Propuesta 34: texto sobre guión previamente elaborado

La sombra de mi hermana Amelia estuvo presente en mi vida desde e momento en que nací. Mi hermana Amelia era mi gemela, pero ella no pudo sobrevivir más de tres horas después del parto. Mi madre no me lo perdonó nunca.

 

Mi nacimiento se vio oscurecido pues por esta circunstancia, a mi madre no se le permitió hacer el duelo de mi hermana, se le prohibía llorar debido a que tenía que ocuparse de mi .

 

No se le permitió tampoco verla, en base a que debía olvidar que había existido. Fue mi padre el que la vio y firmó la autorización para la autopsia  y la posterior incineración a cargo del Hospital, evitándose de esta forma los engorros y el gasto del sepelio. Mi hermana desaparecía de nuestras vidas, pero no así de la de mi madre.

 

Ella debió llamarse Amelia, y todo mi crecimiento, mi desarrollo y la evolución normal de mi existencia estuvo mediatizada por la comparación con el ideal de Amelia, la hija soñada por mi madre, la hija perfecta que constituía el reverso mío, que encarnaba todos los rasgos de los que yo carecía, que lograba los éxitos que yo no alcanzaba.

 

Me acostumbré a que la mirada de mi madre me traspasara para ver, a través de mí, a mi hermana. Y así he vivido cuarenta años.

 

 

 

Y de pronto, en los medios de comunicación, aparecieron noticias sobre la existencia de niños robados en todas las Maternidades del país, niños adoptados/comprados por familias en las que se habían criado, hasta que ahora descubrían que sus padres biológicos no los habían abandonado sino que se les habían sustraído tras ser informados del fallecimiento del neonato.

 

A partir de ese momento mi madre se obsesionó con la idea de que Amelia vivía en alguna parte. Por entonces mi padre hacía cinco años que había muerto y en casa no existía documentación alguna respecto al nacimiento de mi hermana. No había una tumba que abrir ni unos restos que exhumar.

 

Pero estaba yo, Amalia, su gemela, si existía alguna mujer de mi misma edad  que fuera idéntica a mi, esa sería Amelia y las pruebas de ADN lo confirmarían.

 

Desde entonces mi madre miraba con descaro a las transeúntes al cruzarse por la calle, y grababa compulsivamente todos los acontecimientos que mostraba la televisión en los que apareciera gente, igual daba un mitin político, una manifestación, una procesión religiosa, una corrida de toros o un concierto multitudinario.

 

Después repasaba las grabaciones deteniéndose en todos los rostros de mujer que vagamente se parecieran a mi.

 

Me daba cuenta de cómo la vida de mi madre se iba estrechando en torno a aquella espiral angustiosa en busca de lo inexistente, solo prestaba atención a las noticias relacionadas con el tema, a los procesos judiciales y a las declaraciones de los afectados, ya fueran los adoptados, como los padres y hermanos que  veían la posibilidad de recuperar a aquel niño convertido ahora en un adulto que ya no tenía nada en común con ellos.

 

Por ello me decidí a localizar al tocólogo que asistió nuestro parto. Un nombre que, en boca de mi madre, se trocaba en un ser demoníaco, el que había sustraído a su niña privándola de la presencia de aquel ser adorable que ella era.

 

Afortunadamente todavía estaba vivo. No rehusó recibirme en un viejo despacho en cuyas paredes todavía colgaban sus títulos académicos y diplomas, con librerías de baldas abombadas por el peso de los muchos libros y revistas que las atestaba.

 

Entendía perfectamente el problema, desde que él también había visto las informaciones pensó en el dolor que este oscuro asunto produciría por todos los lados, hijos que deberían aprender a odiar a padres adoptivos  que les habían tratado bien y les habían querido, padres y hermanos que tendrían que aprender a querer a un ser extraño a ellos porque de nada vale la sangre compartida si el entorno ha marcado otros ambientes, pautas de conducta o valores.

 

En nuestro caso, un caso que recordaba bien porque mi hermana había nacido con innumerables taras mientras yo era un bebé hermoso y saludable, no había ninguna duda de la muerte de ella y me remitió con una nota manuscrita al archivo del Hospital donde podría encontrar el protocolo de la autopsia y la autorización correspondiente firmada por mi padre.

 

Sí, comprendía a mi madre, ahora cuarenta años después, se daba cuenta del error que se cometía entonces hurtándole a la madre la realidad, creyendo que lo mejor para ella era pasar página lo antes posible del terrible suceso sin dejarla llorar a su hijo muerto para que olvidara, como si nueve meses de espera, nueve meses de ilusiones, nueve meses de sueños fueran tan fáciles de olvidar.

 

Además, estaba yo, tan robusta, tan bonita y con unas ganas de aferrarme a la vida como había visto en pocos casos. ¿Para qué tenía que contemplar la piltrafa contrahecha e ictérica que era mi hermana?

 

En los archivos del Hospital las cosas no fueron tan sencillas, la documentación podía haberse destruido por haber pasado más de veinticinco años, como marca la ley; pero no era ese al caso y pude disponer del informe de la autopsia  y comprobé que la autorización estaba, en efecto firmada y rubricada por mi padre.

