Propuesta 25:un viaje

BONDENZA

Sabíamos que nos podía dejar tirados aquel cacharro en cualquier momento. Nos lo había prestado Emilio, el hermano de Juanjo y tenía ya más de diez años. Fue un verano cuando Emilio conoció a aquel chico norteamericano, de San Francisco, que era Ingeniero Informático y se había pillado un año sabático para conocer España. En cuanto aterrizó en Barcelona, se compró un Clio de segunda mano para recorrer nuestro país a su aire.

Emilio conoció a Stan en el Oceanógráfico,  delante de una  Nemateleotris  de colores llamativos y ojos inexpresivos como todos los de  los peces. Emilio, que es biólogo hizo un comentario que a Stan le interesó mucho, y desde entonces se hicieron amigos. Luego comprobaron que compartían algo más que su interés por la fauna marina y vivieron un apasionado romance que se acabó cuando Stan volvió a California. Pero le dejó como recuerdo el Clío.

Emilio lo ha llevado usando todo este tiempo hasta que empezó a fallarle, cuando ya su relación con Stan le había fallado también hacía mucho tiempo. Por eso no le importó prestárselo a su hermano para este viaje.

Habíamos decidido ir a Bondenza, es una ciudad que no existe en los mapas, es una creación literaria, una ciudad inventada por el autor de una novela extraña. Miguel Martínez García, figura en la portada del libro, cuyo título es precisamente Bondenza.

Nadie puede tener un nombre y apellidos tan vulgares y no usar un seudónimo si quiere publicar, así que, en este caso, pensamos que ese nombre vulgar era precisamente el seudónimo.

Y el título, Bondenza, no aclaraba nada, puede llamarse de esa forma un personaje,  puede ser una clave secreta, o puede ser, como así ocurre, una ciudad.

Pero la novela es magnífica y la ciudad es su verdadera protagonista, en una simbiosis tan intrincada y perfecta con el héroe que nos entraron unas ganas tremendas de ir allí. Tiene que existir ese lugar, como existe la Oleza  de Gabriel Miró o  la  Vetusta de Clarín. No se puede describir un entorno con la minuciosidad y el amor con que está descrita Bondenza si no es que el autor ha vivido allí, ha nacido allí y ha muerto allí.

Porque Miguel Martínez García había muerto, nos  dijo su editora cuando fuimos a hablar con ella para que nos diera datos sobre él.

Se trataba de una pequeña editorial que publica libros muy minoritarios y en ediciones limitadas, pensamos que pertenecía a  una mujer que dedicaba sus rentas a este pasatiempo cultural, porque nada de lo que edita puede conseguir alcanzar un puesto en los libros más vendidos, pero todo es endiabladamente bueno.

No, no nos podía informar sobre Miguel Martínez, formaba parte de la filosofía de la editorial, además él estaba muerto y ni siquiera podía recabar su autorización para proporcionarnos algún dato.

No, no podía confirmar si su nombre era real o un seudónimo

No, no podía decirnos donde estaba Bondenza más allá de las páginas de la novela donde cobraba vida propia la ciudad convirtiéndose en una presencia tan humana que el protagonista sentía hacia ella toda la gama de emociones que le hubiera proporcionado una persona de carne y hueso. Esa era la grandeza de la novela, conseguir que viéramos a Bondenza como algo vivo que acababa vampirizando al hombre.

Teníamos unos datos: los olores, los sonidos, el color del cielo y los curiosos rasgos arquitectónicos exteriores de los edificios, porque en ningún  momento se describía el interior de alguna vivienda o de algún espacio público o privado.

Y al fin habíamos pedido prestado el viejo Clio de Emilio y nos habíamos lanzado a la carretera.

Elegimos una autovía hacia el interior, no aparecía el mar en Bondenza. Empezó conduciendo Juanjo mientras yo iba leyéndole páginas del libro, pero me sorprendió lo diferente que sonaba el texto ahora en relación mi primera lectura, cómodamente instalado en el sillón de mi casa. Ahora todo cobraba un nuevo sentido.

Juanjo conducía escuchándome en silencio, con los ojos fijos en el asfalto, hasta que salió de la autovía y comenzó a circular por una carretera secundaria. ¿Por qué exactamente en ese determinado momento había elegido esa determinada ruta?

En la novela no había indicaciones al respecto, el protagonista trataba, en varios pasajes, de alejarse de la cuidad, había, según el argumento, sobradas razones para ello, pero el autor, ese tal Miguel Martínez, solo nos describía su regreso a Bondenza, un regreso que tenía mucho de la vuelta del enamorado en una relación destructiva, con la angustia y la duda de si, con su desesperada huída el objeto de su amor habrá desaparecido, para comprobar que no, que sigue allí para seguir martirizándole.

Y ahora parecía que el relato estuviera proporcionándonos un hilo de Ariadna para encontrar el lugar que buscábamos.

Habíamos salido temprano, en un día claro y luminoso, al medio día el sol en todo lo alto brillaba con fuerza y hacía calor, la ruta que había seguido Juanjo, nos había llevado por carreteras poco transitadas, de vez en cuando veíamos algún núcleo de población pequeño  al que se accedía por una comarcal, aquello no era Bondenza, desde luego, y Juanjo continuaba conduciendo imperturbable.

Paramos a comer algo en una antigua casa de labor reconvertida en Venta a la que se acercaban los hombres que habíamos visto trabajando con sus tractores y mulas mecánicas en los campos cercanos.

