Los textos en el diván

LA CASA DE BERNARDA ALBA

(Federico García Lorca)

Hace casi setenta años que las hijas de Bernarda Alba bordan su ajuar entre las blancas paredes del patio interior de su casa, y aunque es probable que, en la actualidad, sería difícil encontrar a cinco muchachas entrelazando vainicas y entredoses con sus frustraciones y sus resentimientos, sí es cierto que el esquema familiar que se hace patente en “La casa de Bernarda Alba” todavía tiene plena vigencia.

Se ha analizado ya en abundantes trabajos la personalidad de Bernarda, una madre fálica que encarna la “ley del padre” y la transmite: “… así pasó en casa de mi padre y en casa de mi abuelo”, dice cuando impone los años de riguroso luto a la muerte de su esposo; una mujer, dos veces viuda, con una madre así mismo viuda, y unas hijas vírgenes. Ningún hombre puede sobrevivir allí, aunque el hombre esté siempre presente.

Se ha considerado desde otros ángulos la rebeldía de Adela como un alegato feminista a la libre disposición del cuerpo por parte de la mujer: “… Mi cuerpo será de quien yo quiera”; y también se ha valorado el mensaje de denuncia de una España profunda y oscurantista donde los portones cerrados impiden la libre circulación de los aires de fuera, donde se vive con el paranoico sentimiento de amenaza, inherente a una sociedad que se nutre de sus propios muertos: “Es así como se tiene que hablar en este maldito pueblo sin ríos, pueblo de pozos, donde siempre se bebe el agua con el miedo de que esté envenenada”

Pero si enfocamos “La casa de Bernarda Alba” desde la perspectiva familiar sistémica, encontramos patrones que pueden reconocerse en muchas familias de la actualidad.

En efecto, la familia de Bernarda Alba responde a la denominada “familia fusionada”. Estas familias “no incorporan situaciones nuevas para el orden dinámico-estructural, no favorecen el correcto desarrollo o diferenciación de sus elementos, repiten siempre las mismas pautas de actuación y ello empobrece a todos sus miembros”.

Este modelo familiar mantiene su equilibrio a base de evitar el desacuerdo gastando en ello todas sus energías; dice Bernarda: “yo no me meto en los corazones, pero quiero buena fachada y armonía familiar”.

El precario equilibrio interno del sistema se mantiene en relación con un suprasistema (el pueblo) que articula con él porque comparte los mismos mitos y ritos familiares.

El mito familiar, que es “el conjunto de creencias utilizadas y compartidas por los miembros del sistema familiar para tener identidad propia” es, en el caso de “La casa de Bernarda Alba”, la virginidad.

Para Bernarda la defensa de la virginidad de sus hijas y, en último extremo, la apariencia de que no se ha perdido la virginidad, es la mayor defensa contra el caos de su familia en la que se están movilizando intensas fuerzas desintegradoras.

Hoy consideramos que lo patológico de un mito familiar no es su contenido, sino su utilización rígida y desadaptada.

Por eso, si bien no existen ya tantas familias para las que el mito de la virginidad de sus hijas fusiona de esta forma, sí existen en muchas familias otros mitos familiares que pueden causar el mismo dolor, la misma tragedia.

La situación de equilibrio se rompe al morir el padre de las cuatro hermanas menores, tanto por lo que supone de desaparición de un elemento en la estructura interna de la familia que obliga a reposicionarse a los demás, como por lo que moviliza el correspondiente rito funerario en esa misma familia.

El duelo, reforzando la inmovilidad de las hijas y, por otro lado, el reparto de los bienes, que marcará una diferencia significativa entre la situación económica de la hija mayor, Angustias, respecto a sus hermanas, incrementan la tensión grupal.

La rivalidad fraterna se hace patente en toda su crudeza. En la obra, la rivalidad tiene un nombre: Pepe el Romano. Pero, extrapolando la situación, la rivalidad fraterna aparece ante la posesión de un bien, un bien que supone el goce, un goce hasta entonces prohibido por la ley del padre.

Las muchachas comienzan su baile de insidias y alianzas, de golpes bajos y rencores que ya difícilmente pueden reprimir.

Bernarda apela desesperadamente a los viejos mitos de armonía y unidad familiar, que ya no le sirven de nada.

La Poncia triangula en la relación madre-hijas. La triangulación supone la instalación de un tercer elemento en el conflicto entre otros dos, considerando a las hijas conjuntamente, o en las diadas que se forman.

La Poncia juega de confidente de la madre, cuyo mito comparte, y de interlocutor de las hijas cuya angustia comprende. La Poncia introduce la voz del pueblo en el sistema cerrado de la casa, haciéndose eco del mismo mito social que ya comienza a resquebrajarse en las mujeres que se han arriesgado a desafiarlo, como lo desafía la vieja María Josefa que, en su senilidad, se encuentra más allá de los rígidos límites del sistema.

