Propuesta 19:personalidades

Piedras Mágicas

La tienda era una de esas en las que se venden cualquier tipo de lindas cosas perfectamente inútiles y estaba situada en una estrecha calle peatonal junto a una de las grandes vías comerciales de la ciudad. Decorada con gusto por algún diseñador del momento combinaba colores alegres con estructuras de materiales novedosos que aportaban transparencias y efectos de luz a los anaqueles donde se exhibían los más variados objetos propios para regalar a quien tiene ya de todo.

Su dueña, Carola, la había inaugurado a los seis meses de su divorcio, cuando informó a su madre de que su psicoterapeuta consideraba indispensable, para salir de la crisis, el que dispusiera de algo propio, algo de lo que responsabilizarse, algo en lo que invertir su enorme energía creativa. Evidentemente la inversión del capital necesario para la propuesta no era problema del que Carola debiera ocuparse, ya que para eso se supone que está la familia en estas circunstancias de adversidad.

Carola era una mujer de cincuenta años muy bien llevados gracias a las técnicas de cuidados corporales integrales sobre una base física envidiable: proporcionada, ni un gramo de más ni un gramo de menos en su ciento setenta y tres centímetros, ojos negros y cabello  muy corto castaño oscuro en el que se destacaban hábiles hebras del color del fuego, que le proporcionaban a su cabeza la característica de ser distinguida entre cualquier grupo humano.

Al cabo de poco tiempo, cuando ya todo su potencial creativo se había desplegado en las interminable discusiones con el decorador en torno a unos vasos de zumos exóticos y en los viajes a distintos puntos de la geografía para contactar con lo proveedores de los objetos más encantadores según su criterio personal, dejó de interesarse por el comercio y por supuesto por lo de tenerlo abierto las horas habituales en este tipo de establecimientos por lo que decidió contratar a una dependienta.

A Delia se la habían presentado en una asamblea de un grupo feminista por el que se dejó caer una tarde acompañando a su amiga Miriam, que trataba de organizar un mercadillo solidario con la producción de manualidades realizadas por mujeres de varias etnias africanas.

Delia tenía unos cuarenta años, era elegante y discreta, vestía con gusto y daba muy poca información sobre sí misma, salvo comunicar de forma concreta y expresa su necesidad de encontrar un trabajo lo antes posible.

No se extendía en detalles personales sobre qué circunstancias le llevaban a esta situación, repartía su currículo entre las personas a las que consideraba con posibilidad de ponerla en contacto con posibles empleadores y daba las gracias por adelantado sin servilismo.

A Carola le convino enseguida, no desentonaba en su tienda dado el porte y el estilo de Delia, pero al mismo tiempo no podía eclipsarla a pesar de ser más joven que ella, puesto que estaba claro que si algo deseaba esta mujer era pasar desapercibida. Dejaba el recuerdo de una imagen grata, pero difícilmente  podría uno describirla al cabo de unas horas de haber dejado de verla.

Delia cumplía su cometido laboral con seriedad y exquisita atención a los clientes y Carola aparecía por la tienda cuando se aburría. Si se trataba de una tarde tranquila, con escasa venta, Carola trataba de mantener con Delia una conversación amistosa, hacerle ver que no la consideraba una empleada sino una amiga, pero Delia se mantenía encerrada en su burbuja personal, con habilidad suficiente para no ser descortés pero sin entrar en el juego de Carola. Al cabo de un rato, Carola se aburría también allí y se marchaba con cierta frustración y un punto de indignación que no llegaba a ser suficiente para considerar el despido de Delia, ya que realmente no podía justificarlo y le resultaba demasiado tedioso ocuparse de buscar otra  buena dependienta.

