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CARTAS A UN NIÑO QUE NO DEBIÓ NACER

20 octubre.- Hoy me han confirmado que existías. Yo ya lo sabía; desde que empezaron a pasar los días y la maldita regla no aparecía; desde detrás de mi angustia y mi temor tenía el presentimiento de que ya estabas allí, invisible, microscópico, apenas unas células dividiéndose muy rápidamente, pero existente. Eras ya una realidad.

Y hoy el laboratorio lo ha confirmado; sí, en efecto, tú ya existes dentro de mí; y no debías de existir, no tenías por qué existir cuando habíamos puesto los medios suficientes para que no fueras, para que no se repitiera la maldición que cayó sobre tu hermano.

Tú tienes un hermano, ¿sabes?; ahora ya tiene cuatro años, pero no es como los demás niños. Nació diferente, con los ojitos oblicuos y la nariz achatada, con la frente un poco abombada y el pelo lacio, muy cerca de las cejas; sí, tienes un hermano mongólico, por eso no puedes existir tú; no tenías que haber existido. Ya nos lo avisaron y hablaron de porcentajes y de probabilidades de que la enfermedad se repitiera, y hablaron del consejo genético, y de las medidas de control de la natalidad, y de métodos anticonceptivos; pero cuando nació tu hermano no nos dijeron cómo debíamos aceptar la desgracia, cómo debíamos aprender a quererlo, cómo iba a ser nuestra vida con él.

Y ahora vas a venir tú, que no debías haber sido, porque las estadísticas te condenan de antemano a ser un subnormal.

5 noviembre.- No sé qué voy a hacer. Yo sé que tú existes porque algo superior a nosotros lo ha querido. ¿Dios? Sí; el mismo que quiso que tu hermano fuera diferente, sin comprender yo todavía para qué, te ha hecho vivir a ti en contra de las barreras anticonceptivas. Y ahora, ¿por qué?

Hace ya dos semanas que supimos con certeza tu existencia, y yo he querido alegrarme, pero no puedo; es demasiado duro que todavía estén en mi cerebro tan nítidas las imágenes distorsionadas de aquel aciago día en que nació tu hermano; el sabor seco de los labios por el tranquilizante, los cuchicheos, los secretos, el niño en el “nido”, el silencio fúnebre de tu padre a mi lado y, al fin, las palabras terribles con que el médico lo sentenció a las pocas horas.

Y tu hermano está ahí, sonriendo desde su feliz limbo a quienes le señalan con el dedo al pasar; tu hermano, con su apagada mirada y su eterna y pegajosa demanda de cariño.

Y yo le dije esta mañana que tú ibas a venir, y el desgraciado ha preguntado:

-¿Será un niño como yo?

Y no ha podido comprender lo terrible de esta pregunta; no puede calibrar lo que significa ser un niño como él, y que sí, muy probablemente, serás igual que él.

Quisiera desearte y soñarte, mi niño, como otras madres que esperan dicen que sueñan a sus hijos; como otras madres dicen que ven ya sus cabellos rizados, y sus ojillos vivos, y sus labios carnosos, en una sonrisa de querubín pintado; y he mirado revistas donde hay niños maravillosamente lindos, y he visto a tu hermano junto a mí, con su vacía sonrisa de idiota, y no puedo soñarte.

15 noviembre.- Todavía no eres ni del tamaño de una lenteja, según dicen, y ya nadie te quiere; todos te temen a ti, montón de células vivientes.

La familia, ya ves, quienes debían esperarte con regocijo, ha organizado algo así como un pésame discreto; ellos también te están condenando, lo mismo que esas malditas estadísticas con las que los médicos se defienden contra mi ansiedad de querer saber, de querer predecir el futuro tuyo, tuyo y nuestro también.

Los abuelos refieren ignorarlo; ellos han pasado ya de noches de deseo contenido para que no te formaras, de sexo reprimido entre lágrimas por la sombra de tu hermano flotando siempre más allá de la pasión, del goce que termina en sollozo, de culpa y de amargura; ellos no cuentan ya con esto, y tan sólo nos achacan irresponsabilidad.

Pero tú sabes, hijo mío, que no fui irresponsable; tú sabrás cómo llegaste a hacerte y qué fuerza te impulsó a llegar a formarte, a pesar de las precauciones y de los cálculos.

Pero ésta es la verdad: que no te quieren; a tu hermano lo soportan, lo compadecen, les inspira ese sentimiento morboso de hiperprotección castrante con qué acallar la conciencia de la realidad de su rechazo, de la vergüenza que sienten de él; le profesan ese cariño lastimero lleno de miradas lacrimógenas y de “pobrecito”, como si no mereciera siquiera un auténtico amor. Por eso tú ya serías demasiado; ya no hay que recibir condolencias de los vecinos y compungidas muestras de solidaridad falsa; con uno ya hay suficiente.

25 noviembre.- Hoy hemos decidido que no vas a nacer; ya no puedo aguantarlo, perdona, mi niño, creo que tú no sentirás nada; no hay conciencia en estos estadios tan precoces, ¿o sí?, no quiero recordar a esos psicólogos que dicen que puedes escuchar música o la voz de tu madre, la mía, ya. Y si no puedes, ¿por qué te estoy hablando, por qué escribo estas cartas para ti?

Perdóname, por condenarte, yo no, son las estadísticas, yo sólo quiero que no vivas esa vida vacía que tendrá siempre tu hermano, yo no quiero que se rían de ti, que nunca llegues a comprender unos versos, ni a manejar una máquina, ni a poder viajar o a hacer el amor como los otros. Por eso vamos a destruirte.

Ya sabes, ese amigo nuestro dijo que era muy fácil, él acompañó una vez a una muchacha a la que había dejado embarazada, y todo salió bien. Y aquel ser que no llegó a nacer, ¿dónde estará, Dios mío?, bueno, no voy a pensar en eso ahora.

Esta es la última carta para ti, no puedo escribir más, no quiero ya acordarme de tu existencia, eres una pesadilla tan sólo. Dentro de una semana todo habrá terminado.

2 diciembre.- No, niño mío, no voy a ir allá, no quiero ser una cordera más de ese triste rebaño de mujeres con su embrión en el vientre y su angustia en el cerebro; no voy a ir a ese matadero clandestino a dejar el paquete, no, mi tesoro, mi hijo, tú no eres un paquete molesto y desagradable que dejar en consigna sin recuperación.

He estado hablando con el doctor, sí, de nuevo las estadísticas, hay que jugar a cara o cruz, ¿verdad? Pero no es eso lo único importante, lo importante sois vosotros, tu hermano y tú.

No voy a hacer como los otros, como la sociedad, como vuestra propia familia; yo soy vuestra madre y por lo tanto os quiero, y basta.

5 enero.- Ahora te voy a escribir más a menudo; ya he encontrado un motivo para tu existencia, precisamente el motivo que la hacía desaconsejable, tu hermano.

Sí, hijo mío, tu hermano te espera. Él ha comprendido en su débil cerebro que tú vas a existir y que serás un verdadero niño para él, como él incluso, un niño que le querrá, que no le hará daño, que lo aceptará y jugará con él sin aprovecharse, sin humillarlo. Y tu hermano, ¡necesita tanto amor!; por eso debes seguir existiendo, para amarle tú también, para que no se sienta tan solo y tan diferente.

Tu hermano está comprendiendo ahora lo que significa un nuevo ser; esto, como todo lo nuevo que tenga suficiente fuerza estimulante para él, le hace avanzar mucho, ¿sabes?; así que sigamos.

10 febrero.- Ahora ya te mueves, ahora ya eres del todo; tan sólo te falta crecer un poco más; ahora ya está completamente grabado tu destino cromosómico, ese que te acompañará toda la vida. No he querido ir a hacerme unas pruebas técnicas para saber si eres o no mongólico; ¿qué más da?: eres tú y yo te quiero.

Soy feliz aguardándote, y tu hermano, también.

No sé si te habrás dado cuenta de cómo se reía cuando he puesto sus manitas en mi vientre y te ha notado moverte. Ha sido algo inolvidable, de veras, de veras; no era su risa de siempre: era mucho más dichosa, más completa.

13 marzo.- Ya no miro revistas de melifluo contenido dedicadas a “ese maravilloso período de la espera”, con esos niños rubios y sonrosados, estereotipadas “starletts” infantiles de cabello rizado y nariz respingona. Me importa que eres tú, y, ¿sabes?, me estás haciendo tan feliz que no te tengo miedo; tú vas a cambiarlo todo entre nosotros, aunque fueras como tu hermano, mongólico; sí, para que él también aprenda a quererte y a quererse a sí mismo y a estimarse a través de nuestro común amor a ti.

11 abril.- Hoy te han hecho la primera fotografía; sí, mi pequeño, ya ves, ha habido que hacerlo para que el médico estuviera más tranquilo en el parto; yo no quería, ¿sabes? Desde que tú estás conmigo han cambiado las cosas y tengo una extraña paz que a veces me asusta perder; por eso no quería ir al hospital a hacerme las radiografías. No quiero saber nada de ti hasta tenerte entre mis brazos, hasta sentirte latir fuera de mí, entre mis manos; hasta poderte ver y besar, y esta vez, seas como seas, no te alejarán de mí como hicieron con tu hermano; tú serás mío desde el primer momento. A él me lo quitaron para evitarme el shock, ¡desgraciados!, y por ello dejó de ser un poco mío.

Has salido muy guapo en las radiografías. ¿Ves? Tienes una linda cabecita redondeada y unas manos y pies muy grandes y fuertes. Tu hermano también te ha visto, pero no lo entiende bien; para él eso no era tu foto, sino manchas negras y blancas, y pronto se ha olvidado de ello.

Odio los hospitales y a los médicos con sus cálculos; te necesito a ti frente a todo lo razonable y previsible.

3 mayo.- Hemos ido tu hermano y yo a comprarte la cuna a una tienda de niños; la más linda que hemos podido encontrar. Ya ves: yo, que me avergonzaba de ir a comprar ropa a tu hermano, que no quería darme cuenta de que era tan distinto a los demás, ahora he ido con él, gracias a ti, con orgullo y con alegría.

Y él, ¡estaba tan contento! Tenía ocasión de poder elegir algo, decidir, y ha sido él quien ha escogido, sí, una cuna de colores muy vivos, con sábanas a cuadros rojos y blancos, con muñecos bordados en el embozo; y si a él le ha gustado, a ti te gustará, seguramente.

Y en la tienda también nos han mirado a los tres: a tu hermano, a mí y a mi barriga, donde estás tú, y han debido pensar también ellas, esas encantadoras señoras, acostumbradas a decir, por deber laboral, lindezas a todos los niños menos a los que son como tu hermano, porque no saben cómo decirlas. Han debido pensar que éramos unos locos al volver a jugar a esta ruleta de querer tu vida nueva. Pero locos o no, tú ya eres nuestro, al igual que tu hermano, y vale la pena tu existencia.

15 mayo.- Ya estás a punto de llegar; todo está preparado; hice toda tu ropa, y tu hermano, al verla, ya ha comprendido que serás muy chiquito cuando llegues y que él tendrá que cuidar de ti. ¿Te das cuanta?: ¡él cuidará de ti! Ya no será el débil al que hay que atender, el centro de toda la protección asfixiante de que ha sido objeto hasta ahora, el único ser al que prestar la atención ansiosa intentando captar el más mínimo avance de su evolución.

Ahora seréis dos, él y tú, y los dos os estimularéis, los dos aprenderéis a comer y a hablar; los dos nos cansaréis y habrá que regañaros a los dos; y nunca sólo a él.

10 junio

En la maternidad de San Rafael ha dado a luz una niña la señora M.J.A. La recién nacida pesa tres kilos doscientos gramos. El informe del pedíatra constata su normalidad-

 

DIETARIO

“Juro por Apolo, médico, por Esculapio, Hygia y por Panacea, juro por todos los dioses y diosas, cumplir fielmente, según mi leal saber y entender, este juramento”.

Estamos todos los neófitos en el arte, emocionados, expectantes. En el aula Magna de la vieja Facultad de Medicina se procede al simbólico acto del Juramento Hipocrático. El Claustro en pleno, allá en el estrado; nosotros ocupamos las primeras gradas. Atrás, en el anfiteatro, nuestros familiares y amigos. Nos hemos puesto en pie y entremezclamos nuestras voces.

