraban. Claro que la despedimos enseguida, ¡faltaría más!

Y levanta la barbilla con orgullo, y su cuello es una cascada de piel flácida y blanca.

—Luego, las monjitas del Servicio Doméstico nos mandaron a María Antonia, ¡que venía de Coria, allá por Extremadura! Era tan callada que nunca supimos nada de su familia, digo yo que sería inclusera, en aquellas tierras, ya se sabe.

Y Arminda ve pasar un camión de las milicias rebosando de niños con los ojos muy abiertos y las lagrimas secas en sus mejillas.

—Esta se fue tan en silencio como había llegado, dijo que a trabajar en una fábrica textil. O en otros sitios… ¡vete a saber!, porque guapa, sí que era, sí.

Y ríe maliciosa con su voz cascada.

—A final tuvimos que buscar filipinas, ya ves, como teníamos esta casa tan grande y hay una habitación para… bueno, la que tú usas, y casi por la cama las filipinas trabajaban de firme, como que la última tuvo que ocuparse de atender a don Alfonso, que en paz descanse, hasta el final, y eso que el pobre se lo hacía todo encima. ¡Ésta sí que venía de lejos!, ni siquiera sabíamos el nombre de su pueblo. Y ahora tú, Arminda, ¿que de dónde me dijiste que eras?

—De Cali, doña Amparo, en Colombia.

—Ya ves, ¡qué barbaridad!, del otro lado del charco.

—Y, diga, doña Amparo, ¿nunca trabajó aquí una chica valenciana?

—Quita, ¡por Dios!, hay trabajos que son para la gente forastera…

Doña Amparo cierra los ojos, cae la tarde tras los visillos de su balcón, fuera queda la plaza recoleta y tranquila a espaldas dela Catedral, que después se llenará de jóvenes vendedores de artesanía étnica y manteros con cedés pirata, pero doña Amparo, no los ve, no los ha visto nunca.

Arminda va a la cocina, le prepara la infusión de todas las noche, va a su cuarto y recoge sus cosas, las mete en su bolsa de viaje y escribe una nota que dejará en la bandeja, junto a la taza con la manzanilla y el azahar.

Escribe: «Doña Amparo, la próxima muchacha la tendrá que buscar aún más lejos, en el infierno».

Y suavemente, para no despertar a la señora, coloca la bandeja sobre el velador y muy despacito cierra la puerta.

Agosto.- 2007

CAFÉ DE LA PLAZA

Por fin, la mesa se ha quedado vacía. La ocuparon todas las noches, durante el verano, eran muy jóvenes y reían sin parar; ahora,  su risa se ha quedado  colgada de las estrellas. Eran muchachos y muchachas venidos de otras tierras,  y  quizás no volverán el año próximo.

El cielo de  la noche de verano, en el mediterráneo, nunca llega a ser del todo negro, sino de ese azul profundo que los luceros permiten ver. El cielo de la noche de verano te reclama para que no te duermas hasta que comience a rayar el alba por detrás de la línea recta del horizonte, y la luna del amanecer compita con el sol, iluminando la superficie de oro blanco que es el mar en ese momento. Y ellos esperaban ese instante mágico, sentados allí. Hasta que se marchaban a la orilla del mar, y estrenaban las olas  estrenando el nuevo día.

Pero ha llegado septiembre y la terraza del café de la plaza, otra vez se ha quedado silenciosa. Ahora puedo bajar y sentarme en su mesa, en mi mesa, recoger el sonido de su voz, el de ella únicamente, destacando por encima de los gritos, y de la algarabía restante, la cadencia de sus palabras, en una lengua que no comprendo, y el tintineo de sus carcajadas abiertas y francas.

La he estado contemplando desde mi ventana, esa que ha permanecido iluminada a la derecha, en la segunda planta, durante todas las noches, mientras trataba de hilvanar una conversación imposible. La conversación que ahora, sentada en su mesa, en mi mesa, mantendré con ella todo el invierno.

Los camareros se deben haber extrañado de no verme aparecer por el café, durante estos meses. Se habían acostumbrado ya a mi presencia silenciosa, en esa mesa de la esquina, frente a una  copa de ginebra, que ritualmente reponen en cuanto me la bebo, hasta que mis ojos se cierran y cruzo la calle hasta mi habitación. Sin estruendo, extrañamente en paz.

Pero aquella primera ocasión en que la vi ocupando el sitio que habitualmente he ocupado yo, durante el invierno, me hizo retroceder sobre mis pasos hasta refugiarme en la casa y observarla por la ventana.

Me atrajo su voz, únicamente su voz, sin entender sus palabras en idioma extranjero, y me atrajo que fuera tan igual a mi, a su misma a su edad,  su mirada cargada de ilusión, su alegría llena de seguridad, su confianza en el mundo.

No quise que me viera, quizás también ella percibiera, como lo percibí yo, que somos iguales, y que tanto como ella es mi pasado yo soy su futuro, y encontrara en mis ojos apagados, en mi rictus de tristeza, en mi soledad,  y en mi expresión esquiva y desconfiada las huellas del tiempo, que pueden  convertir a un ser humano en la sombra doliente de lo que  fue.

