Otros

E L    L I B E R T O

¿Qué no conoce mi historia?, vamos, señor, no se quiera quedar conmigo, si todo el mundo la sabe, si ya hace mucho tiempo que es del dominio público…

Además, ahora, señor, soy un pobre hombre, ya me ve, y esa historia es lo único que tengo, no me diga que usted, precisamente usted, no la conoce.

Sí, ya, es cierto que no me había visto nunca, ni yo había tenido el gusto… en fin; eso no tiene nada que ver, hay cosas que se saben, porque han de saberse, porque de toda mi vida no queda más que aquello, pero aquello que está en la mente de todos cuando paso a su lado, es lo que me permite estar vivo.

Así que, señor, si usted lo ha olvidado, porque tuvo que saberlo alguna vez, me está negando, a mí, con esa mirada de sorpresa, de curiosidad, o más bien de indiferencia, con esa mirada estúpida y vacía que no me dice nada, que no me da a entender que también conoce lo que ocurrió, que tiene formada una idea de mí, que sabe, en fin, lo que significó y significa el liberto. No me minusvalore todavía, señor, he de seguir intentándolo, he de llegar al final y entonces descansaré y volveré a dormir con ensueños, como antes, como antes de que ocurriera el incidente aquel.

Supongo que me mira de ese modo para que siga hablando, hay otros que también utilizan esa táctica, es buena, en general, pero no es necesario hacerme creer que lo desconoce; de cualquier forma la parte de la historia que es sabida por todos es tan sólo una mínima anécdota, porque de lo que importa, de lo que realmente tiene significado tan sólo hay cuatro personas, o no, señor, cinco exactamente, que tienen la clave, y a estas personas las fui perdiendo; pero me fueron dejando pistas, y ahora presiento, señor, que estoy a punto de llegar al final.

No puedo olvidar la primera vez, siempre hay una primera vez, dicen, aunque en este caso, en mi caso, no lo tenga tan claro. Sí, fue la primera vez en que me di cuenta del liberto. Porque el liberto existe, el objeto es real y estaba allí aquella primera vez, por eso me di cuenta de que aquel hombre era uno de ellos.

Yo había ido a su estudio de pintura, era pintor, sabe usted, y de los buenos. Y yo quería ser pintor, y lo hubiese sido de no haberme tropezado allí con aquella cosa, y no haberlo entendido entonces.

Bueno, habría que saber, desde el principio, porque tuve que ir al estudio de aquel artista y no a cualquier otro de la ciudad. Yo estaba estudiando Derecho, no crea, señor, pude ser abogado, pero después de ocurrir aquello ya nada fue igual, ni las clases en la Facultad, ni el contenido de los textos o de los apuntes; pero, me estoy desviando del tema, ¿verdad?

El caso es que mi padre tenía sólo en mente la idea de que hiciera leyes y que luego sacara oposiciones a notarías; él creía que yo servía para eso; supongo que se lo habían dicho los curas del colegio porque yo era ordenado y metódico con las tareas escolares y porque tenía un sentimiento de lo justo y lo injusto muy claro, siempre acepté las sanciones sin replicar, porque eran justas, yo cometía faltas y había que castigarme. Nunca dudé de que tuvieran razón, ellos sabían qué era lo bueno y qué era lo malo y así era fácil aceptarlo.

Bueno, los curas le decían a mi padre que yo sería un buen abogado y mi padre tampoco lo dudó. Yo creo que no era tan inteligente como ellos decían, porque estaba muchas más horas que mis compañeros en la biblioteca del colegio para obtener unos resultados medianos; de todas formas entonces no me lo planteaba , era una época tan feliz…, estaba todo tan claro…

El tiempo que no precisaba para estudiar las asignaturas del curso lo dedicaba a dibujar; eso si que lo hacía bien, dibujaba muy meticulosamente, señor, a plumilla muy fina, sabía medir bien las distancias, captaba perfectamente las perspectivas, la inclinación de los ángulos de los objetos, las formas, las curvas, y las reproducía a escala en el papel.

Decían todos los que veían mis dibujos que eran un calco perfecto de la realidad; si dibujaba un árbol creo que se hubieran podido contar sus hojas y hubiera habido el mismo número exacto. Si hacía una casa tenía en cuenta hasta el más mínimo desconchón de la pared, y si se trataba de retratar a mi abuelo sentado a la puerta, se reconocían todas las arrugas de su cara.

Así dibujaba yo entonces, señor, y todos decían que lo hacía muy bien, que sería un gran artista.

Por fin comencé en la Universidad, el primer curso fue muy duro, ¡estaba todo tan desorganizado! Los profesores no daban clase, hablaban y hablaban, quizás más de sí mismos que de las asignaturas; luego había unos textos muy densos que aprender; los memoricé todos a costa de muchas horas de vigilia y esfuerzo. Pero conseguí aprobar aquel primer curso. Eso sí, aquel año no dibujé.

Fue en segundo cuando supongo que comenzó todo, ya estaba muy próximo a producirse el incidente ¿me comprende? En segundo había asignaturas que ni siquiera tenían texto, tan sólo una larga lista de libros de consulta. Los busqué en la biblioteca y sumé las páginas de todos ellos, luego las dividí por el número de días que restaban hasta la fecha del examen, luego por el número de horas que podía dedicar cada día, descontando la asistencia a clase, y cinco horas de sueño más una para mi aseo y necesidades fisiológicas. Está claro que tenía que saber cuántas páginas tendría que aprender en cada hora, resultaban ser cuarenta y siete y media, una cifra, por lo demás, ilógica. Y lo intenté, le juro, señor, que lo intenté, pero no conseguía llegar a retener más de cuarenta, es decir, las siete y media restantes quedaban en un remanente que iba creciendo, como un crédito que nunca se llega a amortizar y cada vez genera mayor interés.