Se han quedado ya olvidadas las vigilias insomnes previas a los últimos exámenes, las prácticas escasas y desorganizadas, pero que han supuesto el primer contacto con lo que será nuestro quehacer profesional. Aquellos paseos, en torno al catedrático, por las salas de un Hospital de Beneficencia Pública, donde los enfermos sufren por igual patología somática y social.

Y de aquel inicial y tan somero conocimiento de la sagrada tarea que me aguarda he intentado extraer la esencia de una realidad de vida, dolor, sufrimiento y muerte que debe constituir el norte de mi existencia.

Sí, juro por Apolo, Esculapio, Hygia y Panacea; y, en este momento, estoy seguro de ser fiel a mi juramento. Un juramento cargado de pasado, de tradición en la más antigua de las privilegiadas actividades que el hombre puede desempeñar.

Juro por unos Dioses, inmortales a través de la Mitología y del arte, convencido de que ellos, en su Olimpo imperecedero, trascendido más allá de la Cultura Mediterránea, me protegerán y me guiarán.

Abril, 1973.

“Juro venerar como a mi padre a quien me enseñó este arte”.

Nos hemos reunido en el despacho del doctor Aldama; hace poco menos de un año desde el día del artificioso y teatral Juramento Hipocrático. Conseguí entrar de residente de Neurología en la Cátedra del profesor Lafuente, y Aldama es el agregado. Todos sabemos que tienen una vieja historia de resentimientos, aunque, realmente, yo no conozco el origen, ni creo que casi nadie, ni siquiera los adjuntos más veteranos. Es algo muy antiguo.

Aldama nos ha citado para enseñarnos los originales que el profesor Lafuente ha estado redactando últimamente. No sé cómo los ha conseguido. Es su último trabajo sobre los “Mecanismos de nocicepción en las migrañas vasculares”. Nos ha hecho ver que, evidentemente, contienen fallos groseros, aunque quizá más de sintaxis y exposición que de contenido científico, pues el trabajo está muy bien documentado.

En efecto, como dice Aldama, el profesor Lafuente está iniciando el peligroso camino de un Alzheimer. Realmente podemos, incluso nosotros, recién llegados a la cátedra, ignorar sus caducas normas: esas interminables anamnesis y sus rutinarias exploraciones neurológicas completas, sus viejas muletillas sobre niveles segmentarios de la médula y sus tics mentales sobre los pares craneales.

En adelante, hay que contar con Aldama únicamente, y parece que se trata de utilizarnos par poner en evidencia los fallos del profesor. De paso, nos chancearnos un poco todos.

Enero, 1976

“Juro que en cuanto pueda y sepa usaré de las reglas dietéticas y en provecho de los enfermos y apartaré de ellos todo daño y maleficio. Jamás daré a nadie medicamento mortal, por mucho que me lo soliciten, ni administraré abortivo a mujer alguna”.

Ha vuelto a llamar la hermana de Luis Ponce, necesita una nueva dosis de Pentazocina. En el Talonario de Tóxicos está resultando abusivo el nombre de Luis.

Realmente, yo no esperaba que se enganchara tan pronto. Al fin y al cabo, la neuralgia trigeminal debió cesar con el bloqueo ganglionar que le hicieron en el hospital. Pero es un individuo demasiado ansioso, y quizá, en el fondo, fuera una Neuralgia Facial Atípica y le remití demasiado pronto a Neurocirugía a golpe de P10.

Sé que precisaba un verdadero apoyo psicoterápico y averiguar qué había detrás de sus dolores, pero, n este momento, no estoy para apoyar a nadie.

El embarazo de Marta no es bueno, y es nuestro primer hijo. La dependencia de Luis Ponce y su constante demanda de ayuda me están poniendo los nervios de punta.

Al fin y al cabo, la Pentazocina es un analgésico, ¿menor? Para algo están los analgésicos, creo yo.

Marzo, 1979.

“Juro que conservaré pura y santa mi vida y mi arte”.

Esperaba hoy la llamada del delegado de la empresa de Electromedicina que me visitó el viernes pasado. Parece que puede haber una interesante comisión si adquirimos un equipo completo de electrodiagnóstico neurológico para el hospital.

Hay que reconocer que dado el nivel de incidencia en este centro de patología neurológica, no se justifica el dotarlo de Unidad de EMG y Potenciales Evocados, ni hay personal en la plantilla capacitado para ello. No podemos solicitar ahora la ampliación para la creación de una plaza de neurofisiólogo. Pero esta empresa está promocionando la División de Tecnología Punta en diagnósticos neurológicos y podemos adquirirlo en muy favorables condiciones, aunque, de momento, quede almacenado.

He de hablar, sin falta, con el director gerente. Andrade es un buen tipo y podemos llegar a un acuerdo que nos beneficie a todos.

Por cierto, tengo pendiente para estos días la amortización del último plazo de la casa de “Cumbres Doradas”. Marta y los niños son muy felices allí, la colonia, el club y el colegio irlandés darán a los chicos un buen pie para desenvolverse en el futuro.

Noviembre, 1981.

“Juro que no tallaré cálculos, sino que dejaré esto a los cirujanos especialistas”.

Hace ya tres meses de la Laserterapia de la señora Aranda y sigue igual. La ciática de esta mujer se va encronizando. Evidentemente tiene una hernia discal clarísima y habría que intervenirla, ahora que aún es joven. La mielografía era concluyente y Suárez, el neurocirujano, lo veía muy sencillo.

El caso es que es una buena cliente, me profesa una fe ciega y hará lo que yo le diga. Remitírsela a Suárez terminaría radicalmente con su problema (y con nuestra sustanciosa relación profesional).

Quizá aún pueda aliviarla con unas sesiones más de láser. Aún no sé por qué adquirí este equipo, que no he podido amortizar todavía, teniendo en cuenta la escasa formación que tengo sobre este tema. Tendré que dedicarle un poco de tiempo y hacer algún curso en serio.

Septiembre, 1983.

“Juro que en cuantas casas entrare lo haré para el bien de los enfermos; apartándome de toda injusticia voluntaria y de toda corrupción, y principalmente de todo comercio vergonzoso con hombres y mujeres, libres o esclavos”.

No me gusta hacer visitas domiciliarias. Afortunadamente, en estos tiempos un especialista no suele hacerlas.

Pero está el asunto del viejo Jiménez-Poveda; hay que justificar su posible recuperación ante su hija para que Vicente Jiménez, el hijo mayor, que tiene poderes notariales de su padre, liquide el negocio del almacén de fruta.

Si a Ana, la hija, se le ocurre iniciar los trámites de incapacitación de su padre por su demencia, se paralizaría la gestión y Vicente, que es un buen amigo al que le debo algunos favores, perdería al menos la mitad del activo, que es un buen pellizco.

Hoy en día, contar con un abogado de confianza, y Vicente es de los más capaces, es siempre interesante.

Así que, ¡no hay más remedio!, una visita a domicilio cada quince días, los consabidos nootropos y vasodilatadores, la palmadita en la espalda y el abuelo que va recuperándose. ¡Si lo sabré yo…!

Agosto, 1985.

“Juro que todo lo que viere y oyere en el ejercicio de mi profesión, y todo lo que supiere acerca de la vida de alguien, si es cosa que no deba ser divulgada lo callaré, y lo guardará como secreto inviolable”.

Ya ha trascendido el tema del chico de Alonso, en realidad sólo fue una reacción neurótica inmadura, propia de sus pocos años. A los 19, los fracasos duelen, y el chaval se los tomó por la tremenda. Además, medio envase de Valium no le iba a suponer nada, y él lo sabía.

Sin embargo, a pesar de todo, me afectó cuando me llamó su madre, y le vi allí, tendido en su cuarto, todo revuelto, con los libros destrozados y los pósters de las paredes pintarrajeados; confuso, agitado y diciendo, farfullante, que no quería vivir más.

Es un buen muchacho, le reanimamos pronto y no pasó de ser un susto, pero la escena me había dejado hundido para toda la noche, y al salir pasé por el pub a tomar una copa y me tropecé con Parra, el cardiólogo.

¿Cómo iba a acordarme, en aquel momento, que Parra tenía pendiente un tema con Alonso desde que le deslució la comunicación de “Las prostraglandinas en el infarto” en la Mesa Redonda de enero pasado? En fin, que Parra se fue de la lengua, y ahora por todo el hospital corre la voz que el chico de Alonso está para encerrar.

Mayo, 1987.

“Si este juramento cumpliere íntegro, viva yo feliz y recoja los frutos de mi arte y sea honrado por todos los hombres y por la más remota posteridad. ¡Pero, si soy perjuro, avéngame lo contrario”.

Estoy cansado, harto, encerrado en una trampa, enganchado a una rueda que gira y gira sin cesar y en cada vuelta arranca jirones de mi libertad.

Es una extraña cadena la que me ata, hecha de horarios, tensiones, créditos bancarios, consumismo, estimulantes y alcohol. Hecha de gentes a mi alrededor, burdas máscaras de amigos que sólo tratan de interceptar mi camino, un camino que, sin embargo, no sé dónde me lleva, pero sigo compulsivamente. Hecha de otras gentes a quienes cada día trato como pacientes y que ni me conocen ni a quienes conozco, que ni me importan y a quienes importo yo aún menos.

Marta se organiza su vida en “Cumbres Doradas”, donde mi casa me es totalmente extraña porque no hay nada de mí mismo dentro de ella, sólo mi dinero.

Mis hijos hablan perfectamente inglés, pero han olvidado las canciones con que mi madre les acunaba, de niños, en nuestra lengua.

He tejido yo mismo una monstruosa tela de araña intentando atrapar en ella la falacia de una felicidad de marketing y que ha terminado por atraparme a mí.

Voy a escapar. Voy a iniciar un místico peregrinaje penitencial, a través del Mediterráneo, hasta la isla de Cos, para implorar al inmortal Hipócrates en su santuario el perdón por mi perjurio.

 Creación propia: Abstracción en Painter con efectos digitales

EN EL UNIVERSO CUADRÁNGULAR

De nuevo aquel cántico resuena en mis oídos, es un cántico dulce, de voces suaves y cristalinas que se eleva a través del aire límpido y azul de una mañana de primavera.

Y me las imagino allí, recogidas, con sus tocas negras y sus rostros blancos, muy blancos, con aquella impresión de palomas disfrazadas de cuervos, muy juntas y muy quietas.

Ahora cantan, no revolotean constantemente a mi alrededor como entonces porque yo estoy fuera, fuera de aquel mundo cuadrado de jardines verdes, de altos árboles y grandes macetas de geranios salvajes, y fuera también de sus tapias y de sus rejas.

Entonces la oía cantar, y su dulce voz se iba convirtiendo poco apoco, en un extraño rumor que aumentaba; pero ya no era la suavidad del Ángelus del mediodía, ahora se iba haciendo un creciente murmullo que progresaba y progresaba, y se convertía de pronto en algarabía de gritos y alas; y la imagen de sus tocas negras se agrandaba inmensamente y se desperdigaba en mil direcciones del espacio. Ellas surgían de pronto de detrás de nosotras y se ponían a nuestro lado.

Sus manos blancas, infinitamente blancas, casi lívidas, de cadáver, se posaban en nuestros hombros, pero también sus mantos, aquellas alas de cuervo nos cubrían. Y nos miraban con sus ojos inexpresivos, hermosos ojos claros de cristal muy azul, o muy verde, o muy ámbar, o muy negro, pero siempre fríos y distantes.

Nos llevaban fuera, fuera de la única nave de la pequeña iglesia, de los bancos geométricos, de la luz de las vidrieras de colores brillantes y cálidos, del suave olor a incienso, y fuera también de la mirada de una Virgen de piedra infinitamente más viva que la de ellas.

Y fuera nos esperaba el verde, el verde exuberante del patio, un verde de naturaleza constreñida con ansia de vida, un verde que soñaba libertades, que soñaba espacios infinitos y horizontes lejanos, un verde que supo de agua corriente, atropellada en las acequias y sol abierto a todo.

Y allí se retorcían las frondas de los plátanos hacia el cuadrado del cielo tan lejano, y el jazmín intentaba que su aroma llegase tras las verjas, y las rosas querían ser hermosas para ganarse su libertad a fuerza de ser bellas.

