Mirar un cuadro

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El día después (E.Munch)

Por fin había terminado todo.

Habían ido cayendo, una a una, las colgaduras y los estores, las fotografías enmarcadas, la galería de retratos, como pomposamente decía su madre, se habían ido desprendiendo de las paredes y estrellándose contra el suelo. Al hacerse añicos los cristales, las imágenes, los rostros de los representados quedaban fraccionados lo mismo que su recuerdo se convertía en momentos aislados de su existencia, sin coherencia interna.

Habían saltado, hechos trizas los bibelots antiguos, deslustrados e incluso desportillados y unidos con cola de pegar para que siguieran dando fe de una decoración decadente y asfixiante.

Y se habían astillado por fin los muebles desvencijados, de tapicerías raída, de mármoles que perdieron su brillo mucho tiempo atrás, al compás del tiempo que marcaba relojes que señalaron siempre horas inexistentes, horas del pasado.

Sin artificios ya, su vida aparecía tal y como había sido, gris y sórdida, con esa sordidez de la mediocridad vergonzante, que se oculta tras las grandilocuentes expresiones que designan lo más anodino para tratar de embellecerlo, pero que tan sólo lo convierte en una burda caricatura esperpéntica.

Si ahora descansaba en aquella habitación vulgar, sola por fin, no hacía sino vivir de frente su verdad.

Tan solo veinticuatro horas antes había acudido al funeral de su madre, vestida con la impecable corrección de la joven que fue, discreta y sin estridencias, con ropa siempre anticuada, tratando de componer, por última vez, la imagen que su madre hubiera aprobado, tratando de representar una vez más, pero solamente una vez más, el papel asignado desde su infancia, el que correspondía a aquella niña que nació a destiempo en el seno de una pareja madura y triste. Aquella niña educada según códigos obsoletos de buena crianza, destinada al cuidado de sus ancianos padres sin ocasión de conocer nada más allá de la trasnochada historia familiar conservada en el formol del recuerdo.

Después había vuelto a la casa, y, ¡cómo odiaba aquel asfixiante entorno!, ¡cuánta falsedad encerraban las voces atrapadas entre aquellas paredes!, Su libertad le pesaba entre las manos como un bien demasiado costoso, y no sabía qué hacer con ella. Su libertad y también su soledad.

Nadie la había acompañado después del entierro, nadie la conocía realmente, siempre escondida debajo de su sonrisa  y su voz dulcemente impostada para las cada vez más escasas visitas de su madre, nadie que compartiera su odio, y su resentimiento ante la carne joven inmolada en el altar de una diosa terrible que vampirizaba día a día su sangre con la eterna cantinela de la buena hija, privándola de la vida real, del trabajo, de las compañeras, de los hombres.

Su mano había tropezado con un pequeño búcaro que cayo al suelo con un tintineo de cristales rotos. Tembló un instante, como habría hecho veinticuatro horas atrás. Pero ahora, de golpe, el tintineo despertó su cerebro desatando las cadenas de su letargo y comenzó a destruir, arrancar, acuchillar, astillar, quebrar, descolgar, gritando al mismo tiempo.- ¡mentira!, ¡mentira!, ¡mentira!

.- Soy pobre.

Por fin había pronunciado las palabras prohibidas.

.- Siempre he sido pobre

Y miró cara a cara la miseria oculta detrás de las frases artificiosas de su madre, de las ridículas pastas de té compradas a granel en el colmado, mantecosas y rancias con las que obsequiar a las visitas, de los zapatos de tafilete con suelas desgastadas y el abrigo de terciopelo azul de veinte años atrás.

Cerró la puerta de la vivienda, dentro quedaban encerrados treinta años de su vida. Afuera brillaba el sol y las gentes se afanaban en su cotidianeidad. Vestía una falda de percal y una camisa blanca de algodón, buscaba un puesto de trabajo en la naciente industria de la ciudad, buscaba una pensión barata donde recogerse al anochecer, al salir de la fábrica, y buscaba vivir.

Y ahora dormía echada en su camastro, había trabajado todo el día en un telar,  había cenado una rebanada de pan untado en aceite En pocos artistas las fuerzas instintivas e inconscientes han sido tan poderosas y contradictorias y también, en muy pocos, ha sido tan lúcida y valerosa la mirada interior.

que le chorreó por las comisuras y un trozo de queso fuerte. Había bebido un vino oscuro y caliente y se había dejado acariciar por vez primera por aquel hombre, uno cualquiera,  de aliento cargado y manos toscas, que la había seguido por la calle.

