Personajes secundarios

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El compañero

Cuando entraron el la Taberna de Anselmo supimos que venían por el. Eran cuatro, con ese aspecto borroso en el que ningún rasgo llega a destacar claramente. Cuatro hombres grises como de niebla, difíciles de identificar, difíciles de recordar salvo por la sensación de frialdad y distancia que trasmitían.

Ajenos, incluso entre sí, obraron como autómatas dirigidos por control remoto, al acercase a la mesa en que jugábamos unas manos a los naipes.

Él se levantó al verles, era uno de los últimos compañeros que se habían incorporado recientemente a la célula, y sabíamos bien poco de él. En nuestro trabajo nadie conoce a nadie a ciencia cierta, forma parte de las reglas para los que pertenecemos al último escalón de la estructura;  carecemos de información que pueda hacer peligrar a la Organización en el caso de resultar comprometido alguno de nosotros.

Por eso teníamos claro que no hablaría, no podía hablar, estábamos tranquilos porque no sabía realmente lo que la Policía esperaba que confesara. Ninguno de nosotros dijo nada cuando se fue con ellos. Actuamos como si aquello no hubiera sucedido y la partida de naipes continuó sin él, seguimos prestando atención únicamente a las jugadas. Le olvidamos.

Pronto su espacio sería cubierto por otro hombre, tan desconocido como este, con el que arriesgaríamos nuestras vidas a favor de una causa incierta, de un futuro apenas vislumbrado, de una ideología remota y trasnochada.

Entonces yo comencé a recordar algunos retazos de charlas que había mantenido con él mientras manipulábamos explosivos y detonadores, lo que me pareció entender como un cuestionamiento de las consignas, como las dudas que la razón, liberándose de las redes del fanatismo, había ido abriéndose camino en su mente.

Y tuve la certeza de que los hombres grises eran de los nuestros y de que la verdadera batalla por la libertad comenzaría ahora para mí si  no le olvidaba y me atrevía a seguir sus pasos.

El hermano

Para mi madre el tiempo dejó de existir cuando mi hermana murió. Yo tenía entonces cinco años. Nuestra vida había comenzado a cambiar antes, cuando mi padre dejó de venir a cenar a casa, y mi madre, siempre tan cansada, pedía una pizza por teléfono que comíamos viendo un video que indefectiblemente le hacía llorar, aunque fuese de  Mr. Bean que tanto nos divertía a mi hermana y a mi.

Aún así los días se sucedían unos a otros, y eran alegres; y los sábados eran divertidos, cuando papá nos recogía y nos llevaba en su coche a algún Parque Temático lleno de atracciones emocionantes. Durante la semana peleábamos por vestirnos deprisa para ir al colegio y que mamá no llegara tarde al trabajo, y la esperábamos sabiendo que nos traería alguna chuchería rica para la merienda.

Después, cuando el tiempo dejó de existir, mi madre seguía viéndome de cinco años y hablando de cuando mi hermana dejara de vomitar para llevarnos de nuevo al colegio.

De nada sirvió que acabase la Secundaria, que los profesores y la psicóloga escolar hablasen con ella, que se plantease mi futuro ingreso en la Universidad.

Mi padre había tenido que intervenir y llevarme a vivir con él, pero aún hoy, cuando visito a mi madre, tengo que ponerme unos pantalones vaqueros de peto y tirantes y una camisa con estampados de Disney.

La Flaca

.- Eh, tu, ¿recuerdas esto?: “…y ya no te pondrá más las manos encima.”

Martha tardó tres días en darse cuenta de que la flaca la controlaba desde una cierta distancia. Demasiado pendiente de adaptarse a las rutinas carcelarias, a los rituales de aquel submundo en el que regían normas no escritas pero esenciales para la supervivencia, no se dio cuenta de la presencia de la flaca, mirándola con insistencia y en silencio, hasta que le soltó la frase, en un susurro grave y amenazador.

.- Oye, ¿no leíste en tus jodidas cartas algo así?

La flaca, un apodo que era un sarcasmo, pesaba sus buenos ciento cincuenta kilos, era una mujerona de ubres por pechos, cintura inexistente y nalgas desbordadas, edad más próxima a los cuarenta que a los treinta, altura superior a la media femenina de su generación y unas manos en las que cifraba su orgullo al mostrarlas engarfiadas mientras pronunciaba el remate final de su historia, aquel: “….y lo maté” con el que parecía dejar sentado que con ella no se jugaba, que sus dedos, simplemente sus dedos, eran tan mortíferos como una navaja o una pistola y que la fuerza de sus brazos constituía la garantía para hacerse respetar.