Pero sólo nos tenían a nosotras, a nosotras con nuestra mirada distorsionada a fuerza de química y de choques eléctricos, y a nuestras mentes deformadas por la angustia y el miedo, y por los fantasmas aterradores que poblaban cada una de nuestras circunvoluciones cerebrales, cada pliegue del córtex del encéfalo.

Nosotras, que hollábamos lenta e inexorablemente aquellas alamedas, sin ir a ningún sitio y sin volver de ninguna parte. No podíamos siquiera percibir aquella belleza prisionera como nosotras y para nosotras.

Las vías de nuestros sentidos estaban demasiado interceptadas, habían sido borrados los trayectos, y las sensaciones se perdían antes de llegar al cerebro; y así se cruzaban unas con otras, se mezclaban o se separaban, se sumaban a los recuerdos más lejanos o borraban lo que vivimos ayer. Todo se confundía en un laberinto y surgía dominándolo todo, el miedo.

Aquel miedo nos hacía a veces correr, o gritar, o replegarnos soñando en el seno materno que nos protegió durante un tiempo subconsciente. Y entonces, de nuevo surgían ellas, ellas eran ahora totalmente blancas, ahora eran palomas monstruosas, de nuevo sus ojos inmóviles, sus manos heladas y atenazantes. Sus brazos eran de nuevo las alas viscosas sobre nosotras.

Pero el miedo seguía, el miedo crecía cada vez más a pesar de su voz lejana y extraña que resonaba hueca en nuestra mente y sus palabras incomprensibles y monótonas que no podían destruir nuestra angustia porque no sabían de aquellas amenazas que se cernían sobre nosotras, no habían escuchado aquellas voces extrañas y crueles que gritaban en nuestros oídos, no habían visto nada junto a nosotras, no sabían que “ellos” estaban detrás, siempre detrás de nosotras, aunque al volvernos ya no pudiésemos verlos.

Y nos llevaban con ellas, despacio, muy lentamente, pero también de modo inexorable, hasta aquella habitación, también blanca y también fría, de ladrillos cuadrados iguales, terriblemente iguales, en toda dirección.

Por un momento acababa todo. Afuera quedaba el verde y las demás, mirando sin ver, hablando sin comprenderse como extranjeros todos de diferente idioma aun cuando las palabras sonasen de igual modo, o callando sin poder pensar.

El miedo, poco a poco se iba diluyendo en sensaciones, en un sabor acre y reseco en los labios, en un vaivén extraño de aquel foco de luz sobre el rostro y en un dolorimiento del brazo que sostenía una de ellas mientras la otra inyectaba.

Luego al despertar volvía todo. Nos despertábamos en una sala grande de altos techos con vigas paralelas, como inmensos renglones donde escribir de forma gigantesca la angustia que sentíamos.

Ellos venían a veces, eran hombres de fuera de nuestras rejas y nuestros muros, olían a libertad, nos hablaban de forma que podíamos entender y a veces nos escuchaban y querían comprendernos, pero no sabían, no sentían el miedo, ni la angustia, no oían nuestras voces, no veían nuestros fantasmas; y se marchaban con su sonrisa y su mirada que quería llegar dentro de nosotras y chocaba también con los caminos borrados de nuestro cerebro.

Ahora recuerdo todo aquello y puedo comprenderlo, ahora que mis fantasmas se han ido para siempre y que no tengo miedo.

Ahora que sé que nada estaba fuera de mí, ni las voces, ni la presencia de él siempre a mis espaldas, que todo lo creaba mi mente de la nada; ahora que los caminos de mi cerebro han vuelto a abrirse llevando por ellos la belleza, la luz, los aromas, la música, la suavidad de un rostro o unas manos amadas, puedo recordarlo como era, puedo darme cuenta de que sus ojos no eran tan fríos, ni sus palabras, pero nada podía llegar a nosotras entonces, que la distancia inmensa que nos separaba a unas de las otras estaba también dentro de nuestras almas, que la soledad era nuestra también.

Sé que algún día volveré allí, que quedan muchas de nosotras con sus sombras a cuestas, con su perplejidad y con su tristeza.

Y quizá yo pueda mejor que aquellos médicos de mirada cordial, hablarles en su lengua, entender sus palabras carentes de sentido llegar de nuevo hasta aquel mundo. ¡Cuesta tan poco regresar!

Valencia, 17 de junio de 1972

LA CASA

– I –

Cada escalón que bajaba la iba alejando de aquellos años de pesadilla, era como una forma de ir rompiendo poco a poco, uno a uno, los eslabones de la cadena que la había atado a una vida extraña, anclada en el pasado, enrarecida y mohosa como todo lo de aquella casa. Los escalones eran de ladrillo rojo, desgastados en el centro por todos los que los habían hollado durante siglos. El mamperlán que los reforzaba había cedido también en las mismas zonas y el mosaico de las contrahuellas dibujaba un arabesco caprichoso en azules y oro. Nunca se había fijado en aquellos ladrillos, ni en su hermoso dibujo, aunque él se los había mostrado muchas veces desde el principio, desde que la conoció y la llevó por primera vez a la casa.

La casa estaba totalmente cerrada, de pronto se había hecho aún más hermética; la puerta de cuarterones negra y pesada, los balcones que daban al patio central y a la escalera, todo se había cerrado tras ella, la misma piedra gris de los muros había adquirido un tono aún más oscuro.

No sabía cuánto tiempo llevaba bajando la escalera, nunca había contado los peldaños, pero debían haber transcurrido varias horas, porque la tarde había caído del todo y casi no entraba la luz por el patio.

Comprendía que ya había pasado lo peor, aquellos momentos finales de angustia, cuando algo está ya roto y acabado entre dos seres y ninguno de ellos se atreve a tirar del extremo del lazo para darse cuenta de que éste ya no existe; el círculo de la ansiedad, del miedo, del dolor de reconocer que se ha fracasado hace seguir inmóvil, soportando la tensión que genera más angustia, pero ahora esto ya había acabado. Él había quedado arriba, tras la puerta inmensa, en su mundo, y ella había salido al fin de la invisible red de la tela de araña sutil que la había atrapado.

Del patio llegaba el rumor del agua cayendo sobre el pilón con musgo y verdín, era el monótono resbalar de los hilos de plata que habían desgastado la piedra. El sonido no había cambiado tampoco en tantos siglos, formaba parte del inmovilismo que rodeaba el edificio, el desgaste de las losas cuadradas del patio era imperceptible de tan lento, los hierros de la baranda y los trabajados soporte de los balcones ostentaban también algunas marcas de orín, pero ella había conocido de siempre aquellas manchas, desde que era niña y asomaba alguna vez la cabeza, al pasar por la calle, para ver el patio de los Montaberner.

Al fin cruzó el zaguán y la gran puerta, sólo entreabrió el postigo, lo necesario para deslizar su cuerpo. Las enormes puertas claveteadas y con aquellas aldabas en anilla altas y pesadas nunca se abrían, ya no entraban carruajes a través de ellas y a la familia que había alquilado las buhardillas, poco le importaba que se abrieran o no; a él sí que le importaba, pero sentía como una humillación el esfuerzo físico que representaba levantar las fallebas de hierro y empujar las hojas de la puerta. También le importaba el escudo labrado en piedra que coronaba, altivo, aún, las dovelas de piedra viva que enmarcaban la puerta.

Salió a la calle, la noche comenzaba tibia; de la cercana montaña llegaba un olor a romero y tomillo y ya no se percibían casi las siluetas de las murallas del castillo, que estaba muy cerca.

La calle era estrecha, empedrada y rampante, obligaba a acelerar el paso su pendiente y ella la recorrió deprisa. Al final había una plazuela con plátanos, sombría y silenciosa, después, las calles se ensanchaban y comenzaban a iluminarse con los reflejos de los escaparates de los comercios, más abajo la Avenida se abría ya llena de vida, era la vida de la última hora de la tarde, la premura de las últimas compras, el inicio del paseo provinciano, las tertulias de los cafés en las amplias aceras, bajo los árboles.

Se sentía bien de pronto, como al despertar de un mal sueño y ver que nada ha cambiado y que uno se encuentra entre lo suyo; casi le sorprendía ver que la gente había seguido viviendo a su alrededor sin ella notarlo.

La sensación de regresar por el túnel del tiempo la dominaba. Ni siquiera se daba cuenta de que llevaba dos maletas y de que algunas personas, al saludarla, tenían una interrogación en la mirada. En las maletas iba parte de lo que aportó a su boda, todo aquello que nunca pudo encajar en la casa, que resultaba desplazado en el tiempo y en el espacio, incluso su ropa, demasiado sencilla para el gran armario de la habitación conyugal.

Después de cruzar la Avenida se dirigió a una de las calles perpendiculares, recién trazadas, de fincas altas e idénticas, de farolas en arco que daban una luz blanca y fría, como de quirófano, y de nuevo pensó que definitivamente había vuelto. La cadena se había ido rompiendo y cada eslabón se había ido perdiendo de la misma manera que la ciudad había cambiado su fisonomía, y aquí se sentía al fin libre, en el final presente del tiempo recorrido.

– II –

En el tiempo pasado estaba él; se había quedado solo, solo en la casa, toda suya y entera, la sensación de haber expulsado al fin al intruso le producía un placer inmenso y trató de relajarse; también él había soportado muchos días, meses y años de tensión; se había esforzado por incorporarla a ella a su mundo, pero ella siempre estaba lejos, cuando él se daba cuenta comprendía que había cometido un error irreparable y una ofensa a su apellido y a su escudo y renacía en él, por ellos, todo un pasado que estaba grabado en cada piedra, en cada rincón de aquella casa. La casa era un ente con personalidad propia, era la que conservaba a los Montaberner en pie, más poderosa y firme que ninguno de los descendientes.

La casa era algo inamovible y eterno, y era casi un sacrilegio haber introducido un elemento extraño que quiso traer aires nuevos.

Todo debía permanecer en su sitio, el sitio que había tenido desde siglos; él había nacido entre todo aquello y heredado en la sangre de los Montaberner aquella extraña fijación al pasado. Las fincas del patrimonio familiar se habían ido perdiendo; de niño, en tardes como ésta, había escuchado de labios de su abuela, cómo se había fraccionado el legado de su apellido, cómo había ido pasando de un dueño a otro por cesiones extrañas, por deudas y enrevesados pleitos, degenerando hasta los propietarios últimos, que levantaban fábricas en los campos de cultivos o complejos turísticos en los bosques que cubrían las laderas de las montañas circundantes.

Pero la casa se había mantenido, y ahora él ya no les había defraudado. Y la recorría toda, como si quisiera convencerse de que estaba como siempre, podía deambular por ella a ciegas por el eco de sus pasos ladrillo a ladrillo, por las vibraciones del aire reflejándose en los muebles.

El salón era inmenso, con tres balcones, los entreabrió un poco, era la hora del anochecer y en primavera se dejaba entrar la brisa tibia a aquellas horas, las puertas crujieron y el crujido fue igual al de todas las noches, las cortinas, al deslizar sus doradas anillas sobre la barra, sonaron respondiendo al impulso, siempre el mismo, que le daba para descorrerlas, el encaje amarillento, sin embargo, se rasgó en un punto tenue alrededor de una rosa de fino calado, pero él no lo apreció; los terciopelos de las colgaduras conservaron sus pliegues paralelos e idénticos.

El reloj ovalado dio las nueve con el mismo ritmo y él ni le sonrió agradecido, las incrustaciones de nácar centellearon un instante cuando encendió la lámpara, cuyas lágrimas no tintinearon, porque la brisa había cesado y todo estaba inmóvil.

La tapicería adamascada del sofá isabelino conservaba los desgastes de siempre, los mármoles de las dos consolas, las huellas de algún objeto dejado por descuido, los espejos de marco dorado le devolvieron su imagen pálida y como envuelta en niebla igual que cuando, de niño, se miraba en ellos, porque entonces ya habían oscurecido.

El pasillo era casi lóbrego, con ángulos rectos, en las paredes se destacaban algunas manchas de humedad, y pendían en ellas óleos enranciados por el paso del tiempo, representando escenas heroicas casi irreconocibles; al final estaba la hermosa habitación conyugal, entró en ella seguro, dueño al fin, sin tener que compartirla con alguien que no podría mezclar jamás su sangre con la suya propia; en aquella habitación se engendraron y nacieron todos los Montaberner, él era el último varón de ellos y había fracasado, esa era su culpa y esta culpa le torturaba.

