Propuesta 11:completar relato (La adivina)

LA ADIVINA (II)

Amparo cerró la puerta y pasó el cerrojo en cuanto María hubo salido al descansillo, y se dirigió rápidamente a la modesta cocina de la casa, para poner en marcha  la lavadora que se había quedado con el centrifugado a medias. La había desconectado en cuanto sonó el timbre del portero automático, y una voz de mujer preguntó por Selene.

Selene era el nombre que figuraba en las cuñas radiofónicas en las que se anunciaba como vidente y cartomántica. Amparo no quería que su vida cotidiana se filtrara cuando estaba “trabajando”.

Ahora, allí, entre el fregadero donde se apilaban las tazas del desayuno, y el fogón donde había comenzado un sofrito para acompañar unos trozos de magro de cerdo sobrantes de la noche anterior, siente de nuevo la disociación que se produce siempre  en su mente cuando pasa de su “gabinete” a la cocina.

Amparo frisa los cincuenta, es de piel muy blanca, y tiene  todavía unos hermosos ojos verdes bajo una frente amplia y despejada, que enmarcan unas guedejas de cabello castaño claro con algunas hebras canas que se recoge en la nuca en un moño bajo. Siempre se ha peinado así, desde los lejanos años setenta en que Amparo ocupaba un banco en la Universidad.

Por aquel tiempo era una muchacha interesada en la antropología y las culturas autóctonas de cualquier continente, viajaba con su mochila, su poncho, sus collares de abalorios comprados en tenderetes de moda étnica y sus sandalias de cuero trenzadas a mano, por todos los caminos. Soñaba en una vida justa y todavía creía con firmeza en los postulados de un hippismo ya trasnochado.

Sus amigos, fumaban hierba, y hablaban de paz universal a los sones de la música de la Nueva Era. Poco a poco se había ido iniciando en un esoterismo culto en el que el psicoanálisis yunguiano se enlazaba con la interpretación del Tarot, y los estudios de Mircea Eliade sobre los mitos de todos los pueblos, se combinaban con el conocimiento de los alucinógenos naturales.

Las enseñanzas de la Facultad le resultaba aburridas, los profesores excesivamente conservadores y dogmáticos no querían ni oír hablar de  parapsicología y ciencias ocultas, y Amparo, a la que poco a poco, sus amigos habían ido convirtiendo en una especie de guru, sacerdotisa de una secta privada en la que eran celebradas con vino, haschich y poesía sus adivinaciones, premoniciones y videncias, abandonó las aulas para vivir un sueño narcisista.

Poco faltó para que traspasara el umbral de la locura en su huida de la realidad. Y pocos años bastaron para derribar el templo de Selene, el nombre con el que había sido rebautizada, una noche de luna llena, entre flores de adormidera y vapores de  incienso y  pachulí. Los amigos fueron aburguesándose y se alejaron poco a poco de los conciliábulos  y Amparo tuvo que descender de su trono de luna, para pisar la tierra.

Ahora Amparo es una  mujer con cierta tendencia a la obesidad, vive en un barrio obrero del extra-radio, ocupa una de esas viviendas que se denominaron subvencionadas, lo que significa pequeñas y de baja calidad, y está casada con Paco, un obrero especializado de una multinacional del automóvil.

Fue  ya en los noventa, Amparo se había puesto a trabajar en un  video-club de los que no cierran por la noche, vivía sola, estaba sola y consumía alcohol también sola. Paco entró a alquilar una película de Clin Eastwod, al salir del turno de madrugada, era soltero y se sentía viejo, su madre había muerto hacía un año y no tenía quien le preparara una cena decente, ni le planchara la ropa.

Paco y Amparo, unieron soledades.

Amparo no siguió trabajando en el vídeo-club, Paco quería una mujer en casa, no tuvieron hijos, Amparo tenía demasiado tiempo libre, y seguía conservando algunos de sus libros y su vieja baraja del Tarot que le había acompañado  también en su viaje a los infiernos.

Imaginó convertirse de nuevo en Selene, montar su gabinete de ocultismo y adivinación recreando de nuevo la fantasía de su juventud. Poco a poco fue colocando en una estantería modular todos aquellos objetos que amaba, cambió las cortinas para ocultar la visión de las vías férreas tan cercanas, buscó una pantalla que tamizara la luz. Colgó un póster, y un tapiz adquirido en el mercadillo. Quería meditar allí y, sobre todo, soñar.

Paco le espetó un día en que asomó la cabeza por la puerta entornada, y la vio ensimismada con las cartas extendidas sobre la mesa, una vela blanca ante ella y una varilla de incienso ardiendo lentamente:

.- Y digo yo, que de todo esto podríamos sacar algo, ¿eh?.

