Propuesta 22:guiño al siglo XIX

La última merienda en el jardín

Los niños habían ido llegando a primera hora de la tarde. En el jardín, debajo de la pérgola por la que se enredaban jazmines y plumbagos creando una sinfonía de blanco y azul, se había colocado una mesa cubierta de manteles bordados sobre la que aparecía una bandeja repleta de canapés de variados sabores y jarras de limonada fresca que la doncella iba sirviendo a medida que se acercaban los chiquillos sudorosos por sus juegos.

Bebían, comían y se dispersaban de nuevo entre los parterres y el laberinto de arriates de flores llenándolo todo con sus voces y sus risas.

Doña Mariana los contemplaba satisfecha y orgullosa desde el mirador, sentada en su mecedora junto a la que había un velador con la infusión de todas las tardes y una generosa porción de esponjoso bizcocho.

Eran sus nietos, llegados como todos los sábados a pasar la tarde en la finca familiar. Los acompañaba el personal de servicio de sus casas y, al anochecer, los recogerían sus padres, hijos de doña Mariana, a la que de ese modo acudían a visitar.

Primero habían arribado en un gracioso tílburi, las hijas de Marianita, la mayor,  dos niñas morenas y graciosas, cuyos luminosos vestidos se confundían con las flores del parque, tan avispadas como el padre, un conocido financiero.

Después fue la berlina del segundo hijo de Dña. Mariana, D, Fernando, el notario, que dejó a tres muchachitos  impecablemente vestidos con sus corbatines de lazo de terciopelo y sus relucientes botines.

A poco apareció  el landó del Profesor de Medicina D. Julio, esposo de la hija menor, Berta, que traía a sus dos vástagos, un niño y una niña, vivarachos y parlanchines que asombraban con sus impertinencias, educados pos su padre según las modernas tendencias de psicología infantil que preconizaban la flexibilidad y la espontaneidad a ultranza en los pequeños.

Y montando ya un hermoso potro negro azabache tras el cual cabalgaba el mozo de cuadras de su padre llegó Alfonso, el nieto mayor, hijo del primogénito. El muchacho de mirada melancólica en sus hermosos ojos verdes  heredados de su madre, a la que había perdido siendo aún niño, destacaba por su seriedad y su tristeza.

Se mantenía alejado de sus primos,  de pie sobre los escalones del porche de la casa contemplaba sus juegos. Sabía que tenía una extraña capacidad para dirigirlos con su mente. Lo mismo que movía a sus soldados de plomo podía hacer que los niños actuaran según su capricho.

Conseguía de Fernando mantuviera a Marianela en silencio tras los arbustos de boj, cubriendo con su mano la boca de la niña y tirando con fuerza de sus trenzas hacia atrás, mientras Rubén y Carlos, sus hermanos menores, acosaban a Virginia introduciendo saltamontes en los volantes del cuello de su precioso vertido amarillo y malva.

Hacía que Virginia, a pesar de sus pocos años, pateara y se defendiera bravamente lanzando sobre las impolutas pecheras de sus primos puñados de tierra.

También lograba que Bertita y Julito se enzarzaran en peleas sin sentido hasta arañarse y morderse con furia.

De pronto, él dejaba de interesarse por los juegos y los niños se miraban unos a otros con extrañeza sin entender qué  les había llevado a comportarse de aquel modo y acudían corriendo a la mesa de la merienda para que la doncella los regañara entre risas volviendo la situación a la realidad de un grupo de chiquillos alborotadores.

Podía llegar a componer escenas y situaciones más perversas, lo había comprobado en alguna ocasión como si la experimentación sobre la conducta de sus primos le produjese una fascinación maligna, sabiendo que poco a poco llegarían a mayores cotas de crueldad de las que no serían conscientes hasta que él dejara de imaginar y entonces  se sentirían extraños, pero ya habrían probado el sabor de la maldad que como un opio les haría continuar en aquella espiral.

Caía la tarde sobre el jardín y el sol poniente incendiaba el cielo hasta entonces de un azul purísimo, las hojas de los árboles se estremecían por la brisa del anochecer y los niños comenzaban a estar inquietos a la espera de sus padres.

Llegó solemne el carruaje de D. Fernando y, al escucharlo, los tres chicos corrieron a refugiarse tras su abuela sabiendo que su padre, delante de ella, tan solo les lanzaría una mirada de desaprobación, pero jamás un reproche ni la amenaza de un castigo. Después, en la casa, la madre ejercería el mismo papel protector y pasarían directamente al baño para comparecer de nuevo impecables para la cena.

Tras él, el landó de Doña Berta recogió de los brazos de la doncella a los dos pequeños medio dormidos, antes de pasar a saludar a su madre, quien besó emocionada a los infantes antes de despedirlos.

Por último, al escuchar el alegre traqueteo del tílburi, las hijas de Doña Marianita acudieron junto a su madre que, con su hermosos traje color mostaza componia con ellas de la mano un gracioso conjunto que encantó a Dña. Mariana.

De pie, seguía en la escalinata Alfonso, sus tíos y primos pasaban por su lado y le saludaban con cierta reserva. Los adultos instaban a sus hijos a darle un beso de despedida, como si intuyeran que no le volverían a ver el próximo sábado, y el muchacho, cada vez más sombrío les devolvía una sonrisa infinitamente triste.

Sonaron briosos los cascos del corcel de D. Alfonso María el primogénito, que al descabalgar junto a las caballerizas entró a la casa por una puerta lateral sin cruzarse con su hijo.

Doña Mariana le esperaba de pie, corridas ya la cortinas del mirador y prendidos los candelabros de la chimenea.

.- ¿Está pues decidido, Alfonso?

.- Si, madre, es necesario

.- ¿Cuándo partirá?

.- El lunes próximo yo mismo le acompañaré al internado

.- ¿Servirá de algo?

.- No sé, pero no puede seguir a mi lado, es igual que su madre, tiene la misma capacidad para sacar el lado oscuro de la gente, no quiero tener que recurrir a la misma solución que utilizamos con ella

.- No, por Dios, eso no, con él no, es de nuestra sangre

Alfonso escucha desde el porche y recuerda como en sueños la extraña enfermedad que consumía a su madre sin que los médicos lograran encontrar un alivio, recuerda también a su padre llevando, el mismo por su mano, las tisanas que recomendaba el doctor sin dejar que fuesen las criadas quien las preparan y sirvieran y el odio va apoderándose de su alma.

Entra en el saloncito de su abuela, ella le mira con ternura y trata de acercarse para darle un beso en la frente, el sonríe enigmático  y la evita, después, saluda a su padre.

El mozo de cuadras trae de las riendas los dos animales, el hermoso alazán del padre y el joven potro del hijo. Parten al galope por la avenida de cipreses. La noche va cayendo cuando alcanzan la vereda cercana a su finca, el padre cabalga unos metros por delante del hijo, este contempla como en trance de que forma la montura del primero se encabrita hasta lanzar a su jinete por encima de los muros que delimitan su propiedad. Tras ellos, una sombra de mujer se yergue tendiendo sus brazos hacia el muchacho que se refugia amorosamente en ellos.

6-abril-09

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