La semana de Navidad Carola  sí acudía a la tienda, llegaba hacia las diez y media de la mañana y permanecía allí hasta la una y media del medio día, regresaba alrededor de las seis de la tarde y ya se quedaba hasta el cierre, no solo porque era la semana de mayor venta, sino porque esa semana acudían al pequeño comercio todas sus amigas, y las amigas de su madre y sus tías y las amigas de sus tías, y sus dos cuñadas y las sobrinas mayores, todas las mujeres de la familia que no podían por menos de elegir en Laroca, anagrama de Carola, sus detalles para regalar a los amigos.

Aquella tarde, estaba envuelta en el parloteo de su cuñada y dos amigas de ésta que no se acababan de decidir entre unos posavasos color naranja en forma de  gotas de lluvia, o unos salvamanteles verdes en forma de perrito salchicha.

Delia se mantenía discretamente en pie, entre el expositor helicoidal de cristales de Swarovsky y el pequeño mostrador con pantalla táctil para las ventas, la gente entraba, miraba, se informaba de los precios estratégicamente colocados al lado de los productos en etiquetas en forma de hoja de diferentes arbustos y salía; algunos se quedaban a comprar.

Y esto es lo que parecía desear el cliente que prestaba atención a unos colgantes de plata con piedras semipreciosas: lapislázuli, ágata, ámbar,  ónice, malaquita, turquesa, turmalina y aguamarina sobre caprichosas formas pendiendo de cadenitas o cordoncillos que se mostraban en uno de los anaqueles laterales.

Delia le había visto entrar y algo en su cerebro se puso a girar vertiginosamente, fueron imágenes como caleidoscópicas en la que aparecían  aquel hombre quince años atrás y  ella misma en sus momentos más íntimos, más apasionados, más felices; y después, su abandono, la rabia, la frustración, la tristeza, la amargura, la soledad. Deseaba con todas sus fuerzas que se marchara de la tienda, que no la viera, que Carola acabara con su charla insustancial y le atendiera ella, cosa que haría sin duda dado el atractivo que todavía conservaba.

El levantó la mirada  con una sonrisa, una mirada que la atravieso como si fuera de cristal  y una sonrisa que indica que no está realmente dirigida a la persona sino a la empleada que debe atender su pedido.

Su voz con el habitual: .-  ¿me hace el favor?, llamó la atención de Carola y reaccionó como Delia esperaba. Acudió con su expresión más encantadora y sus ojos chispeantes y cómplices a la llamada del cliente y traspasó a Delia  la atención a su cuñada y amigas. Delia consiguió se llevaran junto a los posavasos de color naranja unos bajoplatos de cristal negro y una vajilla completa de porcelana blanca sobre la que se cruzaban unas suaves líneas, como trazadas a mano, precisamente en naranja y negro. Realmente un conjunto espectacular para la cena de Noche Buena.

Se demoraba en mostrar la calidad y originalidad del diseño de los productos y luego, en su embalaje cuidadoso con papel plateado y dorado y pequeñas ramas de acebo natural sujetando las cintas. Preguntó atentamente si tenían el coche aparcado en la proximidad o debía enviar los paquetes por mensajería, por supuesto sin cargo alguno, y como esta fue la opción elegida por las señoras tomó nota  de la dirección comprobando los datos un par de veces para que no hubiese ningún error.

En todo este tiempo Delia no perdía su sonrisa  perfecta sin dejar de observar el juego de seducción de Carola. Ahora ya llamaba por su nombre, Miguel, al cliente y las cadenitas de plata entre sus dedos constituían todo un código secreto en sus manos. Pudo captar Delia que el obsequio era para una joven amiga de Miguel, nada serio, por supuesto, dicho por él mirando fijamente los oscuros ojos de Carola que centelleaban reflejando el brillo de las amatistas que en ese momento le mostraba, explicando además sus poderes esotéricos entre frases ingeniosas de ambiguo sentido.

Desde ese día, Delia escuchaba las confidencias de Carola con un interés morboso y un regusto amargo en la boca. Podía prever con un escaso margen de error lo que iba a oír, podía visualizar cada uno de los gestos y rememorar cada una de las palabras de Miguel, se proyectaba en el cuerpo de Carola para volver a sentir las caricias y los besos esta vez en una piel ajena adelantándose en el relato, conociendo de antemano cada uno de los pasos que conducían al clímax. Y entonces, cuando le parecía que su cabeza se llenaba con los gemidos de placer de ambos comenzó a convertirlos en aullidos de dolor.