Y esto me condujo al primer error, o quizás el profesor de aquella asignatura era el primero de la cadena, quizás él también tenía oculto un liberto y yo no lo supe nunca.

El caso es que una tarde rompí, por primera vez en mi vida, el plan establecido, corrí el tremendo riesgo de desafiar al tiempo, de no darle a las horas el alimento que estaban acostumbradas a devorar, de no ofrecer a cada minuto su ración de estudio, de no consagrarle mi esfuerzo mental. Y me fui a la calle, y me encontré en medio de una tarde de marzo con brisa mezclada de azahar y salitre, con un poniente anaranjado y malva que se perfilaba en el límite de la ciudad universitaria, donde la huerta y el mar están muy cerca.

Por eso anduve hacia allí, avenida adelante, hacia aquella línea perfecta que me fascinaba; y sin darme cuenta me encontré frente a su casa, su casa estaba precisamente allí, al final de la avenida y frente al mar; la última de una serie de viviendas de una o dos plantas, de principio de siglo, con azulejos blancos y azules en una geometría también muy cuidada, sin interrupciones en las cenefas que enmarcaban las ventanas del primer piso, repetidas a su vez en el marco de la puerta de entrada.

Tenía una placa pequeña en la puerta con su nombre y lo recordé en seguida en labios de mi viejo profesor de dibujo del colegio, el bueno del Padre Martín, para quien este hombre era el mejor.

Todo aquella tarde era muy raro, todo inusual, todo siguiendo un plan, sin duda, señor, pero un plan no concebido por mi, un plan que yo no controlaba ya, un plan que me imponían desde no sé donde y aún no sabía cómo; después sí lo supe, era el plan del liberto.

Pues fue el liberto el que me obligó a llamar al mohoso timbre que había junto a la plaquita; después ya sólo lo recuerdo a él, un anciano grande y huesudo con un mono de trabajo blanquecino y especialmente manchado a la altura de las perneras, donde frotaba sus manos antes de estrechar la mía.

Le hablé del padre Martín, y el maldito viejo sonreía, con su mirada azul mediterráneo que parecía haberle robado sus reflejos al mismo mar, tan próximo.

Sonreía en silencio, no me echaba de su casa, no me interrumpía, no me argumentaba y, por eso, ya no podía controlarle.

Al final me quedé callado, y aunque en aquella primera visita no vi al liberto todavía, se que estaba allí, detrás del viejo, que el liberto le había enseñado a aquel hombre a mirar de aquella forma, a meterse dentro de mi cerebro a través de mis ojos para que ya nada fuera igual que antes. El liberto me había elegido ya aquel día, el maestro era el medio.

Yo había ido a buscar ayuda; en realidad, quería tener una obligación, al pedirle clases al maestro, que me justificara dedicarme a dibujar unas horas cada semana, unas horas que yo pactaría, que yo podría concretar y que supondrían una porción de tiempo perfectamente controlada.

Me dijo que podía volver cualquier día a enseñarle mis dibujos:- ¿cualquier día, maestro?, .- si, cualquier día.

¿Lo puede entender, señor?, cómo podía ser cualquier día de no significar que siempre me estaban esperando, él y el liberto; que ya sabían que volvería indefectiblemente, que ya habían empezado a poseerme.

.- ¿Y a que hora, maestro?, -. cuando quieras, yo suelo estar siempre aquí, y, si no estoy, me esperas un rato, volveré, seguro.

No había horas tampoco, señor, era un hombre fuera del tiempo.

Volví con mis dibujos, señor, volví a la misma hora y el mismo día de la semana siguiente, me parecía que era lo más seguro, ¿no cree, señor?, para encontrarle en casa.

Estaba allí, con la misma sonrisa burlona en sus ojos azules. Estuvo examinando mi carpeta en silencio; yo había llevado una hermosa colección de árboles, de los que crecen junto al cauce del río, y a mi me parecían preciosos, más aún, perfectos en su equilibrio, en su inmovilidad…

Pero entonces ocurrió todo, señor, el incidente que cambió mi vida, lo que trastornó mi existencia para siempre, lo que corrió después de boca en boca, primero en la Universidad, después por la ciudad y ahora, ya no sé, quizás por todo el mundo.

Ocurrió que el maestro cogió el carboncillo de una de sus mesas de trabajo y comenzó a trazar sobre mis árboles unas minúsculas rayas casi imperceptibles y dijo: .- ahora se mueven.

Y era cierto, señor, los árboles se movían sobre el papel, como si los agitara muy suavemente esa misma brisa de marzo que me había llevado hasta allí. Mis árboles, señor, mis árboles magníficos en su equilibrio habían comenzado a moverse, y sin embargo, era hermoso, muy hermoso, demasiado hermoso, quizás.

Él sólo dijo: -.la naturaleza está viva, siempre, ¿no lo ves tu así?.

Pero antes de que pudiera responder, de que pudiera darme cuenta de cómo lo había hecho, utilizó el canto de su mano recorriendo la hoja, como un barrido, y desapareció la brisa, y mis árboles volvieron a estar quietos, sólo que ahora, lo vi claro, señor, estaban muertos.

No podía apartar los ojos del papel, no podía pensar con claridad que había pasado en tan corto espacio de tiempo, ¿cuánto tiempo, señor, había hecho falta para dar vida y dar muerte a mis árboles?.

Y entonces le vi a él, al liberto; estaba sobre una estantería, entre guaches y barras de cera rotas, junto a botes de spray fijador y rodeado de pinceles resecos abandonados en medias botellas de agua mineral y trementina.