En este contexto la tragedia viene de la mano de la envidia, la envidia entendida como sentimiento que le niega al “otro” la posibilidad de poseer lo que uno no tiene, prefiriendo incluso la destrucción, la aniquilación del objeto del deseo, antes de que pueda disfrutar de él un rival. Es la envidia del débil, del desposeído de antemano.

Pepe el Romano, el Hombre, el Objeto, el Falo, tan solo es un símbolo, pues únicamente Adela ha llegado a acercarse lo bastante a él como para gozarlo, y sin embargo aparece en el punto de mira de las cinco, porque incluso las que no parecen tener ansias de él, como Magdalena, desengañada de su futuro, y Amalia, conformista, juegan de comparsas porque necesitan y ansían la presencia de un hombre en la casa que venga a sustituir, de alguna forma, la presencia del padre muerto.

Bernarda, cumpliendo ciegamente su papel, de nuevo trata de restablecer el equilibrio: si el elemento de la discordia desaparece todo queda de nuevo inmóvil, si no puede cumplirse el rito de la boda apalabrada, si no es el marido de Angustias, no será el marido de ninguna. Es la forma de resolver el conflicto de la rivalidad fraterna igualando a todos en la carencia; sin embargo, es esta misma solución la que en boca de Martirio desencadena la tragedia final. Martirio sentencia: “Se acabó Pepe el Romano” tras escuchar el disparo de su madre. Se acabó para ella, para Agustias y para Adela, y la carencia se le hace tan insoportable a esta última que también se acaba para ella el sentido de la existencia, puesto que una vez hecho añicos el mito de la virginidad y no pudiendo huir junto al hombre, no tiene ya cabida en el sistema familiar.

El suicidio de Adela no debe verse, pues, únicamente como el arrebato pasional de la mujer que cree muerto a su amante, sino que cumple a la perfección la función de recomponer el equilibrio sistémico; es en el fondo la asunción de su rol hasta las últimas consecuencias para mantener la homeostasis, ya que Adela, incluso transgrediendo (recordemos cuando se pone su traje nuevo, verde manzana, a los pocos días del duelo) está indefectiblemente inmersa en el sistema y comparte sus mitos.

Y es el sistema familiar y social, con su capacidad de regulación y su necesidad de mantener los límites rígidos e impermeables, quien la obliga a desempeñar su rol hasta el final, sirviendo así su muerte de elemento estabilizador.

Y de nuevo comienza el rito de la muerte que preserva el mito, y de nuevo el silencio y el mar de luto en una estructura en la que lo único que ha logrado introducirse finalmente es un terrible secreto de familia.

Conclusión

“La casa de Bernarda Alba” ejemplifica, pues, un modelo de familia sobreimplicado donde se tratan de limitar y sacrificar las diferencias individuales a fin de mantener el sentido de unidad.

Los roles se asignan y se asumen rígidamente y las fronteras interpersonales se diluyen.

El liderazgo generacional está mantenido a fin de que persista la organización jerárquica impidiendo la natural transición derivada del desarrollo cronológico de las hijas.

La irrupción de un acontecimiento desestabilizador (muerte del padre) provoca una serie de reacciones en cadena: mayor aislamiento, desigual reparto de la herencia, elección de la mejor dotada por parte del único pretendiente aceptable, que moviliza la latente rivalidad fraterna en unas mujeres básicamente carentes de amor. La tensión sistémica se eleva peligrosamente.

El sentimiento carencia es tal que la envidia provocada acaba con la destrucción del objeto, manteniéndose así la carencia y rebajando la tensión creada a los límites anteriores.

El elemento discordante del sistema no tiene cabida en él. Pero dicho elemento, que participa de todas maneras en el mito familiar, se autodestruye cumpliendo así un rol. Su desaparición permitirá el restablecimiento y refuerzo de los límites, puesto que además de mantenerse el mito se ha añadido el factor que constituye el secreto de familia, que dará una cohesión mayor al grupo.

EXTRAÑOS EN UN TREN

(Patricia Highsmith)

“Te aprecio no, te odio -pensó Guy-. Pero eso no lo diría Bruno, porque en realidad sí le odiaba. Igual que él nunca le diría a Bruno “te aprecio”, sino que le diría “te odio”, porque de hecho le apreciaba”.