Y siguió comprobando cómo todo seguía en orden, al fin las cosas de ella habían desaparecido, ella las había ordenado junto a las de su madre y para él aquel intrusismo era insoportable. La cama con dosel conservaba en el lecho las huellas de las maletas que ella colocó al recoger sus ropas, él alisó la colcha de damasco rojo y contempló el armario de talla barroca, vacío al fin, de aquellos vestidos tan sencillos, tan vivos, que ella había colgado.

Abrió el balcón que daba al patio, no entraba la luz, ni el viento de las montañas próximas, también el aire se había quedado quieto.

Por fin notó el silencio, entró, una a una, en todas las habitaciones a lo largo del pasillo y en todas ellas le respondió el chirriar de las puertas y el característico olor a madera vieja y a polvo y a perfume rancio de flores marchitas desaparecidas. Y acabó su inspección sin que nada hubiera turbado el leve rumor de sus pasos al deambular por la casa.

Una planta completa, no habitada, le separaba de las buhardillas alquiladas a unos viejos. Él estaba, al fin, solo en su casa, y la casa era su verdadera compañía, era el trasunto del claustro materno que lo albergó y de los brazos firmes y seguros de su madre que lo sostuvieron después, y de sus negros ojos que siempre le apoyaron, era la seguridad  y la ternura, era lo que le defendía de la realidad y así se sintió feliz un instante.

Regresó al salón, ocupó uno de los sillones de respaldo rígido y de madera tallada, apoyó la cabeza contra la moldura que representaba algunos emblemas de los timbres de los Montaberner, quería sentirse así, notando la suavidad del raso deslucido y la madera pulida por el tiempo, acariciado por algo que tan solo era un recuerdo, el recuerdo de su madre, inmóvil también el un sillón idéntico frente a él. Le sonrió, pero la imagen de su madre no respondía a su sonrisa; sin embargo la casa estaba vacía, tan solo ella y él, frente a frente como siempre había deseado. Su madre no le sonreía y, fugazmente, pasó por su cerebro la idea de que ya había acabado la estirpe de los Montaberner, que él había heredado, porque había sido incapaz de continuarla. Su savia estaba también muerta, y con su propia muerte caería también la casa.
Era eso lo que su madre le estaba reprochando.

Y, de pronto, la casa comenzaba a cobrar vida, una vida propia e independiente de él, una vida que emanaba de cada ángulo, de las maderas, gastadas de las contraventanas de los balcones, de los mohosos picaportes, de las vigas alucinantemente paralelas y monótonas, de los ladrillos cuyos lados hexagonales se deformaban hasta parecer que le hacían muecas grotescas, de los muebles aún más deslucidos y raídos que nunca, del terciopelo cubierto de polvo de siglos, de la plata oxidada de las abrazaderas que lo sostenían, de la luz de las lámparas, que se hacía cada vez más mortecina y lúgubre.

La casa ya no era seguridad, sino angustia, el silencio ya no era paz, porque estaba lleno del sonido del tiempo, y el sonido del tiempo es algo que resuena en el cerebro cien veces más potente y ensordecedor que cualquier otro.

Quería encontrar en cada cosa el sentimiento de lo propio, de lo íntimo, de lo personal e intrasferible, y le parecía que todo se había hecho extraño a él, irreconocible, domo una caricatura de lo que había sido, en la que los vestigios de lo que fue se habían borrado para siempre.

La imagen de su madre frente a él, tenía ahora un rictus mezclado de burla y amargura, y él permanecía atrapado por los brazos del sillón, con la idea fija de huir de aquella pesadilla, de darse cuenta de que podía caminar sobre el suelo y palpar con sus manos los objetos para recobrarlos, pero la angustia le paralizaba. Y no era sólo la angustia lo que le paralizaba, sino el pasado, aquel pasado que había pretendido ir a buscar y  que ahora llegaba hacia él de forma alucinante. Y el pasado es muerte, destrucción y podredumbre, el pasado es quietud y es inercia, y en el pasado estaba él, inerte, muerto y quieto.

El reloj marcaba una hora inexistente, intentó reconocerla pero no pudo, ¿qué hora del pasado estaba marcando?, quizás era la hora en que él había muerto muchos años atrás y después tan solo había sido el fantasma de su propio recuerdo en la mente de los otros.

– III –

Luego, poco a poco, se pudo dar cuenta del movimiento isócrono del péndulo del reloj, lo seguía con la vista, notando sus reflejos irisados o dorados según se proyectara en la luz de la lámpara, aquel movimiento real le iba devolviendo, una a una, las cosas conocidas, después fue el sonido, el mismo monótono tic-tac, y ya pudo entender el significado de las saetas puntiagudas sobre los números romanos destacando en la blanca porcelana de la esfera, comprendió que señalaban las diez de la noche que hacía tan sólo unas horas que ella se había ido.

Intentó levantarse del sillón, ya no le retenía, se puso en pie y contempló desde la balconada de hierro la calle silenciosa en la noche.

La calle le atrajo, le atrajo su placidez y el aire tibio de las montañas, la mortecina luz de las bombillas del alumbrado público, el empedrado sucio y gastado. le atraía sentirse vivo, con sensaciones físicas a nivel de la piel, bajar la plazuela de los plátanos y aspirar el olor a savia nueva, pero seguía en pie, cerca del balcón, con un extraño temor: que ella volviera; ella representaba lo nuevo, y entonces, vió, como por vez primera, cómo se estaba transformando la calle, cómo se levantaban nuevos edificios que él, día a día, veía crecer. Y la calle también le dio miedo, ahora la calle era su enemiga, pensó que en cuanto él abandonase la casa, la casa de los Montaberner, millares de hombres armados de piquetas entrarían en ella, y los imaginó como un ejército, ya no de hombres, sino de monstruos destructores, que demolían piedra tras piedra, que abrían brechas inmensas y hacían tambalear y resquebrajarse los pilares enhiestos de la casa.

Y la vió cubierta de grietas que como una lepra horrible la destrozaban y vió cómo asomaban por las grietas las mil cabezas de la hidra destructora, los mil tentáculos de una monstruosa araña que, con su solo esfuerzo, podía derribar la casa de los Montaberner.

Entonces cerró los balcones, quedó dentro un calor denso y cargado de alucinaciones; él volvió a repetir su recorrido anterior, sus comprobaciones minuciosas, palpando las paredes, espiando el más mínimo cambio, buscando  en aquel inmovilismo la seguridad contra su miedo existencial que le impedía seguir viviendo.

Quiso fijar el tiempo, el  tiempo era su enemigo ya, a las alucinaciones del pasado habían sucedió las alucinaciones del futuro y, por ello, solo podía sentirse seguro en el presente, en el aquí y ahora, sin darse cuenta de que el presente no existe, es únicamente la línea imprecisa que une el pasado y el futuro.

Por eso había parado el reloj, ya no escuchaba su tic-tac que le semejaba el sonido de los pasos del tiempo, siempre iguales de largos, siempre iguales de fuertes  y seguros. Si el tiempo no pasaba él se sentiría mejor, podría ignorar la vida a su alrededor y vivir tan solo su propia vida, la que llevaba dentro y que jamás había podido compartir con nadie, la que le había aislado siempre de todo, excepto de aquella casa que estaba incorporada a su propio existir.

Aquél sentimiento de incomprensión, de imposibilidad de estar en el mundo lo vivenciaba en contra suya. Le parecía que cuando derruían las viejas casonas, actuaban así para destruirle. Había ido muchas tardes a comprobar si estaba en pie los edificios de la ciudad que para él tenían significación existencial, y cuando comenzaba a ser demolidos se delectaba morbosa y masoquistamente en ver como, día a día, caía una arcada o un pilar, en contemplar cuantos sillares eran capaces de destruir en una jornada. Y cada edificio que caía, era como si se abriese aún más el foso que le separaba de la vida.

Ella nunca había sabido esto; al principio, interpretaba sus las gas salidas como traiciones o falta de amor; luego, cuando supo que tan solo permanecía en pie, firme como u soldado, frente a la destrucción, dejó de interesarse por sus ausencias. Al volver no decía nada, pero su caparazón, su coraza, aumentaba milímetro a milímetro, día a día, y un extraño hálito de soledad le iba rodeando, como si emanase de él una radiación nueva que separase a los demás seres de él, cada vez más en un mundo distinto.

Por eso ella sabía que estaba cada vez más lejos. Por eso, cuando en las noches cumplía con sus deberes de esposo en el inmenso lecho conyugal, ni él ni ella sentían nada. Hasta la sangre de él era distinta y jamás podría mezclarse con la de ella, ella le sentía frío, casi muerto, y el hacer el amor con un muerto era torturante.

La distancia, aquella anómala distancia, seguía existiendo, aunque sus cuerpos estuvieran enlazado, aunque ella estuviese entre sus brazos y las manos de él, suaves y finas, de dedos muy largos, recorriesen su piel y sus labios la besasen como en un ritual extraño. Y ella sabía que incluso su sexo que se abría en flor para él, no le acogía porque el la penetraba sin contactar con ella.

El nunca hablaba de aquella incomunicación, sabía que era inútil aquél acto, porque sentía igualmente la distancia, porque no sentía el fuego de ella, su piel caliente, su boca entre abierta y jadeante y sus sexo lleno de ansiedad.

Para él tan solo quedaba, al final, la sensación de fracaso, de hastío e indiferencia, para él, su lecho había estado siempre vacío.

– IV –

La noche había caído del todo afuera, en la ciudad. En la soledad inmensa de la casa, con el opresivo silencio del tiempo muerto y suspendido en torno suyo, pensó en dormir; dormir aquella noche significaba reposar en la paz del pasado, buscado con tanta ansiedad desde siempre, desde que sabía que cada nuevo día, le alejaba de sí mismo, aumentando la distancia existencial hasta su mismo centro vital.

Buscaba en vano la libertad del sueño, su cerebro se había fraccionado al fin del todo, como un espejo roto de un mazazo, reflejando cada trozo una imagen de la realidad distorsionada, multiplicándose a la vez la realidad en distintas vivencias. El sueño no podía saltar de parcela en parcela hasta frenarlas todas. La actividad de cada fragmento del cerebro se había multiplicado y actuaba a su ritmo, interaccionándose, ora al unísono, ora independientemente.

Él sentía aquella lucha de su yo desdoblado, en su cabeza, aquella lucha hecha de imágenes que no reconocía, de voces y de sombras, de presencias sentidas en la nada.

Regresar, regresar hacia atrás, hacia lo más seguro, hasta lo último, al principio de todo, al principio de su existencia, antes de nacer.

Se ima replegando su cuerpo, contrayendo sus miembros buscando la postura fetal, sus ojos anhelaban las tonalidades sedantes del amnios protector, pero sus n oídos percibían demasiado el eco de sus propias palabras dichas en otro tiempo a lo largo de su vida, o, ¿eran sus pensamientos reprimidos?.

Se fundían los hitos que habían jalonado su existencia, se diluían los espacios cronométricos en una barahúnda de frases, de momentos vividos.

La seguridad había desaparecido del todo, la angustia y la extrañabilidad era lo dominante ahora, poco a poco se fue desenrollando como un animal que sale de su letargo. Le dolían los músculos por la contractura mantenida y crujían sus huesos uno a uno, pero hasta sus propias sensaciones le parecían extrañas a sí mismo, como fuera de él.

Las voces habían cesado ahora, pero como si ellas hubiesen sido las orientadoras notó que desconocía el lugar, todo era diferente otra vez y, permaneció inmóvil, demasiado sorprendido por lo que le rodeaba.

Las imágenes, penetrando por sus ojos, buscaban en el fondo de su cerebro el eco que le permitiera el reconocimiento, pero el fondo de su cerebro estaba ahora vacío por completo.

Permaneció así muchas horas, no percibía el paso del tiempo, había conseguido al fin detenerlo; entonces no había que esperar ya nada; su rigidez y su inmovilidad le asemejaba a un enser más, un elemento inerte más de la casa.