Hubiera querido prevenirla, contarle, sin palabras, como haré durante este largo invierno, mi vida,  que puede ser su vida. Pero, ahora…. no hubiera sido capaz de destruirle el recuerdo feliz de este verano, que ya nadie puede arrebatarle.

Enero.- 2004

CANICAS DE COLORES

 

Luisa había llegado a casa de Vicenta, era media mañana y había recorrido las pocas calles que la separaban de la suya lo más rápidamente que había podido. Sabía que, a aquella hora, su amiga estaría sola, cuando toda su familia había salido a cumplir sus obligaciones y era ella únicamente la que permanecía fuera del engranaje. Ella, Vicenta, lo mismo que Luisa, lo mismo que Paca que Tomás y que Tono, los demás del grupo que no tenía trabajo, ni un sentido en su devenir.

.- ¿Lo conseguiste?, fue la frase de bienvenida de Vicenta al ver entrar a su amiga.

.- Aquí oo traigo, me lo pasó Tono ayer por la tarde en  la clase de dibujo , pero tengo miedo, nunca lo hemos probado, ¿qué nos ca a ocurrir?. Y Luisa le mostró unos diminutos comprimidos blancos envueltos en un kleenex que llevaba muy apretados en su mano que temblaba un poco.

.- Es bueno, Paca aguanta con esto desde hace más de un año, y por eso sigue con su familia. Si no, ¿de dónde?, ya se habría ido. Te olvidas de todo y no te importa demasiado si te quedas sola o si no se preocupan para nada de tus problemas.

.- Es bueno, dice Paca que te va entrando como un cansancio, pero que no pesa, que estás al contrario, como flotando, y todo lo que ocurre a tu alrededor parece tan lejano, tan lejano…

.- Pero, ellos, nos lo notarán, ¿no?

.- ¿Ellos?, y ¿crees que les interesa algo de nosotros, creen que ni siquiera nos miran cuando entran en casa?

.- Es verdad, vamos a tu cuarto, ¿hay que tragarlo o lo machacamos?

.- Creo que es mejor con algo de vino, no sé, de anís o de jerez, o de lo que encuentres por ahí en el aparador o en la cocina.

Vicenta y Luisa están sentadas al borde de la cama, han encontrado un vino dulce y cada una ingiere su dosis como en un ritual solemne, mirándose con complicidad con una ráfaga de temor brillando en sus pupilas donde también se aprecia un infinito hastío, un pasar de todo, un aburrimiento de aquella vida que no les entiende, que las mantiene allí, inactivas y solas a las once de la mañana de un hermoso día de invierno en que el sol entra rabiosamente por las ventanas.

Vicenta corre las cortinas, su silueta se tambalea un instante a contraluz y empieza a reír con una risa hueca, cascada y rota.

Luisa tiene sueño y se deja caer sobre la almohada, cierra los ojos y un mundo de colores difuminados, el sol a través de sus párpados cerrados, la va desconectando de la realidad.

Vicenta termina su risa en un llanto pueril de lágrimas vacías y busca una pequeña butaca desparejada que está allí, en su cuarto, desde no sabe cuando, se derrumba sobre ella y una náusea le sube desde estómago hasta la cabeza. Después, empieza un sueño en el que hay un camino largo por donde corre y corre y, más tarde, se hunde en el mismo paraíso que su amiga.

Paca fue la única que lo notó, en su casa había un mal rollo y procuraba estar fuera el mayor tiempo posible; en su casa se hablaba de divorcio y del reparto de la familia lo mismo que del reparto de los bienes muebles e inmuebles. Paca buscaba donde vivir por su cuenta, pero los alquileres le eran inasequibles y pasaba muchos ratos en casa de Vicenta, cuya familia trabajaba a tope y en donde podían estar solas a gusto, en su mundo.

Cuando Paca se dio cuenta de que ellas también lo habían ya probado les previno:

.- Cada vez está más dificil el tema, para conseguirlo hay que andarse con tiento cambiar de barrio, aquí ya no te lo dan.

.- Tono pudio adrnos algo el otro día porque conoce a alguien bien relacionado, pero quiere cambiar por otra cosa más fuerte, esto ya no le hace nada.

.-Podemos comprar, dijo Vicenta, en casa el dinero no es problema, nadie me va a pedir cuentas.

.- No se vende así como así, y Paca compuso una expresión de enterada, pero hay un medio que no falla, se trata de conocer a algún Psiquiatra, tarde o temprano tu familia te lleva a alguno, conque adelantamos si averiguamos cual es al que va Tono, si no lo han cambiado ya, con eso de los contratos de seis meses.

La Consultaestaba decorada con gusto funcional y estándar, cada cosa en su sitio, cada planta, cada cuadro, ocupando el lugar idóneo, salidos de una revista de decoración de interiores o de un proyecto, muy profesional, de cualquier empresa de muebles de diseño. Dieron su nombre ante una mesita en blanco y negro donde se leía : Recepción, a una enfermera de edad indefinida, rasgis indefinidos y voz impersonal.

.- Sra. García, citada a las 6.

.- Doña Vicenta García, tenga la bondad de esperar unos momentos.

Llevaba un abrigo negro de astracán y su cabello de mechas grises orlaba un rostro de facciones dulces, daba el brazo a una mujer joven, alta y segura en sus ademanes, de ojos inteligentes y sonrisa abierta.