Después en la soledad de su casa, tan vacía desde la partida de Miguel, encendía unas velas y realizaba el conjuro. Había logrado  encontrar cuarzo negro, un mineral escaso cuya energía negativa es bien conocida en los círculos esotéricos que frecuentó en la época en que la angustia del abandono la aproximaron a todo aquel mundo mágico esperando encontrar algún recurso que le permitiera sanar su espíritu.

Ahora, al cabo de quince años, parecía que la vida se complacía en dar una nueva vuelta de tuerca a su destino. Pero el tiempo solo había conseguido acumular en Delia más resentimiento, le parecía que se había convertido en una mujer amargada y cruel, aislada de la corriente de la vida observando a los demás desde una distancia  inalcanzable,  Se veía a sí misma ajena a todo lo que no fuera  triste y negativo.

Carola aparecía ante sus ojos como la cara de una moneda de la que ella, Delia, era la cruz y el hecho de que Miguel se hubiera cruzado en su camino ponía a aquellos dos seres en el centro de una espiral peligrosa.

Durante muchos días Delia invocó los poderes que se atribuían a las oscuras piedras, solo entonces podía descansar unas horas para acudir al trabajo a la mañana siguiente con su sonrisa perfecta y sus maneras impecables. Y esperaba, esperaba convencida de que de alguna manera se cumpliría el destino que les había preparado.

Fue Carola la que eligió aquel albergue de montaña perdido, a treinta kilómetros de la población más cercana y al que solo se podía acceder por una pista forestal, y fue Miguel el que le pidió el cuatro por cuatro a su hermano a pesar de que nunca había conducido un vehiculo de aquellas características, y fue uno de los eneros más fríos en muchos años el que hizo que la DGT alertara constantemente sobre los riesgos de las carreteras secundarias.

Y fue ese frío el que heló la nieve caída sobre los campos según se escuchaba en todos los servicios informativos. Delia estaba atenta, esperaba oír la noticia del accidente, desde la tarde del viernes no dejó de prestar atención a los comunicados que puntualmente ofrecían las cadenas de televisión. Pero no fue hasta la noche del sábado cuando comenzó a sentir las vibraciones que le trasmitían sus mágicos minerales, una extraña corriente  se difundía siguiendo un trayecto que partía de lo profundo de su plexo solar hasta distribuirse por todo el organismo. Esa corriente no era helada y lacerante, desencadenando temblores y convulsiones, sino cálida y tierna y le hacía sentirse bien, muy bien.

Cuando llegó el lunes abrió la tienda, todo parecía tan normal como cualquier otro día hasta que apareció Carola con su radiante sonrisa de siempre. Y más que sonrisa fue risa lo que estalló en su boca a cuenta de las anécdotas  en las que se había visto envuelto con su acompañante del fin de semana, aventura que terminaba siendo rescatada Carola por un vehiculo de su compañía de seguros a la que tuvo que localizar por teléfono móvil.

De Miguel se había desentendido la noche del sábado, por supuesto, y Carola reía y reía a costa de la incapacidad de aquel hombre ridículo y patético en su falta de recursos. Delia la escuchaba y de pronto también tuvo ganar de reír imaginando las situaciones que conocía bien y que nunca hasta ahora le habían parecido tan extraordinariamente divertidas. Realmente fue una estupenda mañana aunque, a pesar de las ofertas de temporada, no se vendiera ni un servilletero.

Cuando Delia volvió a casa, todavía se percibía el aroma del incienso y de la combustión de las velas. El cuarzo negro brillaba bajo los rayos del sol que penetraban por la ventana y Delia pensó que, realmente, sus piedras tenían poderes.

Carmen López. Enero-09

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