Presentados al concurso de Faes

SIN CITA PREVIA

Mi mujer tuvo el buen gusto de morirse antes de que la convivencia de ambos, atrapada en las pequeñas manías de cada uno, se hiciera insoportable.

Me dejó el recuerdo de una persona afable y sencilla que escuchaba atentamente mis chismes de la oficina, mientras apoyaba en la barbilla su dedo corazón, invariablemente enfundado en un dedal azul, a cambio de que yo escuchara los suyos de toda la familia y amigos con los que nos relacionábamos. Compartíamos así suficientes cosas de las que motivan a una pareja para permanecer junta.

No tuvimos hijos y al morir ella esos familiares y amigos que no habían pasado todavía al estatus de la viudedad me resultaron ajenos.

Por eso, después de jubilarme y comenzar a tener mucho tiempo libre y vacío consideré que la experiencia vivida con mi mujer era lo bastante positiva para que pensara de nuevo en encontrar pareja.

Tomada esta decisión había que plantearse buscar a la persona adecuada.

Yo soy muy metódico, esto me ha valido el reconocimiento de mis superiores y cierta inquina, teñida de envidia, de mis compañeros, pero ahora, para este particular negocio mío, podía utilizar a gusto mi natural afición a los listados y clasificaciones.

En un folio en blanco, con mi rotulador favorito, decidí confeccionar la lista de los lugares en donde pensaba poder localizar a mi nueva compañera. Una vez la tuve entre mis manos, comencé a tachar.

Centros Sociales para Pensionistas: no me gustan las bailonas que se emperifollan como adolescentes para encandilar a los babosos que las miran. Yo no era de esos.

Las “Actividades de Mantenimiento físico” mostraban unos cuerpos decadentes enfundados en chándales de colorines.

Y en los “Eventos Culturales”, las marisabidillas cacareaban a placer.

Agencias, anuncios en los periódicos, y esa nueva forma de encuentro que es Internet: las citas a ciegas no van con mi personalidad controladora y ordenada. Nadie es como parece ser y yo odio la falsedad por principio.

Por fortuna, observé que uno de los lugares a los que más mujeres de mi edad acudían era el Centro de Salud de mi barrio. Y no eran mujeres achacosas ni con aspecto enfermizo, en general resultaban atractivas, iban bien arregladas aunque discretas y aparecían como mujeres de bien. En fin, lo que yo realmente andaba buscando.

Mi plan era sentarme en una sala de espera tranquilamente, ver, escuchar, captar actitudes, miradas, compostura, y a partir de ahí iniciar una conversación trivial con la elegida.

Y de nuevo elaboré otro listado, esta vez por especialidades médicas, después de copiarlas cuidadosamente del Directorio del vestíbulo, para seguir seleccionando.

Descarté de entrada Oncología por razones obvias, no deseaba quedarme viudo de nuevo; Salud Mental, porque las histéricas, hipocondríacas y depresivas alejan a cualquier persona medianamente sana de su lado, y Ginecología porque supuse que no sería bien acogida la presencia allí de un hombre solo.

Pensé luego en Cardiología, también la eliminé: las personas que padecen del corazón exhiben un buen aspecto en términos generales, pero pueden sufrir complicaciones graves al menor contratiempo y requieren una atención urgente. Ya me veía despertado en mitad de la noche, llamando al servicio de Urgencias y metido en una ambulancia junto a una mujer lívida con una mascarilla sobre la cara, camino del Hospital. No, esto me iba a suponer un estrés mayor del que estoy dispuesto a soportar.

Neurología, no era tampoco adecuada, porque tiene la particularidad de que los pacientes con parkinsonismo o Alzheimer en sus inicios son aparentemente normales, pero su evolución a largo plazo es realmente dramática. Las imágenes de esos pobres seres que vagan en un estado vegetativo, con una dependencia total, su incontinencia emocional y sus balbuceos me deprimían demasiado.

Digestivo no era para tenerla en cuenta: las mujeres dispépticas son bastante desagradables, no es necesario hacer explícita aquí toda la sintomatología derivada de flatulencias y malas digestiones; observan dietas muy poco apetitosas y, por lo tanto, no se puede compartir con ellas una buena cena aunque sea de tarde en tarde. Podía recordar a las esposas de un par de amigos que se extendían en repugnantes descripciones de sus problemas intestinales como si fueran del máximo interés para la concurrencia, precisamente a la hora de la merienda.