.- Vamos, madre, sentémonos allí.

Dña. Vicenta García sonreía ausente, indiferente a todo, y caminaba como una autómata junto a su hija. Se sentó y cerró los ojos, y volvió a sentir la niebla de colores como aquella tarde en que su amiga Luisa le pasó la primera dosis. Desde entonces, la niebla era fácil de producir en su mente, y había ido compartiendo aquellas pastillotas blancas con las amigas y amigos de las Aulas dela Terceraedad.

Se había enterado que muchos de ellos tenían también otras similares pero que todas servían para lo mismo, para soñar, para hiur de la realidad, para buscar el paraíso que quizás, a su edad, ya les aguardaba próximo.

Todos tenían la misma historia que contar, sus familias tenían trabajo, tenía problemas, o tenían trabajo y problemas o problemas sin trabajo que era lo más peliagudo.

Y ellos, Paca, Vicenta, Luisa, Tono, Tomás y tantos otros no entendían de esto ni de aquello, y como algunos resultaban un tanto impertinentes en querer comprender un mundo demasiado lejano, les llevaron al médico, y comola Psiquiatríatiene soluciones maravillosas para transformar la realidad, les ayudaron a dormir, a soñar y a no molestar.

Y ello, Paca, Luisa, Vicenta, Tono, Tomás y los otros aprendieron a cambiarse las drogas, a mezclarlas y combinaras como en un juego de canicas de colores, y aprendieron con ellos a deshacerse del cerebro que les quedaba porque ya no les servía para nada ni para nadie.

.- Doña Vicenta García. sonó la voz impersonal, como de ordenador, de la enfermera.

Vicenta entró, llevada casi en volandas, y vio a un hombre joven que le tendía la mano y la miraba a los ojos.

Oyó a su hija contar que la había notado cambiada, desmemoriada y ausente, que se habían dado cuenta de que no era la misma, que no siquiera recordaba cuando regresaban los nietos de la escuela, que ya no se ocupaba de ellos ni vigilaba sus deberes como antes. La oyó decir que ella había sido una mujer inteligente y activa, trabajadora y alegre hasta hacía muy poco y que ahora, sin embargo, tan solo dormía o farfullaba frases no demasiado coherentes.

Desde su niebla de colores, Dña. vicenta aún tuvo capacidad para darse cuenta de que su hija sí la conocía, sí la observaba, sí se había ocupado de ella y la había valorado. Y por eso habló al médico y le contó la historia de las pastillotas blancas de sus amigos, que provocaban nubes rosas, azules y amarillas, que alejaban la mente de realidad, que hacían olvidar.

Al salir del brazo de su hija, le pareció que el aire fresco de la tarde acababa de despejar sus brumas y sus nieblas de colores y caminó segura, decidida a esperar, consciente y serena la verdadera entrada en el Paraíso.

Febrero-89

COSAS DE LOS AÑOS…

 

La tía Roseta había vivido siempre en aquel pueblo. Era un pueblo pequeño, perdido entre las montañas que como últimas estribaciones del Sistema Ibérico buscaban ya las doradas costas mediterráneas.

Nunca había salido de sus calles tortuosas, de sus casas de fachadas encaladas y ventanas pequeñas, abiertas en los gruesos muros de piedra.

No había necesitado ir más allá de lo que constituía y constituyó siempre su mundo, un mundo de horizontes limpios, de sol, de campos de cerezos, de bosques de pinos y de inviernos con una ligera nevisca blanqueando los tejados rojizos de las casas.

Había sido feliz de aquella manera y, ahora, a sus setenta y ocho años esperaba el final, esperaba la llegada dela Dama Blancasin angustia, sin ansiedad, tranquila, como tranquila había visto discurrir su existencia.

En su juventud aún conoció alumbrarse con petróleo y acetileno, encender las lámparas, ya anochecido, para, entre sombras, cenar parcamente y buscar la yacija de hojas de maíz; despertarse temprano, asear la casa, trabajar en el campo, charlar, al atardecer, con las demás mujeres, y, vuelta a empezar, día tras día, un ritual anodino y simple.

Se casó con un buen mozo vecino; apalabrada ya la boda desde niños, todo sucedió como estaba previsto. Su ajuar, sencillo, se encargó a aquella mujer que venía desde Neida, cabeza del partido; de aquel pueblo grande que se le antojaba maravilloso en los comentarios cuchicheados de los hombres que bajaban hasta él para las transacciones comerciales. Pero, ella no llegó a ir allí jamás, no le había hecho falta; para eso tenía un marido que arreglaba los tratos y sabía firmar. Ella, cuando fue el Notario, puso una cruz al pie de las escrituras de la herencia de sus padres, porque ella no sabía.

Los hijos nacieron en el pueblo, se criaban sanos y fuertes, sin necesitar nada más que sus pechos, y, después, todo lo que daba la tierra, y la carne jugosa de los animalillos que ella cuidaba en el patio de atrás.

Los hijos sí, ya habían salido, habían ido hastala Capital; ya iban allá por cualquier cosa, para comprarse ropa, para ir al cine, para consultar a un abogado unos extraños trámites de compra y venta sobre aquellas tierras que nunca habían salido de la familia y que, ahora, valían millones.