Era un reloj parado ¡parado, señor, parado!. Vi la esfera blanca y las manecillas inmóviles partiéndola en dos verticalmente, como dividiendo el tiempo en un antes y un después; pero, ¿qué era el antes y qué el después, señor?: entre las 12 y las 6 o entre las 6 y las 12, porque ¿cuándo se había parado?, durante una mañana o durante una tarde, y de eso dependía todo, ¿verdad, señor?.

Entonces el maestro recorrió el curso de mi pensamiento, ¿cómo lo hizo, señor? y con aquella sonrisa de sus ojos pero no de sus labios trató de aclarar:.- es el liberto, se ha liberado de la esclavitud de marcar las horas, decidió pararse, pero me sigue acompañando, así sin señalar una hora real, nunca un reloj que funcione tiene sus manecillas como ese las tiene, en vertical perfecta, no se por qué, pero me gustó, por eso le llamo el liberto.

Se aclaró el misterio, ¿no cree, señor?. De pronto lo vi todo: su cita fuera del tiempo, su mismo aspecto intemporal, con su cuerpo robusto de joven y su cabeza canosa de viejo y aquella capacidad suya de dar vida y quitarla como había hecho con mis árboles, como si en su mano estuviera hacer andar hacia atrás o hacia adelante el tiempo a su antojo.

Y todo aquello, señor, se debía al liberto, el liberto tenía la clave, una clave que yo debía descifrar, si lograba entender en que preciso momento pudieron detenerse las manecillas en aquella posición y si había ocurrido durante la madrugada o al atardecer llegaría a comprender la esencia del antes y del después. ¿No ve, señor, que era un problema de vital importancia?.

No volví más al estudio del maestro, porque al llegar a casa, señor, comprobé la enorme dimensión del incidente; todos mis dibujos se habían transformado, señor: no sólo mis arboles estaban todos muertos, sino que los edificios, la fachada gótica de la catedral, la puerta barroca del palacio, las esbeltas columnas de la lonja, se habían convertido en laberintos de infinitos trazos, no se percibían ya tan nítidos, tan calcados de la realidad; ahora eran solamente un conjunto de líneas que se cruzaban infinitamente sobre el papel creando espacios que se multiplicaban también hasta el infinito.

Eso es lo que había logrado el liberto, señor, convertir mi orden, mi perfecto e inamovible orden en caos, y, en consecuencia, la seguridad en angustia.

Donde sí volví, señor, fue a la Facultad, pero tampoco podía asistir a las clases como antes,  ya no podía mirar los relojes, señor, si lo hacía que quedaba “enganchado” en los conceptos del “antes” y el “después” y las saetas se burlaban de mí, moviéndose en ambas direcciones, horarias y antihorarias.

Y en clase también había cambiado todo, todos sabían el incidente con el liberto, lo de los árboles muertos y los laberintos porque ¿sabe usted, señor? me di cuenta de que todo el mundo hablaba de ello, los profesores y los compañeros y decidí comprobar cuántas veces al día se referían a mi y al incidente con el liberto; y lo conté, sí señor; aún llevo aquí un cuadernillo, a ver…, aquí está, señor, en un solo día, el 16 de abril exactamente, pude sumar que escuché 30 veces la palabra liberalismo, 7, libertad, 18, liberación, 14, libertario, 23, liberar, 6, liberarse, 2, libertinaje, 16, liberador, 1, libérrimo, 12, liberalizar y 1, libranza. ¿Qué le parece, señor? ¿no está claro cómo de pronto todos se referían a mi caso?

Sin embargo, hubo un profesor, era el segundo eslabón de la cadena; impartía lecciones de Derecho Penal, era un buen juez, además, y me llevó a su despacho.

De momento, señor, me sentí tranquilo, todo estaba en perfecto orden, los libros alineados en los estantes y la mesa sin papeles, colocados éstos en bandejas que aparecían simétricas a ambos lados de la carpeta.

Parecía, señor, que allí estaba seguro, no había caos; el profesor empezó a hablarme del Derecho en general, de la Universidad en conjunto, de la Facultad en total y yo empecé a sospechar; no podía seguirle, no concretaba nada, ni la razón de su citación, ni las demandas específicas que pudiera hacerme, no me censuraba, no me amenazaba con sanciones, no parecía esperar nada de mí hasta que descubrió su juego, si señor, me preguntó si yo había elegido libremente estudiar Derecho.

Ya estaba claro, otra vez, él era uno de ellos y comencé a buscar con la mirada un liberto, estaba seguro que también tendría uno allí agazapado tras los libros tan perfectamente alineados, que de pronto me pareció que guardaban un orden determinado sólo para ponerme a prueba.

No había reloj alguno en el despacho, al menos ante mi vista; pero sí vi un ordenador portátil sobre una mesa lateral y comencé a sospechar, no podía ver clara la pantalla de cristal líquido que parecía fluctuar y donde aparecían y desaparecían sucesivamente diagramas que supuse estadísticos.

Y me arriesgué a preguntar la hora, sé que normalmente el ordenador la lleva, pero el profesor mostró tal sorpresa ante mi pregunta que ya no me cupo duda.

-No lo sé, exactamente, pero tenemos tiempo-. Me dijo.

¿Qué tiempo, señor? ¿Qué es tener tiempo, así, indefinidamente? ¿Por qué no pulsó una tecla en el ordenador para acceder a ese simple dato?: La hora exacta.

Teníamos tiempo: ¿dónde lo teníamos? si no estaba señalado en ninguna parte.

Me levanté, aterrado, el ordenador era otro liberto, precisamente, un ordenador, el sistema de control por antonomasia, el orden-ador ofrecía ahora en pantalla curvas multicolores que se fundían unas con otras en combinaciones infinitas de formas y reproducían, señor, reproducían los laberintos de mis dibujos.