P.H.- “Extraños en un tren”

Al margen de la trama policiaca de la novela de la que el cine de Alfred Hitchcock hizo una versión ya clásica, y que gira en torno al planteamiento de que el crimen perfecto es aquel que comete la persona que no tenía ningún motivo para cometerlo, incluso que no conocía en absoluto a la víctima, y cuyo desvelamiento se produce a partir de la constancia de un detective privado, Gerard, que pacientemente va recogiendo ligeros indicios que demuestran la relación preexistente aunque casual entre los asesinos; traemos a esta sección el estudio psicológico de estos dos hombres y, lo que quizás es más significativo, el estudio del vínculo que los une hasta las últimas consecuencias.

Porque es este vínculo entre Guy y Bruno el que reproduce una vez más la duplicidad que existe en el alma humana entre el bien y el mal.

Es el tema del “doble” que ha sido ampliamente explotado en la literatura fantástica y de terror desde el famoso Dr. Jekill y Mr. Hyde, y que ha interesado igualmente a los psicopatológos, pues aparece invariablemente en la proyección que el paranoico hace de su amor/odio respecto a sus supuestos perseguidores.

En este caso vemos reproducirse la situación, a partir del encuentro de ambos personajes en el vagón del tren, de cómo cada uno de ellos reconoce en el otro algo de sí mismo, algo a la vez envidiado y odiado al mismo tiempo. Y de ahí la fascinación que se ejerce entre ellos.

Ambos parecen pertenecer a mundos totalmente distintos, Guy es un profesional joven que comienza a tener éxito y al que se le augura una carrera brillante. Se ha esforzado para conseguirlo, ha trabajado duro y se considera merecedor de recoger los frutos de este trabajo.

Bruno, sin embargo, es lo que hoy definiríamos como un “pijo”, con una seria dependencia del alcohol, a pesar de su juventud, que encubre una vida de fracaso y vacío personal que ninguno de los innumerables placeres que el dinero de su familia le puede permitir es capaz de llenar.

Para Guy su único problema en la actualidad es conseguir el divorcio de una esposa de la que estuvo sinceramente enamorado pero  con respecto a la cual se equivocó, ella resultó superficial, vacía y proclive a tener frecuentes aventuras con otros hombres. Ahora Guy, sin embargo, a encontrado a Anne, que reúne todas las cualidades para ser su compañera perfecta, es inteligente, segura, profesional y, además, de un medio social elevado y brillante.

Bruno proyecta todo su malestar vital en la figura de su padre, que representa precisamente todo lo que él no puede llegar a ser y que, además, se lo reprocha constantemente. Un padre fuerte, rico, autoritario y activo, que exhibe sin recato numerosas amantes y se siente profundamente decepcionado ante la ineptitud de su único hijo.

Bruno, niño mimado de su madre y de su abuela materna, lleva una vida de aparente despreocupación, manteniéndose en una eterna adolescencia, junto a una madre histriónica que despliega ante él sus encantos femeninos a la par que coquetea descaradamente con sus numerosos admiradores mientras gata el dinero de su padre.

Bruno, en consecuencia, presenta una ambigua orientación sexual. Odia a las amantes de su padre tratando de compensar a su madre de un sufrimiento que solamente existe para él, puesto que su madre realmente no es mejor que aquéllas.

El gran drama de Bruno es la carencia de auténtico amor materno que le lleva a sentirse eternamente celoso, de su padre y de los amigos de su madre. Celoso de todos aquellos hombres que poseen unas características tales que les hacen ir seguros por la vida y conseguir la atención de su madre.

Se da cuenta de que él jamás podrá ser como ellos, que ellos le desprecian, su padre, principalmente, y su envidia se convierte en odio y el odio entrelaza en las innumerables fantasías que elabora en las que su padre es asesinado.

Cuando Bruno encuentra a Guy en el tren, traba conversación con él, en principio por la habitual tendencia que tienen las personas con hábito alcohólico a buscar alguna compañía para beber, pero pronto porque se siente atraído por Guy.

De alguna forma, también Guy se había fijado en Bruno, curiosamente por un marcado forúnculo adolescente que emerge su frente y que a Guy le resultaba chocante por anacrónico.

Poco a poco, Guy se siente fascinado por la perspicacia con que Bruno parece comprender la realidad de lo que fue su relación con Miriam, la esposa que le traicionó, la forma en que, a partir de los escasos datos que le proporciona, Bruno traza un retrato de ella que encaja totalmente con todo aquello que Guy ni siquiera había querido reconocer ante sí mismo porque le resultaba doloroso.

Bruno le pone delante un espejo en el que se ve a sí mismo como el ingenuo muchacho que fue embaucado por los encantos de una mujer que, a partir de ese momento, no hizo más que exhibir esos mismos encantos ante todos los hombres con los que se encontraba.

Pero hay más, Bruno, también le pone delante la imagen de un Guy capaz de tal resentimiento hacia Miriam, capaz de sentir tanta rabia, tanta humillación y tanto odio que podría desear verla muerta.