 

Llevé una copia a mi madre, era terrible, aún redactado en términos médicos se entendía perfectamente que mi hermana había venido al mundo con tales malformaciones externas e internas que eran totalmente incompatibles con la vida. Y no pudo negarse a reconocer la firma de mi padre.

 

Desde entonces, mi madre entro en una especie de marasmo, se negaba a levantarse de la cama, a asearse, incluso a comer. La auxiliar que se encargaba de su cuidado informaba, sorprendida de aquel brusco deterioro, de las dificultades que encontraba para que colaborara en su atención, ejerciendo una resistencia pasiva cada vez más difícil de manejar.

 

Hasta que una tarde, al acercarme al sillón en el que la había sentado la cuidadora cerca de la ventana a darle un beso, me miró con ojos distintos, llenos de luz y viveza:

 

– Has venido, Amelia, te estado esperando todo este tiempo. Pero por fin ya estás a mi lado.

 

Me quedé callada, había escuchado bien, me había llamado Amelia y no Amalia. Además ella nunca decía que me estuviera esperando.

 

No respondí enseguida y continuó:

 

– ¿Dónde has vivido?

 

No sé por qué me vino a la mente Zaragoza, una cuidad que no conozco en absoluto.

 

Me despedí con prisas y me dedicó un “hasta mañana” con una sonrisa como nunca había visto dirigida a mi.

 

Comencé a buscar información sobre Zaragoza, sus barios, sus comercios, sus  escuelas e institutos, sus cines y teatros, la vida toda de la ciudad.

 

Y cada tarde, inventaba para mi madre los cuarenta años que Amelia había vivido allí. Inventé una familia de comerciantes en tejidos en una calle antigua y con clase, inventé una buena escuela, viajes al extranjero que nunca he hecho, amigos maravillosos que nunca he tenido, amores interesantes que Amelia iba despreciando en pos de una libertad y una independencia asumida como un bien mayor. Incluso inventé que ahora, a los cuarenta años, estaba tentada ya de aceptar la proposición de un importante empresario que estaba loco por ella.

 

Mi madre vivía aquellas farsas con ilusión renovada, la vida de aquella hija que se había desenvuelto lejos de ella era exactamente la que ella había soñado pero nunca habría podido ofrecer, por eso yo, Amalia, era una sencilla administrativa en una empresa de importación/exportación que a duras penas había  conseguido independizarse alquilando un piso en el extrarradio.

 

La personalidad de Amelia iba apoderándose de mi, cuando llegaba a mi casa por la noche, después de haber compartido con mi madre todo aquel pasado feliz y aquel presente exitoso, me desmoronaba entre las paredes de aquella vivienda de alquiler, con muebles vulgares y desgastados por los sucesivos inquilinos. Entonces seguía buscando información en la red con la que construir la vida de mi hermana, y volvía a vivirla.

 

Curiosamente, en mi trabajo, comencé a ser más Amelia que Amalia, mi carácter iba cambiando para identificarme con la brillante y exitosa Amelia, simpática, ocurrente, cordial, decidida, segura.

 

Mis compañeros reaccionaron al consonante y los cafés de media mañana fueron mucho más amenos, incluso mis jefes parecieron darse cuenta de mis posibilidades aumentando mis responsabilidades, insinuando un posible ascenso de categoría.

 

Hasta uno de los clientes, un fabricante de calzado que exportaba por todo el mundo, parecía tener ganas de charla cuando le atendía por teléfono, y  en una de sus visitas a la empresa,  me sugirió que compartiéramos el almuerzo e intercambiáramos números de móvil.

 

 

 

Fue el diez y siete de Septiembre cuando la auxiliar que cuidaba a mi madre me avisó del incidente, había perdido el conocimiento y marchaban en una ambulancia camino del Hospital.

 

Me desplacé inmediatamente hasta allí, mi madre estaba en uno de los boxes de reconocimiento, respiraba con dificultad, tenía la boca desviada y los los cerrados. El médico me informó que era cosa de horas, no merecía la pena ingresarla en UCI dada su edad y la hemorragia cerebral masiva que se apreciaba en el TAC.

 

Me permitieron quedarme a su lado hasta el final y, en un momento dado, mi madre abrió los ojos. Me miró y susurró:

 

-Gracias, Amalia.

 

Sé que dijo Amalia, estoy segura, a pesar de su boca torcida y su lengua estropajosa, pronunció mi nombre. Y fue lo último que dijo.

 

Cuando abandoné el Hospital por la tarde, después de dejarla en el mortuorio, el sol aún brillaba con fuerza en el cielo. Miré mi teléfono móvil en donde había llamadas de todos mis compañeros interesándose por mí, cosa que nunca habían hecho anteriormente si faltaba al trabajo. Y mi nuevo amigo, el empresario de zapatos,  desconociendo la circunstancia, me invitaba a cenar.

.

Miré al cielo y fui yo la que dije.

 

-Gracias, Amelia

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