Pasando después a Urología, y a pesar de las marchosas sesentonas que anuncian en la televisión las diversas marcas de empapaderas, no me pareció tampoco la especialidad más atrayente; creo que la incontinencia por mucho que se empeñen esos anuncios es bastante desagradable para una relación en pareja. Yo soy muy escrupuloso con esto de las excretas, ¡qué le voy a hacer! Y tengo un olfato muy fino que me permite percibir ciertos olores inconfundibles.

Me decidí también a no contar con Dermatología, por la sospecha de que bajo la apariencia agraciada de lo que el decoro permite mostrar se ocultasen manchas, pústulas o úlceras, lo que unido al ancestral temor al contagio que las enfermedades de la piel evocan y que la racionalidad de nuestra cultura actual no ha conseguido vencer del todo, la hacía inadecuada. Imaginar una mujer cubierta de pomadas y apósitos me producía escalofríos.

Reumatología, reunía a bastantes ejemplares femeninos, pero los andares basculantes, las espaldas encorvadas y los dedos engarabitados no resultaban nada seductores.

Quedaron al final dos especialidades para elegir: Otorrinolaringología y Oftalmología.

Y opté por la segunda, por aquello de que no resultaba sencillo intimar con una persona dura de oído o a la que el audífono le está pitando continuamente.

Nueva lista de opciones en otro de mis folios perfectamente ordenados sobre mi mesa: comencé por descartar a las señoras acompañadas de un caballero. Soy muy respetuoso con la institución matrimonial e incluso con la nueva institución de parejas de hecho. Jamás me entrometería entre ellos-

Y también había que descartar a las señoras acompañadas de hijos o hijas, vínculos peligrosísimos de interdependencia si aquellos están solteros, o nietos a los que hay que cuidar invariablemente las noches de los sábados y otras muchas entre semana.

Perfil a tener en cuenta definitivamente: señora que acude a consulta sola, con cierto aire de autosuficiencia.

Con esta criba pasé bastantes tardes acomodado en la sala de espera de la consulta de Oftalmología sin localizar a ninguna candidata abordable.

Llegaba hacia las cuatro de la tarde, la temperatura era agradable con la climatización del Centro y los módulos para sentarse medianamente cómodos.

Nadie parecía reparar en mí, los pacientes acudían con cita previa y eran nombrados por la enfermera que asomaba por la puerta provista de una larga lista .

Así, pasaban por delante de mí como en una noria desapareciendo tras la puerta de la Consulta para reaparecer a los diez o quince minutos. Casi siempre observé que las mujeres que se cubrían con gafas oscuras solían salir llevando visibles apósitos en uno de sus ojos, por lo que era lógico que las pacientes acudieran acompañadas, lo que obstaculizaba mi iniciativa de contacto.

Procuraba marcharme hacia las ocho, cuando todavía quedaba algún paciente para evitar que la enfermera preguntase mi nombre y comprobara que no aparecía en su listado.

Durante aquella primavera acabé cogiéndole gusto a las tardes del Centro de Salud, a veces me llevaba un periódico, otras un libro, otras veces miraba por la ventana los macizos de adelfas del patio interior. El ronroneo de las conversaciones en las antesalas de todos los consultorios me adormecía a veces y en duerme vela percibía a la mujer ideal sentada a mi lado, esperando que le hablase. Cuando abría los ojos solía encontrarme en el asiento contiguo a un anciano de gruesos lentes provisto de bastón, o a una madre de familia con un niño estrábico.

Nunca levanté la mirada hacia la enfermera que hacía pasar a los pacientes, quizá por miedo a que se me dirigiera para marcar con una señal mi nombre o llamarme si fallaba alguno de los citados.

Por eso no me di cuenta de que se trataba de una mujer cercana a los sesenta años, pulcramente peinada con un cabello corto con mechas grises a la que se le percibía, bajo su pijama sanitario, la estructura de un cuerpo todavía firme y que poseía además una simpática sonrisa.

Pero imagino que ella sí me había visto y se había sorprendido ante mi presencia semana tras semana en la sala de espera.