.- Podrías acordarte, se la mandé hace más de un año, y  ella no contestó.

Desde la llegada de Martha, la flaca vagaba silenciosa por la vereda reseca que circundaba el patio. Su enorme humanidad hollaba lentamente una y otra vez el carril de forma muy distinta a cuando caminaba haciendo temblar bajo sus plantas  el suelo metálico de la galería. Las demás presentían que estaba ocurriendo algo, lo intuían porque en el universo cuadrangular de la penitenciaría un mínimo cambio desestabiliza su frágil equilibrio..

.- Pero que mierda de cartas leísteis, tan dulzonas, tan blandas. Tuvisteis que leer la que yo le escribí cuando me enchiqueraron, porque ella no respondió, ni ha venido a verme. No le llegaría, joder, seguro que no le llegaría.

Incluso las celadoras parecían a la expectativa; la flaca constituía de alguna manera una referencia para mantener el orden inalterable de los días, las semanas, los meses y los años en la  Institución.  Bastaba con tener contenta a la flaca y ella se encargaba de que ninguna de las otras reclusas crearan problemas, y a flaca se le contentaba con cigarrillos y algunos extras de comida y alcohol del que consumía el personal.

.- ¿Tampoco recuerdas esto otro?: “… ya no has de tener miedo, lucero, yo le maté.”

Martha, la nueva, permanecía en cierto modo ajena, no sabía cómo se funcionaba antes de su llegada, las jerarquías y los clanes le resultaban extraños, trataba de cumplir con las normas con su espíritu de funcionaria pública y carecía de claves para interpretar la actitud de la flaca para con ella.

.-Y dices que las queman, los muy hijos de puta las queman…

Fue al final de la primera quincena cuando la celadora del  último turno la llamó después de la cena, cuando las presas retiraban sus platos y se establecía el orden del friegue en la cocina. Martha temió haberse saltado algún control, haber olvidado alguna consigna y se asustó. La celadora sólo le indicó que recogiera sus cosas para trasladarse a otra celda.

.-¡Te tienes que acordar, mosquita muerta, que a mi no me la pegas, me tienes que jurar que esa carta no llegó a su destino!.

Martha se encontraba a solas con la flaca aquella noche, tenía mucho miedo  y no podía dormir porque sabía que la estaba mirando con fijeza, a través del humo de sus cigarrillos que empalmaba uno tras otro a pesar de la prohibición de fumar después del toque de silencio.

.-“ …serás solo mía cuando salga de aquí, para lamerte entera y borrar con mi lengua la baba asquerosa de aquel hombre”, ¿qué, esto sí que te dice algo, verdad?

Comenzaba a percibirse la claridad del alba, la claraboya sobre la galería filtraba una neblina gris y sucia y el cuerpo de la flaca era, bajo la manta, el remedo de un cetáceo varado en una playa .

.- “…te perderás entre mis pechos , tu, tan chica y tan fina”

.

La voz salía de aquella montaña informe que tenía enfrente. No le podía ver la cara, quizás estuviese vuelta hacia la pared, quizás estuviese cubierta por las ropas, pero la voz sonaba lúgubre y seria, demasiado grave para alguien a quien Martha había oído chillar con destemplanza el primer día, imponiendo su ley.

.- “..y sabrás de una vez por todas lo que es llegar  hasta el final y volver y llegar de nuevo y encadenar el jadeo y el grito hasta morir entre mis brazos para resucitar en la gloria”

Martha callaba ante aquel monólogo que sonaba a oración antigua, oración pagana repetida una y mil noches en la soledad de un camastro carcelario, oración a una diosa lejana y ausente, tan muda a las plegarias de la flaca como todos los dioses.

.- “Espérame, mi amor, espérame”

Martha creyó percibir algo parecido a un sollozo que de golpe se convirtió en una carcajada esperpéntica, rebotando  a través de las rejas, a través de los pasillos, a través de los patios, hasta perderse en la claridad del día que comenzaba. Era la risa herida de quien quiere humillar a su propia debilidad.

.- Dijeron que el tipo había querido violarme, ¡a mi! que no ha habido hombre que se haya acercado a mirarme a la cara. Que le maté en defensa propia, y me vino bien, redios, vaya si me vino bien,  para menguar la condena. Defensa propia…a lo mejor sí, que defendía lo único que tuve mío y que el muy cabrito aún llevaba reflejado en el fondo de sus ojos, aquellos ojos que se abrían más y más, mientras yo le apretaba el cuello.


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