Propuesta 08:el laberinto personal

EL LABERINTO PERSONAL

Crecí en un mundo intelectualizado: no se me contaban cuentos, se  me leían cuentos. Así que conocí al Perrault auténtico, no las versiones edulcoradas para niños, a los tristes huérfanos de Dickens con todo su desgarro de denuncia social y a Hans Christian Andersen en versión original, no con los alegres colores del comic. Y no solo eran cuentos, también Mitología, Historia y Poesía.  Aún así, me gustaba que me leyeran y leer yo.

Pero la aventura de mi laberinto personal comenzó un verano en que mi padre decidió mandar a encuadernar una colección de novelas en rústica que tenía desde su época de estudiante. Habían estado en los estantes más altos de su librería y yo no había reparado en ellas, (en cualquier caso, yo tenía siete u ocho años y no entraba mucho por el despacho de mi padre si no era con él, y a buscar el libro que él elegía para leerme).

En aquella ocasión, sin embargo, los libros estaban colocados sobre la mesa, apilados en cuidadosos montoncillos que desaparecían semanalmente en la cartera de mi padre, para volver, a los poco días, con sus cubiertas de cartoné rojo con lomos en negro.

Yo echaba un vistazo a los libros antes de su partida, porque a su regreso volvían a su estante; no me llamaban la atención sus títulos, la mayoría novelas de los clásicos del siglo XIX, Balzac, Zola, Maupassant, Dostoyevski, Gogol, Tolstoi, Goethe, D’Annuncio… hasta que me tropecé con un título que me atrajo desde el primer momento: “El extraño caso del Dr. Jekill y Mr. Hyde”.

Fue una revelación, la historia de la pócima capaz de trasformar a un hombre formó, desde entonces, parte de mi imaginario, jugaba a laboratorios y a descubrir la droga fantástica, imaginaba los cambios de la personalidad, y, aunque, lógicamente, no pude comprender todo el alcance del sentido de la obra y lo que supone el desdoblamiento, la dualidad del alma humana y todas las demás connotaciones filosóficas del texto, creo que, de alguna forma, determinó mi posterior elección profesional.

A partir de ahí la literatura fantástica fue mi favorita, desde los relatos góticos de Allan Poe a los poéticos de Hoffman, mi cabeza se pobló de héroes en el límite de la realidad y de situaciones insólitas que me fascinaban.  Otro pasillo me codujo a Henri James, Baudelaire y Connan Doyle, siempre en busca de las experiencias inusuales. Seguía presente, además, la seducción del tema del doble, con el Frankestein de Mary Selley o el Horla de Maupasant.

Fue más adelante, cuando ingresé en el realismo de la mano de nuestros grandes costumbristas, conocí el Madrid de Galdós, la Galicia de Valle Inclán, mi  propio Mediterráneo a través de los ojos de Blasco Ibáñez y Gabriel Miró, la Andalucía recreada poéticamente por Lorca. Lo decimonónico cobraba así una actualidad tan grande en mi vida que me distanciaba asimismo de la cotidianeidad.

Más tarde, cuando ya elegía por mi misma los ejemplares en las librerías, me acerqué  a los contemporáneos. Así conocí a Steinbeck, Capote, Simenon, Joyce…

Sin embargo, ahora, la proximidad de lo real  me parece más interesante, y el reflejo de mis vecinos, gente corriente, gente que vive vidas como la mía, recreada en los textos de Rosa Montero, Maruja Torres, Muñoz Molina, Soledad Puértolas,  Millas o el Terence Moix de la crónica social ocupan mis lecturas.

Aunque, de vez en cuando, como refugio, las colecciones de Cuentos Fantásticos, en esas recopilaciones al uso, sigan acompañándome a la hora de ir a dormir.

Carmen López

Julio 2003

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s