Ella los había dejado marchar; sus nietos ya estudiaban en las escuelas de Neida y acudían allá en hermosos autobuses, sus nietos hablaban ya un lenguaje que no entendía.

Cuando murió su hombre, tuvo que ir a vivir con sus hijas, habían levantado una finquita de dos plantas en el pequeño solar de su casa y, ahora ya no vivía al ras del suelo. Ahora tenía que subir dos tramos de escaleras para subir al piso si salía a la calle.

Por eso se mareaba un poco al llegar arriba, no se había sentido nunca enferma, pero, en aquella vivienda, no estaba del todo bien. Estaba convencida de que la pesadez de cabeza que notaba a veces, que aquella sensación de tener agua dentro de los oídos, que aquella inseguridad, eran consecuencia del cambio de casa. O, de los años, ¿qué más da?, y seguía esperando la muerte sin tristeza, como la arribada final de un largo y apacible camino cuya cuesta final es un poco más penosa.

Pero sus hijas no estaban del todo de acuerdo:

-Madre siempre ha sido muy fuerte, decía una.

-Como un roble, yo no la recuerdo jamás en cama, decía la otra.

-Y, ahora, de día en día, se desmejora.

-Y pierde la memoria; ayer mismo, no sabía dónde había guardado sus medias.

-Y va como borracha por el pasillo, que ya me he dado cuenta yo varias veces de cómo se agarra a las paredes.

Las oía hablar y pensaba que los años no pasan en balde y que todo aquello le había ocurrido también a su madre y a su abuela, y se habían ido quedando en una sillita baja, junto al fuego en invierno, y a la sombra del patio en verano, y se había aceptado así, sin más, como el devenir normal de la muerte.

Un día, sus hijas se habían puesto, al fin, de acuerdo:

-La madre debe ir al médico.

-Hay un Especialista muy bueno en el Ambulatorio.

-Sí, ya he oído decir que al tío Roque, que estaba casi inválido, le ha puesto como nuevo.

-Y, ala Vicenta, le quitó aquellas jaquecas que la traían loca.

-Habrá que enterarse del horario de visita, ya hablaré yo con Don Luis, que debe saberlo.

La tía Roseta quedó perpleja, y, por primera vez en su vida, sintió miedo, ansiedad ante lo desconocido, temor ante algo que no estaba previsto, que no cuadraba dentro de sus proyectos, que escapaba al trayecto lineal de su existencia. Y, aquella palabra, Ambulatorio, le sonó tan nueva que creyó que era de un idioma extranjero.

Las hijas lo habían previsto ya todo, tenían el volante yla Cartillaen regla, ya sabían las horas de visita y decidieron el día que habían de llevarla.

La noche anterior le preguntaron si estaba bien lavada “por dentro”, la tía Roseta se sonrojó ante sus hijas que jamás le habían preguntado por tales intimidades.

Casi no pudo dormir aquella noche y se despertó más temprano que de costumbre, aunque en el piso, no se escuchaba el gallo del amanecer.

Se puso camisa y refajo nuevos, aún sin estrenar, de aquel lejano ajuar, y se lo abrochó titubeante, con tristeza de estrenar aquella ropa que bordó para su hombre, para mostrarse ante un extraño. Ahora, a sus setenta y ocho años, tenía que pasar por aquel trance.

Las hijas la acuciaban:

-Madre, que perdemos el coche.

-Madre, que no tome la malta por si hay que hacerle algún análisis.

-Madre, dése prisa.

Salieron a la plaza a esperar el Autobús, ella los había visto llegar mil veces, sin prestar atención, desde que su marido ya no volvía en ellos cuando iba a vender las cosechas. No había montado jamás en aquellos armatostes, bastante desvencijados, que resoplaban y gruñían como monstruos en las curvas y revueltas de la carretera.

La acomodaron junto a la ventanilla, y comenzó a ver un pueblo distinto del que veía al recorrerlo a pie; situada a mayor altura, las casas le parecían más pequeñas y la carretera zigzagueante, que descendía hasta la llanura, le daba vértigo.

Llegaron a otro pueblo, Andora, allí se detenía el autobús, acababa el trayecto y había que aguardar el enlace con el que venía por la carretera general y que le conduciría ala Ciudad.

La tía Roseta comenzaba a sentir en el estómago el cosquilleo del hambre; en la plaza había, esta vez, unas mesas de aluminio con sillones alrededor que brillaban a la luz de la mañana, donde los viajeros se acomodaban a engullir sus buenos bocadillos  con botellines de cerveza fresca y dorada.

Las hijas entraron un momento en un bar, y en la barra, tomaron sendos cafés con leche, humeantes y calentitos. La tía Roseta, por aquello del análisis, otra palabra extraña, se había quedado fuera, entornando los ojos para evitar el sol que comenzaba a subir a su cénit y observando, a sus setenta y ocho años, por primera vez, lo que había más allá de su mundo.

Pero, al poco rato, el ajetreo, el trajín de coches que cruzaban la plaza, de motos ruidosas, y de diversos autobuses que iban llegando, comenzó a marearla, ahora de verdad, o, ¿sería el estómago vacío, ella, que estaba acostumbrada a su malta con pan migado de buena mañana?