Tampoco volví más a la Facultad desde aquel día, permanecía echado en mi cama, inmóvil, con las ventanas cerradas para no tener que ocuparme si era por la mañana o por la noche, que era antes o después, porque el día comienza a las doce de la noche y eso era un contrasentido angustiante.

Cualquier cosa que decidiera hacer  requeriría un tiempo y ahora que yo ya no podía controlarlo era incapaz de saber cuánto tiempo tendría que dedicarle a cada cosa.

Sonaba, a veces el teléfono, pero yo no lo atendía, señor, seguramente era alguien que quería saber qué estaba haciendo con mi tiempo y yo no podía explicarle que el tiempo del liberto era el vacío, la nada, la angustia y el caos.

No sé cómo me localizó el Padre Martín, mi viejo profesor de dibujo del Colegio. Las cosas que ocurrían en la dimensión real, en aquellos momentos, señor, se me han olvidado o confundo los datos.

El caso es que el Padre Martín vino a verme y se sentó a mi lado en mi cuarto, estábamos iluminados tan sólo por la mortecina luz que tenía yo en la mesilla de noche y pude darme cuenta, señor, que también había extrañeza y burla, sí, creo que también burla, señor, en la mirada glauca del Padre Martín.

No me debía de reconocer en medio del desorden; porque, al final, todo era desorden a mi alrededor; ya me había vendido al liberto y comía y bebía cuando tenía hambre o sed, dormía cuando tenía sueño y me masturbaba, perdón, señor, si tenía ganas.

De vez en cuando iba al baño y me metía bajo la ducha hasta que se acababa el agua caliente y comenzaba a tiritar de frío, otras veces me quedaba en la cama vestido, despierto y alerta.

Me alegré de ver al Padre Martín, señor, confié en él, como siempre. Él me había enseñado a dibujar, él me había explicado la perfección de la Geometría, el equilibrio de lo simétrico, la complementariedad de los colores, el trazo firme y la distribución de los objetos en el rectángulo blanco de la lámina para que todo encajara.

Pensé que me entendería y le hablé del incidente con el maestro; esperaba que comprendiese mis razones, señor, pero el Padre Martín también estaba en la trama; ¡qué estúpido fui al no haberlo visto claro antes, señor! ¡Él me había dirigido al maestro desde mucho antes del incidente, sutilmente, creando en mí una admiración hacia su arte que ni siquiera conocía!

El padre Martín ya no escuchaba, señor, él sólo musitaba -es un genio, un verdadero genio-.

Se levantó como en un ensueño, parecía haberse instalado en unos recuerdos muy lejanos que le hacían sonreír feliz.

Sacó del bolsillo un viejo rosario de negras cuentas engarzadas en plata, un rosario pequeño que yo le había visto desde siempre en sus manos y me lo tendió.

-Ha llenado muchas veces mi tiempo y me ha dado paz-, me dijo.

No podía tomarlo; otra vez el liberto, ¿una ordenada colección de cuentas, en una determinada secuencia, podían llenar el tiempo, señor? repitiéndolas incansablemente suponían la eternidad.

El ritual también desafiaba al tiempo, era intemporal, lo contenía y a su vez lo llenaba, según el Padre Martín. ¿Cómo podía dar paz, señor, aquella contradicción?

Me hundía cada vez más en la soledad y en el silencio, señor, me daba cuenta de que mi inmovilidad, mi incapacidad para tomar ninguna iniciativa, ninguna decisión estaba convirtiendo mi entorno en un reducto de podredumbre, y que el tiempo así detenido, señor, así, como en suspenso, no conseguía evitar el caos, porque avanzaban , también incontrolables, la mugre y el moho y lo iban invadiendo todo.

Me di cuenta, además, de que a mi alrededor, fuera de aquel extraño zulo en el que yo mismo, señor, había convertido mi casa, la vida continuaba y seguía teniendo un ritmo organizado.

Comencé a prestar atención a los sonidos que sí se filtraban por las ventanas aun a pesar mío; el rugir del tráfico a las horas punta , el paso de los autobuses urbanos, rígido y ordenado, los camiones de las basuras de madrugada…

Y entre ellos, señor, también el canto de un pájaro, no sé de dónde, no sé cuando, pero estoy seguro de que era siempre a la misma hora, por la mañana y los pájaros, señor, no tienen relojes.

Todo esto me seguía conectando con la vida y con la realidad; me daba cuenta de que no podía huir ya más y muy adentro, señor, una parte de mi, seguía considerándose impulsada a seguir viva.

Mi padre no entendió el incidente, nunca creyó en el liberto ni su influencia en mí, tan sólo le preocupó que no sería Notario, ni siquiera abogado, y me habló de trabajo, de ganarme la vida, señor, -como los demás- dijo.

Eso hice, sí, señor, y trabajé duro, en mi fábrica no se plantea uno el concepto del tiempo, ni el antes ni el después, son turnos ininterrumpidos, no pueden parar la cadena de montaje y no se precisa mirar los relojes, te avisan los timbres que resuenan en todas las plantas. Trabajo sin pensar en nada, sintiéndome solamente una pieza más de aquel inmenso engranaje donde no cabe plantearse duda alguna, alternativa posible, pensé que había conseguido encontrar el lugar idóneo, la rutina total, la seguridad absoluta, donde nada imprevisto era posible.

Y fue curioso, señor, allí comencé a pensar en el liberto de otra forma; comencé a comprender qué significaba que no existiera el tiempo cronometrado y controlado, cuando este tiempo es nuestro, no cuando es de los otros, cuando uno solamente ocupa el tiempo que le asignan en función de unos planes de productividad y rendimiento que no conocemos, cuyo beneficio se nos escapa, cuyo sentido se pierde. Comprendía que los espacios recortados de tiempo, los períodos exactos en los que yo había tratado de contener el tiempo y que allí nos eran impuestos tan rígidamente, abortaban toda posibilidad de dotar de un sentido a ese tiempo, precisamente por estar en compartimentos estancos, dedicados únicamente, exactamente a una labor que formaba parte de una secuencia junto a la labor del tiempo de otro y de muchos otros, pero cuyo resultado final era invisible, intangible, inaprehensible, y he llegado a entender el fin del tiempo liberto del maestro para dar vida a su obra, del tiempo liberto del profesor para administrar justicia, el tiempo del liberto del Padre Martín, para rezar, el tiempo liberto de los pájaros para cantar.

