La ventana de Millás

El melanoma

Ahora, la culpa se había colocado sobre su hombro.

Sólo era una manchita negra en su piel blanca, una manchita oscura que destacaba sobre su hombro derecho, tan pálido. Cada mañana se la veía allí, su mirada se posaba indefectiblemente sobre ella, tan pequeña y, sin embargo, con tal poder de atracción sobre sus ojos.

La mancha tenía un contorno ligeramente estrellado, o más bien se parecía a una pequeña araña que se hubiera atrevido a saltar sobre la superficie redondeada de su hombro.

Poco a poco se acostumbró a ella, y casi agradecía reencontrarla  cuando salía de la ducha y se secaba ante el espejo de su cuarto de baño.

Es más fácil poder mirar la culpa que sentirla dentro de uno, royendo las entrañas,

como un malestar indefinido, como un constante y repetitivo estribillo que chirría en el cerebro.

La culpa era ahora aquel lunar irregular que crecía imperceptiblemente día a día pero que había sustituido al oscuro sentimiento nacido en el lechoso amanecer del día  siguiente al que manoseó a aquella chiquilla en el patio de la escuela.

Los doctores diagnosticaron un melanoma,  el sol,  dijeron, sobre la piel blanca.. El sol le había señalado con la marca de la culpabilidad, pero la cirugía podía extirparlo, arrancando de este modo la culpa.

Era sencillo de entender, le advirtieron que los melanomas recidivarían, él sabía que seguiría acariciando a las niñas, pero ya no se sentía culpable.

Gelatina

De pronto estaba rodeado por una sustancia gelatinosa de la que podía percibir sus tonos irisados en toda la gama de los azules, desde una tonalidad lechosa iridiscente hasta un añil intenso.

En su interior la estructura tridimensional de los polipéptidos,  de los hidratos de carbono y de los lípidos, creaba un armazón de laberínticos enlaces químicos.

Su traje espacial, especialmente construido para mantener el equilibrio biotérmico e isobárico estaba fabricado en polímeros sintéticos resistentes a  cambios de temperatura y de presión infinitamente testados en los laboratorios, pero nadie había contado con que existieran organismos como “aquello” en el mundo exterior.

La gigantesca ameba había encontrado apetitoso el tejido que le protegía y poco a poco lo iba incorporando a su estructura, las cadenas químicas se iban descomponiendo a su contacto e iban formando parte de su propia red. No llevaba sobre su cuerpo ni una sola fibra que no hubiera sido sintetizada por la imponente industria aereo-espacial y pensó si a aquel macro-organismo hubiese podido encontrar igualmente sabrosa una camisa de seda natural o un jersey de pura lana merina.

Pero la realidad es que estaba desnudo en una vacuola y pudo sentir sobre su piel el viscoso contacto del organismo unicelular que sobrepasaba en más de cien veces su tamaño.

Fue lo último que pudo sentir antes de que también comenzaran a descomponerse las cadenas de aminoácidos de sus propios tejidos orgánicos, y en muy poco tiempo sólo fue un número indeterminado de carbonos, oxígenos, hidrógenos y nitrógenos que fueron a sustituir con rapidez los huecos vacíos que el rápido metabolismo de la ameba recambiaba.

Sin embargo, algo totalmente nuevo había sido asimilado, las cadenas de átomos habían conseguido reconstituirse de forma autónoma y formaban aquéllas moléculas de neurotransmisores donde se asentaban los recuerdos, los sentimientos, la inteligencia y la afectividad del hombre.

La ameba azul pudo pensar, por ello también pudo ser consciente de su inmensa soledad, de que su exclusiva capacidad para reproducirse por mitosis le privaba de encontrar el amor en otro ser vivo, que no existía en su mundo ningún otro organismo similar al suyo con quien comunicarse, que carecía de posibilidades para utilizar todas los recursos de aquella nueva existencia, por ello intentó el único acto  específicamente humano que le era posible, la autodestrucción.

Las cadenas químicas de los neuromediadores, las únicas autosuficientes, se fueron desanudando, los eslabones de carbono y nitrógeno se soltaron, el fósforo y el potasio vaciaron sus iones y los enzimas fueron perdiendo la energía capaz de sintetizar nuevos enlaces. Los azules se fueron fundiendo con el infinito espacio silencioso.

No guardes los jerséis

No guardes todavía los jerséis, aunque la primavera ya se anuncie en los variados verdes renacidos sobre los troncos resecos de los árboles y comiencen ya a florecer las rosaledas; aunque el triángulo de sol del patio vaya creciendo, día a día, se aproxime a la ventana de tu habitación y, al final, la inunde de puntos dorados y brillantes. Y te apetezca estrenar ropa ligera y fresca

No guardes todavía los jerséis, no arrincones aún los recuerdos del invierno pasado, aunque el presente parezca más luminoso y nuevas ilusiones renazcan al conjuro del estallido de las margaritas, y los rostros sonrían en las calles y las voces se tornen más cálidas. Y esperes escuchar otras palabras amorosas.

Habrá, sin duda, algún atardecer en que el viento zarandeará las copas de las palmeras del paseo, el cielo se tornará ligeramente gris sobre el malva rosado del poniente y sentirás un cierto escalofrío  que te hará añorar la tibieza de la lana suave, acariciando la piel de tu brazo.

Y habrá momentos en que la alegría que estalla en tus mejillas bajo el sol, quedará interrumpida de repente por el recuerdo de aquella fría noche en que nos encontrábamos tan solos que creímos posible nuestra unión, que duró lo que tardó en llegar el pálido amanecer de invierno.

Pero, no guardes todavía los jerséis, ni me olvides aún.

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Un comentario el “La ventana de Millás

  1. ¡Qué lindos! ¡Qué diferentes! Estos tres sirven de botón de muestra de tus relatos: gran inventiva, originalidad, finales estupendos…

    (Repito este comentario que ya he enviado antes y no apareció por aquí, algo habré hecho mal, espero que ahora no aparezca duplicado).

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