Sus hijas estaban alertas a los diversos autocares, las veía inquietas para no despistarse y confundirse, iban de acá para allá, preguntando a los hombres uniformados que conducían aquellos armatostes, y ella la seguía con paso menudo y, a veces, con un inseguro trotecillo para alcanzarlas.

De nuevo otro asiento, otra ventanilla, otro paisaje, éste ya totalmente desconocido; llanuras hermosas de naranjos verdes, y, al fondo, la línea azul del mar, aquel mar tan soñado y tan sólo entrevisto desde la lejanía de sus montañas.

Todo pasaba en rápida sucesión, su cuerpo, habituado en su juventud al cansino bamboleo de los carros, no se acostumbraba a aquella sensación de inestabilidad y de pequeños saltitos de ahora.

Estaba cansada y la tía Roseta cuando llegaron ala Ciudad; añoraba su mecedora de rejilla y el silencio de las calles al medio día en su pueblo.

Enla Ciudadhabía que andar deprisa y había mucha gente, a pesar de que en aquellas horas había que estar preparando la comida; ¿por qué las mujeres dela Ciudadno estaban en la cocina?

Las hijas andaban seguras por las calles:

-Deprisa, madre, que hay que pedir turno.

-Que si no, ya no nos cogen hoy.

-Y si hay que hacer algún análisis…

De nuevo el maldito análisis que la había dejado en ayunas toda la mañana.

El Ambulatorio ose le antojó algo así comola Iglesiade su pueblo en cuanto a tamaño, no, más grande aún, claro, pero en moderno.

Era una mole rectangular con innumerables ventanitas, todas iguales, con las mismas persianas, cristales reverberando al sol, y unas letras grandes y verticales que ella no pudo leer porque jamás conoció el alfabeto.

La gente se apiñaba en la puerta, llenaba los pasillos, había más gente que vecinos contaba su pueblo; lo vió como imaginaba la feria de Neida cuando su marido se lo contaba al venir de ella con un mulo nuevo.

Sí, aquello era como la feria, pero más triste; la gente ponía cara agria y malhumorada, la gente se empujaba y, a veces, se insultaban al tropezar por las escaleras.

La tía Roseta no estaba acostumbrada a ver a las personas tratarse así, en su pueblo todos se saludaban cordialmente, y se sonreían; algunos había enemigos irreconciliables, claro, pero todos sabían los motivos y nunca se enfrentaban.

Hasta sus hijas la empujaron para acercarse al mostrador, donde una muchacha vestida de azul, y también con el semblante hastiado y cansado, recogía los volantes y les entregaba papelillos con un número escrito a bolígrafo.

Anduvo después por un pasillo hasta que sus hijas le dijeron:

-Aquí es, madre, siéntese y espere.

Se sentó y esperó, la tía Roseta. Era un espacio cuadrado separado de otros espacios similares por unos tabiques acristalados, se alineaban allí hasta media docena de bancos duros, donde se apretujaba la gente. Al fondo, otra puerta.

Le hicieron sitio en una esquina y esperó. Las hijas, de pie, se impacientaban y miraban de vez en cuando el papelillo con el número a bolígrafo. Cada vez que la voz de la enfermera gritaba desde detrás de aquella puerta un número, alguien se levantaba, entraba y reaparecía a los pocos minutos.

La tía Roseta pensó que allí había que recoger algún nuevo papel para llegar ante el médico, no sabía que aquello erala Consultay se angustiaba pensando cuánto tiempo y cuántos trámites había que pasar todavía hasta llegar al doctor.

Al fin, la enfermera “cantó” su número, las hijas la entraron casi en volandas. Dentro había una mesa, sentado tras ella un joven, casi un muchacho, rebuscaba algo entre los papeles que se amontonaban a su alrededor.

Levantó la vista un momento hacia ella, la miró, y sonrió fugazmente.

Muy deprisa escribió su nombre completo, domicilio y edad. Muy deprisa preguntó el motivo de la consulta. Muy deprisa anotó lo que sus hijas contestaban:

-Se marea.

-Le duele la cabeza.

-Pierde la memoria.

-Se cansa.

-Le fallan las piernas.

Intentó decir algo la tía Roseta, porque ya había comprendido que aquél era el doctor, y ella sabía que al médico, como al confesor, no hay que engañarlo. Pero, Don Sixto, el párroco, no iba tan deprisa ni apuntaba nada.

Antes de que ella pudiera hablar, ya estaba el médico escribiendo de nuevo una serie de nombres extraños, que la enfermera transcribía en unas hojas de un talonario que iban recogiendo sus hijas.

El doctor se dirigía a ellas, también rápidamente, explicándoles algo.

Y, al fin, la tía Roseta cogió fuerzas y dijo en voz muy clara:

-¿Y qué es lo que tengo?

El doctor sonreía escribiendo siempre; y las hijas dijeron:

-Dice que tiene usted… años.

La tía Roseta entonces con los ojos muy abiertos miró, primero al médico, luego a sus hijas, después se acordó de que no había comido nada por aquello del “nálisis” (¿se decía así? o como demonios se dijera), y con una sonrisa irónica, una sonrisa cargada de años añadió:

-¿Y para decirme que soy vieja he tenido que venir yo ala Capital?