No se nos ocurrió preguntar, nos habían tomado por dos despistados y nos hubieran indicado el camino de regreso por el que habíamos llegado.

Comimos un menú vulgar con helado industrial incluido. Todo tan normal y corriente que, de pronto, nos pareció una insólita ocurrencia nuestra aventura literaria. Probablemente Bondenza solo sería un conjunto de rasgos de diversa ciudades que el autor había conocido a lo largo de su vida, escogiendo las características que más le convinieran para transmitir la opresiva sensación de aquel perverso vínculo que establecía el protagonista.

Descansamos un rato y me puse yo al volante, ahora debía leer Juanjo. Tenía curiosidad por sentir aquel extraño impulso que le había guiado mientras yo leía, para elegir la ruta.

Circulamos durante unos veinte kilómetros por la misma carretera, hasta que de pronto, supe que debía elegir la desviación de la izquierda, aunque ya se trataba de una Comarcal que se percibía mucho más solitaria que la anterior vía.

Ahora Juanjo estaba leyendo uno de los pasajes más angustiosos de la novela, aquel en que el protagonista deambula por unas calles bastante angostas, con fachadas de una alucinante verticalidad y en las que las escasas ventanas que permanecen abiertas le escrutan amenazadoras. Intenta hallar una determinada puerta tras la cual piensa encontrar sosiego, cobijo y paz, pero los edificios no parecen tenerlas. El hombre, entonces, acaba sentado en los escalones de una de aquellas calles aceptando que únicamente va a encontrar el ellos el reposo, y la ciudad se cierra sobre él como una amante celosa.

En ese momento el Clio comenzó a emitir sonidos que nos devolvieron a la realidad, la velocidad fue descendiendo hasta que se paró dándome el tiempo suficiente para salirme al menguado arcén bajo unos árboles más bien raquíticos.

Ni Juanjo ni yo teníamos la menor idea de mecánica, y debíamos haber previsto que nos iba a pasar algo de esto, ya lo he dicho al principio. Parecíamos dos verdaderos estúpidos cuando nos apeamos y miramos el coche como si se tratara de un objeto totalmente desconocido; a nivel de los entresijos de su motor, así era, desde luego.

Nos pareció casi milagroso que apareciera aquel hombre mayor montado en una vieja bicicleta, pedaleando pausadamente desde un estrecho camino rural que no habíamos percibido a nuestra derecha.

Se acercó a nosotros con una sonrisa, le preguntamos por el pueblo más próximo, y si podíamos llegar caminando, para pedir ayuda. En aquel momento odiamos nuestra postura contestataria que nos hacía despreciar el uso del móvil.

El hombre nos miró durante unos instantes con una expresión que no supimos interpretar:

.- Pueblo, no,  pueblos no hay cerca, si acaso Lejuna, es grande…

Miramos en la dirección que nos señalaba el brazo extendido del anciano y, podemos jurar ambos que antes no había ninguna ciudad que pudiéramos divisar. Hacía sol, mucho sol, nos hería los ojos es cierto y parecía que todo se hubiera vuelto irreal y allí estaba Bondenza, exactamente igual en la distancia a la descripción que se narra al regreso del protagonista.

El hombre de la bicicleta había seguido su camino con la misma pausada cadencia con que había llegado.

Cruzamos unos cuantos bancales yermos y el sol seguía martirizándonos dede lo alto, encontramos una nueva carretera flanqueada de árboles que nos proporciono algo de consuelo y poco a poco fuimos encontrando edificios dispersos que sugerían que estábamos próximos a la ciudad.

La descripción concordaba, allí la plaza con su parque arbolado y su fuente, la Iglesia con sus torres gemelas, el antiguo mercado de soportales ahora cerrado, y la angosta calle de la escalinata con sus edificios sin puertas de acceso. Todo ello suspendido en el silencio de las primeras horas de la tarde.

Bajando desembocamos en una avenida, poco a poco se fue poblando, los comercios abrieron sus puertas, los niños parecían volver de la escuela, la gente se afanaba hacia sus quehaceres, los bares atendían a los parroquianos que trataban alli sus negocios y el tráfico de automóviles se iba haciendo denso.

Recordamos nuestro abandonado Clio, buscamos un taller de reparación, el dueño era un hombre afable de mediana edad que pronto se hizo cargo del problema y nos sugirió que acompañáramos a uno de sus mecánicos en la grúa para remolcarlo. El trayecto, por otra de las salidas de la ciudad, nos pareció muy corto. La maniobra de enganchar el coche nos permitió unos minutos sobre el arcén y al dirigir la vista hacia ella nos pareció distinta.

Una vez estuvimos en el taller el dueño nos sugirió que le acompañáramos a un bar cercano mientras nos recargaban la batería y reparaban el circuito de refrigeración ya muy castigado, hasta que decidiéramos qué hacer con el coche, nos advirtió.

El hombre comenzó a hablarnos con  entusiasmo del nuevo parque eólico que se iba a construir en aquellos campos abandonados que habíamos atravesado, eso supondría un buen estímulo al desarrollo de Lejona, sin duda.

De pronto, Juanjo le preguntó si conocía a un tal Miguel Martínez García, el del taller le miró un tanto sorprendido y esbozó un gesto de extrañeza alzando los hombros ligeramente. Ignoró la pregunta.

Yo busqué el libro en vano, hurgando en mi mochila, pero no lo encontré, él seguía hablando del parque eólico.  Comprendí que Bondenza había desaparecido definitivamente.

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