Eran las siete de la tarde de un martes de junio cuando se me dirigió con su voz amable y bien timbrada:

.-¿No tiene cita para hoy, verdad?
.-No, señorita. No se preocupe. Sólo he venido a buscar a un amigo, pero por lo visto él sí ha olvidado la suya.
.-Sin duda todos sus amigos son bastante desmemoriados en estos últimos meses. .-comentó con sorna.

Temí lo peor, temí que me considerara un pobre demenciado que confundía las fechas o las personas, o que tenía la extraña compulsión de acudir a los consultorios médicos. Y esto no me apetecía lo más mínimo. Así que mentí de nuevo:

.-Bueno, realmente preciso una revisión ocular, últimamente tengo algunas dificultades para la lectura, pero sufro de fobia a los médicos desde niño y vengo para irme acostumbrando al ambiente.

Traté de hacerla reír con esta chanza.

Pero ella, muy profesionalmente, y dada mi edad, me sugirió que, puesto que aquella tarde el doctor García no tenía mucho trabajo, podía aprovechar para hacerme esa revisión de la que hablaba.

No pude negarme, además ella me gustó, sí, francamente correspondía al perfil de mujer que había andado buscando. Y fui tras ella.

Entré en Consulta, pasé todos los exámenes oftalmológicos de rutina y escuché el diagnóstico:

.-En efecto, está usted en el momento adecuado para que se le intervenga esa catarata del ojo derecho. Quizás no le moleste mucho porque el ojo izquierdo tiene una agudeza visual espléndida para su edad, pero no hay que cansarlo, y usted, la verdad, por el ojo derecho debe ver más bien poco.

Bueno, ya tengo fecha para operarme de las cataratas, fantaseé con la amable enfermera poniéndome cuidadosamente las gotas y escuchando mis quejas de doliente post-operado y me consideré afortunado.

Pero he de ser sincero respecto a la enfermera, pues… sí, es una señora estupenda, me ha tratado de forma impecable, e incluso hemos establecido una cierta relación amistosa, por eso se que es plenamente feliz con su amable esposo, sus tres hijos y sus cinco nietos a los que llevan a la pizzería todos los sábados.

Carmen López León.- 2007

BONDENZA

Sabíamos que nos podía dejar tirados aquel cacharro en cualquier momento. Nos lo había prestado Emilio, el hermano de Juanjo y tenía ya más de diez años. Fue un verano cuando Emilio conoció a aquel chico norteamericano, de San Francisco, que era Ingeniero Informático y se había pillado un año sabático para conocer España. En cuanto Stan aterrizó en Barcelona, se compró un Clio de segunda mano para recorrer nuestro país a su aire, comenzando por Valencia.

Emilio conoció a Stan en el Oceanógráfico,  delante de una  Nemateleotris Magnífica de colores llamativos y ojos inexpresivos como todos los de  los peces. Emilio, que es biólogo, comentó que era un pez muy tímido que gusta de esconderse en los arrecifes del acuario y que era una suerte poder contemplarlo; a Stan le divirtió lo de la personalidad de los peces y Emilio se explayó con el tema en relación a otros ejemplares cuando intuyó que compartía con el americano algo más que el interés por las costumbres sociales de la fauna marina. Desde entonces se hicieron inseparables y vivieron un apasionado romance que se acabó cuando Stan volvió a California. Le dejó como recuerdo el Clío, en el que habían recorrido nuestro país  y que Emilio ha llevado usando todo este tiempo hasta que empezó a fallarle, y  el recuerdo de Stan se había diluido ya en su memoria. Por eso no le importó prestárselo a su hermano para este viaje.

Habíamos decidido ir a Bondenza,  una ciudad que no existe en los mapas,  una creación literaria, una ciudad inventada por el autor de una novela extraña. Miguel Martínez García, figura en la portada del libro, cuyo título es precisamente  ese: Bondenza.

Nadie puede tener un nombre y apellidos tan vulgares y no usar un seudónimo si quiere publicar, así que, en este caso, pensamos que ese nombre vulgar era precisamente el seudónimo.

Y el título, Bondenza, no aclaraba nada, puede llamarse de esa forma un personaje,  puede ser una clave secreta, o puede ser, como así ocurre, una ciudad.