Guy se rebela ante tal perspectiva, en su yo consciente nunca se han albergado sentimientos de ele calibre, jamas ha deseado la muerte de nadie y mucho menos ha pensado en cometer, él mismo, un asesinato.

Pero Bruno insiste, razona que todos somos asesinos en potencia, y habla del plan que él mismo ha urdido para eliminar a su padre.

La situación claustrofóbica en el departamento de Bruno en la que los dos hombres beben abundantemente y en la que Guy acaba por despojarse de las defensas que su conciencia moral, formada en un hogar ajustado y con una madre afectuosa y comprensiva, había establecido, para permitir el surgimiento de aquel otro yo del que Bruno parece la encarnación capaz de odiar, capaz de vengarse.

Sin embargo, pasada la noche, al llegar a su ciudad, Guy ha  recuperado su personalidad habitual, todo aquello se le aparece ahora como una pesadilla que intenta olvidar rápidamente y ni siquiera se despide de Bruno.

Pero Bruno, no ha olvidado, Bruno también ha visto en Guy la imagen del hombre que desearía ser, siente hacia él una suerte de identificación que se acerca mucho a la atracción homosexual en cuanto a que, entablando un vínculo afectivo con el objeto, participa, de alguna manera, de las cualidades envidiadas de este objeto.

Bruno decide asesinar a Miriam, no sólo porque es una nueva emoción, la del crimen, que todavía no había experimentado, sino como ofrenda a Guy, para librarle de los problemas que Miriam, de hecho, estaba dispuesta a causarle, interrumpiendo su trayectoria profesional y estorbando la boda con Anne.

Cuando Guy conoce la noticia del asesinato de Miriam, sabe que ha sido Bruno, se lo quiere negar a sí mismo una y mil veces, pero en el fondo lo sabe.

¿Qué es lo que impide a Guy denunciar a Bruno?, realmente el sentimiento de que de alguna manera él también ha participado en el asesinato.

Ha participado porque percibió, en el compartimento del tren, que él también deseaba la muerte de Miriam. Solo que Bruno ha sido quien lo ha llevado a cabo, pero Bruno no es sino la parte mala de Guy.

Por su parte, Bruno, no sólo espera que Guy cumpla su parte del pacto, al asesinar a su padre, sino que sigue la carrera ascendente de Guy y la relación perfecta con Anne como si algo de todo lo que Guy posee y disfruta también fueran parte de sí mismo; Bruno ama a Guy porque ama la imagen positiva que desearía para sí mismo.

A partir de este momento, la presencia de Bruno cerca de Guy se convierte en un verdadero desdoblamiento de su personalidad. Guy ve proyectadas en Bruno todas sus bajas pasiones y al mismo tiempo Bruno trata de acercarse a Guy tanto más cuanto Guy va poseyendo todo lo que Bruno ansía: éxito profesional, prestigio, una mujer excepcional que le ama, una familia afectuosa que le arropa.

La novela nos muestra como se va fraguando en el alma de Guy el sentimiento de que debe matar al padre de Bruno. Racionaliza que de esa forma saldará la deuda que tenía contraída y se verá libre de aquel “alter ego” que, como el negativo de su personalidad, como su sombra, está junto a él en los momentos más insospechados.

Pero realmente lo que Guy hace es también identificarse con Bruno, experimentar realmente el acto de acabar con la vida de un ser humano como Bruno hizo con Miriam para, de alguna manera, ser esa otra persona que Bruno puso al descubierto que existía en él.

En el amor que Bruno experimenta por Guy hay una enorme carga de envidia ante lo que él no posee, en el odio que Guy siente por Bruno hay una enorme carga de fascinación por lo que Bruno tiene del propio Guy y se atreve a exhibirlo.

El sentimiento de atracción homosexual nunca explicitado del todo se entiende así como el juego de proyecciones y negación por parte de ambos de sus verdaderos sentimientos convirtiéndolos en el contrario.

Cometido ya el doble asesinato, el vínculo entre los dos hombres se ha hecho todavía más fuerte e indisoluble. La tesis de Bruno de que cualquiera puede llegar a matar se ha hecho realidad en Guy, y éste percibe que el destino dramático y terrible que estaba escrito para Bruno también lo es para sí mismo, ya que ambos no son más que la luz y la sombra de una misma personalidad.

“Hay dos seres en cada persona. Existe una persona que es exactamente tu contrario, igual que una parte invisible de ti mismo, en algún lugar del mundo, y al acecho”.

