Propuesta 28: transformaciones por viaje

EXILIADO

De niño, en mi país, era feliz. Todos en casa lo éramos. Mi padre dirigía un prestigioso periódico, era un hombre importante, daba conferencias y su nombre era conocido y respetado. Mi madre le adoraba y le admiraba, yo veía con envidia el brillo de sus ojos y su forma de absorber sus palabras cuando se le hacía alguna entrevista por televisión. Sabía que nunca me miraría a mí de aquella manera.

Luego ocurrió algo, fueron días extraños y noches de silencio intranquilo. Mi padre venía muy tarde a casa y hablaba en susurros con mi madre, le escuchaba desde mi habitación y me daba cuenta de que en mi casa se había instalado un huésped no deseado: el miedo

Durante tres noches seguidas mi padre no apareció. Mi madre contenía las lágrimas delante mí, pero sé que lloraba mucho. Yo dejé de ir a la escuela, aquella escuela que nos vestía de uniforme con escudo en el bolsillo de la chaqueta y donde todo era tan excelente.

Después, cuando al fin apareció mi padre, ojeroso, con su impecable traje arrugado y la camisa sucia, le dijo a mi madre que nos marchábamos, con lo puesto, sin tiempo de recoger ninguna de nuestras cosas más preciadas, ni siquiera los libros que mi padre tanto estimaba y me había enseñado a estimar a mi, ni la bonita ropa de mamá, ni sus perfumes caros.

Con un bolso de mano y una cartera de piel antigua, mis padres y yo llegamos al aeropuerto. Era la primera vez que volaba pero no tuve ocasión de  compartir con ellos la emoción de la nueva experiencia, ¡iban tan silenciosos!. Unos hombres desconocidos para mi entregaron a mi padre documentos que metió en su cartera y el pequeño aparato que nos esperaba se elevó por los aires. Abajo se perdió poco a poco el perfil de mi ciudad y poco después el perfil de los campos, las montañas y los ríos. Luego solo hubo nubes.

Nos recibieron bien, allá donde llegamos. Mi padre parecía ser tenido por un héroe. De nuevo fotos en los periódicos, conferencias en las Universidades y entrevistas en la televisión. Nos acomodaron en la residencia de un diplomático importante, éramos huéspedes de honor de aquel estado.

Se me inscribió en una escuela elitista, donde los maestros respetaban mi apellido, pero donde los demás alumnos me miraban con desconfianza. Mi piel era más oscura que la suya evidentemente.

Pasó un tiempo, tuvimos que abandonar aquella residencia por que  mis padres comenzaron a notar ciertas insinuaciones respecto a nuestra presencia. Mi padre buscó trabajo en los diarios nacionales, se le dieron elegantes respuestas, aceptaban por supuesto sus colaboraciones y artículos de opinión, pero no había un puesto determinado para él, ni recibía compensación económica por ellos. Habló con los directores de revistas y periódicos locales, y acabó redactando una gacetilla semanal, mal pagada, con los eventos culturales.

Nos mudamos a una vivienda modesta en la periferia de la ciudad. Me matricularon en la escuela pública del barrio. Nadie conocía mi apellido y para los maestros solo era otro chico de color.

Mi padre insistía en decirme que éramos exiliados políticos, que alguna vez podríamos volver a nuestra tierra. Yo solo deseaba integrarme allí, con los otros muchachos. Asimilé su modo de hablar, no tan diferente del mío, estudié su geografía y su historia y fui poco a poco considerándola como propia y sintiéndome orgulloso de ella. En casa, sin embargo, solo se vivía de nostalgias.

Pasaba el tiempo, tenía buenos amigos en cuyas familias me sentía a gusto, encontré un trabajo acorde con mi preparación y comencé a salir con una chica.

Mientras, en mi país, las cosas dieron un nuevo cambio. Mi padre estaba exultante y únicamente hablaba de regresar. Yo no fui esta vez con ellos.

Hoy he vuelto para visitarlos, me acompaña mi mujer y mi hijo menor. Mi antigua casa, que mis padres recuperaron, es vieja e inhóspita. Las paredes precisarían un revoque, los muebles están desvencijados, las tapicería ajadas y las cortinas cubiertas por la pátina del tiempo.