Febrero.- 77

CREPÚSCULO

 

En nuestra tierra, ellos, no resultaban chocantes cuando paseaban de la mano, al atardecer, bajo los plátanos dela Avenida; ni cuando se acercaban a los tenderetes del Puerto, al anochecer, cuando regresan las barcas con pescado fresco, ni cuando contemplaban las estrellas desde la baranda del Paseo Marítimo.

Eran, una pareja más de la llamada tercera edad, disfrutando plácidamente del ocaso de su existencia en paz. Más cerca, impresionaba la mujer; era alta y todavía conservaba su figura erguida, y hasta airosa, en su rigidez. Delgada, y con el cabello cortado, como una aureola de plata sobre su tez tostada. Y había que fijarse, necesariamente, en su mirada, una mirada ausente, vacía, había que fijarse en sus ojos grises, casi sin pestañeo, y resultaba imborrable aquella máscara y la mueca de sus labios, dudoso rictus, entre la sonrisa y la amargura.

Caminaba, automáticamente al lado del hombre, nunca se la escuchaba contestar a la habitual conversación de él; él era también alto, pero ligeramente encorvado y con la característica marcha de pequeños pasos acelerados que parecían estar tirando siempre de él como en tantos ancianos.

Y la hablaba casi constantemente, con ternura y atención. Le contaba sus cosas, le pedía opiniones, y hacía proyectos. Decidía y se contradecía sin parecer preocuparse de la ausencia real del diálogo.

Alguien les había dirigido ala Consultade Neurología.

El anciano pudo contar su historia. De nuevo en su monólogo de monótona voz, con escasas inflexiones y cierta dificultad en la articulación pero con la mirada repleta de confianza.

Ellos se habían conocido desde niños; él la había querido siempre, ella había abandonado el pueblo, se había casado, había hecho su vida en otra ciudad. Se había perdido el contacto, había quedado el recuerdo, siempre la había esperado.

Ella no tuvo hijos, más tarde enviudó, y se fue quedando sola y en su cerebro se fueron formando lagunas, lagunas cada vez más grandes que le impedían, a veces, recordar el nombre de una calla, la fecha del día, su edad, y cómo preparar su comida y cómo ordenar sus vestidos.

Después, también se fueron borrando las palabras, incluso las más sencillas. No podía encontrarlas, las sílabas formaban en su mente un maremagnum confuso y desorganizado, y ya no pudo expresarse.

Sus hermanos hablarían de llevarla a “algún sitio”, allí, delante de ella, que permanecía inexpresiva, como una esfinge; discutirían sobre ella:

-Que era una carga para todos, cuñadas y sobrinos. –Que más valía que se muriera pronto, para vivir así… –Que había de hacerse cargo y distribuir sus bienes.

Sus hermanos creerían que ella no podía entender nada, que su cerebro estaba ya muerto del todo, que su memoria se había desintegrado tanto que ni siquiera los reconocía:

-Ya que no recuerda nuestros nombres siquiera, es como una extraña en un mundo de extraños.

Pero de entre las lagunas de su cerebro, que amenazaban con inundarlo totalmente, sobresalió todavía un islote; un islote donde estaba grabado algo muy antiguo, los recuerdos arcaicos de su niñez, la imagen de su madre, de la casa en que nació, de un pueblo marinero con calles muy blancas reflejándose en las aguas al atardecer, y la imagen de un niño, espigado y serio, que la miraba muy fijo, que nunca jugaba con ella, que sólo se acercaba cuando sus hermanos la tiraban de las trenzas, o la escondían su muñeca para hacerla rabiar, o la encerraban en un desván lleno de telarañas. Que, entonces, se pegaba con ellos, aunque aquello le costara una regañina porque nadie entendía, únicamente ella, su arrebato de agresividad. Y ella le sonreía y ya no se sentía desgraciada.

Y encontró la energía suficiente para tratar de escapar de sus hermanos; para, llorando como cuando era niña, huir de ellos, buscando el refugio del chiquillo espigado. Supo encontrar el camino, en un último destello de su perdida capacidad de recordar, y llegó hasta el mar, hasta su pueblo, hasta su antigua casa, hasta la casa del amigo.

Él siempre había estado allí, él no le preguntó nada, ella no podía ya casi explicar nada. Él la recibió con los brazos abiertos, como siempre había soñado, y la tranquilizó, y le aseguró que, junto a él, sus hermanos no la harían daño, no la encerrarían en un lugar oscuro, no la arrebatarían sus “tesoros”.

La cuidó desde entonces, cocinó para ella, ordenó sus vestidos y peinó sus cabellos, día tras día.

Había recibido llamadas, de los hermanos; primero, insolentes y mal intencionadas: -¿qué pretendía ahora aquel viejo aprovechándose de una pobre demente?- Más tarde cautelosamente cordiales: -Total, legalmente, nada le corresponde, y si la aguanta…

Estaba convencido de que su amor bastaba para que ella volviera a ser como antes, que el cariño y la ternura podrían hacer funcionar aquel cerebro de neuronas destruidas. ¡Tenía tantas cosas que contarle, tanto tiempo que recuperar, quería saber tantas cosas de ella, tantas cosas mil veces inventadas, imaginadas, intuidas!

¡Si casi no la había conocido!

Y, por fin, al comprender que el milagro del amor no se producía se había decidido a buscar el milagro de la ciencia.