Pero la novela es magnífica y la ciudad  su verdadera protagonista, en una simbiosis tan intrincada y perfecta con el héroe que nos entraron unas ganas tremendas de ir allí. Tenía que existir ese lugar,  como existe la Oleza  de Gabriel Miró o  la  Vetusta de Clarín. No se puede describir un entorno con la minuciosidad y el amor con que está descrita Bondenza si no es que el autor ha nacido allí, ha vivido allí  y ha muerto allí.

Porque supimos que Miguel Martínez García había muerto, aunque no cuándo, nos lo dijo su editora al hablar con ella.  Se trataba de una pequeña editorial que publica libros muy minoritarios y en ediciones limitadas, uno de esos pasatiempos para mujeres ricas y solitarias que dedican sus dividendos a la cultura, porque nada de lo que edita puede conseguir alcanzar un puesto en los libros más vendidos, pero todo es endiabladamente bueno.

No, no nos podía informar sobre Miguel Martínez, formaba parte de la filosofía de la editorial, además como él estaba muerto no se podía recabar su autorización para proporcionarnos algún dato.

No, no podía confirmar si su nombre era real o un seudónimo

No, no podía decirnos donde estaba Bondenza más allá de las páginas de la novela  en donde  cobraba vida propia la ciudad convirtiéndose en una presencia tan humana que el protagonista sentía hacia ella toda la gama de emociones que le hubiera proporcionado una persona de carne y hueso. Esa era la grandeza de la novela, conseguir que viéramos a Bondenza como algo vivo que acababa vampirizando al hombre.

Teníamos unos datos, los que la propia novela proporcionaba: los olores, los sonidos, el color del cielo y los curiosos rasgos arquitectónicos exteriores de los edificios, porque en ningún  momento se describía el interior de alguna vivienda o de algún espacio público o privado.

Y al fin habíamos pedido prestado el viejo Clio de Emilio y nos habíamos lanzado a la carretera.

Elegimos una autovía hacia el interior, no aparecía el mar en Bondenza. Empezó conduciendo Juanjo mientras yo iba leyéndole páginas del libro, “… la mano de mi madre agarrando la mía al volver de la escuela, la mano que cambiaba su presión según las calles que atravesábamos, de tal forma que yo era capaz de reconocer, con los ojos cerrados, el lugar donde nos encontrábamos por el contacto de aquella mano”.

Me sorprendió lo diferente que sonaba el texto ahora en relación mi primera lectura, cómodamente instalado en el sillón de mi casa. Todo cobraba otro sentido y aquella mano encerraba nuevas claves.

Juanjo conducía escuchándome en silencio, con los ojos fijos en el asfalto.” … más tarde fueron a los edificios de aquellas calles a los que miraba con los ojos bien abiertos tratando de encontrar una justificación a su partida” hasta que salió de la autovía y comenzó a circular por una carretera secundaria. ”….me detenía especialmente ante una fachada silenciosa, y luego comprobé que tras ella se escondían un dédalo de patios que terminaban en un viejo lagar y una bodega a la que se accedía por el camino de la antigua vía romana.”

En la novela, el protagonista trataba, en varios pasajes, de alejarse de la ciudad, pero el autor, ese tal Miguel Martínez, solo nos describía su regreso a Bondenza, un regreso que tenía mucho de la vuelta del enamorado en una relación destructiva, con la angustia y la duda de si, con su desesperada huída el objeto de su amor habrá desaparecido, para comprobar que no, que sigue allí para seguir martirizándole.

Y ahora parecía que el relato estuviera proporcionándonos un hilo de Ariadna para encontrar el lugar que buscábamos, un lugar que sería triste y vulgar,

”…mi estúpido trabajo en una oficina desde cuya ventanas las paredes del patio me hacen burla, carece de sentido”

Habíamos salido temprano, en un día claro y luminoso, a medio día el sol brillaba con fuerza y hacía calor. La ruta que había seguido Juanjo, nos había llevado por carreteras poco transitadas, de vez en cuando veíamos algún pueblo  pequeño  al que se accedía por una comarcal; aquello no era Bondenza, desde luego, y Juanjo continuaba conduciendo imperturbable.

Paramos a comer algo en una antigua casa de labor reconvertida en Venta a la que se acercaban los hombres que habíamos visto trabajando con sus tractores y mulas mecánicas en los campos cercanos.

