Propuesta 35: Relato de terror moderno

Laberinto

Hay una luz cenital, inclemente, se refleja en las paredes blancas, lisas, perfectas, sin un rasguño, sin una grieta, formando un estrecho pasillo que se dobla en ángulos rectos creando un laberinto de caminos, algunos de los cuales no conducen a ninguna parte.

Sé que ellos me observan, como lo hicieron ayer, ayer o anteayer, o hace una semana porque aquí el tiempo es imposible de controlar; los ritmos biológicos son creados a voluntad por ellos según la iluminación que pasa bruscamente de una oscuridad absoluta a esta luz cegadora que no produce sombras.

Sé que ellos me observan para ver si recuerdo el camino que recorrí ayer, o anteayer, o la semana pasada, no sé bien.

La primera vez, cuando desperté aquí, corrí desesperadamente y me di de bruces muchas veces con estas paredes altas, tan altas que no puedo ver el techo, si es que lo hay, porque arriba solo existe la luz o la oscuridad.

Me daba de bruces y tenía que desandar el camino para buscar una salida. Ahora ya sé que no existe más salida que la que conduce a un espacio perfectamente cuadrado donde encuentro algo de alimento y agua. Para que sobreviva, únicamente.

Una vez escuché la lluvia, afuera, imaginé, recordé, el asfalto mojado y brillante y los pequeños arroyos que se formaban alrededor de las atarjeas de la calle, me soñé mojado bajo aquella lluvia y por un momento, fui feliz.

Soy una criatura de la noche, pero de la noche con luna y estrellas, o luces de neón en los anuncios de la gran ciudad, ruido de motores a todo gas y voces estridentes o susurrantes en las esquinas.

Aquella lluvia fue quizás una ilusión de los sentidos, seguramente algo para confundirme, porque cesó de golpe, y sé que ellos estaban mirando, controlando mi respuesta porque me di cuenta de que habían colocado algo sobre mi cabeza, como una especie de  casco.

Luego, dormí, y al despertar, de nuevo el silencio y la soledad..

Ahora marcho más despacio por el laberinto, poco a poco he aprendido a recorrerlo sin tropiezos, y alcanzar mi alimento diario. Las excretas son puntualmente retiradas sin que pueda apercibirme de cómo se realiza esta limpieza que permite que mi espacio carezca de olores, ni siquiera los míos.

Todo es aséptico y terriblemente idéntico a sí mismo. Y a mi me gustan los olores, incluso los derivados de la podredumbre y la putrefacción.

Ahora estoy terriblemente solo y soy gregario, vamos en grupo y nos temen y nos rechazan pero seguimos imperando en las calles, especialmente en ciertos barrios marginales, con solares abandonados y edificios en ruinas.

Ignoro qué se espera de mí y cual es el origen de esta situación. Era una leyenda urbana, cuando andábamos libres por la ciudad,  que ellos hacían redadas para apresar a unos cuantos de nosotros que desaparecían y a los que no volvíamos a ver jamás. Nunca lo creí. Pero sí se que hubo campañas de exterminio y tuvimos que ocultarnos durante un tiempo.

Ahora sé que lo de las redadas es verdad, y que la angustia es no saber lo que me deparará cada instante.

De nada sirven mis capacidades naturales para prever los peligros, no hay señales posibles de captar por mis sentidos habituados a los miles de sonidos, luces y olores del mundo exterior. Aquí no hay nada  que se pueda tomar como referencia, salvo este estúpido laberinto que debo recorrer cada día para seguir vivo.

Solo tengo claro que ellos quieren que viva, hubieran podido acabar conmigo muy sencillamente, no tengo nada con lo que defenderme. Pero esto me produce mayor inquietud porque no conozco sus capacidades para hacer sufrir. Y deduzco que son muchas y variadas. Y que, en solitario, no inspiro terror.

Esta vez, al hacer el trayecto habitual, un trayecto que podría trazar con los ojos cerrados tropecé con algo que me produjo una desagradable descarga eléctrica que me paralizó.

Retrocedí y desanduve el camino, me quedé quieto pegado a la pared en uno de los innumerables ángulos del laberinto y esperé. Sin embargo, supongo que me habían inyectado alguna sustancia que me producía sed, una sed abrasadora que me hacía desear el recipiente con agua de la habitación cuadrada.

No podía apartar la  imagen de mi mente y  preferí soportar  los calambres en mis miembros que la garganta ardiente. Me acerqué con cuidado a la zona electrificada, caminando despacio, pero entonces no ocurrió nada, no era posible que mi mente me hubiera jugado una mala pasada anteriormente, estaba seguro de que sentí como me retorcía en un espasmo doloroso pero ahora no había ocurrido.

Llegué hasta el agua y bebí con avidez. Todo quedó en calma.

No hay luz y no puedo orientarme en absoluto, hay un pitido ensordecedor que se mete en mis oídos, de por si muy finos y sensibles, es un sonido agudo pero que cambia de frecuencias hasta producir una sensación de angustia e inquietud que me hace moverme desordenadamente. Sigo llevando el casco  pegado al cráneo.

No sé cuanto tiempo podré resistir este sonido sin enloquecer, ¿enloquecer, que se supone que es eso en este entorno completamente carente de vida?, ¿quién puede considerarme loco si estoy completamente solo?

Cuando el ruido cesó la luz llegó de golpe, y entonces lo vi, el techo de mi laberinto es de cristal, ahora lo sé y sus ojos se asomaron allí por un instante, solo sus ojos, ¿cuantos ojos?, pude contar seis, es un monstruo de seis ojos el que me tiene prisionero, ojos que miran en distintas direcciones, ojos que no se mueven sincronizadamente y que son de diferente color y tamaño.

No recuerdo ningún ser así en mi vida anterior, fuera de esta pesadilla. Se alejan los ojos que escrutaban tras el cristal. No hay nada más ahora, de nuevo el silencio.

Nada de esto tiene sentido, me he regido siempre por el instinto de supervivencia, pero, en estas condiciones, ¿para qué?

Dejar de comer, dejar de beber, es difícil porque pueden administrarme drogas que superen mi voluntad, no puedo herirme, no puedo despeñarme, no puedo ahogarme, no puedo ser aplastado por un vehículo en marcha. No puedo morir a mi voluntad.

Una vez más recorrer el circuito blanco, hay una novedad, ahora no es una descarga eléctrica ahora es un suelo ardiente, y esta vez no solo es la sensación de quemadura es el color rojo que marca una franja en el trayecto. El instinto de retroceder es primario, el cerebro está programado para hacer retroceder a  los músculos ante la amenaza del fuego.

Pero es mi única solución, me mantengo firme sobre las líneas rojas, ahora sí percibo al fin un olor, el de mi propia piel abrasándose, será quizás lo último que perciba antes de perder el sentido, y también los seis ojos del monstruo mirándome con asombro.

*******************

–          Extraño,  muy extraño, es un comportamiento totalmente atípico en un ratón de laboratorio.

Tres voces al unísono, y luego argumentos distintos, estudio de las constantes del animal y sus registros en las diferentes situaciones experimentales.

Nadie aporta la idea del suicidio, solo era un ratón.

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