Hubo que desengañarle, hubo que explicarle que las ramas secas no pueden ya dar flores nuevas, y ella era tan solo, únicamente una flor desecada entre las hojas de un viejo libro de poemas de amor.

Sus ojos se llenaron de lágrimas contemplando la mueca indiferente de su compañera. Y se marcharon los dos, él, con sus pequeños pasos acelerados tirando de la mano de ella, por la calle dorada de sol poniente, al borde del mar, juntos, camino de la eternidad.

Marzo.- 87

 RÉQUIEM POR DOS HERMANAS

 

El mortuorio estaba al final del pasillo, de un pasillo largo que hacía ángulos rectos cada doscientos metros. Estaba animado a aquella primera hora de la tarde, con todos los que iban a visitar a sus enfermos. El mortuorio estaba al fina, porque es el final de todo el dolor acumulado en las habitaciones, entre sábanas remendadas más de una vez, ente la pintura desconchada de las paredes, entre el olor a desinfectante industrial.

La gente entraba como todos los días, hacía las mismas preguntas, se turnaba con el familiar ojeroso y cansado que había permanecido horas antes junto a la cama La gente parecía ser siempre la misma, ni el médico ni la enfermera distinguían al enfermo de la 329 de ayer al de hoy, la explicación que se daba, de tan ambigua, era invariable, no había que esforzarse demasiado en recordar una gráfica ni unos análisis. La misma esperanza o la misma desesperanza día tras día y el mismo final.

Al final del pasillo estaba el mortuorio, cada vez había menos gente, cada vez había menos habitaciones, era el distanciamiento instintivo de la muerte, el gran tabú siniestro era lo que diferenciaba el último tramo del pasillo. El arquitecto había diseñado un pequeño patio, quizás pensó que se podría haber plantado allí un melancólico ciprés o unas matas de violetas para que aquel pequeño pabellón hermoseara un poco la muerte; perola Administraciónhabía necesitado aprovechar todo el espacio en una última especulación del suelo que pertenece al dominio de lo eterno había colocado allí talleres y ambiguas dependencias donde reparar los cables rotos de un gastado electrocardiógrafo o echarle una mano de pintura a una camilla desvencijada.

La tarde estaba gris, de un gris plomizo de febrero, indiferente y frío.

La estancia era pequeña, cuadrada y con bancos de madera brillantes de a grasa de las manos y de la ropa de cuantos día tras día se sentaban a acompañar por última ve al resto humano, ya sólo materia fría y yerta, que yacía a pocos metros.

Los bancos estaban manchados de lágrimas, de saliva y mocos de la gente, los bancos guardaban el dolor y el cansancio al final de las largas jornadas de enfermedad y prisas, de trabajo y vela ininterrumpidos. El muerto descansaba ya, la familia también.

Ella era una puta vieja, su cuerpo gastado por las manos de los hombres que compraron carne se gastó también por los años y por la enfermedad.

Tras la pasión de algunos que mordieron sus pechos de muchacha, soportó a los babosos menos jóvenes que pagaron por su carne ya ajada, después utilizó su cerebro de vieja resabiada para sacar provecho de la caridad ingenua de otras viejas que no supieron nunca de su vida pasada y a las que contaría miserias y desgracias inventadas.

Al final, vivía con su hermana, un pobre ser oligofrénico, asustada por los golpes y los ayunos que le traía el dinero ganado de rodillas por los suelos de varias oficinas que limpiaba a diario.

Y ahora estaba muerta, no había cambiado mucho con la muerte, la muerte inviste a los seres de un dignidad especial, y sin embargo ella era la misma, una puta vieja.  Siempre fue cuerpo únicamente y la muerte destruye el cuerpo, nada podía pues pasar al cosmos, ni el alma, ni el espíritu ni la psique.

La pobre oligofrénica estaba a su lado una vez más, alguien le había dado un viejo vestido negro, demasiado ancho para su cuerpo endeble y disarmónico. No lloraba ya, había agotado sus lágrimas hacía mucho tiempo, ahora seguía allí a su lado, como siempre, como un perro fiel y apaleado, con su mirada estúpida, su cabello grasiento y desgreñado, y un indefinible rictus de vacío en a boca.

Los bancos se habían llenado esta vez de algunas personas de su pueblo serrano, de aquellos que en principio se preguntaron qué hacía enla Ciudad, que luego criticaron sus negocios y luego se burlaron de su miseria; ahora habían llegado al final a saborear su muerte con ese gusto morboso de los humildes y los ignorantes por el obligado e ineludible paso a la eternidad. Besaron a la tonta y siguieron charlando de sus cosas, algunos revivieron alguna situación en relación con la muerta: cuando aquél de su pueblo la descubrió en un café de camareras y dio la noticia entre chanzas, o cuando aquel otro la fue a buscar para decirle que su madre había muerto al cuidado de una vecina y ya no pudo encontrarla.

Se sentaban también en otro lado el grupo de beatas que hicieron de la pobre desgraciada su inversión en acciones para el Cielo, ese cielo que ellas imaginaban azul como lo vemos y con ángeles y santos ingenuos. en silencio, calladas y discretas pesaban cada una en su futuro, de próximo final con la conciencia en paz de haber cumplido hasta lo último su deber de Caridad. Enterrar a los muertos, una de las Obras de Misericordia del Catecismo preconciliar.