No se nos ocurrió preguntar, nos habrían tomado por dos despistados y nos hubieran indicado el camino de regreso .

Comimos un menú vulgar con helado industrial incluido. Todo tan normal y corriente que, de pronto, nos pareció una insólita ocurrencia nuestra aventura literaria. Probablemente Bondenza solo sería un conjunto de rasgos de diversas ciudades que el autor había conocido a lo largo de su vida, de las que habría escogido las características que más le convinieran para transmitir la opresiva sensación de aquel perverso vínculo que establecía el protagonista.

Descansamos un rato y me puse yo al volante, ahora debía leer Juanjo. Tenía curiosidad por sentir aquel extraño impulso que le había guiado mientras yo leía, para elegir la ruta.”… me obsesionaba la vieja calzada romana cubierta por la maleza tras la bodega”

Circulamos durante unos veinte kilómetros por la misma carretera, hasta que de pronto, supe que debía elegir la desviación de la izquierda, aunque  se trataba de un camino rural que se percibía mucho más solitario que la anterior vía.

Ahora Juanjo estaba leyendo uno de los pasajes más angustiosos de la novela, aquel en que el protagonista deambula por unas calles bastante angostas, con fachadas de una alucinante verticalidad y en las que las escasas ventanas que permanecen abiertas le escrutan amenazadoras. “…Intentaba hallar por fin aquella determinada puerta tras la cual  encontraría la mano de mi madre, pero los edificios no parecen tenerlas”.

El hombre, entonces, acaba sentado en los escalones de una de aquellas calles aceptando que únicamente va a encontrar en ellos el reposo, y la ciudad se cierra sobre él como una amante celosa.

En ese momento el Clio comenzó a emitir un rítmico repiqueteo, la velocidad fue descendiendo hasta que se paró dándome apenas el tiempo suficiente para dejarlo bajo unos árboles más bien raquíticos.

Parecíamos dos verdaderos estúpidos cuando nos apeamos y miramos el coche como si se tratara de un objeto totalmente desconocido; a nivel de los entresijos de su motor, así era, desde luego.

Nos pareció casi milagroso que apareciera aquel hombre mayor montado en una vieja bicicleta, pedaleando pausadamente desde una estrecha senda que no habíamos percibido a nuestra derecha. Se acercó a nosotros con una sonrisa, le preguntamos por el pueblo más próximo, y si podíamos llegar caminando, para pedir ayuda. El hombre nos miró durante unos instantes con una expresión que no supimos interpretar:

.- Pueblo, no,  pueblos no hay cerca, si acaso Lejuna, que es bastante más que un pueblo…

Miramos en la dirección que nos señalaba el brazo extendido del anciano y, podemos jurar ambos que antes no había ninguna ciudad que pudiéramos divisar. Hacía sol, mucho sol, nos hería los ojos es cierto  y parecía que todo se hubiera vuelto irreal. y allí estaba Bondenza, exactamente idéntica en la distancia a la descripción que se narra al regreso del protagonista.”…llegué corriendo hasta donde ya podía apreciar los perfiles del arrabal de los almacenes del mosto”

El hombre de la bicicleta había seguido su camino con la misma pausada cadencia con que había llegado.

Cruzamos unos cuantos bancales ahora yermos y el sol seguía martirizándonos desde lo alto, encontramos una nueva carretera flanqueada de árboles que nos proporcionó algo de consuelo y poco a poco fuimos encontrando edificios dispersos que sugerían que estábamos próximos a la ciudad.

La descripción concordaba, allí la plaza con su parque arbolado y su fuente, la Iglesia con sus torres gemelas, el antiguo mercado de soportales ahora cerrado, y la angosta calle de la escalinata con sus edificios sin puertas de acceso. “Todo ello suspendido en el silencio de las primeras horas de la tarde”. Bajando desembocamos en una avenida, poco a poco se fue poblando, los comercios abrieron sus puertas, los niños parecían volver de la escuela, la gente se afanaba hacia sus quehaceres, los bares atendían a los parroquianos que trataban allí sus negocios y el tráfico de automóviles se iba haciendo denso.