– V –

Ella lo encontró así, al día siguiente, cuando volvió. Volvió porque estaba llena de vida y quería hacerlo vivir, porque no se resignaba a su fracaso y quería contagiarle algo de su verdad, de su fuerza, de su ilusión, quería buscar con él un futuro, como siempre había soñado.

Después de haber pasado una noche fuera de la alienante casa de los Montaberner, una corriente nueva había revitalizado su cuerpo y sus pensamientos, lejos de aquella cárcel de pasado creía que podían comenzar otra vez, quizás por primera vez…

Ella había vuelto llena de proyectos e ilusiones, llena de esperanzas.

Había subido las escaleras, llamándolo, gritando su nombre con todas sus fuerzas para ahuyentar con su voz las sombras y los espectros; esperaba verlo aparecer en el vano de la puerta, lo había imaginado así durante la noche, lo había soñado, abrazándola fuerte, como nunca lo había hecho, y huyendo los dos de la mano, atropellándose al bajar los escalones desgastado, hacia la vida, fuera de la casa.

Pero nadie respondía a su voz que se estrellaba contra la piedra gris.

Los cuarterones de la puerta, negros e inmóviles, recibieron el empuje de la palma de sus manos al chocar contra ellos y la puerta no cedió a su fuerza.

La golpeó muchas veces, gimió y lloró hasta agotar sus nuevas energías contra lo inamovible, contra la eternidad sin tiempo, contra el silencio, contra la soledad.

La golpeó hasta que comprendió que él estaba perdido irremisiblemente detrás de aquella puerta y aquellos muros, tan lejos en el tiempo como en el espacio, que el camino que los separaba era imposible de recorrer porque era el espacio infinito que lleva al abismo sin fondo de la locura.

– VI –

Se extendió la orden judicial, la firma temblorosa de ella, junto a la fría y oficial del médico, al pie del documento, era el final burocrático de todo.

Al fin, la puerta cedió al peso de la Ley inflexible; la puerta resistió, defendiendo aquel extraño mundo que albergaba, por último, cayó hecha pedazos y astillas con un crujido ronco y sordo como un gemido de gigante, y las paredes y los hierros se estremecieron en una convulsión.

Un hálito de extrañeza, como una corriente de aire distinto, envolvió a los funcionarios que, a pesar de la indiferencia con la que cumplían sus deberes oficiales, se sintieron tocados por algo raro, diferente, terrible.

El juez, el médico y, detrás, ella, cruzaron el umbral; el silencio respondía de nuevo, a su llamada.

La lámpara seguía iluminando el salón, los espejos devolvieron la imagen de heterogéneo grupo, distorsionándola con sus opacidades antiguas, el orden perfecto de la casa seguía inalterado, tan inalterado como él, que había permanecido los tres días rígido en el sillón, con la cabeza apoyada contra el escudo tallado en madera, de los Montaberner y las manos crispadas sobre el raso deslustrado de la tapicería.

Con los ojos abiertos y la mirada perdida los recibió, ausente desde hacía tres días  de toda realidad, con una sonrisa ambigua, mueca mezclada de placer y de dolor.

Una leve contracción de pupilas fue el único signo de vida, después de que los cuerpos de ellos oscurecieran, por un momento, la luz que penetraba por los balcones. El resto, era abandono de la materia que ya no contenía un espíritu que había pasado más allá de nuestras coordenadas.

No sintió el beso de ella en su frente pálida y altiva, no sintió la tibieza de las manos de ella al acariciar sus mejillas donde había comenzado a crecer una barba rala e irregular. Ella, sin embargo, notó en sus labios ardientes y en sus manos suaves una frialdad y una rigidez semejantes a las de un muñeco de cartón y cera.

–          VII –

Por la baranda miraba el cuadrado del patio cerrado donde florecían anémicos rosales, un jazmín raquítico y unos exultante geranios en macetas monstruosas.

Los choques eléctricos habían dejado en sus sienes huellas cárdenas, pero no habían logrado reconstruir los circuitos cerebrales.

El seguía allá, como una barca varada en una playa desierta, en medio de la arena calcinada sin que le llegue nunca el reflujo del mar, sin que pueda ya nunca volver a surcarlo.

A él no le interesaba retornar a la realidad, la realidad no le había interesado nunca, ni siquiera en la infancia, cuando la curiosidad despierta los sentidos de los niños.

Él estaba bien así, mirando sin ver las losas cuadriculadas y los verdes distintos del patio, entontecido por los neurolépticos. Él se encontraba ya en el vacío de la nada que hay antes del nacimiento, antes del primer trauma existencial: había encontrado la paz.

–          VIII –

En la ciudad, la casa se iba desmoronando a la espera de la muerte del último de los Montaberner; los herederos especulaban ya con el solar , un joven arquitecto había diseñado ya los planos de las nuevas viviendas que surgirían después de que se removieran los viejos muros hasta sus cimientos.

Mientras tanto, la casa estaba también plácidamente inmóvil, envuelta en un sueño de nostalgia, eternamente fiel, como la piedra donde estaba labrado el escudo de los Montaberner.

Carmen .- 1974

LA METAMORFOSIS DE ANTONIO

Era un pobre hombre con su vida a cuestas. Una vida de 35 años. ¿Cuándo comenzó a ser ese individuo blancuzco, de carnes blandas y ojos atemorizados, con su interminable letanía de dudas sobre las más mínimas variaciones en sus más elementales funciones fisiológicas?

¿Cómo quedó reducido únicamente a un intestino inmenso, un intestino que ha absorbido toda su humanidad de 35 años, que es el tótem que acapara todos los impulsos, ya de por sí escasos, de su vitalidad?

Empezó de muy niño, empezó cuando su madre, frustrada y resentida, despreciando a aquel débil compañero al que se había unido para sobrevivir económicamente en los años difíciles, proyectó en aquel hijo toda la ambivalencia de sus sentimientos.

Cuando su madre se sintió doblemente herida porque él era débil como el padre y trató, con cuidados asfixiantes, que fuera de otra forma. Cuando su madre, tan solo le ofrecía, como prueba de amor, grandes cantidades de alimentos hasta hacerle enfermar, y su enfermedad era para ella la mayor de las agresiones que él podía hacerle.

Cuando su madre valoraba que él era bueno si su aparato digestivo funcionaba como ella quería.

Y así él se convirtió, casi sin darse cuenta, en un aparato digestivo, poco a poco fue perdiendo la noción de sus ojos, de sus manos, de su piel y de su cerebro; poco a poco dejó de sentir la caricia del sol, de escuchar la alegría de la música de la vida, de ver la belleza a su alrededor, poco a poco tan solo fue un monstruoso estómago que aceptaba o rechazaba aquello que su madre le ofrecía, y un inmenso intestino que asimilaba o expelía, lo que no podía tolerar.

El aún no se daba cuenta del todo, los demás tampoco. Él paseaba su apariencia humana de Consulta en Consulta, con su inacabable serie de exploraciones que no podían detectar la verdad de la metamorfosis que había sufrido.

No se daban cuanta de que el único cauce que le quedaba de comunicación era aquel todopoderoso aparato digestivo, que con él expresaba el asco, (y, vomitaba), y la agresividad (y sus heces lo invadían todo), que le producía la tremenda manipulación de que había sido objeto. Hasta que un día lo consiguieron, le introdujeron en un quirófano, aséptico, de luces galácticas e impersonales y manosearon concienzudamente su estómago, su intestino y su recto, y seccionaron de aquí y de allá, y lo reconstruyeron como un puzzle que se ajustaba al modelo que enseñan los libros de texto. Era un buen trabajo.

Lo sacaron del quirófano, su madre lo esperaba, siempre en pos de un ser inexistente, dispuesta a seguir alimentándolo, ahora con tubos de plástico, y a seguir vaciando su detritus, también con tubos de plástico.

Lo miró, ya no tenía la piel blanca y la carne blanduzca, ya no tenía la mirada ansiosa, ya no necesitaba preguntar nada.

Era perfecto, era un flamante aparato digestivo de polietileno, prototípico, con su funcionamiento garantizado por la más avanzada tecnología punta, con su diseño funcional, con su programador y su mando a distancia.

La madre sonreía feliz y comenzó a leer concienzudamente el libro de instrucciones, en los cuatro idiomas comunitarios, que le habían dejado en la mesilla.

LA PISTOLA

Tenía cinco años y unos ojos castaños muy vivos, el pelo crespo le caía en greñas rebeldes en la frente, era delgaducho e inquieto, no demasiado bien nutrido y con ropa recosida muchas veces.

Era alegre y se sentía feliz en esta ciudad nueva para él, donde había playa de arena fina para jugar, donde había un puerto donde sentarse con las piernas colgando sobre el muelle a mirar los barcos que venían cargados de pesca o los lujosos yates con sus gentes tostadas por el sol, de gafas oscuras y ropas de colores, sin pagar dinero por ello. Donde también podía correr por la calle todo el año porque no hacía frío, y comer naranjas en invierno y dulce uva en verano que le regalaban los vecinos.

Tenía cinco años y ya no recordaba su lejano pueblo, triste y vacío, de largas noches oscuras al rescoldo humeante de los leños y veranos ardientes de sol y sed. Todo aquello había pasado, y sabía que padre tenía un buen jornal y su madre estaba más contenta, y su hermanito más chico había venido al mundo en una cama limpia de una sala alegre de un gran Hospital en otra ciudad más grande aún.

Tenía cinco años y para él la vida se acababa en la escuela, en la playa y el sol, en los huertos y campos, en la ladera del castillo para hacer escondrijos de sus secretos  y en aquella casa de escalera estrecha de mamperlanes gastados, ladrillo rojo y contrahuella blanca.

Él la subía y la bajaba muchas veces, casi a oscuras, y corría por el largo pasillo cuando llegaba tarde, cansado de jugar, y golpeaba la puerta negra y resquebrajada por donde olisqueaba ya la cena caliente.

Y un buen día la madre le mandó con un recado: la vecina de enfrente, al otro lado de la calle, había comprado una bonita nevera, la vecina de enfrente llevaba en la ciudad más tiempo que ellos, también había llegado de cualquier pueblecillo perdido en la triste geografía de la Mancha, seca u árida. Ahora ya había conseguido la nevera, poco a poco se adquirían aquí los bienes de consumo.

Él, con sus cinco años, bajaba la escalera corriendo como siempre, con una botella de gaseosa para dejarla en la nevera de la vecina, así, a  la hora de la comida, padre tendría más fresco el vino que mezclaba con ella.

Pero los mamperlanes eran irregulares y él no los calculó bien esta vez, resbalaron sus gastadas sandalias y la botella estalló con la fuerza contenida de sus burbujas yendo a incrustarse en la carne del niño.

A pesar de sus cinco años no lloró, era todo un hombre, miró sus piernas ensangrent5adas y sólo pensó en que su madre le reñiría por haber roto la botella, subió, despacio ahora, la escalera mientras la sangre roja y viva le resbalaba hasta los pies dejando un reguero rojo en los rojos ladrillos.

La madre gritó al verlo, él con sus cinco años no decía nada, sólo quería adivinar si su madre se había enfadado demasiado, aún no le dolían las heridas y miraba la sangre con un poco de orgullo de pequeño héroe.

La madre lo llevó en volandas al Ambulatorio, la sala de espera llena se hizo un coro de exclamaciones y lamentos , él a sus cinco años, se sentía cada vez más importante y más valiente.

Hubo que colocarlo en una camilla blanca, la madre lo dejó solo con el médico y la enfermera, ahora comenzaba a perder su seguridad, el médico le hablaba suavemente pero cada vez que la aguja de sutura se clavaba en la herida, sus cinco años ya no le servían para no llorar. Ahora estaba solo y el médico comprendía que llorara, le explicaba que tenia que hacerle daño y él, por fin, podía desahogar su miedo sin vergüenza.

.- No mas, no más…

Y tan solo quedaban dos suturas.

Entonces a la enfermera se le ocurrió decirle que le iban a comprar una pistola por haber sido tan valiente. A través de sus lágrimas el niño sin juguetes imaginó la pistola y comenzó a soñar con ella.

Un nuevo quejido, el último punto estaba dado y ahora podía esperar tener una pistola, jugar a policías y ladrones, a vaqueros o defender desde la muralla del castillo su reducto secreto.

la madre entró por el, se lo llevó con las piernas cubiertas de esparadrapos  y los ojos aún llorosos llenos de esperanza en la pistola.

