Presentación

Este es el rincón de mi creatividad, hay textos muy antiguos y otros recientes. Y dibujos de varios estilos y técnicas. Simplemente he tratado de tener ordenado todo lo que he hecho y voy haciendo. Si  además gusta a otros es una satisfacción.
A medida que cambio la página de inicio, los relatos y dibujos que han ido apareciendo en ella se archivan en los correspondientes apartados según epígrafes.
de El taller de Carmen

Tres relatos en un verano

foliosEl verano se deslizaba lento y aburrido, como todos los años en aquella casa de mis tíos que vivían en una pequeña ciudad junto al mar a la que me enviaban mis padres desde niño.
Si, la ciudad estaba junto al mar, pero la casa estaba dentro de la zona urbana en una calle vulgar, sin el encanto del casco antiguo, ni la modernidad de las nuevas edificaciones en la avenida del puerto. Y desde ella, no se veía el mar.
Ya tenía catorce años, y eso de “ve por ahí a jugar” resultaba un sarcasmo, porque no conocía a los chicos de por allí y a esa edad ya no es fácil integrarse en pandillas bien establecidas.
Mis tíos no tenían hijos y no parecían entenderlo así. Se limitaban a juzgarme un poco rarito, como mi madre, que había hecho la tontería de ir a casarse con un técnico de una empresa automovilística y se había instalado en una sobria ciudad castellana donde ellos no conocían a nadie. Toda una excentricidad.
Yo ocupaba la habitación del tío Fernando. Un personaje un poco misterioso para la familia. Era hermano de mi abuela y había permanecido soltero a pesar de su buena facha, a juzgar por las fotos del viejo álbum familiar que yo me entretenía en pasar año a tras año. Creo que eso, lo de la soltería, era lo misterioso para la época.
No se había movido nunca de aquella ciudad, salvo para ir una vez al año, en tiempo de vendimia, a recoger las rentas que le proporcionaban unos viñedos en un pueblo del interior de la comarca.
Vivía de estas rentas en la casa familiar, y al morir los abuelos, mis tíos se hicieron cargo de él a cambio de heredarle. Pero dado que ellos no tenían descendendencia se suponía que el destinatario final de los viñedos sería yo, cosa que, en aquellos momentos, me dejaba totalmente indiferente.
De momento, comenzaba por heredar la habitación durante los veranos. Allí había una cama cómoda y amplia a la que, afortunadamente, se le había provisto de somier de lamas y colchón visco al ocuparla yo; un armario de los llamados de luna en el que me reflejaba cada mañana al despertar y un escritorio amplio con cajones bajo la ventana que daba a un luminoso patio interior.
No que decir tiene que aquel era mi lugar preferido, aunque ya me hubiese leído año tras año los relatos de Salgari y Julo Verne que mis tíos consideraba adecuados para mí. Tenía mi portátil pero sin conexión a Internet no me resultaba muy estimulante.
No sé por qué se me ocurrió aquel día mirar con más detenimiento dentro del armario, mejor dicho en la parte alta, en un estante donde se guardaban las mantas que en verano no se usaban como es natural y una colcha amarillenta de ganchillo hecha por la abuela que también había sido substituida por otra de algodón de colores anaranjados y marrones bastante más adecuada a los tiempos.
Detrás de las mantas, había una caja de cartón, como de zapatos. Supuse que contendría eso mismo y me picó la curiosidad de ver cómo serían los zapatos de caballero de hace más de sesenta años.
Peo en la caja, no había zapatos, sino folios cuidadosamente metidos en sobres de papel marrón. Mecanografiados en una vieja Olivetti que no había localizado por ningún lado en la casa.
Era lo más excitante que podía pasarme en ese verano. Así que como “heredero” de mi tío Fernando asumí sin remordimiento el hacerme cargo de aquellos textos.
En cada sobre solo había una página escrita, realmente cuatro o cinco líneas, y un montoncito de folios en blanco como preparados para seguir escribiendo.
En el primero que abrí encontré:
Mi padre era grande y poderoso, tenía unas manos enormes al final de unos brazos musculosos, como buen jardinero que se había dedicado al oficio desde muy niño. Caminábamos por la calle amplia de la zona de los blancos, alejada del río y de sus peligrosos desbordamientos de primavera. Con sus casas de porches pintados de colores claros y arrietes de rododendros entre los frondosos abetos.