Recordamos nuestro abandonado Clio, buscamos un taller de reparación, el dueño era un hombre afable de mediana edad que pronto se hizo cargo del problema y nos sugirió que acompañáramos a uno de sus mecánicos en la grúa para remolcarlo. El trayecto, por otra de las salidas de la ciudad, nos pareció muy corto. La maniobra de enganchar el coche nos permitió unos minutos sobre el arcén y al dirigir la vista hacia Bondenza nos pareció distinta.

Una vez en el taller el dueño nos sugirió que le acompañáramos a un bar cercano mientras nos recargaban la batería y reparaban el circuito de refrigeración ya muy castigado:

.- hasta que decidan qué hacer con el coche, nos advirtió.

El hombre comenzó a hablarnos con  entusiasmo del nuevo parque eólico que se iba a construir en aquellos campos abandonados que habíamos atravesado

.- Que la viña ya no daba para nada, y eso que el vino era de lo mejor de la comarca, y a esta ciudad le está haciendo falta algo para que los jóvenes no se vayan, ya lo creo.

.- ¿Conoce usted a un tal Miguel Martínez García?, soltó Juanjo de pronto.

El del taller le miró un tanto sorprendido y esbozó un gesto de extrañeza alzando los hombros ligeramente. Ignoró la pregunta.

Yo busqué el libro en vano, hurgando en mi mochila, pero no lo encontré, él mecánico seguía hablando del parque eólico.  Comprendí que Bondenza había desaparecido definitivamente.

LA  LLAMADA

Como tantas otras noches, a eso de las dos de la madrugada, marcaba un número al azar, esperaba que sonaran tres timbrazos y colgaba el teléfono.

Mentalmente percibía el estupor al otro lado de la línea en la persona que, medio en sueños, los oía  y , cuando intentaba despejarse mínimamente para descolgar, se había hecho ya el silencio.

Me gustaba imaginar también el sobresalto, la indignación, pero, al mismo tiempo, la angustia, la duda, la incertidumbre de todos aquellos que tenían a alguien querido lejos y pensaban automáticamente que sería de él. La ansiedad de quien espera una mala noticia temiendo, al mismo tiempo, recibirla. Y suponía que, en muchos casos, mi llamada provocaría una secuencia  en cadena de teléfonos sonando en la noche. Las  personas que comprobaban si les estaba tratando de localizar aquel por quien esperaban, en realidad, ser localizados y que recibirían, en la mayoría de los casos, una respuesta hostil y malhumorada.

Había comenzado este juego cuando dejé de dormir bien, cuando perdí el empleo y mi mujer, por este orden, y mi vida se convirtió en un eterno domingo vacío y aburrido en el que, pasaba la mañana deambulando por la ciudad tratando de mantenerme físicamente activo y  luego recalaba en algún bar desconocido para comer, siempre cambiando de barrio para no coincidir dos veces con nadie que pudiera recordarme y preguntarme por mis circunstancias, nadie a quien dar explicaciones.

Por la tarde, me metía en casa, rodeado de los libros que, en otro tiempo había coleccionado con ilusión, los releía mil veces hasta casi aprendérmelos de memoria, escuchaba una música que ya no me emocionaba y finalmente, engullía mecánicamente aquel comprimido de Motivan que me habían recetado en el Seguro.

Pero, cada día me sentía más inútil, inexistente, como una figura difuminada apenas, en el fondo de un cuadro enorme que representa una gran ciudad. Una figura a la que nadie presta atención, cuando contempla en cuadro.

Sin embargo, de madrugada, cuando me despertaba, me encontraba extrañamente lúcido, extrañamente poderoso, capaz de cambiar el rumbo del mundo y deseoso, sobre todo, de producir cambios en las vidas de los demás. Esos  otros que jamás me habían prestado atención.

Por eso, comencé con las llamadas de teléfono.

La idea me vino recordando la agitación de mi mujer, cuando se producía alguna llamada perdida. Siempre equivocaciones, claro está, pero que, en ella, desencadenaban un repaso a toda su familia, un contactar compulsivamente con todos: con su madre, en primer lugar, con su hermana Chelo, con aquella prima que tenía el marido tan enfermo, con su amiga del alma, Pili, que le había contado, el día anterior, que su último novio le pegaba.

Llamaba entonces ella y, aunque, invariablemente, todos y cada uno de los otros, le aseguraban que no la habían llamado, esto daba pie a conversaciones interminables.

