Propuesta 39:Tiempo y relato

caracolLa mujer del muerto.

 

Todos le llamaban la mujer del muerto, y eso que nadie había visto en realidad el cadáver de Paco, ni siquiera ella. Pero Magdalena estaba convencida, totalmente segura de que Paco estaba muerto y bien muerto.
La cosa empezó con el negocio de importación de caracoles para aquella empresa que fabricaba la famosa crema de baba de caracol. Paco y Rogelio  se asociaron para proporcionar a la industria química que la comercializaba, los caracoles.
Suficientes caracoles, grandes, asquerosos y, por supuesto, babeantes, que llegaban al puerto en contenedores con un líquido verduzco por donde se movían adheridos a las paredes de un metacrilato semitransparente y lleno de impurezas.
A Magdalena le provocaba arcadas la imagen que entrevió una vez, y procuraba apartarla de su mente, especialmente cuando Paco se le acercaba y la besaba y babeaba un poco.
Pero el caso es que proporcionaba buenos beneficios, quizás los mejores que nunca había conseguido con los otros negocios en los que se había metido. Parecía llevarse bien con Rogelio y controlaban los pedidos y la llegada de la mercancía al puerto con regularidad.
Pero, en un momento dado, Rogelio le vino a Paco con la noticia de que la química se había decantado por fabricar cremas de veneno de serpiente. Que así como la baba de caracol regeneraba la piel con su alantoína y su colágeno, el veneno de serpiente era aún más activo contra las arrugas y el envejecimiento.
Que ahora tenían que importar serpientes, aprovechaban los mismos contenedores y los mismos permisos amañados que para los caracoles, y el beneficio era mayor.
Pero Paco por ahí no pasaba, que las serpientes, ni mentarlas, que eran cosa del diablo y traían la mala suerte. Que no y que no. Y Rogelio que si el negocio se les iba al garete, que la inversión de los contenedores, la comisión extra del capitán del barco y de los del puerto. Que le estaba jodiendo un asunto que, por primera vez, les iba de puta madre.
Pero Paco no cedía, y comenzaron los tira y afloja sobre el reparto de los beneficios anteriores y de las inversiones realizadas, y cada vez Paco volvía a casa con la cara más gris, la expresión más hosca y el aliento más cargado.
Hasta que una noche no volvió, ni al día siguiente, ni al otro. Entonces Magdalena supo que había muerto, que Rogelio se lo había cargado, y así lo iba diciendo a todo aquel que quería oírle, aunque se abstuvo de decirlo también en la Comisaría porque no tenía muy claro si el asunto de la importación de la baba de caracol estaba totalmente en regla y no quería echarle mala fama a su Paco.
Posiblemente Rogelio se buscó algún otro socio para lo de las serpientes, el caso es que Magdalena no lo vio más por el barrio, ni ganas tenía. Se vistió de negro, buscó algunos trabajos irregulares que nunca faltan por esa parte de la ciudad y asumió el mote de la mujer del muerto con cierto orgullo de viuda heroica.
No era una mujer guapa, pero todavía era joven cuando sucedió lo que sucedió. Sus ojos, especialmente sus ojos, eran grandes y negros, muy negros, eran una especie de túnel que llevaba directamente a algún lugar de su cerebro donde se guardaba el recuerdo de Paco, el dolor de la ausencia de Paco, el odio por la muerte de Paco y la sombra de algo alargado y reptante que engullía millones de caracoles que llenaban de babas un contenedor donde ella se ahogaba cada noche.
El tiempo iba pasando, meses, años, la gente cambiaba con facilidad por aquel barrio, venían a instalarse nuevos vecinos que se sorprendían cuando se la cruzaban por la acera por sus ropas que seguían siendo negras, por su silencio y por su mirada.
Y cuando preguntaban, alguien todavía decía: ah, si, la mujer del muerto. Y contaba la historia cada vez más deformada de los caracoles y las serpientes. Y el recién llegado, sonreía escéptico y seguía a lo suyo, que solía ser bastante más complejo que para preocuparse de aquel muerto y sus repugnantes importaciones.
Hasta que un día la vio Héctor Osvaldo, un ecuatoriano que había llegado a bordo de uno de los enormes cruceros que albergaban más de mil quinientos pasajeros.
Héctor Osvaldo trabajaba limpiando camarotes y letrinas, echando una mano en la cocina para acumular los desechos en los enormes contenedores de basura que se descargaban en cada uno de los puertos a los que arribaba el barco y realizando cualquier tarea para la que se le requiriese como perteneciente al último eslabón de la cadena del servicio.
Bajó a tierra como de costumbre y se dio una vuelta por los lugares habituales de la marinería, y se tropezó con Magdalena. Que le atrajo al momento fue indudable, que se acercó y le habló, y ella no le rechazó, fue cierto, que pasaron la noche juntos y que él si se creyó la historia de Paco y Rogelio y la baba de caracol y el veneno de serpiente de principio a fin.
Al día siguiente Héctor Osvaldo se reincorporó al crucero, el enorme trasatlántico con sus luces, sus atracciones a bordo y su glamour de medio pelo siguió su singladura por el Mediterráneo.
