Propuesta 32: imagen de un nudo de espino en un desierto

TUAREG

 

El modisto había diseñado su colección para la nueva temporada otoño-invierno inspirándose en la indumentaria de los Tuareg, amplias túnicas en todas las gamas de azules, predominado el oscuro, el azul noche con toques irisados de luna. Capa sobre capa,  envolventes y protectoras, con turbantes y tocados que enmarcaban el rostro dejando al descubierto el embrujo de los ojos.

La promoción debía realizarse como es habitual con un álbum fotográfico y un video clip y el director artístico decidió que debíamos hacerla en el desierto. Para un occidental los Tuareg son jinetes sobre elegantes camellos, viajeros en una tierra infinita, los últimos pueblos libres sobre nuestro planeta.

Así  que se organizó el viaje con grandes camiones que transportaban los pertrechos técnicos, y una roulotte enorme, acondicionada para residencia de la top-model, donde tenía todo lo necesario para su confort, aire acondicionado, baño de espuma y  su set completo de maquillaje y estilismo, dispuesto en todo momento.

Los demás pasábamos calor en nuestras tiendas y protegíamos los equipos fotográficos de aquel sol inclemente, del frío de las noches y de la arena que se filtraba por todas las rendijas.

Se contrató a unos cuantos Tuareg nativos con sus camellos para ambientación. Ellos, que ahora son un pueblo de  pastores con una difícil adaptación a un medio áspero, frecuentes períodos de hambre y una libertad restringida a las necesidades de pastos para sus rebaños, se avinieron fácilmente ante el dinero obtenido de una manera bastante sencilla, ya que debían posar al fondo, o permitir que nuestra modelo se acercara al hocico de sus camellos o, incluso, en el caso de encontrar algún miembro del grupo con una túnica medianamente limpia posar junto a la muchacha.

Ella era una eslava rubia de tez muy clara y cabello dorado, esbelta y de lánguidos andares que no soportaba en absoluto aquel entorno, se mostraba displicente y molesta a pesar de que sus ingresos diarios superaban el importe anual de los nuestros. Permanecía encerrada en su roulotte sin compartir nuestra vida ni nuestros encuentros y desencuentros normales en cualquier grupo de trabajo.

Yo, como fotógrafo, solo la veía a través de mi objetivo, con el sol naciente su silueta se perfilaba perfecta envuelta en aquellos ropajes, pero su delicada piel tenía que soportar largas sesiones de maquillaje con espesas capas protectoras previas y había que encontrar el punto exacto de coloración de su tez que surgía espectral bajo el turbante, cuando el sol la coloreaba un poco pero antes de que perladas gotas de sudor  asomaran en su frente.

Porque la idea de una colección otoño-invierno para Europa rodada en el desierto era diabólica realmente aunque a efectos estéticos, las fotos, nos estaban quedando francamente atractivas.

La modelo se retiraba a cada toma a darse una ducha y había que comenzar de nuevo a maquillarla para la siguiente lo que prolongaba mucho las sesiones. Los efectos especiales añadían remolinos de viento a su alrededor que se infiltraban en sus ropas y a veces llegaban a las nuestras, pero nunca pude captar una cambio en la expresión de su rostro bajo la lente de mi objetivo.

Permanecía inmóvil, su mirada perdida en un infinito se sueños lejanos muy acorde a aquel paisaje de la nada más absoluta, sus ojos de un azul intenso bajo la sombra oscura de sus párpados maquillados y se sus larguísimas pestañas tenían algo de espectral.

Viéndola yo siempre pensaba en qué estaba sintiendo, que ocupaba su mente, durante aquel tiempo en que ofrecía su imagen al mundo, cual era su personalidad, qué la había forjado, cómo era su vida, como había sido, lejos de las cámaras, pero nada de ello podía entrever ni un solo instante, aunque tomara muchas fotos para mí, en momentos de descuido. Pero ni siquiera en éstos podía captar una realidad que se me escapaba constantemente.

Llegó el último día de trabajo, quedaba rodar el video-clip en el que ella debía correr descalza  para que los ropajes se movieran de forma armónica sobre su cuerpo mostrando sus perfiles más atractivos. El rodaje no me correspondía a mi sino al cámara del grupo pero yo tenía presto mi objetivo para captarla por última vez.

Entonces, a través del mismo,  vi. algo punzante sobresaliendo en medio de una superficie infinita de arena, el resto de un alambre de espino colocado allí, en la nada, como si alguien hubiera querido, en alguna época marcar una frontera que delimitara el vacío frente a otro vacío.

Era un objeto tan incongruente en el entorno que solo podía aparecer en una pesadilla Sin embargo era real, con sus seis puntas amenazadoras, dos de ellas clavadas en el suelo y el resto  semicubiertas pero sin que por ello dejaran de resultar agresivas, peligrosas.

Quise gritar, advertir a la modelo que parara, pero ella atenta solo a la voz del director corría colocando rítmicamente sus pies sobre la arena hasta que su planta cayó sobre el nudo espinoso.

Su grito  resonó en el silencio del desierto, la sangre empapaba el suelo y su rostro reflejaba por fin, ahora sí, el dolor, el terror, la angustia, la soledad, el abandono.

Capté muchas fotos entonces en muy corto espacio de tiempo. Todos se abalanzaron en su ayuda, fue trasladada rápidamente a su roulotte, el equipo sanitario que nos acompañaba la atendió con celeridad, y se procedió a las curas  correspondientes, llevábamos un médico y un botiquín bien acondicionado, pero ella insistía en que se la trasladara en helicóptero a un hospital. Dadas sus  abultadas pólizas aseguradoras no tardamos en ver sobrevolar un aparato que se elevó después con su preciada carga.

Al anochecer levantamos el campamento y emprendimos la marcha hacia la civilización.

Yo tengo la suerte de contemplar aquellas fotos en la soledad de mi estudio, e intentar a través de ellas reconstruir de algún modo la realidad de la carne doliente de aquella mujer.

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