Así que, una de esas madrugadas en que me desperté, fue como una revelación el considerar las posibilidades que, una simple llamada de teléfono podía tener creando un efecto dominó en los demás. Me sentí omnipotente y comencé a vivir tan solo para mis llamadas nocturnas.

A la mañana siguiente, observaba los rostros de las personas en el metro, en las aceras, en los grandes almacenes, y sonreía pensando a cuantos de ellos habría conseguido movilizar con mis llamadas.

Hasta que, anoche, el teléfono dio sus tres timbrazos, pero antes de que pudiera cortar la comunicación, alguien descolgó. La mujer, porque era una mujer, sólo dijo:

.- Estoy ahí en cinco minutos.

Y ahora, era ella la quien había colgado.

Me sentí tan desconcertado que no pude articular palabra. De nuevo, me habían tomado la delantera y era otra persona quien dirigía la trama sin darme oportunidades. No dominaba yo la situación, como siempre me había ocurrido a lo largo de mi vida.

Tardé media hora en reaccionar, porque soy un poco lento a la hora de tomar una decisión. La voz de la mujer del otro lado de la línea era fría y dura, seguramente alguien acostumbrada a mandar, no se había justificado, aunque parecía dispuesta a cumplir con un plan previsto y acudir a la cita con aquel que la estaba esperando.

¿Quién y adónde la esperaban?. Fantasee, eran las dos cuarenta y cinco, imaginé una cita amorosa, un amante que aguarda en la soledad de una  anónima habitación de hotel y una mujer que se desliza furtivamente aprovechando la ausencia de su marido para encontrase con él.

Inventé algo tan vulgar y manido porque no tengo imaginación para otra cosa, pero quizás podría marcar  de nuevo  y hablar con ella, y entretenerla y desbaratar sus planes, e interrumpir el curso de los acontecimientos siendo capaz de seducirla con mi voz, mantenerla encandilada con mis palabras e iniciar yo una aventura que terminara trayéndola a mis brazos en este desolado y frío apartamento donde vivo.

Solo entonces, repetí la llamada, pero el teléfono sonaba en vacío. Llamé un par de veces más, nadie descolgó, aunque dejé que diera muchos más de tres timbrazos.

Esta mañana me he despertado tarde, mejor dicho me han despertado. Esta vez era el estridente graznido del portero automático el que atronaba insistentemente. Han subido dos hombres que exhibieron su placa policial y que, de cualquier forma, denotaban con sus gestos su oficio.

Se han dirigido a mi aparato telefónico, derribando al hacerlo un enorme girasol de tela empolvado que nunca entendí por qué razón había colocado allí mi mujer, han comprobado maquinalmente el número  y se han cruzado una mirada de suficiencia.

Me han informado de lo que, sin embargo, suponen que debo saber. Se me relaciona con el asesinato, ocurrido la noche anterior, entre las dos y las tres de la madrugada, de la Sra. Vilavella, una anciana que ha sido robada y acuchillada en su domicilio. Mi número de teléfono figuraba repetidamente en el identificador de llamadas de la citada señora.

Ahora estoy en la Comisaría. No sé que me va ocurrir. Creo que esta vez hice una llamada  realmente equivocada.

Julio 2004

Manchas

Era un hombre corriente. Y su cuadro clínico, un trastorno de ansiedad, también parecía de lo más vulgar. Sin embargo, había solicitado seguir una psicoterapia para, según él, resolver un viejo conflicto. Aunque, él también era muy viejo… Le propuse pasarle un Rorschach como orientación diagnóstica inicial. Esperaba que su capacidad perceptiva fallara  por su edad, y poder sugerirle que una psicoterapia no era lo más indicado.

.- Le mostraré unas láminas que, en sí mismas, no contienen una imagen definida, y usted me irá diciendo qué ve en ellas, ¿de acuerdo?.

Comenzamos y le tendí la primera lámina:

Lámina I.- Una bailarina

Ella está ahí, levanta los brazos y grita, grita con sus inmensos ojos negros saliéndosele de las órbitas. Sus manos como garfios se engarabitan tratando de agarrarse a algo, a alguien, pero no puede. En el centro de la habitación, ha ejecutado una danza espectral, cubierta con un velo negro que se ciñe voluptuosamente a sus muslos.