.- Dentro de una semana hay que quitarle este, dijo el médico.

Y el niño esperó a la semana siguiente, cuando volviera tendría su pistola.

A los dos o tres días, el hermanillo estaba enfermo, fue el médico a la casa, él estaba en la escuela con sus esparadrapos sucios de polvo, con su historia contada a sus amigos como una hazaña bélica y con la promesa del la pistola en el cerebro.

Cuando vio al médico junto a la cama del hermano, al llegan a casa, le sonrió con una mirada llena de esperanza, tan llena de confianza que el médico, de pronto, recordó la promesa que, por que sí, había hecho la enfermera para hacerle callar. Y cuando el chiquillo volvió con sus suturas curadas y aguantó, sin llorar, cada uno de los puntos que se le arrancaban de la carne, el médico le dió la pistola y el niño, con sus cinco años, creyó en los mayores y en la medicina.

Junio, 1974

LAS OTRAS VACACIONES

Hay una carretera que bordea la costa y es como una estela, al medio día hay mar de un azul increíble y el sol en lo alto luce espléndido. Cada recodo es una nueva sorpresa y tras cada curva hay una atrevida roca que cae en picado sobre ese increíble azul, o un remanso de arena gris y pedregosa o un descenso de pinos achaparrados y adelfas en flor.

Hay casitas, y villas, chalets y bungalows, hay construcciones geniales de arquitectura nueva y creativa sobresaliendo entre las manchas verdes cambiantes del pinar  y los romeros, hay habitats más convencionales, en agrupación disciplinada de urbanizaciones programadas para hacer feliz al visitante ofreciendo la felicidad estardart de terraza-piscina-balacín y reja psudomediterránea.

Hay, todavía quedan, antiguas casas de labor de piedra y teja árabe, encaladas y blancas entre chumberas, algarrobos y almendros.

Hay inmensas posibilidades de ser, de existir unos días dentro de una existencia diferente; de, cambiando el entorno, intentar cambiar un poco la rutina diaria de la empresa, el reloj  y el semáforo, de cambiar quizás la nieve por el sol, la bruma por la transparencia verde azulada y el frío por el salado sudor sobre una piel de color caramelo, el color del verano.

Allí, entre naranjos, hay un pequeño Hospital privado, es una construcción moderna concebida para resoveer los problemas urgentes e inmediatos de la patología de unas doscientas mil personas.

La fachada, entre ladrillo rojo hexagonal, piedra blanca y cristales por donde penetra la luminosidad el entorno, un amplio vestíbulo con plantas muy verdes que reflejan el verdor exterior, asientos modulares también blancos y un ambiente de esperanzadora tranquilidad.

Habitaciones silenciosas, una pequeña terraza sobre los huertos, un aseo y un mini recibidor. Todo está programado para el movimiento normal de la enfermería más habitual: partos, apendicectomías, traumatismos de no excesiva importancia, cólicos nefríticos y, de vez en cuando, algún infarto agudo; en todo caso, el sistema de evacuación a los hospitales a nivel provincial está asegurado en un entorno geográfico de no más de cien kilómetros hasta la capital de la provincia.

Hay una correcta asistencia primaria, en un ambiente gratificante, seguro, relajado. El personal sanitario, el de administración, el de servicios, todos en genral, son de la zona, conocen el medio en que se mueven, incluso en muchos casos, al paciente y conocen siempre sus costumbres, su lengua, sus necesidades, su modo de ser y de vivir.

La noche se llena de olor a salitre mezclado con fritura de sardinas junto a las rocas, de barbacoa marítimo y escape libre de motores, de vino tinto y música de improvisado conjunto para amenizar las veladas del turismo.

Centenares de ojos azules sobre la piel enrojecida se multiplican alrededor de las mesas de manteles cuadriculados, y ríen en todos los idiomas, atropellándose, casi sin entenderse, en un ambiente de continua fiesta, de despreocupación de desinhibiciones.

Las parejas, ni importa de qué sexo, hacen el amor con la felicidad momentánea de la noche de España, para llevarse un recuerdo imborrable de la efímera unión, de la luna brillante, el mar a sus pies y el techado de pinos sobre sus cabezas.

Avanzan perezosamente las horas de la madrugada sin notarse, regresando borrachos de vino, de risas y de amor, agotadas todas las chanzas en todos los idiomas, para encontrase con un nuevo amanecer cálido en la impersonal habitación de cualquier villa. bungalow o chalet alquilado para quince días a traves de cualquier agencia europea.

Comienza el relevo del turno de noche, las fichas clínicas ordenadas en sus archivadores, el cuaderno de enfermería firmado por el ATS de plantilla informa de las incidencias de las horas precedentes. los ingresos están reseñados con su diagnóstico inicial, pauta de tratamiento y nombre el facultativo al que corresponde el control, del paciente, las altas previstas para el día siguiente con sus prescripciones y las respectivas notas de Administración.

Así, noche tras noche, en un sencillo ritual.

Ahora es verano, afuera el campo de naranjos huele a azahar con su aroma pegajoso y dulzón y comienzan las urgencias. Hay más traumatismos que habitualmente, algunos casos de asfixia por inmersión en piscinas privadas, otitis agudas que requieren analgésicos con insistencia para poder conciliar el sueño, diarreas estivales…

En general, todos estos problemas son de fácil comprensión para el personal de la Clínica y los idiomas habituales que se manejan entre los extranjeros visitantes son inteligibles para todos en esa comunicación mezcla de signos gráficos descritos por las manos, señalar el lugar de la lesión y palabras en idioma híbrido mezclado con sonrisas de buena voluntad.

Habían llegado de un país nórdicos, sus costumbres, su alimentación, su habitat diferían evidentemente de los nuestros. Les había cegado el sol y les quemaba, en los claros ojos, el reverbero de la arena y la cal.

Sonreían y hablaban entre ellos en un idioma desconocido, llevaban un plano que su Agencia les había proporcionado, allá en su país, para encontrar entre los pinos y junto al mar una casita pequeña con sus rejas y su tejado rojo, igual a todas pero diferente para ellos, donde pasar las tres semanas de vacaciones.

De pronto, algo hizo que el hombre pisara a fondo el pedal del freno, el coche chirrió y sus ruedas gimieron sobre el asfalto  quemante. se deslizó unos instantes y al fin se detuvo. Algo habló la mujer al hombre y los ojos de ella se quedaron muy abiertos mirando, aterrada, como cambiaba la faz de él hasta ponerse primero verdosa, luego violácea y como se convulsionaba todo agitándose y retorciéndose en una inverosímil alternancia de espasmos y rigideces.

Ella seguía hablándole, sin duda llamándole por su nombre, sin intentar casi tocarle para no incrementar la crisis. Después todo cedió. Entonces habló él y la conversación dentro del coche se hizo incoherente y desorganizada.

Ella buscó algo entre sus documentos, sacó impresos, folletos , y al fin tomó el volante del coche y buscó en el plano de localización, ya no la casita de la urbanización entre los pjnares y las viñas, sino el Hospital señalado en la guía como puesto de socorro.

En la entrada de Urgencias el hombre y la mujer están desconcertados, ella hace ver, empujándole por delante, que es él quien precisa asistencia. Él se muestra impasible y el equipo de guardia observa al hombre sin encontrar huellas aparentes de alguna lesión que justifique la consulta.

Hablan un idioma que no se escucha por aquí, la mujer gesticula, pero en sus gestos la descripción de la crisis es totalmente incomprensible. En los ojos de ella comienza a nacer un sentimiento de angustia ante la incomunicación. A su alrededor, tres mujeres y dos hombres, de blanco la observan con atención, con interés, pero están infinitamente lejos de ella, separados por la barrera de un idioma desconocido.

Las preguntas de ellos llegan a su cerebro sin encontrar su eco, las respuestas de ella, son totalmente ignoradas.

El médico de guardia opta por revisar sistemáticamente al hombre, pero nada en la exploración física revela patología; no puede captarse aquel aire ausente del hombre que puede atribuirse, como en los sordos, a la falta de comprensión del lenguaje hablado. Nada pues, y empujan hacia afuera a la pareja.

La mujer suplica de nuevo, en sus ojos hay ahora una ansiedad intensa, un miedo, un sufrimiento que nos es desconocido. En realidad es una mezcla extraña de actitudes, indiferencia / angustia, las de aquella pareja en la que solo su comportamiento psíquico parece dudoso.

La terrible soledad de un mundo lleno de seres humanos rodea a la mujer y al hombre, tiene ante sí su coche, su documentación, su pasaporte en regla y la dirección de una casita alegre y soleada en el Mediterráneo.

Por fin, el hombre parece salir de su estupor, señala insistentemente su cabeza y la mujer corrobora, con un rayo de esperanza este gesto.

Entonces, agotados ya los recursos de la exploración física de rutina se recurre a la exploración neurológica. Ellos se quedaran allí, en el hospital, durante unas horas  y son llevados a distintos departamentos, se realiza un exhaustivo estudio oftalmológico con dilatación pupilar con atropina para visualizar el fundus, y la atropina dificulta la visión pero no se le ha podido advertir esta contingencia, se estudia su audición, se realizan pruebas laberínticas, se le somete a trazado electroencefalográfico sin comprender casi las órdenes que se le dan. Y, durante todo ello, la distancia de los profesionales al paciente es cada vez mayor, es como un cobaya  en sus manos, un modelo cibernético de hombre en el que hay que encontrar el desajuste. Los médicos le miran, le palpan, le sonríen, pero no pueden conocer su vida, sus antecedentes, sus padecimientos; él y ella se sienten observados, manipulados y atendidos sin escuchar palabras de consuelo, sin poder pedir ayuda.

El resultado de las exploraciones es totalmente satisfactorio, todo es normal en él, nunca sabremos qué fue lo que les trajoa a nosotros.

Ellos salen ahora con un grueso dossier de pruebas clínicas para llevar a su país y allí, con sus doctores, intentar conocer qué fue lo que pasó.

Quizás estén ahora tranquilos, con todos aquellos resultados y controles, quizás piensen que todavía quedan veinte días de vacaciones junto al mar.

De nuevo el coche, el plano, la carretera y el sol de la tarde, muy bajo. hay un camino bordeado de árboles que distan unos cinco metros unos de otros y crean unas intermitencias de lus y sombras, como un estroboscopio, y allá abajo el mar vira de azul a violeta.

Hay otra vez un chirrido, un frenazo, un viraje, y hay un coche de matrícula extranjera que rueda por el acantilado buscando la espuma, el azul y el violeta.

Verano, 1982

LOS INMIGRANTES

Ellos eran una pareja joven, recién venidos de Granada. Él, un muchacho moreno, de pelo rizado muy negro y ojos oscuros; ella, una linda chiquilla trigueña, y trajeron consigo a su hijo, un chavalín de pocos meses.

Vinieron desde tan lejos, buscando trabajo en esta ciudad abierta, de cielo azul y mar en calma, vinieron confiando en la eclosión turística de nuestra costa, en que en esas torres que nacían día a día, junto al mar, hacen falta brazos y peones jóvenes como él.

Y encontraron vivienda en una casa vieja de la vieja ciudad, un caserón grande y húmedo, inmensamente vacío, de techos altos envigados, con el papel de las paredes descolorido y sucio y los ladrillos del suelo rotos. Aquella casa estaba en una calle muy estrecha, muy cercana al centro ruidoso, lleno de transacciones comerciales donde se mezclan las libras y los marcos y su cambio en pesetas, muchas para los de fuera y muchas menos para los que, como él, tenían que ganarlas día a día. Aquella casa era resto de las antiguas casonas de los propietarios de tierras de labor de la Comarca; las tierras habían sido repartidas entre los herederos, recalificadas y convertidas en urbanizaciones, y los dueños, ahora jóvenes metidos en negocios, vivían en cómodos apartamentos en las amplias calzadas cerca del mar.

La vieja casa había quedado así, vacía, para alquilar a esta gente de fuera que no podía, a pesar de su juventud, con la tristeza pobre y decadente de lo viejo.