Por eso he venido aquí, señor, a encontrar mi propio tiempo liberto para existir, aún estoy sano y fuerte, puedo echar una mano en cualquier cosa, acompañar a alguien, escuchar, hacer algunas chapuzas o cuidar las plantas de aquel patio.

Estoy solo, pero tengo tiempo y quiero regalarlo a los demás.

GNOMOS

Hace mucho tiempo que aquí había gnomos, vivían bajo tierra, construyendo sus habitáculos entre las raíces de los robustos pinos de verdes agujas que se mueven a impulsos de la brisa de este mar siempre azul.

Salían de vez en cuando, a esconderse jugando entre los matorrales olorosos del romero del tomillo y del brezo recién florecido, o se encaramaban en los largos tallos del hinojo hasta emborracharse mordiendo sus inflorescencias anisadas.

Hasta que llegaron los monstruos metálicos, con estruendo atronador de maquinaria y voces humanas que retumbaban  rompiendo el silencio del bosque, espantando  a los pájaros e incluso aterrorizando a las cigarras.

Los gnomos huyeron de noche, y se escondieron en los escasos matojos que quedaban al borde del camino. Desde allí vieron con asombro como los largos brazos articulados de los monstruos arrancaban de cuajo los pinos que se habían mantenido tan firmes y enhiestos durante más de un siglo.

Después contemplaron como se horadaba el suelo y se insertaban en él pilares de hormigón que soportaban estructuras cúbicas, y como se movían toneladas de tierra cambiando la orografía del paisaje.

A la luz de la luna, los gnomos debatían qué hacer contra los invasores, y los más viejos, los más sabios, los más prudentes, siempre aconsejaban esperar, mientras hacían sus ancestrales conjuros y elevaban sus plegarias a sus dioses.

Y así fue que un día se percataron de  que los monstruos de hierro no volvían  y  el silencio se adueñaba de los esqueletos de hormigón abandonados; se acercaron despacio y comenzaron a horadar la tierra como es su costumbre, perforando túneles alrededor de los pilares, otros buscaron semillas de los pinos arrancados y las distribuyeron cuidadosamente en torno a los edificios inconclusos, algunos más, atrajeron a los pájaros para que anidasen en los huecos de las bovedillas.

Y ahora esperan, el tiempo de los gnomos es ilimitado, saben que volverán a crecer los árboles, que los pájaros traerán simientes de romero, de tomillo y de brezo y que cuando las raíces de los pinos sean de nuevo poderosas derrumbaran los edificios y recuperarán su espacio.

Los gnomos creen que sus plegarias han sido escuchadas, y las hadas han bajado desde la luna por esa escala plateada que tienden cada noche para obrar el milagro.

Los gnomos, por fortuna, no leen los periódicos.

HABLANDO CON MI ENEMIGO

.- ¿Y, no te diste cuenta  de cuando empezó todo?

.- ¿Qué se supone que tenía que haber notado?

.- ¡Hombre!, ya se sabe, el comienzo…

.- ¿El comienzo, de qué?

.- Pero, ¿es que lo ignoras todavía?

.- No sé nada absolutamente, ni siquiera sé por qué estoy hablando contigo.

.- Eres  tu el que ha querido consultarme.

.- No creía estar consultando nada.

.- Al menos, ¿te das cuenta de que estamos hablando?

.- Yo no hablo con nadie, solo estaba pensando. No entiendo como has podido saber…

.- ¿Que vas a morir?

.- No creía que estaba tan cerca, ¿estás seguro?

.- Y tanto, soy tu asesino, pero me gustaría conocer el principio de la historia ya que intervengo en el final.

.- Es posible que fueran aquella época tan frustrante, cuando me quedé sin empleo, el origen de todo.

.- No lo tengo tan claro

.- O el resentimiento cuando me abandonó Marga.

.- Quizás

.- O la hostilidad hacia mis padres, que no me echaron una mano.

.- No sé

.- Aunque me parece que has estado viviendo siempre conmigo, más bien, incluso diría que eres parte de mi mismo, hasta que te has vuelto desagradablemente invasivo y he tenido que decidirme a abordarte.

.- Es cierto que me he pasado un poco, y ahora que lo pienso, si te mato, acabo también con mi propia existencia, solo soy un montón de células atípicas y un tanto desordenadas, aunque enormemente agresivas. Más o menos el reflejo de tu propia forma de ser.

.- ¿Podríamos pactar, marcarnos unos límites?

.- Podríamos

.- ¿Y convivir en armonía?

.- Supongo

.- ¿Dejarás de crecer?

.- ¿Dejarás de odiar?

LA FRASE

No es fácil determinar el comienzo de esa cadena de sucesos que llevan a un determinado desenlace, cuándo se inicia, cual es el primer estímulo que origina que, de una forma imparable, ocurran ciertas cosas. Y, sin embargo, ahí estaba la clave: en una frase. Las palabras tiene una realidad que va más allá del sentido que comúnmente les damos,  hay que saber escuchar las palabras, prestarles la atención que se merecen y aprehenderlas en su verdadera dimensión.

