Propuesta 36: relato de terror con elementos clásicos

Aquel no era lugar para el terror

Había demasiada luz, demasiado sol, el cielo era siempre azul y las viviendas se extendían sobre la ladera de la montaña en urbanizaciones blancas salpicadas del rojo de las buganvillas y los hibiscos y del verde luminoso de las piscinas privadas.

 

Los caminos bordeados de pinos se retorcían para ascender o descender en un intrincado laberinto esmeralda y el silencio solo era turbado por el suave susurro de las agujas verdes mecidas por el viento de la costa o el chirriar de las cigarras cuando el sol estaba más en lo alto.

 

Por eso, cuando empezaron los acontecimientos  nadie les dio importancia. ¿Qué tenía de sorprendente, a priori, que el pequeño Joel se golpeara contra un tronco rugoso cuando descendía a toda velocidad por el camino de su casa en su bicicleta?

 

Se le había advertido repetidamente, sus padres insistían en que llevara más cuidado,  pero Joel, con sus diez años recién cumplidos era un experto ciclista y controlaba. Aquel día no controló y su cuerpo quedó extrañamente enganchado a la rama de un pino añejo que crecía junto al vial.

 

El efecto del impacto, dijeron a sus padres, y la casa se tiñó de luto, las ventanas venecianas se cerraron y la familia cambió de domicilio, era demasiado doloroso seguir contemplando a diario el sol reverberando en la piscina, las flores exultantes de vida en los arriates y, sobre todo, aquel pino grandioso que bordeaba la ruta de acceso a la vivienda.

 

Poco después fueron los Van der Vaart, una pareja de ancianos holandeses afincados en el Mediterráneo.

 

Bueno, un anciano de ochenta y siete años puede perderse fácilmente en una urbanización como aquella, con senderos retorcidos entre la arboleda y casas bastante semejantes.

 

No regresó al anochecer de un jueves de junio, hacía calor, mucho calor aquella noche y la señora Van der Vaart le esperó sentada tranquilamente en el porche, pero él no llegaba y ella salió a buscarlo, tranquilamente, con su bata de flores del mercadillo étnico de los domingos y sus alpargatas de esparto, al estilo local.

 

Anduvo descendiendo la loma en la que se ubicaba su vivienda, y de pronto le vio allí, junto a uno de los bancos rústicos que se distribuían erráticamente para descanso de los paseantes.

 

Estaba muerto, si, un ictus, claro, pero la expresión de terror de su rostro no se le borraba fácilmente de la memoria a la señora Van der Vaart, y afirmaba repetidamente que su esposo no era un cobarde, que después de haber sufrido la ocupación nazi en Holanda ya nada podía asustarle.

 

Los hijos llegaron dos días después, repatriaron el cuerpo de padre y se llevaron a la madre con ellos, porque estaba demasiado afectada para permanecer sola.

 

El viejo Batiste era jardinero, trabajaba para la empresa de mantenimiento de la urbanización, pero le gustaba hacer las cosas a su estilo con mimo y delicadamente, eligiendo las plantas en función de las familias que habitaban en la casa, si tenían niños, más resistentes, si había algún anciano, más delicadas, para darle ocasión a ocupar su tiempo .

 

Y conocía a los padres de Joel, y la señora Van de Vaart, vaya si les conocía. Se acercó a ellos en las dos ocasiones, con la canosa cabeza inclinada, para darles el pésame y para susurrar algo que nadie escucho:

.- Ella ha vuelto, son sus tierras, era su casa…

 

Batiste había oído contar la historia, en las noches de invierno, junto a la lumbre de la llar domestica en la casa de su abuela, cerca del puerto marinero donde solo atracaban las viejas barcas de pesca, a distancia del puerto deportivo con sus opulentos yates.

 

El relato de la aparecida, uno más dentro del folklore tradicional de todos los pueblos, hablaba de una muchacha, la hija de uno de los grandes terratenientes de la zona, que tenía su hermosa casa de cuatro vertientes en lo alto de la colina, con su minarete para escrutar el mar y controlar los navíos que cruzaban a lo lejos en el comercio del tabaco de la última colonia que iba a descargar su mercancía en el importante puerto de la capital.

 

La muchacha se enamoró de un marino, era de esperar, el marino no parecía muy decidido a contraer matrimonio con la chica a la que cortejaba de tarde en tarde, acercándose a la casona cuando atracaba cerca.