P.H.- “Extraños en un tren”

LA PASIÓN TURCA

(Antonio Gala)

El relato autobiográfico que Desideria Oliván, la protagonista de “La Pasión Turca” de Antonio Gala, va desgranando en los cuatro cuadernos que componen la novela, es el relato de una pasión autodestructiva. Porque realmente no es, únicamente, la historia de un amor que contraviene los convencionalismos, que salta por encima de las diferencias de raza, religión y cultura, sino que es la historia de una dependencia, tan aniquiladora de la personalidad del adicto como cualquiera del resto de las adicciones.

Y lo más complicado de la dependencia de un ser humano respecto de otro, es que acaba convirtiéndose en una dependencia recíproca, pero basada en los más enfermizo y en lo más innoble de la personalidad de cada uno de ellos. Es una interdependencia que acaba siguiendo siempre el patrón sado-masoquista pues, aun en el caso de que no haya violencia física, sí hay en el plano psicológico un amo y un esclavo, aunque estos papeles no sean tan simples de adjudicar, puesto que el dependiente crea en su objeto de adicción, una necesidad insaciable también de seguir siéndolo.

Desde las primeras páginas del manuscrito de Desideria se plantea en estos términos su concepción de la relación amorosa:

“En cada relación amorosa hay, en último término un devoto y un Dios; un amo y un esclavo, hay quien rompe a hablar y hay quien responde … nacemos con el papel de amante o de amado repartido y es el que representaremos durante nuestra vida entera … El amante tiene mejor prensa: es el que sufre… Es el agente, el provocador, el generoso… ¿Y si fuese también el exigente? … ¿Y si, en un momento dado, el amante tuviera suficiente consigo mismo? El amado es el pretexto del amor, su motivo; ya está en marcha el sentimiento, ya él no es imprescindible, bastan sus huellas: El dolor, el recuerdo, el temblor del recuerdo; él ya fue usado… El amante llega, inviste y reviste al amado de prendas que él tiene; mantos bordados, oros, sedas… Cuando aquello acaba recoge sus riquezas y se va en busca de otra imagen que enjoyar, que dorar, que adorar… El amado es irremisible, porque es el reflejo de una luz porque depende. ¿Quién es, por tanto, el dios y quién el idólatra? ¿Quién el verdugo y quién la víctima?

Sobre este planteamiento del vínculo afectivo se desarrolla toda la peripecia vital de Desideria desde que encuentra a Yamam.

El contenido de los cuadernos va desvelando la progresiva bajada a los infiernos que sigue cualquier toxicómano. En este caso la droga es Yamam, pero al igual que el adicto no ama la droga en sí sino lo que esa droga le produce, Desideria no ama realmente a Yamam, sino lo que ella siente a través de Yamam.

En el momento de su “enganche” a Yamam a partir únicamente de la vibración de su voz ella es consciente de lo que le ha sucedido: “Era una emoción sin la que no habría podido vivir, una tensión insoportable que me obligaba a acechar su mirada, a ignorar a los demás, a estar suspendida de sus labios que hablaban de cosas indiferentes para mí, o que me interesaban sólo porque él las decía”.

El camino que conducirá a Desideria desde este momento hasta su final sólo se recorre en función de aliviar la “tensión insoportable” que le produciría perder la emoción que la pasión por Yamam le ha hecho descubrir en sí misma.

Pronto, muy pronto, se da cuenta de que no es él como persona, él con su vida real, con su pasado, con su entorno, con su historia, lo que ama, ni siquiera es su sexo, aunque sea la sexualidad el elemento que más perdura entre ambos, sino la pasión, lo que moviliza en Desideria el mecanismo adictivo:

“Mi pasión es más violenta que mi deseo sexual, y más personal también, y menos transferible, por desgracia… la pasión se alimenta de sí misma -bien lo sé yo- igual que un cáncer, y resulta devoradora igual que un cáncer”.

“Para pensar con todas mis fuerzas en Yamam preciso a veces que él desaparezca: mi Yamam es mejor que el que él me ofrece… Me digo entonces si no sería mejor matarlo y quedarme tranquila de una vez”.

Las distintas circunstancias que jalonan la relación de Desideria y Yamam, la negación de ella a darse cuenta de la realidad sórdida que la rodea, de cómo va dejando girones de su dignidad e incluso renunciando a lo que le es más propio, sus hijos, en condiciones que ponen en peligro su salud y se saldan con la pérdida de su integridad física, no son sino hitos comunes en el dramático trayecto de cualquier drogodependiente. Repite Desideria en dos ocasiones el vano intento de pedir ayuda a su entorno para “desengancharse”, sin que resulte de ello nada más que una nueva vuelta de tuerca en su destructiva dependencia que es vivida como un reencuentro:

“Cuando se recupera lo que por un momento se creyó perdido, se reinaugura la creación entera”.

“En mi poder no está desenamorarme. Si pudiera mirar a otro lado sin morir, si pudiera escuchar otras voces, o pasear sola, incluso, lo haría”.