La habitación desnuda era un trasunto de la desnudez de su mente, del vacío de su alma, que no sabía como llenarse, de la soledad absoluta de su existencia. Echada de cualquier manera, sin quitarse la ropa, abandonando su cuerpo al descanso sin sueños, dormía un sueño sin esperanzas.

El día después de su liberación.


CUANDO AMANEZCA :

El imperio de las luces

(Magritte)

Me iré cuando amanezca, habías dicho, lo prometí, ella me está esperando.

Y, mientras tanto, tus labios se deslizaban una y mil veces sobre mi piel  ajada y la piel de tus dedos, arrugada y reseca, despertaba los más antiguos ecos de otras tantas caricias, no olvidadas a pesar de los años.

Te irás cuando amanezca, te había respondido, ya le hemos engañado muchas veces.

Y, mientras tanto, la claridad de las ventanas se derrama apenas sobre el parque.

Y desde el porche, la farola, reflejada en el lago, levanta imposibles destellos irisados en las  quietas aguas estancadas.

Nos diremos adiós, cuando amanezca, se está acabando el plazo.

Y, mientras tanto, la sombra inmóvil de los árboles sin nidos cobija, silenciosa, nuestro amor viejo, que huele a angustia y muerte. Y la noche despliega alrededor de la casa rumor de eternidad y murmullos de abismos.

En el cielo ya había amanecido y las nubes eran manchas de luz sobre lo azul.

Entonces puse en marcha el sistema. Le había dedicado muchas horas, mi cabello encaneció delante de las pantallas de los diversos equipos que, durante muchas noches y muchos amaneceres, me suministraban los datos, los cálculos algebraicos complejos de las fórmulas físicas que combinaban los parámetros de la variable “tiempo” hasta  lograr moverme en otra dimensión.

Y así logré que el tiempo, suspendido fuera de la materia, mantuviera la noche junto al día, para que no tuvieras que cumplir tu promesa. Nunca amanecería de nuevo, ni tampoco volvería a anochecer jamás. La enfermedad no tenía ya sus plazos vencidos, las células malignas olvidaban sus códigos genéticos de reproducción en función de variables cronológicamente determinadas y los ciclos biológicos condicionados a los ritmos circadianos se detenían automáticamente.

Tampoco existía ya entonces la materia, quizás era la nada el lugar en que estábamos, pero seguíamos juntos.

MUCHACHA EN LA VENTANA  (S.Dalí)


Se había apeado en la pequeña estación desierta. El invariable reloj de todas las estaciones mostraba la perezosa hora de la siesta, y el pueblo se extendía hacia arriba suspendido en la quietud de la calina.

Una calle recta se empinaba sugiriendo el único camino que parecía posible. Los olivos y los almendros se extendían mansamente alrededor del andén silencioso.

La calle estaba jalonada de zaguanes oscuros y frescos que se adivinaban tras las puertas entornadas y las rejas se dibujaban en las paredes encaladas con sus trazos perfectos.

Arriba había un azul inmóvil y el sol perpendicular no proyectaba sombras.

El hombre comenzó a ascender calle arriba, sus pasos se perdían sobre el empedrado. Nadie parecía haber advertido su presencia, nadie parecía estar esperando su llegada.

Sin embargo, él estaba seguro de haber concluido su viaje, de encontrarse precisamente en el lugar que tantas veces había imaginado, donde ella estaría aguardándole asomada a la ventana y se daría la vuelta para sonreírle abiertamente, y al fin conocería su rostro, ese rostro dibujado mil veces en su mente a partir del cabello recogido en la nuca, a partir de la silueta de redondeces tiernas y domésticas, que se adivinaban entre las trasparencias del fresco vestido veraniego.

El pueblo vacío encajaba en su sueños, al final de la calle estaría la Iglesia en una plaza rodeada de casitas bajas con balcones en hierro forjado y contraventanas de madera pintada.

En una de aquellas casitas habría una habitación también vacía y una ventana desde donde se vería el mar.

La plaza estaba allí, los escalones de la Iglesia en piedra con las huellas de varios siglos y el airoso campanario con su azulejería de tejas  que brillaban.

