Propuesta 01: texto corto sobre fotografías

SUEÑOS DE UN TATUADO

Aquí, el guionista le hará decir a Jhonny eso de :

.- ¡no sabes lo que te perdiste, muñeca!

Pero, en el fondo, sólo es una pose de Jhonny su aparente indiferencia. Y eso de tapizar su cuarto de marinero solitario en un bloque de viejos apartamentos cerca del puerto, con los dibujos que hizo de ella, durante el tiempo en que estuvieron juntos, después que ella dejara de trabajar en el burdel del grasiento Joe y antes de que él se embarcara de nuevo en el petrolero.

Luego Jhonny se levantará y se servirá un güisqui en un vaso de cristal barato que, al final, romperá con su mano crispada por la rabia y la desesperación, y la sangre empañará el vaso.

María sabe que la película, más o menos, será así, y que, al final, seguramente habrá una escena en que Jhonny besará a una dulce muchacha en una playa con palmeras, pero, sobre todo, sabe que el sábado, cuando Jhonny bese a la chica, Miguel la estará besando a ella y María, sonríe.

ALHOA

Papá y mamá y su gloriosa Cruzada. Su patriotismo fanático, su sonrisa estereotipada y sus consignas. Su felicidad estúpida reflejada en unas fotografías de un tiempo ya olvidado por casi todo el mundo, excepto por ellos, que siguen con las reuniones de Veteranos, hablando de enemigos fantasmas, de regeneración de las costumbres, de honor…

Son las cinco de la tarde, afuera hace calor, el sol, se cuela por las rendijas de la persiana e ilumina el rostro de mamá, de mamá con 18 años. Ahora mamá está gorda, huele a agrio y habla a gritos. Papá está calvo, come poco y guarda silencio.

Mario no se levantará tampoco hoy.

LA CAMA DE VALLMANYA

Cuando entré en la habitación supe que iba a morir  allí, en aquella cama tan fría, tan simple. Un esqueleto de cama para un esqueleto humano, mostrando los mecanismos del somier para alzarlo con aquella manivela que siempre chirria un poco.

Era una cama para morir,  arrimada a la pared desnuda, como si se quisiera impedir  que alguien escapara de aquel confinamiento de dolor y enfermedad.

La cama rígida, presagiando la rigidez cadavérica me ha aprisionado desde el principio y ya no puedo huir, Nunca me levantaré ya de esta yacija articulada que me incorpora en contra de mi voluntad un par de veces al día para la farsa de la alimentación: un ritual inútil.

Cuando supe que iba a morir allí,  lloré mi muerte por vez primera.

SIN TÍTULO

Era un motel de carretera, la habitación tan impersonal como cabía esperar en un lugar así, perdido en una ruta secundaria. Al llegar vieron de nuevo los esqueletos de algunos bungalows que no terminaron de construirse, abandonados. Entre sus paredes vanas el viento y el sol habían escrito una historia de desamor.  Desde la ventana, los pinos raquíticos,  los matorrales y las torrenteras configuraban un paisaje árido y seco.

En aquella cama doble la soledad podía palparse. La pareja había llegado por separado, se desnudaron en silencio. Ejecutaron el ritual del sexo con hastío, por rutina, por compromiso.  Después, ella salió primero. El coche arrancó con suavidad. Cuando se incorporó al flujo de la autopista se empezó a sentir mejor. La ciudad, su hogar se perfilaba, próxima

El pagó la habitación, regresaba a casa, tenía ganas de llegar y leer un rato antes de acostarse, besar a su mujer dormida, echar un vistazo al cuarto de los niños.

Pero los dos estaban seguros de que les gratificaba tener un amante.

HABITACIÓN CON VISTAS

Se dormía siempre mirando la estampa que su abuela había colgado sobre la cabecera de su cama. Una estampa en la que dos niños atravesaban un frágil puente tendido sobre el abismo en una noche de tormenta. Detrás un ángel blanco de alas inmensas los protegía, sonriendo.

Y, de pronto, vio al ángel a su lado, le tomó de la mano, bajaron la escalera sin que los peldaños crujieran a su paso, llegaron al zaguán  y atravesaron el portón de madera  que, extrañamente, estaba abierto.

Le despertó el abrazo espasmódico de su madre, entre los gritos de una multitud aterrorizada. Una bomba había destruido la casa. Al levantar los ojos hacia allí el ángel seguía mirándole desde la cabecera .

LONDRES

Mamá adoraba las flores, había flores en pequeños búcaros repartidas por toda la casa, en el taquillón del pasillo, un ramillete de margaritas, en la mesa del comedor, rosas, en las repisa de la chimenea prímulas, en los alféizares de la ventana, tiestos con geranios y claveles, el los aparadores de la cocina colgantes macetas de plantas aromáticas con sus flores asilvestradas. Y, en las habitaciones, manojillos de violetas sobre el tocador, en jarritos de cerámica blanca.

Pero, después comenzó a empapelar las paredes con motivos florales, y no quedó ni un sólo milímetro libre de aquel tapizado floral que surgía por todas partes creando un universo asfixiante de colores y texturas que acabó extendiéndose sobre los objetos recubriéndolos como un mantillo.

Fue entonces cuando sustituimos las llaves por la podadora.

EL SONÁMBULO

Nunca me han gustado las habitaciones al final de un pasillo, me dan la sensación de que allí acaba todo, que no hay retorno, que no hay salida. Ya soy viejo, y el final me asusta. Por eso tardé mucho en decidir qué utilidad darle a aquel cuarto y permaneció vacío durante los primeros meses en que habitamos la casa.

Mi mujer insistía en que pusiéramos allí algunos trastos de esos que molestan en todas partes, herramientas, la tabla de la plancha, embalajes de los electrodomésticos o mantas que ya no se utilizan desde que usamos los nórdicos.

Pero yo me negaba, pensaba que lo que dejáramos, desaparecería. De modo que seguía vacía, o, al menos eso creía yo.

Hasta que comprendí que mis esfuerzos habían sido inútiles,  alguien había abierto la puerta desde el otro lado y me llamaba. Tuve que entrar .

Supongo que el parte médico dirá que sufrí un infarto trasladando un objeto demasiado pesado para mi.

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