Ellos tenían un niño muy pequeño, y el niño estaba enfermo; sus ojitos también negros, brillaban con la fiebre, pedía agua, pero el agua de la ciudad le hacía daño. Ellos no tenían todavía Seguridad Social, no podían entrar en el tinglado de los Ambulatorios y residencias, no podían exigir, como otros trabajadores, que se asistiera a su niño, que se tratara su enfermedad, que se le cuidara sino era a costa de gastar su jornal en médicos y medicinas.

Pero el niño estaba enfermo. No conocían aún casi la Ciudad, ni la ciudad ni sus gentes, la calle estrecha, en la noche estaba vacía, el centro, el paseo de plátanos, la plaza y la fuente, llenas de un silencio plácido y tranquilo, las puertas cerradas y la ciudad en calma.

Buscaron al Médico de Guardia.

.- Pagando lo que sea…Sabiendo que en aquel “lo que sea” se encerraba “lo que yo pueda”, pero defendiendo con aquella frase a su niño contra el mal, que valía la vida del chiquillo lo que fuese.

El médico les atendió, hubo que caminar, después a la Farmacia de Guardia, de nuevo calles solitarias y la ciudad, no muy grande, se hacía inmensa con la ansiedad.  El niño estaba solo en la cama aún caliente de los padres, alumbrado con una sola bombilla que pendía de un hilo pringoso de las vigas, ¡tan altas!.

Caminaban cogidos de la mano por un dédalo de callejas buscando la Farmacia por detrás del Castillo.

.-¿Cómo estará el Pablito?, repetía la madre, y el padre le apretaba la mano, apretaba los dientes y seguían andando.

La farmacia abrió por fin, y en el stock no había casi de nada.

.- El Centro farmacéutico…ya saben… lo que no hay, se pide…Pero ahora… mañana por la mañana sí.

.- El Médico de Guardia, joven y forastero no sabía resolver el problema. El Médico de Guardia pensó en la Clínica de lujo donde trabajaba por las mañanas, sabía que allí podía haber suficientes productos para sacar adelante al niño. Y recordó la Clínica, su entrada de hotel de cinco estrellas, sus habitaciones con baño privado y antesala y su clientela que pagaba en cheques contra el Banco de Londres. Y pensó en el jornal de aquel muchacho como peón en cualquier construcción de la costa; pero el niño tenía que vivir en aquella ciudad exultante de vida.

Llegaron a la Clínica, la enfermera de noche y el médico se pusieron de acuerdo, sin palabras decidieron el futuro del niño, y el niño se curó. No hizo falta habitación de lujo, bastaron unas horas en la camilla de un despacho, la Administración no se enteró de aquello. En la madrugada el niño dormía sin fiebre de nuevo en la cama sin pies ni cabecero bajo las altas vigas y los padres descansaban, abrazados, rendidos de ansiedad y de cansancio.

El nuevo día, con sol, junto al mediterráneo, saludaba a la vida alborozadamente.

A Pablito, Denia, 8 de junio de 1974

OTRA HISTORIA DE YERMA

Estaban allí una vez más, con su aspecto indefenso y tímido y los ojos llenos de esperanza. El hombre, titubeante al atravesar la puerta, dudando siempre sobre si tender la mano o no, sobre si sentarse o permanecer de pie, miraba a la mujer con indecible dulzura; él, tan necesitado de apoyo por su propia miseria cultural, la protegía abarcándola con el azul inmenso de sus ojos, sin atreverse a tocarla allí, en aquel lugar, sin atreverse a tomarla del brazo o de los hombros por un sentimiento de pudor primitivo, pero cobijándola con una ternura inmaterial que trascendía más allá del contacto físico.

Ella, con su mejor atavío, aquél que usaba los domingos para acercarse al bar del pueblo con su hombre a beberse un cerveza fría con aceitunas.

-¡Rellenas, eh!- decía invariablemente él para diferenciar con aquel pequeño extraordinario el día festivo; el mismo con que acudía al mercado comarcal mensualmente, el mismo de las bodas, bautizos, comuniones y entierros de todos los amigos, parientes y conocidos del pueblo y los colindantes, pero llevado ahora de otra forma, con un aire más digno, más orgulloso, más entero, más lleno…

Y bajaba los ojos y se dejaba llevar también sin contacto físico alguno por la presencia del hombre, por su sombra, y se apoyaba en él imperceptiblemente, sintiéndose así segura porque ella titubeaba todavía más si se le preguntaban sus datos personales o lugar de nacimiento.

Hoy habían vuelto de nuevo al doctor, hoy estaban seguros, por fin, de que una nueva vida estaba ya creciendo en el seno de ella, lo habían creído muchas veces y la respuesta había sido siempre negativa, pero ahora no, ahora era imposible el error, ahora no hacía falta esperar unos análisis ni aquella desagradable y humillante exploración, ella lo sentía dentro de sí, como se movía, como deformaba su vientre ya maduro, como hinchaba su figura que había perdido ya el aire y la galanura hacía mucho tiempo. Y él estaba seguro de que su fuerza viril había trascendido y había dado fruto, que no en vano el empeño, noche tras noche, le hacía sembrar en su mujer su simiente caliente, y no en vano ella se satisfacía ofreciéndose con su cuerpo anhelante y su sexo, pobre flor ya marchita, abierto a la espera de la fecundidad.

Él se lo había explicado muchas veces al médico, a su manera, con sus palabras sencillas, reales, sin eufemismos poéticos, como se habla de algo que se tiene entre las manos, que es auténtico y por lo tanto no precisa de metáforas. Él le había contado al médico de qué forma lo hacía, sanamente, sin necesitar de todas aquellas extrañas posiciones que alguna vez había visto en las fotos de las revistas que tenía el barbero y que constituían uno de los alicientes del habitual rapado de nucas en el pueblo.

él no hacía aquellas “guarrerías” –que su mujer era honrada y no era decente intentar con ella lo que se hace con las putas, “con perdón”-.

Pero, eso sí, se lo había contado al médico, para merecer su aprobación de que el método era infalible, mientras su mujer se vestía en el cuarto contiguo, ayudada por la enfermera, porque estas cosas se hablan de hombre a hombre y no es cuestión de poner en evidencia a las mujeres con aquellos detalles que tan gráficamente, con gestos y ademanes contaba y que, sin embargo, estaban tan cargados de sinceridad, trataban de explicar algo tan cotidianamente humano, tan suyo, que en absoluto resultaban obscenos.

Luego salía ella, escuchaba el veredicto del doctor con los ojos bajos, como un reo culpable al que leen su sentencia, enrojecía y sentía en sus ojos la quemazón de unas lágrimas muy ácidas que no llegaban a salir; no decía nada, pero la vivencia de su nuevo fracaso, de su nuevo error, el derrumbamiento de sus ilusiones, dejaba dentro de sí una conmoción tal que comenzaba a ahogarse; pero tenía que aguantar y apretar más aquel nudo que le estrangulaba el grito de rabia e impotencia, y tenía que dominar la angustia y la vergüenza, y tenía que sostenerse en pie mientras regresaban de casa del doctor, caminando como autómatas hasta la estación, tenía que sentarse en el vagón pegajoso y grasiento y mantener la máscara ante las otras gentes de su pueblo y los pueblos vecinos que sonreían con amabilidad fingida y que, como siempre, dirigían miradas indiscretas a su vientre y a sus pechos vacíos.

Y tenía que gritar para adentro, que llorar para adentro, que sufrir para adentro, y por eso su cabeza estallaba por dentro, sin poder contener ya lo que desbordaba todos los mecanismos de racionalización y de represión que ella podía manejar.

Después, quedaba el enfrentamiento con las viejas, con su madre y con su suegra, que interrogaban sin palabras, sólo con unos ojos grises del color del acero, aquellas viejas expectantes, aquellas mujeres para las que parir hijos fue la ocupación habitual, tan rutinaria, tan repetida con una regularidad casi anual durante varios años, que ante ellas se sentía inútil y como minusválida sin poder continuar la estirpe de su raza.

Ellos eran ya entre los hermanos y cuñados, un caso aparte; y ella no podía participar de la charla de las mujeres sobre aquella experiencia común que es dar a luz, sobre la alimentación de los hijos, ¡el gran deber de madre!, sobre su crecimiento y sus lindezas, sobre sus risas y sus llantos.

Ella estaba al margen de un mundo de mujeres-madre que la rodeaba en el cual la escala de valores se medía en función de la relación madre-hijo.

Pero, esta vez, todo iba a ser distinto, ¡estaban tan claro!; no lo había dicho a nadie todavía, ahora ya no lo decía como las primeras veces que creía sentir, a fuerza de desearlo, lo que tantas veces había oído contar a las otras, sus hermanas, sus amigas; ahora ya no comentaba, como de pasada, que había vomitado al levantase, o que se mareaba al volverse en la cama, o que tenía el capricho de comer moras del barranco de La Borda; no, ya no podía decir aquellas cosas porque después había una sonrisa de conmiseración para ella entre las otras mujeres y acababan diciéndole casi a la cara que le acabaría dando “el histérico” si seguía así. Sabiduría popular que no conoce los mecanismos de proyección ni los orígenes etimológicos de las palabras y juega con ellas y acierta en muchos casos.

Y, sin embargo, esta vez, que ella no había dicho nada, su hermana mayor, que estaba ya en vísperas de conocer a su primer nieto, se le había quedado mirando con extraña sonrisa diciéndole:

-¿No vas donde el doctor este mes?-. Y no hubo más, ella cambió de tema y habló de lo hermoso que estaba creciendo el trigo aquella primavera, sin darse cuenta del mensaje subliminal que aquel comentario comportaba.

Y luego, por la calle, hacía mucho tiempo que las amigas no le decían con aquella intención veladamente pícara aquello de:

-Chica, se te ve como más gorda, ¿no?

Y hasta su suegra, aquella mujer siempre de negro por el luto de otros tantos hijos que fueron muriéndose de niños, pero que habían llegado a nacer, habló de ciertos campos, más allá de la torre del Cherro, que podían ser para ellos a la próxima vendimia, como presintiendo que podía levantar ya la segregación que sufrían en el reparto de las tierras por no tener descendencia.

Cuando llegaron ante el doctor, sólo sonrieron, no hacía falta explicar el por qué y el para qué de la consulta; el doctor les veía frente a él, esperando de sus palabras la confirmación de su verdad, y ponían tal unción al escucharle que el médico se sentía agobiado ante la responsabilidad que su diagnóstico suponía.

Y tenía que desengañarlos de nuevo, ella, en efecto, sufría retrasos menstruales, y todo un cortejo de síntomas subjetivos que simulaban el embarazo, igual que las otras veces, y ya no precisaba la prueba biológica del test de orina, le bastaba explorar aquella vagina que conocía bien, que tantas veces se había dejado recorrer por sus dedos enguantados para que pudiera confirmar el deseado embarazo.

El médico temía el momento de siempre, la situación repetida una vez más que suponía para el compartir el desengaño de nuevo, y pensó que ella ya tenía 39 años, que dentro de muy poco tendría que explicarle que quizás la amenorrea fuera ya indicio de la menopausia cerrando la última puerta a la esperanza.

Por eso, esta vez, intentó hablarles de las soluciones que la ciencia había encontrado en casos como el suyo, pensó hallar una luz de esperanza si sabían y entendían lo que suponía la fecundación “in vitro”, los bancos de esperma e incluso las matrices alquiladas que han resuelto ya los problemas de muchas parejas.

El médico les hablaba eligiendo cuidadosamente las palabras, comenzando con las mínimas nociones de fisiología necesarias para hacerles ver cómo su hijo, tan soñado, podía comenzar a formarse en un tubo de cristal de un maravilloso laboratorio, cómo para comenzar de esta forma la vida de su hijo no era necesario el acto de amor y deseo que ellos realizaban como un rito, sino que debían acudir también a ese mismo laboratorio donde se tomarían sus elementos vitales en largas pipetas y tubos de ensayo y allí realizarían la fecundación, fuera de su cuerpo, hasta que el nuevo ser comenzara a existir ella podría acogerlo entonces y nutrirlo; o bien, y en último caso de su matriz lo rechazara, podría crecer dentro de otra mujer, desconocida, que al transcurrir las nueve lunas –lunas de miel y hiel- se lo entregaría, porque era de ellos, sólo hijo de ellos, y esto quedaba completamente claro.