 

Ella subía al minarete y pasaba las horas muertas escrutando la lejanía azul para ver el barco, con su catalejo dorado en la mano, pendiente de extenderlo en cuanto lo avistaba.

 

Fue un accidente, decían, se inclinó demasiado en la baranda, había mucho viento, casi uno de esos tornados extraños en nuestra tierra pero           que ocurren de vez en cuando.

 

La encontraron a sobre el empedrado lateral de la casa, con el cuello roto en la caída y aferrando el catalejo todavía en su mano derecha.

 

Desde entonces, su espectro vagaba por la casa, por el minarete y por los pinares circundantes, reclamaba a su  amor con lamentos lúgubres y se aparecía a todos los que cruzaban la arboleda preguntando por la llegada de aquel barco que siempre esperaba.

 

Así había sido, así hasta que la casa quedó abandonada y los sucesivos propietarios, herederos de aquel terrateniente se fueron dispersando, y servía para que los muchachos del pueblo se retaran entre ellos a entrar en el palacete por sus desvencijadas ventanas, como prueba de valor y hombría, y para que algunos adolescentes se liaran algún canuto en su porche invadido por la maleza, y para que parejas muy jóvenes se vieran a escondidas.

 

La fantasma  ya no inspiraba temor, o quizás ya había ya abandonado su vagabundeo y descansaba al fin en paz, o no quería indagar entre aquella gente descreída que no podía entender su ansiedad.

 

Solo Batiste y algunos viejos más recordaban la leyenda. Por eso cuando las imponentes palas de la constructora que había adquirido los terrenos entraron con su potencia destructora y arrasaron la casona, y cayó derruido el minarete con su espadaña y su baranda de hierro forjado, pensaron en la aparecida y hablaron de ello con nostalgia, incluso con cierta  tristeza.

 

Ahora Batiste sabía que ella había vuelto a sus tierras, a expulsar a los extraños que habían ocupado el lugar donde ella siempre esperaría a su amado marino.

 

Poco a poco se sucedieron los accidentes incomprensibles, las salidas de vía, los ahogamientos en las piscinas, las caídas por los márgenes tan bien trazados por la constructora.

 

Y la urbanización se fue quedando vacía, las viviendas unifamiliares de estilo mediterráneo luminosas y alegres quedaron en silencio, ninguna gestora inmobiliaria de la localidad conseguía revender alguna de aquellas propiedades.

 

Nadie decía nada, nadie hablaba a los futuros compradores de la aparecida, pero había algo en el ambiente que les hacía volverse atrás en el último momento.

 

Batiste y sus amigos tuvieron la certeza de que había vuelto, que se paseaba por los pinares, que ocupaba las casas abandonadas, y que buscaba los lugares más elevados, las terrazas más altas para contemplar con su viejo catalejo dorado el mar por donde navegaba eternamente su amor.

 

A Vladimir le gustaba recorrer los bares populares del puerto marinero, bares oscuros de mesas de railite pringosas, donde se reúnen los pescadores al volver de la mar al atardecer y donde juegan los viejos su eterna partida de dominó mientras les esperan.

 

Vladimir se sentaba con los viejos, y a ellos les caía bien, era un hombre serio callado, respetuoso que les escuchaba atento vestido con unos pantalones arrugados y una sudadera azul descolorida. Nada qué ver con los otros extranjeros ni con los turistas.

 

Allí escucho Validimir la historia de la aparecida, y no le extrañó, había oído historias semejantes a su abuela, allá en su aldea de Georgia. También supo que la urbanización se había devaluado y que era un buen negocio.

 

Una noche en que la luna brillaba sobre los pinares, Vladimir esperó a la aparecida en un cruce de caminos de la silenciosa ladera, al poco el blanco ajado del vestido de ella se destacó entre la arboleda, Vladimir le sonrió y ella se fue acercando, con su catalejo dorado y su caminar etéreo.

 

Vladimir se lo quitó suavemente y la tomó de la mano:

.- He vuelto, ven, ven conmigo, ya no me separaré de ti jamás, ven, ven…

 

Al cabo de unos días la noticia de que “el ruso” había firmado enla Notaríala transacción por la que se hacía propietario de toda la urbanización abandonada corría como la pólvora por las calles del pueblo.

 

Vladimir sonreía mirando el horizonte azul desde la terraza de su villa, una de las más imponentes del cabo. Sobre la repisa de la chimenea del moderno salón brillaba un viejo catalejo dorado.

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