Mis padres malviven de una pensión que graciosamente le ha concedido el nuevo gobierno en base a su pasado político, pero están tremendamente solos. Muchos de sus amigos que también se exilaron no han retornado.

Todo me resulta deprimente y doloroso, sin embargo en el fondo de mi cerebro se van abriendo paso los recuerdos de mi infancia, sobre todo los olores y el color del cielo, algo que yo creía totalmente olvidado, se introducen de manera que despierta sensaciones muy profundas y muy mías.

Mi mujer y  mi hijo se sienten extranjeros, quieren que nos vayamos pronto a casa, es natural, pero y yo… ¿cuál es realmente mi casa?

Marzo 2011

VACACIONES EN NEGRO

La mujer negra sonreía desde el cartel del escaparate de la Agencia de Viajes, invitaba a visitar su país que aparecía fotografiado tras ella en colores dorados, anaranjados y de un azul intenso.

 

La mujer negra llevaba un atuendo multicolor y hermoso, adornaba su cabeza con turbantes que brillaban al sol que se ponía detrás de las lejanas montañas   y lucía en sus muñecas brazaletes con todas las gamas del rojo, del malva y del amarillo que contrataban con su piel oscura cuidada y saludable.

 

Su sonrisa, es tópico decirlo, destacaba con dientes perfectos en una boca carnosa y sus ojos oscuros ofrecían promesas de felicidad.

 

La mujer blanca pasaba todos los días por delante del escaparate, cuatro trayectos desde su casa a su oficina, desde la soledad de unas habitaciones donde entraba escasamente el sol a media tarde cuando ella no podía disfrutarlo por estar trabajando a un despacho iluminado siempre artificialmente, siempre también  con aire acondicionado y siempre también con las ventanas cerradas.

 

Para la mujer blanca aquel sueño de libertad que se traducía de la imagen de la mujer negra ejercía una atracción hipnótica que le hacía permanecer parada en la acera contemplando a aquella otra mujer, la negra, que se percibía tan dichosa.

 

La mujer negra era tremendamente hermosa, no solo por la perfección de sus rasgos raciales sino porque la naturaleza en todo su esplendor parecía encarnada en ella, poderosa, vibrante, eternamente joven, profundamente vital.

 

La mujer blanca era pálida, con esa palidez que denominaban clorótica los antiguos manuales de medicina. Con el cabello rubio deslucido que recogía en una cola baja prendida por una hebilla de carey. Delgada y frágil se deslizaba, más que caminaba, sobre el asfalto de la gran ciudad como una sombra más dentro de la anodina multitud que diariamente transitaba sus calles.

 

Nunca había estado enferma, por el contrario, había acudido puntualmente a su trabajo en el que rendía adecuadamente y con pulcritud desde hacía más de diez años,  había conseguido adquirir una vivienda modesta pero cómoda en los rehabilitados edificios del centro histórico, disponía de los medios habituales para el ocio al uso: televisión, video, reproductor de música, pc con acceso a Internet…  solamente era que no estaba realmente viva.

 

 Quizás por ello, la vitalidad que irradiaba la mujer negra la fascinaba. Y comenzó a soñar en visitar aquel país ideal, en lograr que su piel tomara un color dorado, que su flacidez desapareciera por largas caminatas en busca de aquellos parajes de cuento infantil, que su ojos se llenaran de luz y de sol, de nuevas experiencias, de paisajes desconocidos hasta ahora para ella.

 

Las vacaciones estaban próximas, si, las ansiadas vacaciones que siempre transcurrían con una aburrida visita al pueblo de sus abuelos donde participaba en las estúpidas fiestas mayores solamente para hacerlos felices, de donde volvía con mayor  hastío vital, con mayor cansancio y con la repulsiva sensación del magreo de algún mozo solterón que le susurraba una vulgaridad al oído.