Sin embargo, y a pesar de todas las estrategias empleadas por Desidera para no perder su objeto de adicción, Yamam cada vez está más lejos; a pesar del utilitarismo desplegado mediante el cual ha logrado importantes beneficios económicos en el oscuro mundo del narcotráfico, en el que Desideria le ha rendido buenos oficios llegando hasta la prostitución para servirle, Yamam se distancia, quizás en cierto modo hastiado de no haber tenido en el fondo ningún protagonismo en la historia común.

“Yo creía haber llegado a la unidad con Yamam, haber obedecido al destino; ahora veo que sólo era mi destino, no el de los dos; que nunca fui yo el destino de Yamam. Él se ha amado a través de mí, se ha buscado en mí y yo no lo he amado a través de él sino al contrario, también yo he amado a Yamam a través de mí”.

Cuando Desideria no puede por más tiempo negarse a si misma el error que ha cometido con su forma de amor, no encuentra más salida que el suicidio. Como bien analiza su amigo Pablo, el único hombre que la amó a ella: “la causa era que Desi había dejado de amar y se sentía incapaz de confesárselo a sí misma”.

*      *      *

Intentemos ahora analizar las causas que pudieron llevar a Desideria Oliván hasta esta historia.

Quizás habría que comenzar por tener en cuenta la orfandad precoz; Desideria crece sin una madre que pueda enseñarle a amar y a ser amada. Desideria crece con el gran vacío que la carencia del amor materno deja en el hijo, carencia que buscará cubrirse con el amor adulto de pareja sin que pueda jamas verse colmada.

Pero es que, además, Desideria vive inmersa en el marco de una ciudad provinciana en la que las cosas suceden de una forma tan previsible y tan ordenada que no suponen la más mínima vibración emocional, y ella está precisa la emoción para sentirse viva.

Se deja elegir por el “novio ideal” de esa sociedad mediocre, un joven brillante y seguro que toma la iniciativa ajustada en todo pero desconoce el significado de la palabra pasión y al que el sexo le parece una penosa obligación conyugal.

Los hijos que hubieran completado el proyecto de un matrimonio tan convencional no llegan y la relación se hace cada vez más cortés y más distante.

En Desideria crece cada vez más el vacío que ninguna de las comodidades materiales o de las ocupaciones al uso de una mujer en sus circunstancias pueden llenar.

En estas condiciones, Desi analiza que se encuentra en ese momento en que “Todas giran los ojos en torno suyo por si encuentran la dádiva del amor… Apenas necesitan una disculpa para ponerse en pie y avanzar hacia lo que entienden que es su destino; una disculpa que cualquier hombre puede suministrarles”.

Y en ese estado la voz de Yamam y su mensaje de bienvenida a un autobús repleto de turistas, cobra un significado mágico, se convierte en una acogida destinada única y exclusivamente para ella porque, al igual que el sediento alucina con el espejismo del manantial en medio del desierto, su sed de amor convierte la voz del guía en su destino.

Una vez puesto en marcha el mecanismo de enganche, poco necesita hacer el objeto de adicción para mantenerlo. Desideria lo pone todo, como ya hemos visto; el que Yamam sea, aparentemente, la antítesis de su perfecto marido, que pertenezca a una sociedad donde rigen normas totalmente distintas a las suyas, incluso el que la lengua de Yamam le resulte incomprensible salvo cuando se dirige a ella en castellano, no harán sino reforzar el vínculo que está basado, no en la realidad de él, sino en que él se avenga a ser el objeto de pasión de ella.

En ningún momento nos explica Desidera la razón por la que ha elegido a Yamam, y no nos la explica porque ella misma la desconoce, ya que se trata siempre, en estos casos, de un mecanismo inconsciente.

Posiblemente juega en esta elección de objeto el hecho de que él pertenezca a un mundo totalmente diferente al de ella, y así, lo que en el mundo de Desideria parece impensable, puede ser hecho realidad en el mundo de Yamam.

Con Yamam, Desi, una europea provinciana y bien educada, se siente capaz de tomar iniciativas que inmersa en su mundo cuadriculado no podría ni fantasear. Con Yamam, Desideria puede ser “la otra Desideria” que siempre ha quedado agazapada en la sombra, reprimida y anulada y que ahora pugna por salir y sale desbordándose.

Yamam, y repetimos aquí la similitud con las drogas, es el vehículo de desinhibición de Desideria, un vehículo que probablemente ningún hombre del entorno socio-cultural de ella le podría proporcionar.

Y Desideria cree que esta Desi que ha permanecido en la sombra hasta el encuentro con Yamam es más la verdadera Desideria que la que conocieron su padre, sus amigas, su marido, cuando las dos son Desideria; el problema es que no ha podido conjugarlas armoniosamente.