De pronto,  mi padre se quedó mirando a aquel hombre que en ese momento abría la puerta de su casa y parecía salir a saludar al nuevo día. Era también corpulento e irradiaba vitalidad, y tenía la piel muy blanca con un saludable tono dorado, el cabello rubio brillando al sol y los ojos de un azul infantil.
No era cliente de mi padre pero se dirigió a él como atraído por una fuerza sobrenatural:
– señor, le puedo podar el seto, cortar el césped y dar forma a esos arbustos de moras, ¿quiere, señor?, soy buen jardinero, se lo garantizo.
El hombre blanco sonrió pero declinó el ofrecimiento, él mismo se entretenía con aquellas labores, no contrataba jardineros.
–          señor, puedo hacerlo sin cobrar por ello, solo por el placer de servirle.
Nunca había visto a mi padre en aquella actitud, y el dueño de la casa seguía rechazando la oferta amablemente.
Seguimos calle abajo y no he visto a mi padre más triste y abatido que aquel día.”
Y eso era todo, me hubiera gustado saber cómo continuaba la historia que dejaba tantos interrogantes abiertos, y por qué mi tío, un hombre que no conocía más allá de su terruño, había comenzado a escribir un relato que se desarrollaba en la América rural.
En el siguiente sobre, el folio solo contenía cuatro líneas:
Otoño, dorado, rumoroso de torrentes que saltan recogiendo las lluvias de más arriba, allá en las cumbres de Longfellow.
Superaremos el duro invierno y esperaremos la primavera para retomar los paseos por los bosques de robles y abedules”
Este era menos estimulante, aunque sugería una historia de amor quizás. Pero también quedaba interrumpido y el paquete de folios blancos que le acompañaba indicaba que en la mente de mi tío se había desarrollado un argumento vigoroso, igualmente localizado en el estado de Maine.
En el tercer sobre el relato decía así:
 “Nací junto al río Kennebec, y ese ha sido el único padre que he conocido, el gran río que ha acompañado mi infancia y es el sonido más tranquilizador que conozco, lejos de los gritos y blasfemias que llenaban mis oídos por las calles suburbiales de mi ciudad
Volvía a aparecer aquella parte del continente americano como una promesa de historias que ya nunca serían contadas.
¿De donde habría sacado mi tío la inspiración para tratar de escribirlas?
Al mediodía, en la mesa, dejé caer:
-¿Dónde está la máquina de escribir del tío Fernando?
Ellos, mis tíos, se miraron sorprendidos:
-¿Maquina de escribir, pues qué raro que preguntes eso, si el tío Fernando no leía ni el diario, cómo iba a escribir?
Dijo el tío
-Pobre, se pasaba el día sentado, ahí junto al balcón, mirando pasar las nubes, era tranquilo y silencioso, no daba ningún trabajo, la verdad.
Añadió la tía
Como me había picado la curiosidad aventuré:
-¿Y yo no podría ir al pueblo ese donde están las viñas?
-Pues claro, es buena idea. Mira, mañana te coges La Paloma ahí en la avenida a las ocho de la mañana y en una horita más o menos estás allí. Te preparo bocadillos y preguntas en el bar por Joan l´oliero que trabajó de chico para tu abuela, él te llevará.
Me animé mucho con la novedad de la excursión del día siguiente fantaseando lo que iba a descubrir del tío Fernando.
El viaje se me hizo corto, contemplando como cambiaba el paisaje al adentrarnos en el interior de la regíon.
En el pueblo, de escasos cien habitantes había un solo bar, en la plaza como era de esperar. Pregunté por Joan l´oliero y se me acercó un vejete sonriente, de baja estatura pero fornido y con abundante cabello blanco que sobresalía de su sobada boina.
La novedad de un forastero siempre es bienvenida en estos lugares pero el enterarse que el forastero era el sobrino del señor Fernando desató la lengua de Joan que no paró de hablarme mientras caminábamos hacia los campos.