 

Las vacaciones, de las que sus compañeras de trabajo hablaban con entusiasmo, en las que habían conocido gente interesante y divertida, en las que habían bailado y reído sin límites acumulando nuevas energías para el invierno,  como está previsto, como se promociona en todos los medios.

 

Al fin, aquella tarde, se decide a entrar en la Agencia a consultar precios y fechas para viajar a aquel lugar maravilloso. Se le informa amablemente, podía formar parte de un grupo organizado para salir el diez y ocho de julio regresando el cuatro de agosto, todo controlado y previsto, confortables autocares con guías locales para recorrer lugares exóticos y hoteles de una cadena internacional. Debe vacunarse previamente y hay un seguro de salud por si surge algún contratiempo. El precio, es alto, pero puede asumirlo. ¿Por qué no regalarse unas verdaderas vacaciones?

 

La mujer blanca sale con un dossier completo entre las manos, información detallada e impresos a cumplimentar, y de pronto la ve allí, de pie en la acera, muy cerca de ella. Ve a la mujer negra, su turbante está descolorido y recoge de manera irregular el crespo cabello, está muy delgada, no sonríe y viste unos deformados pantalones piratas sobre los que cae de manera informe una camisa de flores deslavadas demasiado amplia.

 

La mujer blanca ha retrocedido instintivamente pero ahora percibe que han surgido a ambos lados dos hombres también negros, altos y nervudos, uno cojea un poco, seguramente por una fractura en la pierna que soldó a su aire.

 

La mujer negra ha dicho:

.- ¿Tu vas a mi país, si?

Y señala los folletos

.- Yo llevo, si, yo llevo

 

La mujer blanca quiere escapar de la situación, pero los dos hombres la flanquean sin tocarla, sin rozarla mínimamente, pero con la actitud decidida de que siga los pasos de la mujer negra.

 

Caminan a su lado, ve sus tejanos de mercadillo, sus deportivas baratas  y sus camisetas que promocionan alguna marca comercial. Se ve obligada a marchar junto a ellos. Se mueven seguros por las calles de su ciudad hasta llegar a la parada de un autobús urbano de una línea que nunca ha recorrido.

 

El autobús va lleno a esta hora de la tarde, huele a humanidad y a agua de colonia de la que se vende por litros en los bazares chinos. Las calles se van volviendo más largas y más vacías.

 

La mujer blanca piensa en el lujoso autocar de la oferta turística, con aire acondicionado, butacas reclinable y asientos ocupados por viajeros recién salidos de un hotel donde diariamente cambian el cestillo de geles de ducha y agua de baño de marcas exclusivas.

 

A una señal de la mujer negra se apean los cuatro. La acera es amplia y las farolas alumbran alcorques en los que alguna vez se trató de plantar algún arbolillo. Ahora solo son un recuadro de barro donde se arremolinan envases de plástico de comida rápida.

 

Los edificios parecen idénticos, son feos en su monotonía. Llegan a un portal de hierro pintado de color granate. La escalera está mal iluminada pero huele a lejía. En el rellano hay dos puertas de madera algo astillada también pintadas de granate.

 

La mujer negra ha sacado su llave. Las dos viviendas del rellano se comunican permitiendo mayor espacio para acoger a los inquilinos que llegan a través del eterno sistema de trasmisión oral.

 

Hay mucha gente, hombres, mujeres y niños, todos negros. En un rincón, una caja de cedes listos para su venta en las terrazas de los cafés, una mujer se sienta en el suelo con las piernas cruzadas mientras ensarta bolas de madera de colores formando collares que ofrecerá al reclamo del “bonito, barato”.Hay un  viejo televisor que emite un programa del corazón que nadie entiende y al que nadie presta atención.

 

La mujer negra dice:

.- Mi país, tu mira, mi país.

Señala los folletos que la mujer blanca lleva en las manos y parece que va a  romper a reír, los demás también los miran y parece que a una señal ríen todos, con una risa seca, dura, que produce escalofríos.

 

La mujer blanca retrocede hacia la puerta, nadie la detiene, baja la escalera y en sus oídos todavía resuena la risa extemporánea, primitiva y ancestral de los negros.