Se conocieron en el andén del Metro, ella era menuda, tenía veinte años y unos ojos color miel que miraban de frente, sin miedo. Llevaba el uniforme de una cadena de Supermercados, su falda granate y su blusa a rayas verticales azul marino y rojas. Todos los días muy bien planchada y muy pulcra. Segura de sí misma y de su lugar en el mundo, un espacio sin aspiraciones pero con dignidad de muchacha trabajadora.

Él tenía los brazos fuertes y las manos grandes. Serio y silencioso, con una camiseta negra en la que destacaba únicamente una graciosa jirafa de esas con un nudo en su largo cuello. Era de esos que piensan que la vida les debe algo que no les paga.

Se miraban todos los días, a ella le reían las pupilas por lo del nudo en el cuello de la jirafa, o al menos eso pensaba ella, y de la camiseta subía hasta el rostro del muchacho que permanecía tremendamente distante.

Él adivinaba lo que se perfilaba debajo de aquella blusa de uniforme, un uniforme  que se desperdigaba y llenaba la ciudad en las horas de cambio de turnos. Se obsesionaba imaginando lo pechos menudos y cálidos que podría abarcar con sus manazas de obrero manual. Pero no dejaba traslucir su deseo, porque aquella fijación  exclusiva por el cuerpo de una muchacha era nueva para él y iris dorado de chica comenzó también a metérsele por los ojos dejándole una extraña sensación de vacío.

Al cabo de muchas semanas se le acercó y le dijo una breve frase al oído. Ella levantó la cabeza y le ofreció sus labios.

Ahora comparten un piso en los impersonales bloques de una ciudad dormitorio, ella tiene que hacer tres transbordos para llegar a tiempo a su trabajo, y su blusa de rayas ya no está siempre tan  impecablemente planchada, huele a veces a sudor y a lágrimas.

El nudo del cuello de la jirafa  parece apretarse cada día un poco más pero ahora lo hace también en torno al cuerpo de él, que se ahoga de frustración y rabia cada vez que le prometen un empleo que nunca termina de materializarse.

Ella se dobla bajo el peso de los  empellones de los brazos fuertes y las bofetadas de las manos grandes, cuando vuelve agotada y rota del Supermercado y le pregunta por el resultado de la entrevista que tenía él a media mañana.

Y sus ojos color miel se llenan de lágrimas, él nunca le habla, y ella recuerda la única frase de amor que le escuchó. Fue en el anden del Metro. Entonces él le dijo que le había robado el corazón.

Por eso ahora, mirando al suelo, percibe la secuencia de los hechos y entiende la importancia de aquellas palabras, las más ciertas de toda su breve vida en común, las que motivan que sigan juntos a pesar de haberse convertido en  una piltrafa humana sin fuerzas ni dignidad, porque, realmente, ¿de qué puede quejarse?, si es que es un hombre sin corazón.

LA RIFA

Sonaba la flauta india con insistencia, y aquel fondo de música étnica se escuchaba artefactado y chirriante desde la mini cadena vieja que alguien le había regalado al jodido cura.

Y el cura  se creía que, de esta forma, le daba ambiente al comedor de caridad.

La ostia del cura…, pensaba Pablo, pero estaba cayendo un aguanieve que calaba los huesos y no era cosa de quedarse plantado a la puerta del hipermercado con la mano derecha extendida mientras la izquierda sujetaba indolente una lata de cerveza.

Los días de lluvia las mujeres salen poco a  la compra y las que lo hacen van demasiado ocupadas con el paraguas y las bolsas para soltar el euro del carrito en su mugriento pañuelo.

Todos comían en silencio el potaje de alubias que humeaba.

Allí estaba el gordo que se abroncaba con su madre por cualquier nadería, se insultaban y raro era que no llegaran a las manos.

Y el negro grande, tan grande que sobresalía siempre a pesar de la maña que se daba para esconder la cabeza entre sus inmensos hombros en la eterna actitud de sumisión aprendida de generaciones de esclavos.

Los rubios rumanos, de ojos muy azules y sonrisa torva.

Tres gitanos, color de aceituna, enjutos y parcos de palabra, pero rápidos y hábiles con las navajas.

Los moros oscuros de ojos muy negros y manos campesinas.

Y el cura, un hombrecillo joven y menudo que cojeaba un poco y sonreía bobaliconamente feliz, siguiendo con la cabeza el ritmo de la música.

Pablo tardó en reaccionar, la flauta india se metía en su cerebro machaconamente y le envolvía impidiéndole pensar con rapidez. Vio a la madre del gordo que se reía obscenamente con su boca desdentada groseramente abierta, mientras empujaba a la chiquilla hacia delante.

La niña, no más de trece años, estaba también gorda y sus muslos ya demasiado blandos para su edad, enfundados en unos leotardos parduscos que debieron ser negros se veían amorcillados y deformes bajo su faldilla de un rojo que dañaba los ojos, sus pechos incipientes formaban michelines bajo la camiseta malva desteñido.

La madre del gordo vendía unos números escritos a bolígrafo en cachos de papel. El premio de follar a la chica podía salirte por el euro del carro del hipermercado, y la niña también se reía y miraba estúpidamente a los hombres.

Pablo no había comprado boleto, porque hoy no tenía ni ese euro.

Pero escuchó claramente a la vieja el antiguo sonsonete de rifera:.- “A ver…una mano inocente para sacar la bola” y agitaba una bolsa sobada donde algo tintineaba, y seguía riendo hasta que a sus pies se formo un charquito de orina.

El cura joven quiso echarlas de allí, se le acercó aparentando seguridad y trato de agarrar a la chiquilla de la mano para hacerla salir, al menos a ella.

Y ocurrió, el gordo dijo:-”Coño, la mano inocente…, el cura” y por vez primera rió con su madre la chanza.

Todos gritaron a la vez, los gitanos abrieron sus facas y el negro se irguió por fin, mostrando su hilera de dientes en un gesto arcaico.

