Propuesta 21:deseo describir…

Querría describir un lugar de paz. Un lugar azul, verde y dorado, un lugar al sol donde haya agua y vegetación, un  lugar sereno, donde el viento solo sea brisa, los árboles den sombra y cobijo y el agua discurra lenta y calladamente pero sin estancarse jamás.

Contarme caminando junto a ese río que me marcara el rumbo a seguir hasta llegar a algún espacio más abierto en el que hubiera gente, gente sin prisa y sin rencillas, gente tranquila en sus tareas y ocupaciones.

Pero si me imagino describiendo un lugar así  es imaginarme en otra dimensión no humana y entonces da miedo, es quizás imaginarme más allá de la muerte.

Así que es mejor describir lo que tengo alrededor, esta ciudad junto al mar que ha crecido desordenadamente, donde persisten rincones hermosos por sus acantilados y sus pinares que bajan casi hasta las rocas y sus playas de arena dorada que se extienden hasta donde la vista alcanza.

No es, por supuesto, el lugar que más desearía describir, pero es el que tengo  más a mano.

Hace muchos años describí un pueblo fantasma, donde las rejas eran trazos de dedos gigantescos en las paredes y las puestas de las casas, siempre cerradas, eran bocas al miedo, donde la maleza había invadido los campos abandonados haciendo florecer solamente cárdenos pétalos de podredumbre, donde la playa era una línea de sol inmisericorde.

Era solo mi angustia al sentirme muy sola en ese pueblo lo que me hizo percibirlo así.  Ahora no podría hacerlo, ya no hay dentro de mi el germen de la literatura gótica que ama los sótanos húmedos  y fríos, los pasadizos secretos, las lóbregas habitaciones de gruesos muros de piedra, las hiedras que oscurecen las ventanas y el ulular del viento que hace eco al aullido lejano de los lobos.

Añoro la vida con su estallido agitado de luz y la belleza de la luz del día resaltando los colores del entorno, y las voces de las gentes en mil lenguas distintas y la aurora que saluda el nacimiento de cada nuevo día.

Describir una casa entre campos de vid, almendros en flor y olivos centenarios, una casa que tiene un porche con arcos al estilo de esta tierra, y una torrecilla con un San Miguel en azulejo levantino en una hornacina con una reja y un farol sobre ella.

La casa tiene también dos ventanas enrejadas, una a cada lado de la puerta de dos hojas en movila vieja. Por su vertiente izquierda da sobre un barranco hacia el que se despeñan las matas de romero e hinojo y en cuyo cauce se levantan algunas cañas y juncos. Las ventanas de este lado también están protegidas por rejas.

En el lado derecho hay un caminito que separa la casa de un aljibe con una fuentecilla adornada con la boca de un fauno por donde mana el agua helada.

A la casa se llega atravesando un parque, con una pasillo de arcos de hierro en los que se enredan los jazmines y los plumbagos creando una sincronía de azules y blancos florecidos desde la primavera.

Hay parterres con rosales de variados colores y un enorme y centenario algarrobo que sombrea el entorno en las cálidas tardes de verano.

La casa está, claro es, abandonada ahora, a ella no llegó el suministro de luz eléctrica y el camino rural que pasa por delante del parque hace tiempo que no se transita, las vides de alrededor dejaron hace mucho de cultivarse para rentas de los propietarios de la casa y los almendros florecen asilvestrados sin que nadie se ocupe de recolectar sus frutos.

La casa perteneció hace más de un siglo a mi familia.

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