Propuesta 20:compartiendo espacio

Experiencia 16109

El pasillo es amplio, a la derecha una hilera de ventanales aporta la luz que penetra por un patio yermo en el que persisten algunos matojos de la vegetación anterior a la construcción del edificio. A la izquierda, una serie de puertas únicamente rotuladas como cabinas y el ordinal correspondiente. Bajo las ventanas, adosadas a la pared, hay asientos funcionales en grupos de cuatro.

Un padre con hijo adolescente, el padre mira frecuentemente su reloj, el hijo comprueba constantemente la pantalla luminosa de su teléfono móvil. De vez en cuando el padre le lanza alguna pregunta.  El chico responde con una mirada de extrañeza, como si el asunto no fuera con él y sigue enfrascado en la lectura de los SMS recibidos.

Una pareja de ancianos titubean, saludan, se sientan, suspiran. Llevan papeles en la mano que no leen, los exhiben de alguna manera ante un entorno vacío.

Dos señoras canosas leen ajenas a la situación, no levantan la vista de sus respectivos libros, parecen muy acostumbradas al entorno en que se encuentran.

Un hombre joven acompaña a una mujer mayor, nervioso recorre el pasillo a grandes zancadas, la mujer se ha sentado con dificultad y hurga en su bolso sin parecer encontrar lo que busca, requiere la atención del hombre que se acerca impaciente. También aparecen entonces papeles en sus manos que la mujer sujeta con firmeza, como ti temiera que se le escaparan.

Pasa el tiempo, las puertas de las cabinas permanecen cerradas, al inicio y al final del amplio pasillo también hay puertas  batientes de doble hoja y cortafuegos. El suelo limpio brilla reflejando la luz impersonal y fría, hay silencio.

Las normas de discreción imponen no indagar el motivo por el que cada cual se encuentra en ese lugar, han sido citados individualmente para acudir esa mañana y a esa hora  sin embargo todos parecen esperar que alguno rompa ese silencio que no resulta tranquilizador.

El edificio  parece  que está prácticamente vacío, se alza sobre una gran superficie, alejada de la población,  de la que se eliminó toda la vegetación existente, sobre la que durante dos años se pudo ver  como las palas removían la tierra y escuchar el incesante y atronador ronquido de las hormigoneras. Por las noches, desde las carreteras de acceso a la ciudad, potentes focos iluminan amplias avenidas que lo circundan y no conducen a ninguna parte.

De pronto, una mujer joven ha irrumpido agitada en el pasillo:

.- ¿Han visto a mi padre? Me he distraído un instante y se lo han llevado, me dicen que está aquí.

El hombre que deambula arriba y abajo se para un momento y la mira:

.- ¿Su padre?, no se, nadie ha entrado  por ahora

El padre del muchacho añade:

.- Desde que hemos llegado no han llamado a nadie, no

La pareja de ancianos pregunta:

.- ¿Y su padre, tenía el papel?, mostrando sus documentos a la chica

Las lectoras han levantado un momento la vista de sus libros y guardan silencio.

La joven golpea en las cerradas puertas de las cabinas numeradas, no se abren. Queda perpleja y desalentada. El resto observa con cierta desconfianza.

Finalmente se escucha una voz que suena enlatada, un nombre, es el muchacho, la puerta de una de las cabinas  se abre, un hombre con un pijama de trabajo azul claro le hace pasar, la puerta se cierra de nuevo.

La chica ha intentado dirigirse a él pero no le ha dado tiempo. Ahora también se ha sentado y espera.

La puerta de otra de las cabinas se abre a su vez, una figura sentada en una silla de ruedas aparece empujada por una joven uniformada. La chica se apresta a empujar ahora el carro y tiene brillo de lágrimas en los ojos. Salen pasillo adelante.

Ahora es el muchacho el que emerge de otra de las puertas, lleva la camisa mal abrochada y la sudadera en la mano. Su padre trata de arreglarle la ropa mientras se marchan.

De nuevo la voz enlatada, una de las lectoras canosas se acerca a la cabina que permanece abierta, su compañera la despide con una sonrisa que quiere ser alentadora. Ya no sigue leyendo.

Otra vez la voz y el anciano, titubeante y empuñando sus impresos es acompañado por el hombre del pijama azul. La puerta se cierra tras él, la esposa mira a la lectora que ya no lee tratando de encontrar cierto apoyo, le devuelve un gesto que quiere ser de complicidad.

La mujer canosa sale un poco pálida y despeinada, su amiga la acoge con muestras de alivio, se van.

El anciano aparece tembloroso, con la chaqueta de punto mal abotonada y los cordones de los zapatos sin atar. Su mujer le hace sentarse y se agacha para anudarlos, él le dice que tiene sed.

Ahora solo quedan dos personas en el amplio pasillo, por fin suena otro nombre, el hombre más joven empuja literalmente a la mujer mayor para que acuda.

Poco después tiene que apoyarla para que pueda caminar hacia la salida, no se apercibe que lleva la falda vuelta y con la cremallera abierta.

El edificio se ha quedado totalmente vacío. En el Hospital pendiente de inauguración oficial solo funciona el servicio de Radiología.

Carmen López. Enero-09

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