El médico estaba pendiente de sus reacciones al hablarles, se daba cuenta de su sorpresa, de que por mucho que quisiera convencerles de que podía ser hermoso tener un hijo de aquella manera, no conseguía transmitirles un mensaje esperanzador; que había demasiada carga de superstición y cultura ancestral grabada en sus mentes siglo tras siglo para que pudieran aceptar el método, que, para ellos, el hijo de un laboratorio sólo podía ser un monstruo ajeno a su familia, del que se sentirían aún más avergonzados que de su propia infertilidad.

Y estaban, podía el médico sentirlo, ofendidos e irritados contra él, que les proponía aquella extraña solución; el en ellos crecía el sentimiento de macho y hembra primitivos y animales que no precisan de tubos y probetas para hacer “lo que hay que hacer”.

Y su agresividad contenida contra el propio entorno, ignorante y brutal, que les había marginado, se volvía ahora contra el médico con la misma ignorancia y brutalidad porque ellos pertenecían a ese mismo pueblo y reaccionaban de la misma forma cuando creían tener un motivo, al fin, de descargar su tensión reprimida.

Se marcharon altivos, sin titubeos, cogida ella del brazo de él, ostentosamente con orgullo primario y estúpido.

Y hablaban de aquellos médicos que estaban todos locos y pretendían hacer niños en botellas, y hablaban de que tenían que haber ido hacía mucho tiempo atrás a ver a la tía Roseta la de l’Alter que tenía unas hierbas muy buenas para esto de las mujeres, como habían dicho sus madres.

TRASPLANTE DE CEREBRO

Habían acudido a una nueva Consulta, otra más, otra etapa en aquel peregrinar que había comenzado tan solo hacía diez meses y que se les antojaba eterno; que ya había marcado su existencia para siempre.

Era un camino hecho de Salas de Espera, de aquellas salas funcionales y luminosas de los grandes Hospitales, con módulos de colores alegres, plantas y cristales por donde entraba el sol; colores, verde y sol que luchaban contra la angustia y la tristeza que se encerraba en los corazones de quienes las llenaban, día a día, ajenos al mensaje que el decorador de la Sanidad Oficial quiso dar; o de aquellas otras Salas de los Especialistas de renombre, monstruos sagrados de la Medicina Privada, recargadas y asfixiantes, con un lujo barroco e insultante, con fondo sonoro de hilo musical que no servía para borrar, con sus cadencias suaves, el dolor y la enfermedad.

Todo aquel camino estaba jalonado de entrevistas, de repetir una y otra vez, una Historia Clínica cuyas preguntas estereotipadas se sabían de memoria; una historia que quedaba escrita en palabras concretas, en términos profesionales indiferentes a la carga afectiva, a la carga de rabia y dolor que albergaban; una historia para computadora o para fichero que no reflejaría jamás la verdadera Historia, así, con mayúscula, del sufrimiento.

La noción del tiempo se había perdido entre las salas de espera y las consultas, entre las fechas anotadas a bolígrafo en un calendario de bolsillo grasiento y sobado y con una sonriente muchacha en el anverso como amarga ironía; entre las citas para controles, análisis y exploraciones con los modernos medios técnicos, que en un principio se les antojaron magníficos, después se convirtieron en algo rutinario y cotidiano, entre la esperanza y la desesperación.

Y ahora estaban ante otro médico, ya no valoraban si era joven o maduro, (antes, admiraban la experiencia de los segundos y la dedicación atenta de los primeros), ya no valoraban si tenía un largo “currículo” de títulos y cargos académicos (que comentaban con orgullo ante los parientes, como irrefutable prueba de garantía profesional); era uno más de quien les habían hablado, ya no recordaban dónde. Pero esta entrevista sería diferente, iba a ser diferente, porque eran ellos quienes traían la solución.

El hombre miró fijamente al doctor; especialista en Neurología, Psiquiatría y Electroencefalografía, rezaban sus títulos que adornaban la pared tras él, como una aureola, como un respaldo de seguridad, de ciencia, de omnipotencia que a él ya no le impresionaban.

Ya había relatado punto por punto el caso clínico, ya había contestado con impaciencia mal reprimida a todo aquello que, al principio, se esforzaba por recordar con exactitud, creyendo que cuantos mayores detalles aportara mejor se resolvería todo, y ahora que ya sabía que sólo constituían una serie de datos estadísticos para contrastar con el resto de material clínico de los ficheros. Por eso ahora contestaba por rutina, con indiferencia.

Se sentía impaciente, no quiso esperar a escuchar las palabras que ya conocía, y se lanzó a preguntar aquello que rondaba por su cabeza desde hacía tiempo desde que lo había leído en una revista que aquel amigo le llevó un día a la fábrica satisfecho de ayudar al compañero que sufre.

Sí, el Vicente le había dicho:

-Toma, esto podía servir para tu chico, yo no entiendo mucho lo que dice pero tú, que andas siempre cerca de los médicos esos cuando llevas al niño al Hospital, a lo mejor lo entiendes.

Y a é le había faltado tiempo para pedir permiso al Encargado para ir al servicio y allí, encerrado, ahogándose de olor a humedad y orín, devorar el artículo de la revista.

El artículo estaba salpicado de fotografías, en unas la carita terriblemente inexpresiva de un oligofrénico, con su triste sonrisa de Gioconda anencéfala, con sus ojos acuosos y perdidos, con sus estigmas de degeneración. Y, luego, en otras, cobayas blancos con la cabeza llena de cables eléctricos, electrodos, pensó enseguida el hombre, electrodos como los que había visto tantas veces entre los rizados cabellos de su hijo; y al verlos, sólo por este simple detalle, pensó que sí, que comprendería el artículo, porque él había visto aquellas máquinas de trazados interminables que tantas veces había querido interpretar, con la ansiedad de que cada nueva sucesión de puntas y ondas supusiera una paso hacia la normalidad del cerebro de su hijo.

Y leyó el artículo; había muchos términos semejantes, sí, a los que los doctores empleaban ablando de su hijo, entre ellos, pero sin dirigirse a él, aquellos términos que se habían grabado en su memoria como las piezas de un puzzle que encerraran la salud mental del niño.

Y ahora, con el artículo en sus manos y las fotografías delante, con aquellas líneas que sí le parecían dirigidas a él, obró nueva esperanza, supo que si comprendía su significado y después iba a hablar a los médicos, había dado con la solución.

Allí estaba bien claro, se experimentaba en injerto de neuronas vivas, trasplante de células de cerebro; es decir, pensaba él, que aquellas células que él imaginaba como animalillos vivientes que su hijo había perdido que se le habían muerto a los diez días de nacido a manos del meningococo, ahora podían ser sustituidas por otras, de quien fueran, de él mismo por supuesto, si era necesario, y todo volvería a funcionar, como el motor al que le cambian una pieza y sigue su marcha mejor, si cabe, que antes. Era tan fácil…

En verdad el Vicente, su amigo, tenía razón, él lo comprendía todo muy bien, además aquella revista era para la gente como él, para todo e mundo, para miles y miles de personas que podían adquirirla en un kiosco; y, por eso estaba escrita en palabras sencillas, y se explicaba muy bien el periodista aquel; y aquello se hacía en Alemania, claro, que allí hay muchos adelantos; pero él iría a Alemania con su chico que otros han ido a trabajar, y hasta de viaje fue aquel primo suyo cuando le tocó el premio de los detergentes.

Había salido de los lavabos con la revista en la mano y el semblante iluminado; no vio la mirada hosca del Encargado, que había controlado, con impaciencia, su larga estancia y su ausencia de su puesto habitual:

-Éste, desde que tiene el hijo tonto, no hace más que pedir permisos para llevarlo aquí o allá y cada vez trabaja menos.

No se apercibió de nada, hasta llegar al lado de su amigo y darle un puñetazo en el hombro con un brillo en los ojos que querían decirlo todo, y que el Vicente agradeció íntimamente satisfecho de su colaboración:

-Dios, si el chaval se curara- pensó –y le sonrió.

Ahora, al fin estaba delante de aquel doctor, dispuesto a pedir únicamente su orientación para ir allá, a Alemania; dispuesto a exigir como fuera, aquel trasplante de cerebro para su hijo, dispuesto a defender a toda costa con sus derechos de hombre, de trabajador, de padre, la solución a su problema. Nada más buscaba en aquella consulta.

Le habló al doctor seguro, como no había hablado nunca a los médicos ante los que sentía sagrado respeto; porque él lo había leído en una revista, porque ya no podían engañarle con malos pronósticos, ni aconsejarle paciencia, porque ahora sabía que su hijo tenía curación.

El doctor le escuchaba en silencio, le miraba fijamente y miraba a la esposa, sumisa a su lado, escuchando a su hombre, admirando sus palabras, su empuje, sus conocimientos; ella que siempre había ido en segundo término, cargada con el niño que se derrumbaba sobre ella incapaz de sostener la cabeza, incapaz de coordinar un movimiento, ella que había seguido en silencio a las enfermeras por los largos pasillos que conducían a los departamentos donde estaban las complicadas máquinas que controlaban el cerebro de su hijo, ella que nunca preguntaba porque nada entendía:

-Se puso muy malito una noche, con fiebre muy alta, tiesecito y morado, como muerto, y era tan chiquitín entonces, y se lo habían llevado de su lado- ella que, al principio, había tenido miedo de que aquel tinglado engullera a su hijo, que había tenido miedo ante el hombre que descargaba la ansiedad de aguardar fuera a que terminara la exploración –que entre la madre- decían siempre, llamándola ignorante porque no sabía el porqué y el para qué hacían aquello con su hijo, que había tenido miedo de que el niño muriera y de que siguiera viviendo, ella que, por fin, había dejado de tener miedo para sentir tan solo una tristeza honda y callada ya sin lágrimas y sin maldiciones.

El doctor escuchó pacientemente al hombre y le dejó hablar, sabía que lo necesitaba, que necesitaba pronunciar alguna vez, él mismo, aquellas palabras, aquellos términos que tanto le habían obsesionado y que ahora creía poseer; pero se puso a mirar a la mujer, para ayudarla con sus ojos, para decirle con su mirada y sin palabras que aquel amor de ella hacia su hijo, aquel suplir con sus manos las manos del hijo, con sus ojos los ojos del niño, con su pensamiento los pensamientos que jamás tendría el niño, era el único trasplante de cerebro posible; que las neuronas de su cerebro de madre, que aceptaban aquel hijo con amor eran las que podía sustituir las que el niño había perdido

Después, habló con el hombre, le explicó que el periodismo es sensacionalista, que la prensa especializada aún no se había definido en este sentido, que había que esperar, que había que aceptar, y entonces  fue el hombre el que no le escuchó.

Y salieron los tres, el hombre, la mujer y el niño de las neuronas muertas, por el largo pasillo de la tristeza, de la esperanza, de la resignación; y seguían buscando el inútil trasplante de cerebro. Y el hombre hablaba ahora con rabia, y descargaba contra el médico su nueva frustración, su sentimiento de ser injustamente tratado por la vida, acusando a la Medicina de ser injusta con él. Hablaba y hablaba para liberarse de aquella sensación de impotencia contra quien le había roto de nuevo su castillo de arena, y la mujer callaba, como siempre, pensando en las mil tareas rutinarias que esperaban en la casa por hacer, sin sentir ya casi el peso de su cruz.

El médico los había dejado marchar y también sentía rabia, rabia ante sus palabras inútiles, que se habían quedado en el aire, mensaje frustrado que no había llegado a grabarse en ninguna parte, porque el nombre no había podido escucharlo, no había querido o ya lo tenía demasiado impreso en su cerebro.

Afuera, el sol mediterráneo proclamaba la alegría de vivir.

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5 comentarios el “Antiguos

  1. Redondo. Me atrae el tema, el enfoque, el final hipotético…

    Me falta alguno por leer, pero ya he encontrado varios también dignos de premio. Un ejemplo: LA PISTOLA. La última frase ” el médico le dió la pistola y el niño, con sus cinco años, creyó en los mayores y en la medicina”, da para toda una tesis.

    • Me alegra mucho que te gusten mis relatos, aunque creo que los más modernos tienen más calidad, estos iniciales tienen una carga de sensibilidad más simple, ¡eran mis primeros contactos con la profesión!. Gracias de nuevo por leerme y por tus comentarios.
      Un saludo afectuoso

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