Propuesta 26: relatando un viaje

Un viaje y una lagartija

Querido Luís:

Tomé el primer tren como me habías aconsejado cuando me hablaste del magnífico amanecer  que podría contemplar en el tramo en el que el ferrocarril bordea la costa tan cerca del acantilado que, en los días de mar picada, lo salpican las olas. Me decías que el trayecto me compensaría por sí solo del madrugón.

Pero ayer, el cielo estaba gris y hacía frío. En el ferrocarril solo viajaban algunos hombres con aspecto de obreros que mantenían entre sí una distancia hostil. Nada de la amigable camaradería que cabría esperar entre trabajadores, solo miradas hoscas y parcos saludos, cuando no silencios. No parecía muy buen presagio para comenzar y deseé no haberte escuchado cuando me empujabas a acudir a una invitación que todos los años he declinado.

Busqué un vagón vacío y me acomodé lo mejor que pude en el rincón junto a la ventanilla, aunque fuera solo había negrura cuando se fueron perdiendo de vista las luces de la ciudad, sintiendo una premonición. La de que iba a ser un extraño viaje

Intentaba rememorar las idílicas imágenes que me habías descrito, las pequeñas y deliciosas estaciones en las que el tren se detendría con sus caseríos blancos tras ellas, el alegre pueblo marinero al que voy (y donde habría deseado que me esperaras tú, con un alegre fuego de chimenea ardiento tras una de aquellas ventanas),  para tener una visión más amable de este encuentro de puro compromiso en el que tengo que reunirme con familiares a los que he visto muy poco y de entrada detesto.

Ya sé que también son familia tuya, pero eso no es suficiente para que a mi me caigan bien, son estirados y algo estúpidos, tienes que reconocerlo. Pero, bueno, sigo contándote,  que ya verás…

Cerré los ojos para aislarme de lo desagradable esperando que el alba despejase las nieblas y el sol asomara argentando la franja de mar que se hacía presente en el rumor del oleaje que sonaba embravecido  y en el inconfundible olor de las algas podridas amontonadas sobre las rocas.

Quizás por eso, por mantener los ojos cerrados, no vi a la mujer que había entrado también en el vagón, porque cuando los abrí estaba sentada frente a mi y a su lado, en uno de esos trasportines  provistos de asas que son un cómodo asiento para las criaturas, había un bebé  al que calculé unos siete u ocho meses.

Ya sabes que no tengo especial afición a los pequeños, pero sin casi mirar a la que supuse la madre, compuse la sonrisa natural que se le dedica a un niño de tan corta edad, esa sonrisa que nos inspira cualquier cachorro de ser vivo,  y dirigí mis ojos hacia él. Sin embargo, pronto mi gesto que quería ser tierno se me quedó a medio camino, detenido entre los ojos y la boca, al observar el rostro del chiquillo.

No puedo decir que tuviera ninguna irregularidad, ninguna malformación, nada fuera de lo común, su cabello era oscuro y rizado, su piel blanca ligeramente tostada por el sol, vestía un pantaloncito azul con tirantes sobre una camiseta de vivos colores y botitas también azules; pero era su rostro lo que estremecía al contemplarlo. Unos ojos negrísimos y de una seriedad inusitada para su tiempo, dos pozos oscuros y profundos abriéndose allí bajo su frente infantil, que parecían comunicarse con el infinito. Y su boca, apenas dibujada bajo su naricilla como una línea recta difuminada que parecía que iba a borrarse y desaparecer en cualquier momento.

Fuera seguía sin amanecer pero la mujer se mantenía con mirada fija en el cristal que reflejaba su imagen como un espejo. Era muy joven y muy delgada, morena, de cabello lacio  que rozaba ligeramente su nuca, apelotonadamente descuidado. Llevaba una larga chaqueta de punto tejida a mano según una moda ya pasada sobre unos pantalones de pana de un negro dudoso. Había dejado sobre el asiento una mochila bastante mugrienta y una carpeta sobada donde se podía aún reconocer “Centro de estudios Bondenza”, una de esas academias especializadas en cursillos para parados.