“El deseo cautivo, cuando se le da suelta, rompe el muro de la convención y del recato y por la grieta se evade todo cuanto conservábamos dentro reprimido, y vocea y alborota y disfruta dejadamente y sin pudor, antes de que se reconstruya el muro de su cárcel”.

El mecanismo por el que este vínculo adictivo se perpetúa está precisamente reforzado en que Desideria en Turquía no tiene otra cosa más que a Yamam, puesto que su aislamiento es caso absoluto, y ya se cuida ella de que lo sea cada vez más distanciándose de la realidad, ya que la toma de conciencia de la realidad exterior a Yamam la obligaría a alejarse de él perdiendo así lo único que la hace sentirse viva, pues es a través de la existencia de Yamam en Desideria como Desideria se siente colmada.

Cada desaire, cada alejamiento, cada humillación, cada sacrificio, tienen que ser integrado en los circuitos de la pasión como elementos intrínsecos a ella que la mantienen y la acrecientan. Esto es lo más patológico del vínculo.

Es interesante hacer notar que en toda la novela se hace bien patente que jamás Desideria se considera satisfecha, colmada plenamente junto a Yamam, sino que, tras cada encuentro amoroso, su deseo de él es más fuerte y devorador. Claro exponente de cómo funcionan los mecanismos adictivos.

La solución que nos ofrece el autor con el suicidio de la protagonista es realmente la única posible teniendo en cuenta que Desideria ha tocado fondo en su degradación, pero no ha tomado conciencia de la verdadera carencia de un tipo de amor que suponga la entrega recíproca y la capacidad de gozar haciendo gozar al amante. De un amor que abarque la totalidad de la personalidad del ser amado sin anularla ni “objetizarla”.

Como en cualquier otra conducta adictiva no basta con distanciarse del objeto adictivo, ni siquiera dejar de experimentar el placer de su consumo, pues esto tan solo lleva a un sentimiento de pérdida de sentido de la existencia tan insoportable que es preferible la muerte, sino que hay que reconstruir de una manera saludable los vínculos de amor que pueden proyectarse en el entorno hacia multitud de relaciones afectivas de distintas características que conforman todo el universo amoroso en el amplio sentido de la palabra del ser humano.

SUAVE ES LA NOCHE

(Francis Scott Fitzgerald)

Suave es la noche es una novela de “gente guapa”, la “gente guapa” que pasea su dinero, su estilo y su indolencia por la Riviera francesa en los felices años veinte.

La Gran Guerra ha terminado y los americanos viajan a Europa para codearse, gracias a sus dólares , con la alta sociedad del viejo continente. Nadie parece recordar los horrores pasados y la vida se deja transcurrir en la Costa Azul y en Paris en una constante huida hacia delante,  de hotel en hotel y de fiesta en fiesta.

En este ambiente se desarrolla la relación de Dick y Nicole Divier, un matrimonio perfecto, una pareja encantadora que pasea su glamour por las terrazas de su “Villa Diana”, donde cualquiera que pueda exhibir algo extraordinario será bien recibido.

Sin embargo, el vinculo amoroso que une a Dick y a Nicole es también un vinculo enfermizo y profundamente patológico.

Nicole esta catalogada desde el principio de la obra, como enferma psiquiátrica. Nos la presentan internada en una lujosa clínica suiza donde su multimillonario padre americano la ha llevado, tras recorrer muchos otros centros y especialistas desde su adolescencia.

Esta diagnosticada de esquizofrenia, pero, a juzgar por la evolución del personaje en el relato, la psiquiatría actual la consideraría como un Trastorno de Personalidad histriónico de cierta intensidad, ya que ha llegado a sufrir frecuentes episodios disociativos y alucinatorios.

Para completar mejor el cuadro clínico, su propio padre informa al Dr. Dohmler, director des sanatorio, de una relación incestuosa en la infancia que justificaría la sintomatología disociativa.

Y Dick es un joven y brillante psiquiatra americano, salido indemne de la guerra pasada en Europa, que acude a formarse a la sombra de la imponente psiquiatría europea de principios del siglo XX.

Dick es un hombre feliz, hasta entonces la vida ha sido sencilla para el, ha tenido éxito sin proponérselo: “…Para empezar, no tenia ni idea de que era encantador, no pensaba que el afecto que daba y que inspiraba tuviera nada de particular entre gente norma”.Por algo sus compañeros le llaman “Dick el afortunado” en la Universidad.

Como consecuencia, la personalidad de Dick ha desarrollado un narcisismo ingenuo por el que se siente seguro de conseguir todo cuanto se proponga y desee. Se sabe querido con facilidad, y el despliega ante los otros, inconscientemente, todos sus encantos para ser todavía mas adorable.