Y quizás fura pura casualidad, una de esas coincidencias que se dan en la vida al cabo de muchos millones de circunstancias, pero ocurrió que cuando limpiaba y ordenaba el camarote del señor Rodríguez, un venezolano  que viajaba acompañado de su secretaria, madura y exuberante señorita Vargas y una sobrina apenas salida de la adolescencia, la linda Pietita Jimenez, vio los folletos sobre el escritorio.
Rodríguez dirigía un criadero de cocodrilos en el centro de África, en el curso alto del Nilo, de donde se exportaban las preciadas lágrimas de cocodrilo, lo último en componentes para la fabricación de la crema de belleza más revolucionaria hasta la fecha.
Y, al parecer, el negocio funcionaba espectacularmente bien, porque tanto Rodríguez como la señorita Vargas y Pietita acudían cada noche a las mesas de juego, consumían lo más selecto de la carta del restaurante y se apuntaban a todas las actividades festivas.
Las dos mujeres se exhibían con joyas recargadas del mismo modo que Rodríguez las exhibía a ellas y los tres parecían estar disfrutando del viaje sin ninguna preocupación aparente.
Para Héctor Osvaldo las cosas encajaron, casi pudo escuchar un clic en su cabeza al mismo tiempo que veía los ojos negrísimos de Magdalena.
Rodríguez no había nacido venezolano, en el fondo quedaba un rescoldo de acento catalán que nunca pudo eliminar del todo, Rodríguez, ahora don Francisco Rodríguez, el patrón, era Paco el de la baba de caracol; al fin y al cabo su negocio actual no era tan distinto, esencialmente el mismo y posiblemente para la misma industria química que una vez más había cambiado la marca y la presentación de la misma crema que había vendido con éxito diez años antes.
El barco hizo escala en El Pireo, las transparencias del mar en Grecia seguían siendo perfectas, todo el pasaje se lanzó a tierra  a disfrutar de sus acantilados.
Héctor Osvaldo era un buen nadador, podía además permanecer bajo el agua con los ojos abiertos contemplando la belleza del fondo marino durante mucho tiempo. Entonces las vio, las babosas que procedentes del Mar Rojo se habían asentado en el Mediterráneo.
Eran muy hermosas, brillantes e iridiscentes, reflejando en su gelatinoso cuerpo los rayos del sol que se filtraban a través de la superficie del agua, rosadas y anaranjadas le sugirieron un manjar delicioso, extremadamente delicioso para quien se jactaba de gourmet en la mesa del capitán.
Aquella noche, Rodríguez parecía más eufórico que nunca, bromeaba con todos, procuraba que quedase bien a la vista el collar de esmeraldas que adornaba el generoso escote de la señorita Vargas y la delicada gargantilla de diamantes del cuello de su sobrina.
Un camarero se acercó con una copa de helado, atención especial del cocinero para nuestro pasajero más distinguido. Nadie prestó atención al camarero. Brillaba aquella especie de dulce de frambuesa con pintitas negras, ¿pimienta, quizás?. Sobre un lecho de algas azuladas.
La cuchara llegó plena a la boca, Rodríguez intentó engullir, casi sin saborear porque aquello parecía vivo, moviéndose en su garganta de forma inexorable, al mismo tiempo que un sabor acre se le extendía por las fosas nasales.
Trató de mantener la compostura, vio como todas las miradas, antes sonrientes, a la espera de la degustación del exótico postre, se fijaban en él y cambiaban de expresión.
Fue poniéndose de un color púrpura que viró al amoratado y acabó en  cianótico cuando yacía derrumbado en el suelo.
Nada pudo hacer el médico de a bordo. En la sala de autopsias de El Pireo un forense quedaba extrañamente sorprendido y dictaminaba que la muerte se había producido por asfixia y envenenamiento por ingesta de babosas  de la especie doriopsilla areolata que segrega un compuesto sumamente agresivo para defenderse de sus depredadores.
Hechor Osvaldo se enroló en un mercante de bandera chipriota rumbo a Barcelona, llegó una noche y buscó a Magdalena, le dijo que ya no tenia que repetir aquello de la baba de caracol y el veneno de serpiente, que estaba claro, totalmente claro, que su marido estaba muerto, pero que no lo había matado Rogelio,  que podía pasar página al fin y que él la haría olvidar y ser feliz.
La observó un momento y la vio distinta, seguía yendo de negro pero era un negro más elegante, más sofisticado, se había maquillado poco y sin embargo estaba más guapa.
Ella le estaba contando que tenía un nuevo trabajo, sin saber como, la empresa de productos químicos la había localizado y le había ofrecido la distribución de una nueva crema entre los salones de belleza de la zona alta de la ciudad y obtenía muy buenas comisiones.
Al parecer el importador de la materia prima, un venezolano riquísimo, iba a llegar en breve a Barcelona y quería conocerla, al menos eso pareció dejar entrever el jefe de personal.
Y por supuesto, ahora era la señorita Magda, y no la mujer del muerto.
Héctor Osvaldo bajo los ojos y se perdió en la noche camino del puerto.
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