Agarraron al cura y le obligaron a meter la mano en la bolsa pringosa, salió el 17 y un rumano de ralo cabellos pajizos arrinconó a la chica mientras de abría la bragueta y le levantaba la falda.

Todos coreaban cada embestida del rumano y la muchacha chillaba de gusto.

Pablo miró al cura, temblaba y estaba pálido como un muerto, lloraba como el niño que aún era y  que estaba dejando de creer en Dios.

MENTIRAS

.- … en la riqueza y en la pobreza, en la salud y en la enfermedad, hasta que la muerte os separe

.- si, quiero

Había mentido conscientemente ante Dios, y era la primera vez que lo hacía. Antes, claro, había mentido, pero eran mentiras banales, intrascendentes, casi diríamos sociales; pero ahora mentía en la Iglesia, ante el representante de Dios en la tierra y eso me angustiaba.

Porque yo no quería a aquel hombre por marido si dejaba de disfrutar de la fortuna que tenía o perdía el magnífico cuerpo que tanto me hacía gozar y  eso lo sabía perfectamente.

Supongo que él también se daba cuenta de mi engaño, y me ocultó, mientras le fue posible, el desmoronamiento de sus empresas que fueron cayendo una tras otra como fichas de dominó, ni tampoco me habló de los hormigueos en la pierna derecha que le dificultaban a veces conducir o de la visión borrosa que le complicaba las juntas de accionistas en el momento más inoportuno.

Aunque llegó un día en que tuve que acudir a la llamada de su Gerente, él había sido trasladado al Hospital urgentemente y se habló de un trastorno neurológico degenerativo y progresivo. Y también había que tomar decisiones con la misma urgencia respecto a los acreedores que contactaban con insistencia.

Entonces tuve claro que mi mentira me pasaba factura y yo no quería, no podía seguir mintiendo, era demasiada la culpabilidad que durante aquellos años había arrastrado y me había torturado.

No quiero un marido postrado, no quiero vivir modestamente; ahora se imponía la verdad para dejar de obsesionarme con aquella mentira inicial que me obligaba a estar unida con aquel hombre ante Dios hasta que la muerte nos separara. Porque yo era una ferviente católica y había pecado mintiendo.

La máquina conectada a su tráquea silbaba rítmicamente:

.- no quiero, no quiero, no quiero

Desconecté el respirador, fue más sencillo de lo que suponía, él sólo me miró una vez y yo dejé de sentirme culpable, ahora ya no había mentiras.

PESADILLA

En aquella época, yo soñaba muchas noches. Me acostaba rendida, después de un día muy duro. En aquella época la vida me había hecho un extraño, se me había partido en un antes y un ahora, que parecían no tener relación entre sí.

Y yo andaba perdida, en un entorno nuevo, sin haber cambiado nada por fuera, pero en el que las cosas no eran ya como habían sido, o como yo creía que habían sido, y eso me obligaba a estar siempre en tensión, siempre alerta, aprendiendo a vivir de nuevo.

Y él aparecía en mis pesadillas. De todos los que me rodeaban en la vigilia, sólo aparecía él en el sueño. En la realidad era un hombre callado, extremadamente serio, aunque sonreía de vez en cuando sin que pudiéramos saber por qué, no le conocíamos amigos. Hacía un trabajo subalterno, rutinario y aburrido y pasaba las horas muertas de su empleo leyendo. No nos hablaba ni le hablábamos, por no molestarle, pero yo creo que ni le veíamos, formaba parte del equipamiento, del mobiliario, de los ficheros y de las estanterías del archivo.

Pero, en mi pesadilla, que siempre se componía de pasillos interminables, en ángulo recto que no conducían a ninguna parte, y que yo me veía obligada a recorrer para intentar encontrar una salida, cuando ya me veía al límite de mis fuerzas en aquella carrera inútil, aparecía él, con su sonrisa algo bobalicona que ahora me parecía, en el sueño, enigmática, y, sorprendentemente, como pasa siempre en el sueño, el entorno cambiaba y había luz natural, aire libre, y un paisaje bucólico, infantil y tranquilizador. Por eso no me despertaba gritando.

Al día siguiente, en el trabajo, le agradecía, en silencio también, que me sacara cada noche de mi laberinto. Pero, como los demás, no me atrevía a hablarle, ni sabía cómo hacerlo, aunque trataba de mostrarle con la mirada un sentimiento de profunda gratitud.

En aquella época, el, sin saberlo, era algo muy importante en mi vida, la tranquilidad, la paz, la serenidad, todo lo que tanta falta me hacía en tiempos convulsos para mi espíritu.

Ahora, he recuperado el ritmo, he conseguido, de nuevo, un puesto de responsabilidad, tengo la agenda llena de citas de trabajo y de las otras, viajo y me divierto, la vida ya no se tambalea a mi alrededor, piso de nuevo con firmeza sobre el mundo.

Ya nunca sueño, cuando duermo. Ya no tengo que dar las gracias. Y él, ni siquiera recuerdo si sigue trabajando en la empresa. O si trabajó siquiera alguna vez.

 UNA HISTORIA DEL CORCHO

CUENTO INFANTIL: (PARA UN NIÑO GRANDE)

 

Los alcornoques de la sierra de Espadán se miraban orgullosos de sus capas de abrigo, rugosas y a la vez flexibles, con que se podían defender tanto del frío de los duros inviernos en las cumbres como del riesgo de los temibles incendios forestales del verano.

 

Siguiendo las sabias leyes dela Naturalezaestaban provistos de aquella envuelta aislante que generaban desde el inicio de los tiempos.

 

Se sentían felices en el silencio de los montes solo turbado por los sonidos de la vida animal que se desarrollaba bajo sus frondas y a ras del suelo por los múltiples animalillos que tienen su morada en aquellos parajes manteniendo un perfecto equilibro biológico.