Cuando conoce a Nicole en la clínica comienza el juego perverso de las dependencias.

Nicole es muy bonita y posee además la misteriosa aura que envuelve a la enfermedad mental.

Dick se engaña a si mismo, como muchos jóvenes profesionales, justificándose su interés por ella como parte de su trabajo, es un desafío rescatar a una jovencita tan encantadora de las garras de la locura. Y Nicole, con ese sexto sentido que tienen algunos enfermos psíquicos, capta con facilidad que ha encontrado a la persona que puede rescatarla de su infierno personal. De nada sirve la actitud del Profesor Dohmler que, en aplicación de las normas éticas advierte del problema.

Para Dick, la dependencia rayana en la adoración de Nicole es un anzuelo demasiado poderoso; el esta convencido de su fuerza y de la capacidad innata que irradia para hacer que todo a su alrededor sea bueno y no atiende a los consejos del Dr. Dohmler sobre lo pernicioso de ese vinculo.

Que Nicole le haga ver que es el único ser en el mundo capaz de ayudarla va a dar en la diana del narcisimo de Dick.

Por otro lado, la hermana de Nicole calcula, fríamente, que la posibilidad de casarla con un psiquiatra es mas de lo que ella habría podido planear, por lo que pone en marcha todo su poder económico en el empeño de que Dick se case con Nicole.

A partir de este momento Dick queda atrapado en la red que la patología y la fortuna de Nicole suponen.

Dick se convierte en el “objeto transaccional”  de Nicole, para su exclusivo uso, para cubrir todas sus necesidades afectivas, todo el enorme vacio existencial que la enfermedad ha causado en ella.

Dick pierde, poco a poco, sin darse cuenta, su identidad, deja el trabajo profesional para dedicarse en exclusiva a una sola paciente, Nicole, puesto que la economía de esta permite un tren de vida a un nivel como nunca hubiera podido conseguir; lentamente, se ve inmerso en una sociedad aparentemente facil pero en la que, para seguir alimentando las necesidades de su ego ha de representar constantemente su rol de hombre brillante, oportuno, agudo, interesante…maravilloso, en suma. Como lo veía Nicole.

Pero Nicole, mientras, ha madurado y se desenvuelve en el ambiente del que procede, sin tener en cuenta la degradación que sufre Dick, que ha perdido todo aquello que le individualizaba como persona.

Por ultimo, Dick es tan solo un alcohólico patético que no puede sino inspirar lastima: “…Es difícil que los que han tenido algún trastorno mental puedan sentir pena por los que están bien, y, aunque Nicole muchas veces había reconocido de palabra que gracias a él había podido volver al mundo que había perdido, en realidad siempre había pensado que estaba dotado de una energía inagotable, que no conocía la fatiga. Había olvidado todos los problemas que le había causado a él en cuanto pudo olvidarse de los problemas que ella misma había tenido”.

Para entonces, Nicole ha sido capaz incluso de encontrar un amante a quien se entrega, acallando su conciencia con los constantes y desesperados flirteos de Dick con muchachas jóvenes ante las que: “…Sintió que se reproducía en él la vieja necesidad de convencerla de que era el ultimo hombre sobre la tierra y ella la ultima mujer”

Poco a poco, de esta forma, la libertad de ambos personajes se consigue solo con la ruptura de la relación:“…Dick espero hasta que desapareciera de su vista. Entonces apoyo la cabeza sobre el parapeto. El caso estaba concluido. El Dr. Divier era libre”. Dick se ha dado cuenta de que Nicole ya no le necesita, y deja de amarla y Nicole, al no necesitarle, comprende que no le ama.

La novela plantea magistralmente la capacidad de seducción que puede desarrollar para una personalidad narcisista (Dick) la aparente debilidad de una enferma dependiente.

Y, sin embargo, esta debilidad se trasforma en la mas férrea de las ataduras cuando Dick queda atrapado en una relación en la que la única posibilidad que tiene de ser es la de “ser para ella”.

Dick ha dejado de existir por si mismo para existir en función de Nicole, de las necesidades de Nicole, de la angustia de Nicole, de la felicidad de Nicole.

Que todo esto quede enmascarado por la vida fácil que la enorme fortuna de Nicole permite, no supone ninguna diferencia en cuanto a la existencia de un vinculo basado en la dependencia de aquel que hace creer a otro que le necesita para sobrevivir y de la necesidad que otro experimenta de ser vitalmente necesario.

De este doble juego de necesidades solamente se sale cuando uno de los integrantes, el dependiente, “suelta” al otro, estableciendo una nueva vinculación que será mas o menos sana según sea de sano el nuevo partener.

Dick, una vez libre, ha de iniciar el doloroso camino de la reconstrucción.

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