La puerta de la casa entreabierta, invitando a traspasar el umbral. En la penumbra una escalera tendida hacia la claridad que venia del piso superior.

Subió con premura los peldaños, ¿qué nombre debía pronunciar para llamarla?. Le vino uno a la mente: Gavina (1), no podía ser de otra manera, Gavina,,, Gavina…, comenzó murmurándolo y al final lo pronunció en voz alta y su voz chocó contra las paredes enjalbegadas y desnudas de la casa.

La habitación, la ventana, las cortinas rayadas que la brisa suave hacía ondular, y el mar, tan apacible y el cielo tan azul.

Gavina, mi Gavina , pero la muchacha no se movía de su contemplación reposada, acodada en el alfeizar serenamente fundida con el paisaje azul, con las cortinas de rayas azules, con su vestido liviano de listas azules, destacando tan sólo el oscuro cabello ondulado que se agitaba suavemente.

Gavina…, y el hombre se acercó a la ventana, el mar lo atrajo con su fascinación eterna, el cielo azul lo deslumbró con su luz mediterránea, y se encontró a sí mismo asomado a la ventana, sólo, siguiendo el vuelo de una gaviota.

(1): Gavina significa gaviota en catalán.

CAFÉ DE LA PLAZA (Van Gogh)

Por fin, la mesa se ha quedado vacía. La ocuparon todas las noches, durante el verano, eran muy jóvenes y reían sin parar; ahora,  su risa se ha quedado  colgada de las estrellas. Eran muchachos y muchachas venidos de otras tierras,  y  quizás no volverán el año próximo.

El cielo de  la noche de verano, en el mediterráneo, nunca llega a ser del todo negro, sino de ese azul profundo que los luceros permiten ver. El cielo de la noche de verano te reclama para que no te duermas hasta que comience a rayar el alba por detrás de la línea recta del horizonte, y la luna del amanecer compita con el sol, iluminando la superficie de oro blanco que es el mar en ese momento. Y ellos esperaban ese instante mágico, sentados allí. Hasta que se marchaban a la orilla del mar, y estrenaban las olas  estrenando el nuevo día.

Pero ha llegado septiembre y la terraza del café de la plaza, otra vez se ha quedado silenciosa. Ahora puedo bajar y sentarme en su mesa, en mi mesa, recoger el sonido de su voz, el de ella únicamente, destacando por encima de los gritos, y de la algarabía restante, la cadencia de sus palabras, en una lengua que no comprendo, y el tintineo de sus carcajadas abiertas y francas.

La he estado contemplando desde mi ventana, esa que ha permanecido iluminada a la derecha, en la segunda planta, durante todas las noches, mientras trataba de hilvanar una conversación imposible. La conversación que ahora, sentada en su mesa, en mi mesa, mantendré con ella todo el invierno.

Los camareros se deben haber extrañado de no verme aparecer por el café, durante estos meses. Se habían acostumbrado ya a mi presencia silenciosa, en esa mesa de la esquina, frente a una  copa de ginebra, que ritualmente reponen en cuanto me la bebo, hasta que mis ojos se cierran y cruzo la calle hasta mi habitación. Sin estruendo, extrañamente en paz.

Pero aquella primera ocasión en que la vi ocupando el sitio que habitualmente he ocupado yo, durante el invierno, me hizo retroceder sobre mis pasos hasta refugiarme en la casa y observarla por la ventana.

Me atrajo su voz, únicamente su voz, sin entender sus palabras en idioma extranjero, y me atrajo que fuera tan igual a mi, a su misma a su edad,  su mirada cargada de ilusión, su alegría llena de seguridad, su confianza en el mundo.

No quise que me viera, quizás también ella percibiera, como lo percibí yo, que somos iguales, y que tanto como ella es mi pasado yo soy su futuro, y encontrara en mis ojos apagados, en mi rictus de tristeza, en mi soledad,  y en mi expresión esquiva y desconfiada las huellas del tiempo, que pueden  convertir a un ser humano en la sombra doliente de lo que  fue.

Hubiera querido prevenirla, contarle, sin palabras, como haré durante este largo invierno, mi vida,  que puede ser su vida. Pero, ahora…. no hubiera sido capaz de destruirle el recuerdo feliz de este verano, que ya nadie puede arrebatarle.


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