Afuera, en el patio donde debió estar el ciprés estaban las vecinas, la habían criticado e insultado, la habían aborrecido, la habían despreciado, pero ahora: la muerte nos iguala a todos…, si no se perdona en estos momentos…, a todos los vecinos hemos ido… Frases hechas, estereotipadas y vacías. La expresión adecuada duró poco, una chispa de humor de alguna de ellas, un comentario justo, una burla picante, y la indiferencia estallaba en risas por dentro, mal contenida y peor disimulada por fuera.

Los funcionarios hicieron su oficio, cargaron el féretro y lo metieron en el furgón, las beatas acompañaron a la tonta en un coche negro y gastado que la funeraria enviaba a los entierros pobres.

El Cementerio habría sus puertas de hierro indiferentes, la tierra removida se acumulaba al lado de la fosa, al final, todo igual que tantas otras veces. La oración y el responso y la paz ¿para quién?

La pobre oligofrénica cruzo de nuevo el umbral del brazo de las beatas, después se quedó sola, pero la tarde ya no era gris, el viento de febrero había despejado el cielo, ahora era azul y hacía sol.

Miraba la calle desde el portal, apoyada una mano en el marco de hierro negro y con la otra en su cadera, una cadera deforme, de ser contrahecho y raquítico. De uno de esos seres que la naturaleza crea equivocadamente, como si en un momento dado la maquinaria se hubiera descompuesto y produjera imprecisos remedos de hombres y mujeres, como material de deshecho para purgar, de vez en cuando, el perfecto mecanismo.

Miraba la calle con su expresión estólida, con los ojos perdidos, siguiendo el ir y venir de los automóviles y de la gente. Nadie reparaba en ella, allí, de pie, con una sucia bayeta en las manos y un sacudidor deshilachado enganchado en la cinta de su delantal, un largo mandil de un gris impreciso que cubría sus flacas y torcidas piernas hasta las pantorrillas.

Todavía llevaba el vestido negro que alguien le dio el día de la muerte de su hermana, seguía cayendo informe sobre su cuerpo, sus manos y su cerebro eran demasiado inhábiles para haberlo ajustado a sus escuálidas proporciones; el negro deslustrado se había trocado por un pardo terroso y las sombras de manchas de ignorado origen completaban su desagradable aspecto.

Después de mal lavar las escaleras sin interés y con la monotonía rutinaria que le permitía su mermado cerebro, permanecía allí, en la puerta, viendo caer la tarde del todo, hasta que oscurecía.

Luego, volvía a casa, ya no soportaba la tiranía de la hermana, nadie contaba las pesetas que llevaba envueltas en un deshilachado pañuelo atado con tres nudos en uno de los bolsillos del mandil, pero ahora había tan solo silencio y soledad en la vivienda y ella era demasiado torpe para llenar aquel silencio y aquella soledad.

Lo realizaba todo con un ritmo cansino, como un viejo y agotado animal de tiro, comía algo desazonado que ella preparaba con su torpeza y contaba su dinero con los dedos, sin poder calcular la utilidad ni el provecho de aquellas ganancias.

Las beatas seguían visitándola, era el único rato en que sonreía, cuando le recordaban que no descuidara el cumplimiento de sus deberes religiosos; ella que no podía ni siquiera comprender qué cosa era Dios ni anhelar un Paraíso en el más allá, ¡tantas palabras ininteligibles!, pero sonreía y acudía cada domingo para saborear después el insípido bizcocho de Caridad.

Sin embargo nadie se acordaba de darle soluciones concretas a los problemas reales, nadie le dijo que había que pagar el suministro eléctrico y el agua potable, y un día vio que no se encendían las bombillas, y compró una vela, otro día que del mohoso grifo que había sobre la verdinosa y descascarillada pila de granito de la cocina ya no caía agua y bajó a la calle con un jarro hasta la fuente pública que aún quedaba arrinconada junto a las paredes desconchadas de un solar oliendo a orines, y al fina, alguien, un grupo de hombres serios y fríos llegaron con papeles escritos que no sabía leer y le sellaron la casa.

Otros hombres hablaron de su incapacidad jurídica para entrar en posesión y administrar una propiedad que le correspondía por herencia de su hermana. Y durante estos trámites ella los seguía asustada, indefensa, intentando comprender y sonriendo, vacía, cada vez que oía mentar su nombre sin saber si se le defendía o acusaba.

Alguien, por fin, a condujo otra vez en un viejo coche a un edificio grande, semejante a una iglesia en una pequeña plaza con árboles y bancos de piedra donde varios ancianos tomaban el temprano sol de la mañana.

La monja sonrió y oyó el resumen del informe oficial, lo oyó sin escuchar, cansada ya de tantos informes, resumen final de tantas vidas infelices, cansada ya de recoger el deshecho de una sociedad fría y mecanizada que arrincona lo inútil, lo desagradable, lo imperfecto, lo feo.

Esperó conocer a un nuevo ser con sus miserias arrastradas, ¡ya tendría tiempo de escuchar sin juzgar, de comprender sin juzgar por su cuenta!

Y la tonta, por fin, se sintió segura, por primera vez en su vida a escasos pasos ya de su muerte.

Mayo.- 73

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