 

Quisiera pedir un taxi pero desconoce la dirección exacta donde se encuentra. Camina hacia la parada del autobús, al pasar junto a unos contenedores de basura arroja el dossier, los vibrantes colores de la gruesa cartulina publicitaria parecen incongruentes entre los oscuros desperdicios. Ahora le parece ofensiva aquella cifra en euros que todavía se deja entrever en el formulario de inscripción.

 

La mujer blanca piensa que, este verano volverá a las fiestas mayores del pueblo de sus abuelos

Abril 2011

 

Por curiosidad

Gerardo siempre nos estaba hablando de su pueblo, aprovechaba cualquier ocasión para introducir en la conversación los recuerdos que le ligaban a aquel lugar, a sus amaneceres de luna a sus atardeceres ocres, a sus montañas violáceas y a sus bosques de fronda, los viejos edificios de piedra gris y la fuente en el centro de una plaza blanqueada por el sol, toda una paleta de color, que sabía utilizar con destreza, para describir una población  cuyo nombre callaba.

En el momento en que sugeríamos que podíamos hacer una escapada de fin de semana para que nos mostrara aquellos deliciosos entornos en los que había transcurrido su infancia, cambiaba bruscamente de tema, hablaba  de otras cosas, o se sumía en un embarazoso silencio que obligaba a cualquiera de nosotros a hacer algún comentario banal para salir airosos de la situación.

Por eso nos entró una curiosidad que iba aumentando progresivamente cada vez que se producía una de estas situaciones.

Era un compañero de trabajo amable y servicial, nunca causaba problemas y se deslizaba a lo largo de la jornada laboral sin hacerse notar demasiado. Cumplía con sus cometidos, interactuaba con habilidad tanto con superiores como con subordinados y a la hora del café, compartía mesa con nosotros, los de la misma sección de la oficina, desde que se incorporó a la empresa hacía seis meses..

Pero sabíamos poco de su vida personal, no quedaba nunca claro si tenía pareja, compartía piso o vivía solo, porque se refería a alguna persona de su entorno íntimo de una forma tan indefinida que resultaba difícil deducirlo.

Esta habilidad para poder conversar sin decir nada que pudiera proporcionara pistas sobre sí mismo solamente se rompía cuando alguno refería anécdotas de su infancia; entonces él siempre comentaba alguna de sus andanzas por aquellos parajes que describía con minuciosidad, ya fueran para relatar cómo había escalado unos riscos con tan solo cuatro años, o cómo estuvo perdido durante un par de días, a los nueve,  cuando se internó en unos bosques cercanos siguiendo el rastro de un animal desconocido para él entonces y que resultó ser un jabalí de buenas dimensiones del que lo libró un pastor.

Hablaba de su casa, un edificio con blasón en el dintel de la puerta principal, balcones y rejas de hierros trabajados, desniveles y buhardillas donde inventar mil y una aventuras que completaban las que corría en plena naturaleza, siempre arriesgadas y excitantes..

Pero tampoco nos decía cómo eran sus padres, si tenía hermanos o primos, como se llamaban sus amigos de entonces, su maestro o el cura de aquella iglesia de airoso campanario donde anidaban las cigüeñas.

Si se le interrumpía el relato con el consabido:

.- ¿Y que dijo tu madre?

O bien:

.- ¡Vaya susto que se llevarían tus padres!

Parecía no haberlo oído y seguía contando.

Al principio no hacíamos comentarios a sus espaldas, nos parecía de mal gusto, claro, pero poco a poco nos iba picando cada vez más la curiosidad y por fin alguien propuso localizar su documento identidad para averiguar el lugar de nacimiento de nuestro compañero.

Alguno de nosotros, experto en informática, se encargó de acceder a los datos de la empresa donde figuraban las fichas personales de los empleados y de allí extrajo la información de que Gerardo Zornoza dela Gándarahabía nacido en Pueblo Nuevo del Cerro en una provincia limítrofe de la nuestra.

No pillaba lejos, así que, un domingo de Abril, quedamos para la consabida visita a los lares de nuestro compañero que ya nos iba resultando cada vez más misterioso.

