Propuesta 14: las paredes hablan

PASEO MARÍTIMO

El apartamento tenía un amplio ventanal sobre el paseo marítimo, era lo único que merecía la pena de aquella construcción de baja calidad destinada al turismo nacional de la primera época, el de los años sesenta, aquel turismo que enviaba oleadas de familias que arribaban en sus abarrotados utilitarios a la costa mediterránea ansiosos de sol, de mar, y  de la libertad que consistía en caminar en chanclos y vestidos livianos.

Ahora la baranda de madera se mostraba desportillada y algo combada por el salitre, los cristales resultaban bastos en su armazón de aluminio barato y la fachada, en otro tiempo pintada de azul mostraba un desvaído tono grisáceo con abundantes regueros  verdinegros.

Pero a Carla le entusiasmó la perspectiva, la inmensidad del mar perdiéndose a lo lejos, hasta confundirse con el cielo, la línea de la costa interrumpida ordenadamente por los verdes penachos de las palmeras, la blanca balaustrada sobre la que destacaban las sombrillas multicolores de los bares, la silueta de los barcos de pesca enfilando, más allá, la bocana del puerto, y las airosas velas de las embarcaciones deportivas alzándose orgullosas en el club náutico en el espigón sur.

Y, estaban también los olores, el salitre y la brea, mezclados con la fritura del pescado que se ofrecía al atardecer, cuando regresaban las barcas, y los sonidos, la cadencia suave de las olas y el graznido de las gaviotas, los motores de las embarcaciones y las voces de los clientes de los merenderos.

Carla pensó que el lugar era perfecto, perfecto para vivir con Antonio, para ser feliz con Antonio, para gozar de su cuerpo amándose al sol del amanecer, cuando los primeros rayos se reflejan sobre el agua tornándola de plata y se deslizan después por el ventanal invadiendo la estancia hasta transfigurar los muebles vulgares, el sofá de escay, el aparador de contra chapado y los sillones de cojines mugrientos.

Estaba segura de que su elección había sido acertada, que Antonio compartiría su entusiasmo, que allí, Antonio podría escribir su gran obra, esa que llevaba gestándose en su cabeza desde hacía años, esa para cuyo desarrollo no encontraba nunca un ambiente propicio, pero que le impedía encontrar cualquier modo práctico de ganarse la vida.

Antonio, le había contado que había tenido que compartir  piso con tres estudiantes que se empeñaban en escuchar música, recibían abundantes llamadas a sus móviles que sonaban con unas sintonías chirriantes, y  disfrutaban montando cenas a base de pizza con sus amigos por menos de nada. Había tenido que alojarse realquilado en casa de una vieja señora que no permitía que se mantuviera la luz de la habitación encendida más allá de la media noche, en un enorme caserón del casco antiguo de la ciudad, lleno de humedad, frío y tristeza acumulada durante más de un siglo. Había estado, luego, en un camping hasta que las lluvias de un  otoño especialmente tormentoso obligaron al propietario a cerrarlo hasta la primavera.

Pero ahora, Carla, una jovencísima Carla a la que había conocido por casualidad cuando se acercó por los Servicios Sociales del Ayuntamiento para tramitar algún tipo de ayuda económica que le permitiera seguir viviendo, Carla, con su modesto sueldo de Auxiliar Administrativo le proporcionaría lo que el gran genio precisaba para mostrar al mundo de lo que era capaz.

Carla, de espaldas a la ventana contempla ahora la litografía que cuelga enmarcada sobre el sofá, es una reproducción, un tanto ampliada, de una de las innumerables fotografías de la población, tomada desde el mar.

La típica foto turística de la villa, que se extiende a los pies de una montaña que coronan las murallas de un castillo con sus torreones y barbacanas descendiendo hacia la costa y las casas apiñadas hasta llegar al actual paseo marítimo donde ya se alzan los bloques de  apartamentos de cuatro o cinco plantas, afeando el paisaje. Delante las palmeras, la baranda , las arenas doradas  y algunas barquillas fondeadas dándole colorido.

Carla se entretiene localizando cual es exactamente su ventana, busca el edificio pintado de azul desvaído entre la hilera de fincas de primera línea: aquí. Y ahora, a buscar la tercera ventana hacia la izquierda, en el segundo piso.

Exactamente allí aparece la ventana, se acerca más a la foto poniéndose de pie sobre el sofá, la ventana estaba abierta, de eso no le cabía duda. Carla puede ver el interior de la vivienda, esta viendo exactamente el sofá en el que estaba subida y el cuadro con la foto que ahora contemplaba.

No puede dejar de mirar ya por aquella ventana, sus ojos han adquirido la excepcional potencia de un zoom óptico que le permite percibir desde el exterior la habitación y verse a sí misma en ella. Entonces ve entrar a Antonio, la Carla de la fotografía se vuelve hacia él buscando su abrazo, mientras Antonio parece gritar y la aparta de si con un movimiento brusco, Carla llora en la habitación y Antonio se marcha dando un portazo.

Carla se baja del sofá, contempla por última vez el mar desde el ventanal y marca el número de la agencia inmobiliaria que le ha ofrecido el alquiler del apartamento.

.- Lo siento, señorita, pero no me interesa el piso, mañana le dejo las llaves en la oficina.

Denia, enero 2004

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