¿Por qué me pareció que el niño me había hablado si no había emitido sonido alguno y la edad que se deducía de su desarrollo no permitía todavía el lenguaje? Pero te aseguro, Luis, que le oí, no pienses como siempre en cosas de mi fantasía, y al volverme hacia él me encontré con sus ojos tan fijos en mi que me asustaron.

.- ¿Ves a mi madre?, sé que me odia, no puede evitarlo. Quizás dentro de un momento me haga una caricia delante de ti, pero no significa nada, nada más que su miedo, miedo a su odio. Porque yo también la odio a ella, por eso me teme.

Fue eso, Luis, lo que me dijo, o me trasmitió directamente de su mente a la mía. Me estremecí y entonces la mujer se acercó a el, le rozó levemente la cara y extrajo de su mochila un juguete, un monigote de trapo, una lagartija con todos lo colores del arco iris en su lomo y una expresión simpática, pero que entre las manitas del niño cobraba un siniestro sentido.

Ella debió captar mi estupor  y se me dirigió entonces con una voz cansada y de escasas tonalidades, como repitiendo una historia mil veces relatada:

.- Ya te lo ha dicho, ¿no?, él lo sabe todo, sabe la verdad y yo no puedo hacer nada por ocultársela, no quise que naciera, se me cumplieron los plazos sin darme ni cuenta,  pero ahora ya lo tengo todo arreglado, llevo los papeles para la casa de acogida, el informe de servicios sociales, no tengo vivienda, ni trabajo, mi madre es una pensionista con lo mínimo. Y él…él conoce lo que hago, donde he estado y con quien y se lo cuenta, ¿cómo si no se iba a enterar mi madre de con quien he dormido cada noche? No puedo soportar esos ojos que son dos pequeños escarabajos que hurgan en mi vida y cavan túneles en mi cabeza para volverme loca.

Lo dijo sin emoción, como algo inevitable y tremendamente lógico

¿Qué podía responderle?, ya me dirás, Luís, porque aunque su discurso sonara a paranoia, a mi  también me había transmitido la información, y no estoy paranoica.

Tampoco creo que esperara nada de mi. Y entonces el tren se detuvo en una estación cuyo nombre no alcancé a ver, se levantó deprisa, colgó su mochila de uno de sus hombros y bajó rápidamente. Sentí pánico, realmente estaba aterrada al quedarme frente a aquella criatura que seguía mirándome sin casi pestañear y sin una sonrisa, mientras sacudía a la lagartija cogida por el cuello.

Para sustraerme de aquellos ojos, que durante el tiempo que hablo su madre,  habían estado pendientes ella, miré por la ventanilla. Una claridad sucia se extendía por el andén anunciando la amanecida, (nada que ver con tus descripciones, Luís, desde luego). La mujer salía de la cantina con una lata de refresco en la mano, y un clavel ajado, recogido  sabe Dios dónde, enredado en su pelo; unos chicos la interpelaron, se acercó a ellos con una media sonrisa y dio una calada del cigarro que le ofrecieron, sacó algo de dinero del bolso y compró una china, ahora se reía blandamente.

Mientras, el tren había arrancado, la chica corrió por el andén, la perdí de vista, pero inmediatamente el convoy chirrió y se detuvo. El jefe de estación, todavía con su banderín rojo entre las manos corría también, alguien había gritado, los chicos se esfumaron, a lo lejos comenzó a sonar, aproximándose, la sirena de una ambulancia.

Dos guardias civiles aparecieron en el vagón, la agente se hizo cargo del trasportín tomándolo por las asas, su compañero comenzó a hojear el contenido de la carpeta:

.- Vaya, si intentaba dejar al crío en acogida lo ha conseguido por la vía rápida

.- ¡Pobrecito!,-dijo la guardia-, con lo precioso que es, me lo llevaría a casa

Miré de nuevo hacia el niño sorprendida de que  a aquella mujer no le hubiera producido la misma sensación que a mí, pero, no te lo vas a creer, su expresión había cambiado radicalmente y ahora sonreía beatíficamente impregnando su rostro de dulzura, mientras sus párpados se cerrabas suavemente sobre sus brillantes ojos negros.

Poco después el tren proseguía su marcha. Ahora sí había salido el sol y el mar era  talmente una cinta de plata. Entre mis pies se deslizó una lagartija que trepó hasta el techo del vagón y desapareció.

Febrero 2010

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