Y Amparo lo pensó con realismo por una vez y, al cabo de una semana, fue a una emisora local a insertar las cuñas publicitarias.

Carmen López

Julio 2003

LA ADIVINA (III)

Cuando Amparo acabó con sus tareas en la cocina, se dirigió de nuevo al gabinete. Paco aún tardaría un par de horas en regresar, hoy tenía el turno hasta las cuatro de la tarde, recordó.

La pequeña habitación seguía en penumbra y aún se percibía el aroma del incienso que había encendido durante la sesión, la tirada de Tarot permanecía todavía sobre la mesa y Amparo la contempló con indiferencia. Se había limitado a la más simple, y la había interpretado rutinariamente, intercalando unas cuantas palabras de la jerga esotérica que servían para todas las ocasiones.

En la  carta que simbolizaba el pasado de María había salido “La Torre”, ilusiones que se derrumban, frustración inicial de proyectos que se revelaron imposibles, dificultades.. Habló de fuerzas primordiales y potencialidades espirituales.

Entonces María había comenzado a llorar y a rememorar la época en que, recién llegada a la ciudad, llena de confianza en sí misma y en la vida, con su diploma de peluquería conseguido en una academia local, buscaba trabajo en los salones de belleza elegantes y prestigiosos. Del tiempo en que conoció a Luis, su marido, de la ilusión de un hogar y unos hijos con un hombre que  le listo e incluso inteligente, y se mostraba cariñoso y enamorado. De cuando estaba segura de alcanzar una felicidad de telenovela a la que se consideraba acreedora.

Al levantar la carta del presente, había aparecido  “La Estrella” y Amparo pudo utilizarla para instar a María a profundizar y analizar mejor que es lo que realmente  había caído por tierra en su vida, quizás habría que buscar por otro lado las soluciones, quizás utilizar esas energías positivas que guardaba en su interior, quizás recapacitar con objetividad  en las circunstancias de su vida presente  que, en el fondo, no serían tan terribles. En este punto, Amparo siempre  apuntaba a algo  positivo con esos lugares comunes.

Y María siguió dócilmente el juego, sonriendo tras sus lágrimas  y reconociendo que las horas que hacía en “ Peluquería Mari Pili, Estética y Belleza” en su barrio le proporcionaban unos ingresos extra para sus gastos, además de un buen rato con las clientas habituales, siempre amigas y vecinas, que Luis era un buen hombre que se mataba a trabajar en el almacén de muebles haciendo todos los portes extras que podía para poder ir pagando la hipoteca del apartamento de la playa, y que sus chicos estaban sanos y eran la mar de guapos.

Amparo se ha quedado mirando fijamente la carta que María había levantado en el lugar destinado al futuro inmediato: “El Loco”. María, ya tranquilizada y dejándose llevar de la sencillez con la que, a través de las cartas, parecía facilitarse todo y mejorar las perspectivas, se echó a reír ante el estrafalario personaje. Amparo no se tuvo que esforzar demasiado para añadir interpretaciones del tipo de: todos los caminos están abiertos, hay que dejarse llevar libremente sin dejarnos condicionar por nada, hay que vivir…

Pero ahora, Amparo está sola y la carta del “Loco” parece tratar de decirle algo más. Es Selene la que está captando el mensaje oculto, algo imprevisto va a ocurrirle a María, algo que lo cambiará todo, que abortará su trayectoria vital. Hay energías a punto de liberarse, El Loco se asocia al signo de Escorpión y en esoterismo al elemento  Fuego.

Selene percibe claramente el fuego, primero un estallido, luego un resplandor, más tarde las llamas y en medio de ellas el rostro de María con su risa inocente del final de la sesión.

Selene quiere volver a ser Amparo, no saber, no tener premoniciones ni videncias, pero la presencia del incendio es tan real que los ojos se le han llenado de lágrimas con el humo.

***********************

María acaba de comprar dos pizzas en el restaurante de la esquina, son las tres de la tarde, hace un hermoso sol de primavera, piensa que sus hijos estarán a punto de llegar del Instituto y que Luis había avisado a media mañana que no iría a comer.

Camina deprisa por la acera de la sombra, se cruza con Juan el conserje del INEM que también vuelve a casa, con las niñas de Pepita, la del quinto A, que van a la escuela, con la señora Antonia que lleva a su nietecito remolonenado a la guardería, con González, el comisario, que se  monta en el coche aparcado frente a  su casa.

La explosión se produce en cuanto el hombre ha dado a la llave de contacto, el coche salta por los aires y las llamas añaden el  rojo al blanco deslumbrante del sol, María es una tea encendida que asciende hacia el azul.

Carmen López

Julio 2003

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