Me contó que mi tío era un hombre ya hecho cuando él era un chaval, pero que lo valoraba mucho por lo simpático, afable y cariñoso que se mostraba, por lo que le gustaba que le contara qué se hacía en la tierra cuando se sentaba junto a él en el margen de piedra del corral mientras mi abuela le daba pan y chocolate para merendar cuando volvía con su padre del trabajo.
-Vivió siempre así, feliz, hasta que vino la americana.
Silencio, y ahora que empezaba lo bueno.
No quise interrumpir sus recuerdos porque me pareció que si yo callaba él seguiría hablando. Así fue.
-Ella, dicen que escribía en los diarios o algo de eso, y que quería conocer la España de verdad, ¡cómo si hubiera otra! Tu tío le enseñó todos estos pueblos y no se separaba de ella, se enamoriscó como un tonto.
-Era bastante mayor que él, una pelirroja flacucha siempre con su pamela para el sol y sus faldas de colores, y siempre riendo por todo. Nada que ver con las mozas de aquí.
-Cuando se marchó, tu tío se quedó como embrujado. Ya no era el mismo. Le escribía todos los días pero de ella no llegaban cartas.
-Cuando tu abuela murió, ese invierno, tu tío Fernando ya no salía de casa, hasta que vinieron los de la familia de allá abajo, donde tu estás ahora, y se lo llevaron con ellos. Era lo mejor.
-De vender la casa se encargó un abogado y a mi me dijo que con los muebles hiciera lo que quisiera, que buenos dineros me dieron por ellos uno de estos que compran cosas antiguas.
-Luego llegó una carta de ella, pero yo no se la quise enviar, algo me decía que le haría daño,  pero la tengo guardada. No sé por qué. Y ahora vienes tu y preguntas y yo me digo: Joan, dásela al muchacho, al final será su heredero.
Intenté contener la emoción y pasar por indiferente, pero ya no presté atención a las viñas, ni al magnífico vino que se obtenía de ellas, ni lo que rentaban, ni cómo iba la Cooperativa que lo promocionaba. Compartí los bocadillos con aquel hombre y él me ofreció a probar el vino. Yo, aún sin experiencia, lo encontré estupendo y me relajó.
Al volver al pueblo, el viejo Joan l´oliero entró en su casa y salió con un sobre algo amarillento entre las manos con franqueo de la región del Maine.
Esperé a estar sentado en el autobús de vuelta para abrir la carta:
My dear, ¡cuánto he tardado en escribir! Estuve muy ocupada. Y he leído tus relatos, bueno, los comienzos.
Pero, my dear, ¿por qué empeñarte en escribir un cuento americano? No es posible, tu no entiendes y, además, déjame que te diga, no eres muy bueno escribiendo, ¿sabes?
Ya tu  ves soy sincera, demasiado quizás. Por eso te digo también con sinceridad que lo que nunca olvidaré es el delicioso vino de tus tierras.”
La firma era ilegible, algo así como Samantha me pareció. Y había una foto, en blanco y negro, sin fecha ni dedicatoria. De una mujer apoyada en el retorcido tronco de un olivo añejo, con la falda arremolinada por el viento y una mano sujetándose la pamela. No se le veía casi la cara, no pude apreciar si era bonita. Pero la odié, con la rabia de la adolescencia, la consideré una mujer cruel que había hecho mucho daño a un hombre bueno.
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Han pasado diez años desde aquel verano, he ido al pueblo con Mary-Ann, una chica americana que está haciendo un master de filología hispánica en la Universidad de la que soy becario.
Nos hemos hecho amigos y ella quería conocer algo de la costa, pero no en plan turismo. Por eso la he traído aquí.
Hemos comido en el bar del pueblo, pero Joan l´oliero ya no está entre nosotros. El vino de estos campos sigue siendo excelente.
Al acabar de comer, Mary-Ann con expresión entre misteriosa y pícara ha sacado de su mochila unos folios y me los ha dado a leer.
-Mira, es el principio de mi gran novela española. ¿qué tal la ves?
Lo he leído, es francamente mediocre, así que mirándola a los ojos le he dicho:
-Mary-Ann, querida, ¿qué haces tu escribiendo una novela española?, esto no es lo tuyo, porque además no creo que llegues a ser nunca una buena escritora.
de El taller de Carmen