Propuesta 38: se encuentra una antigua carta

Una carta y un sueño

 

Hacía seis meses que Julio había muerto y no me había atrevido todavía a entrar en su despacho. Eran sus dominios, y solo permitía a la asistenta  pasar la aspiradora por la moqueta.

 

Del resto se ocupaba él. Subido en aquella escalerilla de biblioteca  de semicaracol en madera de roble (un capricho que se empeñó en poner en la lista de boda y que nos regaló una tía de Julio a la que casi no conocíamos), limpiaba cuidadosamente todos los libros cada quince días, tomándolos en sus manos, uno por uno, pasando un paño suave por sus lomos y cubiertas y colocándolos de nuevo en su lugar.

 

Pensé que era momento de realizar yo aquella tarea, que el duelo por su pérdida tenía ya menos virulencia y, poco a poco, me había acostumbrado a su ausencia como era normal esperar que sucediera.

 

Utilicé también la escalerilla, comenzando por el estante más alto de la librería que cubría dos paredes de la habitación, desde el techo hasta el suelo. Los libros estaban cuidadosamente ordenados por temática y se podía encontrar desde Historia a Filosofía, desde novela a poesía, desde narrativa clásica a los últimos títulos de antes de que Julio falleciera.

 

¿Por qué hojeé aquel volumen de poemas de Pablo Neruda entonces?, podía haberlo limpiado como hice con los demás y otro día cualquiera volver a cogerlo para leerlo plácidamente, en mi sillón favorito, junto al ventanal.

 

Pero el hecho es que lo abrí y fue entonces cuando se deslizó de entre sus páginas aquella hoja, una cuartilla doblada por la mitad con unas escasas líneas escritas.

 

Inmediatamente reconocí  la letra de Miguel, mi hermano, aquel hermano al que estuve tan unida y que marcho a Liverpool a ampliar su inglés poco después de nuestra boda y se había quedado allí, haciendo su vida, una vida de la que poco nos contaba cuando volvía a casa de vez en cuando.

 

Las manos me temblaban ligeramente, tuve la intuición de que algo muy personal, algo de lo que Julio nunca me había hablado iba a desvelarse en aquellas palabras, bajé de la escalera, salí del despacho y me senté ante la mesa de la cocina donde me serví un vaso de agua.

 

Decidí leer la carta en la cocina, si, ese era mi territorio, como el despacho era el de él y de esa manera hacía mío el contenido de la misiva.

 

No llevaba fecha ni firma y su texto decía así:

“Haz muy feliz a mi hermana, solo de esa manera seguirá teniendo sentido nuestro amor y nuestra renuncia, solo así seguirá siendo algo hermoso y no algo sórdido como lo ven otros”

 

De golpe se me aclararon muchas cosas, y la perfecta sincronía que había existido entre los tres antes de nuestra boda cobró otro sentido. Pero especialmente recordé la tarde en que jugamos a interpretar los sueños.

 

Nuestro amigo Luís había empezado a especializarse en Psiquiatría y era el alma de nuestras reuniones, sus experiencias con los pacientes nos llenaban de curiosidad emocionada, los conocimientos que cada día iba adquiriendo se convirtieron en el tema favorito de las tertulias de nuestro grupo.

 

Especialmente cuando empezó con los rudimentos del psicoanálisis; allá por los años setenta en nuestro país, tan aislado de las corrientes europeas donde ya estaba siendo superado por las nuevas tendencias psiquiátricas, las interpretaciones a la luz de la psicodinamia psicoanalítica nos fascinaban.

 

Estábamos en casa de mis padres, mi madre había muerto hacía un año y mi padre estaba mucho tiempo fuera, así que mi hermano y yo ofrecíamos la casa como el refugio perfecto para las reuniones con nuestros amigos.

 

Era diciembre y hacía frío. Una tarde desapacible en el exterior, pero allí en la sala de estar donde mi madre había pasado tantas horas se estaba bien. Yo estaba singularmente bien protegida por la presencia ausente de ella que todavía llenaba la estancia.

 

Nos habíamos reunido los de siempre, Luís y su novia Amanda, Berta y Carmen, dos hermanas muy amigas mías entonces, mi hermano, por el que bebía los vientos Berta, Julio y yo.

 

Y surgió el tema de la interpretación de los sueños. Cada cual debía contar un sueño y Luís se encargaba de interpretarlo. Ni que decir tiene que nos parecía un divertimento ingenioso porque Luís, al conocernos bien, interpretaba el sueño más a la luz de lo que sabía que tomando en cuenta los símbolos de forma ortodoxa.

 

Por eso nos reíamos cuando el sueño de Berta donde aparecía una extraña iglesia de altos muros con velas, incienso, y órgano terminaba con la aparición de un arcángel flamígero que luchaba contra el diablo.