Éramos cuatro, en el Ibiza, de Juan Luis: Marta, su chica, Ricardo y yo. Todos habíamos conocido a Gerardo a la vez, cuando se sentó en el puesto de Miguel, al que habían trasladado de sección, y se presentó con su nombre de pila simplemente.

Durante el trayecto aportábamos rasgos de su conducta que le hicieran sospechoso, pero, realmente, salvo la falta de información, no podíamos encontrar nada especialmente extraño.

Por los datos que había conseguido Ricardo sabíamos que tenía veinticinco años, una titulación de grado medio, conocimientos de inglés y de informática, y que este era su primer contrato serio después de algunos en prácticas. En conclusión nada que no correspondiera a la inmensa mayoría de jóvenes de nuestro país.

En cuanto a su físico, según Marta, resultaba bastante atractivo para las mujeres sin ser excesivamente guapo, ni excesivamente alto; quizás más por su  reserva que le proporcionaba cierta aura misteriosa.

Pronto nos cansamos de analizar lo que sabíamos de Gerardo que era bien poco, así que preferimos contemplar el paisaje por el que nos desplazábamos que iba convirtiéndose en más abrupto a medida que avanzábamos por una carretera comarcal que seguía el curso del río hacia su nacimiento.

Yo observé que había abundantes torrenteras, ahora secas, que sugerían que por allí habían corrido las aguas del deshielo unos meses antes. Ahora la vegetación era frondosa y se divisaban bosques de alcornoques agarrados a las laderas agrestes.

Avanzábamos despacio por las abundantes curvas de la ruta hasta que al cabo de unas tres horas de viaje divisamos las indicaciones de que nos aproximábamos a Pueblo Nuevo.

Al llegar allí todo era como él nos había descrito, la luz muy clara y el aire transparente y limpio, olía a monte y se escuchaba el rumor del agua que fluía por el pilón de la fuente en medio de la plaza.

La Iglesia, ahora cerrada tenía una escalinata tallada en piedra y del reloj de  su campanario escuchamos dar las once de la mañana de un magnífico día de primavera.

A pesar de ser domingo el pueblo estaba silencioso, no jugaban niños ni charlaban mujeres en las puertas de las casas, que permanecían cerradas también, aunque no parecían abandonadas.

Recorrimos con la mirada la plaza y dimos con el edificio que había llenado la infancia de Gerardo, su dintel con escudo, sus rejas y sus balcones de hierro forjado.

Tratábamos de encontrar algún bar o algún comercio de los que abren los domingos en los pueblos pequeños, cuando observamos las figuras titubeantes de dos ancianos con sus garrotas que lentamente caminaban hasta sentarse en el banco de piedra anejo al muro de la casa de Gerardo.

Nos pareció la mar de oportuno y nos acercamos dándoles los buenos días de la manera más natural posible, como si les hubiéramos conocido previamente. Nos miraron con escasa curiosidad y respondieron al saludo sin más comentario.

Entonces Marta se decidió:

.- ¿Hoy no hay nadie en la casa de Gerardo, verdad?

Uno de los viejos pareció sorprenderse un poco

.- No, no hay nadie

.- ¿Llegarán a medio día?, insistió Marta.

.- Gerardo nos dijo que si nos acercábamos por Pueblo Nuevo saludáramos a sus padres.

.- No lo creo. Terció escuetamente el otro viejo.

.-No, no creo que puedan saludarlos. Añadió el primero con una media sonrisa.

.- Bueno, sugerí yo, realmente pensábamos darles una sorpresa porque trabajamos con él.

.- ¿Trabajan con el “congelao”? dijo uno de ellos

.- ¿El “congelao”?, respondimos casi a coro los cuatro, sin saber si romper a reír o mantener una mayor discreción.

.- Bueno, aquí le llamábamos así,  aunque no en su cara, claro. Ni en la de sus padres, ¡estaría bueno!.

Ahora los dos ancianos parecían animados a seguir la charla al ver el interés que habían despertado en nosotros.

.- Es que sus padres no podían tener familia, ya me entienden. Eran ricos y fueron a muchos médicos, de aquí de la provincia y de fuera, pero, nada.

