Propuesta 18:visita a uno mismo

Encuentro

En un primer momento no  presté la menor atención a aquella mujer que esperaba el ascensor en mi portal. Cada día hay vecinos nuevos en esta finca de pisos antiguos donde los propietarios de hace más de sesenta años se han ido muriendo y sus herederos han puesto en alquiler las viviendas.

Más preocupada en colocar dentro del estrecho cubículo mi enorme bolsa que contenía un edredón recogido de la lavandería solo pregunté maquinalmente:

.-¿A que piso va?

Yo tenía los pulsadores a mi lado.

Entonces me fijé en su bolso, una bandolera de piel marrón, porque recordaba haber tenido una parecidísima, diez años atrás.

.- Al quinto

Yo también me apeaba en ese mismo rellano, cargué con mi paquete, busqué con dificultad la llave en mi bolso y al ir a introducirla en la cerradura noté su presencia:

.- Yo vivo ahí

Su respuesta me forzó a mirarla, la sorpresa, el desconcierto, la incredulidad, el asombro y por ultimo el terror pasaron como un torbellino por mi cabeza al darme cuenta de que aquella mujer era idéntica a mi, pero más joven, diez años más joven, vestida con un conjunto de punto granate que yo llevaba por aquellas fechas, peinada con el cabello recogido en un prendedor de carey que imitaba una lazada  y con unos botines camel de cordones que me gustaban mucho.

Sonriendo, como yo sonreía entonces entró tranquila y decidida y se sentó en el sofá de mi salón.

.- No has cambiado nada

.- Si, los sillones son diferentes, los anteriores estaban descoloridos y algo hundidos

.- Pero prácticamente son iguales en tonalidad, y están colocados en el mismo sitio, se podrían poner un par de mecedoras con reposa-pies delante del ventanal y aquí detrás un mueble modular de separación de ambientes.

.- Esta es la mejor forma posible de distribuir el salón,  a mi me gusta así.

A estas alturas, le estaba dando explicaciones como a una vieja amiga, ya no sentía miedo, esa es la verdad, e incluso comenzaba a sentirme a gusto

.- ¿Y los chicos?

.- Acabaron ya la Universidad, buscan empleo, algo les va saliendo

.- ¿Los dos, también Fernandito, tan trasto, porque de Amelia era de esperar?

.- Si los dos, por supuesto.

Ahora respondía un poco picada por las dudas sobre el futuro de mi hijo menor. Dudas que yo misma albergué durante toda su adolescencia.

.- ¿Y de Fernando, qué?

.- En el trabajo

.- No te separaste por fin

.- No

.- ¿Y Antonio?

.- No sé

.- ¡Qué lástima!

.- El que

.- Que no te atrevieras

.- Quizás

Ella tiene una mirada brillante y soñadora, es vivaz y parece que todo le resulta sencillo, es una mujer de esas que se comen el mundo y se bebe la vida a grandes sorbos. Mis ojos son serenos y calmos, quizás estén un poco apagados y me niego internamente a seguir con  aquella conversación.

.- Hace una tarde preciosa, dice ella, ¿vamos a dar una vuelta?

.Maquinalmente me pongo la chaqueta

.- El barrio está  muy animado, hay más gente, es divertido

.- Se ha vulgarizado mucho, con la llegada de inmigrantes. Ya no da gusto vivir aquí

.- ¡Vaya!, la ferretería es ahora un Bazar chino.

.- Y la zapatería un locutorio que no sabes como se pone al anochecer.

.-. Todavía hay por aquí una parada de la Línea 27?

.- Si, creo que sí, pero ¿para qué?

.- Ya te lo he dicho, para dar una vuelta

.- El 27 nos lleva a la zona de las Blanquerías, ¿no prefieres caminar hacia la Avenida?

.- Mira, ahí llega

Parece que nadie se da cuenta de que a mi lado hay una mujer tan semejante a mí, sube ágilmente y diría que ha sacado su bono-bus sin que yo me apercibiera. Pago mi billete y el vehiculo se pone en marcha.

.- ¡Vaya, esto si que está cambiado!

.- Si, es que con la Expo de hace dos años hubo una remodelación de esta zona, se había llenado de okupas primero y de  sin papeles después.

.- Pues antes me gustaba más, cuando nos perdíamos  en el dédalo de callejas para tomar unos vinos en Casa Eusebio

Ahora el autobús alcanza el barrio antiguo, próximo a lo que queda de nuestras históricas murallas, el barrio que se ha conservado por su valor histórico pero en el que hay poca inversión municipal. Se mantienen los edificios de tres o cuatro plantas sin ascensor, con escalerilla y balcones de hierro forjado, contraventanas de madera algo astillada y cristales cubiertos por visillos de organdí amarillento.

.- Bajemos aquí

.- ¿Aquí?

.- ¿No está por aquí la Pensión Castilla?

.- No lo sé

Miento a conciencia

.- Voy a  ver a Antonio, me acariciará como el sabe acariciar, y le sentiré dentro de mi para que el tiempo se detenga y no darme cuenta de que fuera es ya de noche y hay una triste bombilla de la calle que se cuela por el balcón. ¿Sabes que una vez la confundimos con una estrella?. Desde entonces, siempre la llamamos nuestra estrella.

Ahora me mira desafiante. Yo estoy asustada.

La acera es irregular y hay socavones, los portales cerrados lucen modestos porteros automáticos y las nuevas farolas de alumbrado público, demasiado intensas, muestran el  deterioro de las paredes en un doloroso contraste.

No existe la Pensión Castilla, el edificio está declarado ruinoso, para evitar  que alguien trate de refugiarse en él han sido tapiadas burdamente la puerta y las ventanas que daban a la calle. Un cartel de madera pintada en el que todavía se adivinan algunos trazos de una P y una C se bambolea sujeto precariamente a la barandilla de uno de los balcones.

.- No está ya.

Mi propia voz  ha sonado extraña, una anciana que camina lo más presurosa que le permiten sus piernas con un pack de yogures de fresa en la mano me observa y se para un momento ante el edificio clausurado.

Debo tener una expresión de tremendo desamparo,  porque la vieja me espata

.- ¿Buscas habitación? Te puedo alquilar una por 10 euros, buen precio ¿eh? Y sonríe con una mueca cómplice.

La miro con desconfianza, no veo a mi acompañante, me siento muy sola, camino deprisa hasta el nuevo bulevar buscando un taxi, una vez dentro le indico la dirección de mi domicilio al conductor y cierro los ojos.

Cuando los abro en el vestíbulo de mi casa el edredón está allí en el suelo y el salón permanece en la penumbra del atardecer acogedor, confortable y seguro. Me siento bien, no se si ha sido una alucinación o una pesadilla o un estado crepuscular. Hay un billete de autobús en el bolsillo de mi chaqueta, no me atrevo a comprobar el número de la línea. Solo quiero descansar.

Al llegar Fernando  me da su habitual beso en la mejilla, y entonces me empiezan a doler los viejos tiempos.

Carmen López.- Diciembre 08.

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