 

Luís le decía si aquel arcángel no sería por casualidad San Miguel que es al que corresponde la iconografía descrita. Y Berta fingía enfadarse mientras miraba significativamente a mi hermano.

 

Luego, su hermana Carmen, contó que había soñado con un camino pedregoso y lleno de maleza que le impedía avanzar, donde se arañaba las piernas. Pero que intentaba seguir adelante porque más allá se veía un río de aguas claras que se perdía en el horizonte. Luís sabía que Carmen quería marcharse de nuestra ciudad para hacer carrera en el mundo del arte, pero su familia le ponía muchas trabas, era muy sencillo de interpretar.

 

 

Amanda decía siempre que ella no soñaba nada y eso servía para que Luis insistiera en que tenía una enorme carga represiva que él se encargaría de eliminar con unas sesiones de psicoterapia exclusivas para ella, lo que permitía ciertas bromas a costa de ambos que ponían colorada a Amanda, pero que, en el fondo, le encantaban.

 

Tenia que seguir yo, pero dije que ya estaba bien de que solo contáramos sueños las chicas y que ahora le tocaba a mi hermano, el parecía reacio y al final relató que estaba en una biblioteca muy antigua, buscando un libro de magia y conjuros para lograr sus deseos, sabía que estaba allí, pero un bibliotecario de mala cara le decía que ya se lo había llevado una mujer.

 

Luis le preguntó si conocía al bibliotecario, y mi hermano, riendo, contestó que se parecía a nuestro padre cuando estaba enfadado.

 

Luis se puso serio y comentó algo de competencia con alguna compañera del laboratorio, pero mi hermano argumentó que se equivocaba, porque no trabajaban chicas en su departamento.

 

De pronto nos quedamos todos en silencio, el contenido del sueño flotaba en el aire. Yo me burlé de mi hermano diciéndole que se lo iba a contar a mi padre y Julio entonces me interrumpió con expresión dura para decirme que de aquello  de lo que hablábamos no había que mentarlo en familia.

 

Luis parecía nervioso y se puso a referir de la metedura de pata de un  adjunto que se las daba de listo y nos hizo reír una vez más.

 

Ya no volvimos a interpretar sueños, Luis decía que no era un juego de sociedad y que no se debía hacer a la ligera. Cada vez se tomaba más en serio su trabajo y lo entendíamos.

 

Llegó el día de nuestra boda, todo iba bien, todo era clásico y formal como era la costumbre entonces y en una ciudad pequeña.

 

Nuestros amigos se sentaron juntos en una mesa y mi hermano prefirió sentarse con ellos en lugar de ocupar un lugar en la de presidencia. Yo lo entendí, podía pasarlo mucho mejor.

 

Comenzó el baile que abrí con mi padre y continué con Julio. No me di cuenta, sin embargo, que Berta, que había bebido más de la cuenta, se le estaba echando literalmente encima a mi hermano, hasta que mi ya marido, que no les había quitado ojo,  me rogó que acudiera al rescate llevándome a Berta a la terraza con alguna escusa.

 

Salimos las dos, a Berta se le pasó de golpe la alegría y comenzó a llorar con ese llanto flojo del alcohol por los desaires de mi hermano. Le trataba de explicar que él solo estaba interesado por sus trabajos en el laboratorio y que además nos había comunicado hacía poco que pensaba marcharse al extranjero.

 

Berta arreció en su llanto y yo buscaba con la mirada a Julio para que me ayudara a manejar la situación. Pero Julio hablaba con mi hermano en aquel momento con tal actitud de confidencialidad que no me pareció lo adecuado interrumpirles.

 

Por fin conseguí localizar a Carmen, la hermana de Berta y se la llevó a casa. La fiesta continúo sin ellas.

 

Ahora, sentada a la mesa de la cocina con aquella breve misiva en las manos todas estas imágenes se me presentaban para constituir un cuadro nítido de cual había sido la auténtica relación entre mi hermano y Julio. ¿Durante cuanto tiempo?, ¿se había acercado Julio a mi para poder estar junto a mi hermano?

 

Pero ya no importaba, Julio cumplió con lo que mi hermano le había pedido, habíamos sido felices durante más de cuarenta años, habíamos formado una verdadera pareja, cómplice y amable, teníamos tres hijos y dos nietos. Aunque era cierto que siempre  podía ver en los ojos de mi marido algún deseo que yo no alcanzaba a satisfacer.

 

Mi hermano Miguel era el padrino de nuestro hijo mayor que llevaba su nombre, lo llenaba de regalos cuando era niño y le llevó con él a Inglaterra  durante un verano cuando acabó su bachillerato. Mi hijo le adoraba.

 

Pero aún así  la constatación del gran amor que había unido a los dos hombres que yo también había amado me hacía daño.

 

Y reproché a Luis, nuestro amigo psiquiatra, el que no se hubiera atrevido a interpretar aquel sueño.

 

 

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s