.- Y por eso- continúo su compañero- marcharon a una de esas clínicas donde tienen críos congelaos y se lo pusieron dentro a la madre, y así por fin nació el muchacho, hermoso como él solo, la verdad, no tenía nada que envidiar al más sano de los chiquillos de aquí. Pero la gente habló mucho entonces de la cosa. Y empezó lo del “congelao”

.- Sus padres estaban locos con él, y temían tanto por su vida que no le dejaban salir de casa a juntarse con nadie, ni jugar en la plaza, ni salir a los montes, ni bañarse en el río, por si le pasaba cualquier cosa, ¿comprenden?

Nos miramos recordando las aventuras que nos había contado Gerardo a la hora del almuerzo en las que recreaba tan bien aquellos parajes, pero callamos esperando que continuaran con su relato.

.-Ni siquiera le dejaron ir a la escuela, trajeron un maestro para él solo y cuando los del Ayuntamiento se interesaron por el caso, pagaron buenos abogados que demostraron que el chico tenía más instrucción que los otros y los dejaron en paz.

.- El pobrecico se asomaba a estos balcones cuando oía a los muchachos en la plaza, -dijo el que menos hablaba- mirando con expresión entristecida la fachada.

.- Y los chicos, ya saben ustedes como son los chicos, se le plantaban debajo y le coreaban: “congelao”, “congelao”, “congelao”, hasta que él se metía dentro llorando.

.- Su padre quería denunciarlos, perola GuardiaCiville decía que si no le tiraban piedras o dañaban la casa… que no había nada que denunciar.

.- ¿Y dicen que trabaja con ustedes, enla Capital?

.- ¿Y de qué trabaja?

Las contestamos que en una oficina para une empresa de transportes bastante importante.

.- ¡Ah!, es que eso sería que luego de lo que pasó, cuando se fue de aquí, pues estudiaría algo más, digo yo

Su compañero cabeceó afirmativamente

.- Se marcharía con unos diez y seis años más o menos.

Nos mantuvimos en silencio esperando que los ancianos siguieran con sus recuerdos. Era medio día y la sombra de la casona aportaba cierto frescor todavía. Pensamos que debíamos sugerirles tomarse un refresco con nosotros pero temíamos romper el encanto de una historia que cada vez se nos antojaba más fascinante y que aclaraba muchas de las características de la personalidad de Gerardo.

Juan Luis, con habilidad sugirió:

.- Claro, con lo que pasó es natural que él no haya vuelto por aquí, pero acordarse, se acuerda mucho, que nos ha contado muchas cosas del pueblo.

El más silencioso de los dos miró a Juan Luis con incredulidad:

.- ¿Él les ha contado lo que pasó?

Y a su compañero se le fue la lengua

.- ¿Cómo va a contarles de que forma murieron sus padres?, Es que, oigan, fue un accidente muy raro, iban los dos en el coche, y su padre sabía conducir, ¡vaya si sabía!, había guiado desde jovencillo, así que no tenía porque derrapar en aquella curva, y caer al río.

.- Dijola GuardiaCivilque llevaban los frenos sueltos, no saben como. Añadió el primero.

.-Eso, cuando pudieron encontrarlos, porque aquel invierno era muy frío y el río traía hielo de las montañas, así que el coche se hundió debajo de los témpanos y no pudieron sacarlo hasta la primavera.

.- Dijeron que no habían muerto del golpe, que se habían quedado allí dentro, congelaos.

No supimos que cara habíamos puesto porque ninguno de nosotros nos atrevíamos a mirarnos,  ahora no teníamos intención de comer, creo que nos hubiera sentado fatal, nos despedimos con la escusa de recorrer el término.

.- Vayan, vayan, que vale la pena. Dijeron los viejos.

No fuimos a ningún lado, regresamos a la ciudad en silencio, pensando lo difícil que nos iba a resultar compartir más almuerzos con Gerardo.

Denia, mayo de 2011

 

 

 

 

 

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3 comentarios el “Propuesta 28: transformaciones por viaje

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