 

Hasta que se escucharon los rítmicos golpeteos de los cascos de unas caballerías: toc-toc, toc.toc, toc.toc, cada vez más fuertes, cada vez más próximas.

 

– Mulos, se dijeron unos a otros en el misterioso lenguaje de los árboles que sólo ellos pueden percibir.

– Hombres, respondieron los más viejos, donde hay mulos hay hombres, ellos, los mulos, no son libres.

– ¿Pueden llegar hasta aquí? Se preguntaban

– Pueden, respondían los viejos, ya vinieron otras veces.

 

Y, en efecto, surcando intrincados caminos casi cubiertos por arbustos y matorrales, apareció una ordenada formación en fila de a uno de hombres y mulos.

 

Los hombres eran de aspecto temible, robustos y serios, de fuertes brazos y buena envergadura y en sus manos portaban la herramienta más temida por los árboles, el hacha, Sus finos filos brillaban al sol y cortaban tan solo con mirarlos.

 

Los alcornoques se estremecieron y los hombres se acercaron a ellos, con una habilidad pasmosa hendían las hachas en la corteza y despojaban al árbol de su envuelta sin producir ni un rasguño en la médula de sus troncos.

 

Así continuó la jornada y, al anochecer, los árboles se encontraron desnudos pero milagrosamente vivos. Los más jóvenes se sentían humillados, avergonzados, pero los más viejos les aseguraron que pronto dispondrían de nuevos abrigos para cubrirse, que ya había ocurrido otras veces. Pero, como de costumbre, los jóvenes no les escucharon.

 

Hablaron con los pájaros, sus amigos, que vivían bien a cubierto entre sus frondas:

.- ¿Para qué necesita el hombre nuestras capas? No le sirven de abrigo   porque no se adapta a su cuerpo, no les proporciona calor para sus hornos y estufas porque no arde, no  pueden hacer mesas ni armarios como con los troncos de otros árboles…

 

Los pájaros se ofrecieron a averiguarlo. Ellos disponen de movilidad y se desplazan a grandes distancias, traerían noticias

 

Pronto alcanzaron a los hombres que con sus monturas cargadas hasta extremos inverosímiles del ligero material habían comenzado el descenso al valle.

 

Y los siguieron hasta un gran edificio de planta cuadrangular de innumerables ventanas altas, con una puerta grande, por donde desaparecieron.

 

Los pájaros miraron por las ventanas, dentro los paneles del corcho recién traído se amontonaba ordenadamente en almacenes bien ventilados y exentos de humedad.

 

Corrieron a contárselo a los árboles, pero éstos seguían sin entender que sentido tenían acaparar sus envueltas. Así que pidieron a los pájaros que volvieran a las naves industriales y siguieran observando.

 

Así lo hicieron, y pudieron ver como en otra de las estancias, extrañas máquinas convertían los enormes trozos de corcho en cilindros de diversos calibres, con bordes bien biselados que ya habían perdido la rugosidad propia del material originario.

 

Luego eran cuidadosamente clasificados según sus tamaños y otras características, que no acabaron de entender, para ser embolsados en grandes sacos de material reciclado. En todo el proceso, hombres y máquinas formaban una sincronía perfecta.

 

Contaron a los alcornoques que sus abrigos eran ahora cilindros embolsados, y los alcornoques lloraron desolados por un fin aparentemente tan humilde que les producía mayor humillación todavía. ¡Dónde había ido a parar su confortable capa del mejor corcho del país!

 

Los pájaros no se dieron por vencidos, pensaban que todo aquel aparente derroche de técnica y mano de obra tendría una finalidad y decidieron seguir con sus pesquisas.

 

Las bolsas se trasladaron a diversos vehículos de transporte y partieron hacía el sur. Los pájaros los siguieron una vez más. El paisaje cambiaba y las agrestes montañas y pequeñas poblaciones en los valles se convirtieron en llanuras de cultivo, ellos reconocieron bien pronto las vides con sus pámpanos resecos por el sol del verano y sus cárdenos frutos jugosos que cuadrillas de hombres y mujeres se encargaban de recolectar.

 

Los vehículos descargaban en las bodegas, allí parecían recibir las bolsas con satisfacción, comprobaban la textura de los cilindros y las trasladaban al interior.

Los pájaros miraron una vez más por las ventanas, esta vez, alargadas y enrejadas del edificio de la bodega.

 

Una compleja maquinaria desplazaba ordenadamente un sin fin de botellas de vidrio oscuro en cuyo delgado cuello se ensartaba cada uno de aquellos cilindros.

.- ¡Tapones!, escucharon  decir los pájaros, así se les llamaba en aquel lugar: tapones, tapones, tapones del mejor corcho para el mejor vino de la tierra, tapones de corcho que aportaban al preciado líquido un punto inigualable de sabor auténtico a naturaleza.

 

Ahora ya todo cobraba sentido, los pájaros volaron felices hacia sus refugio en los montes, iban a explicarles a los alcornoques que no debían sentirse humillados ni ofendidos porque los hombres hubieran convertido sus envueltas naturales en aquel pequeño objeto que completaba la calidad de otro de los magníficos productos que nos proporciona la naturaleza, el vino.

 

 

Octubre 2011

 

 

 

 

Anuncios

4 comentarios el “Otros

  1. Dos versiones del mismo tema: “Malos tratos” y ” La frase”. No conseguí saber cual me gustó más.
    De los otros, me quedo con “La rifa”: bestial, en todos los sentidos.

    • Escribí primero el hiperbreve, pero un amigo me comentó que lo ampliara. A mi me gusta más la primera versión. El de la rifa me lo sugirió una escena real que observé desde mi ventana que da a la puerta trasera de una parroquia donde había un comedor de caridad.

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s