Muere de una y mil formas sin parar de bailar, mientras la luz horada su negrura y el brillo acerado la desgarra en jirones de oscuridad, sin dejar de gritar y de que sus manos agarren el aire que se le escapa por esa terrible boca.

De verdad que es bonita, como lo es su doble, y, sin embargo, ocurría que lo que en Ella era luz, en la Otra era sombra. En esta ciudad quedó el lado oscuro, ese lugar donde depositar todo lo malo que su imagen brillante relegaba al mundo de las sombras.

Ella odiaba esta maldad, que era la suya, pero odiaba también su imagen que era perfecta, a costa de depositar en la sombra toda la imperfección.

La sombra  ha estado acechado la danza de la muerte tratando de asimilarla, como había aprendido a succionar todo lo sórdido de su vida, escondida detrás de las puertas, atisbando tras los cristales de las ventanas, escuchando a través de los muros.

Nunca me había enfrentado a una interpretación del Rorschach de este tipo, la gente decía que veía cosas en las láminas, pero aquel hombre contaba una historia con lo que la lámina le sugería. La muerte, en primer término, una muerte deseada,  al mismo tiempo que temida, y el desdoblamiento de una figura significativa y el sentimiento ambivalente.

Lámina II.- Una mariposa de fuego

Es el local, se llamaba “La mariposa de fuego”, un tugurio vulgar que ostentaba en la fachada el grafitti inmenso de una mariposa pintada en rojos brillantes y, cuyas alas, se deshacían en llamaradas simétricas. El cuerpo de la mariposa era la puerta.

La barra era pequeña y mal iluminada, y bruscamente se descendía hasta desembocar muy cerca del viejo escenario que seguía permaneciendo iluminado creando una fantasía de espacio en blanco emergente de la oscuridad del entorno. Detrás, se habían colocado unas cortinas rojas que querían simular también las alas ígneas de la mariposa que daba nombre al local.

Ella había acudido a “La mariposa de fuego” puntualmente todas las noches. Le atrajo sobre todo la fachada, que para ella semejaba un sexo femenino monstruoso y abierto por el que penetrar buscando un camino de retorno.

Las alas de la mariposa le sugerían unos turgentes labios que hubiesen sido desgarrados por el acceso de una brutal violación que había estallado en sangre, salpicando la pared.

Deseaba perderse en aquella penumbra fuera del tiempo y del espacio, con la ayuda del alcohol que, poco a poco, iba sumiéndole más en la intemporalidad. Le atraía el espacio en blanco del antiguo escenario, el agujero hacia la nada que parecía representar la frialdad de aquellos focos que no alumbraban más que el vacío. Imaginaba  que se abriría la puerta de atrás donde las cortinas rojas, como cuajarones de sangre seca, permanecían como mudos testigos de otro desgarro aún más antiguo.

Siempre había sabido que Ella era una sola, completa y perfecta, única e irrepetible, pero que algo debió haber ocurrido,  para que la Otra hubiera empezado a crecer como su sombra, a desarrollarse paralelamente robándole espacio.

Creía recordar, pero sólo bajo los efectos del alcohol, un grito agudo y atronador, y un dolor inmenso antes de que empezase la pesadilla de la intrusa. Claro, esto sólo aparecía cuando estaba suficientemente bebida.

Hablaba lentamente, dejando que anotara puntualmente sus palabras, que fluían con facilidad, estaba seguro de que había visto las manchas en otra ocasión y tenía las respuestas escritas en alguna parte,  esperando, simplemente el momento adecuado para exponerlas.

Lámina III.- Dos camareros

Son los camareros, en la oscuridad del local se movían como autómatas, había dos y era difícil diferenciarlos cuando sólo se podía percibir, a la  tenue luz de la lamparilla del velador, que también simulaba una mariposa roja, la manos que depositaba en su pulida superficie, cualquier bebida servida siempre  en vaso largo.

Vestían chaquetillas negras entre las que destacaba, anudado en forma de corbata, un largo foulard rojo que les confería un cierto aire chulesco.  Los foulards quedaban colgados tras la barra del mostrador cuando acababa su jornada y el local se cerraba de madrugada.  Entonces, pendían allí arrugados como dos despojos sangrientos.

Al abrir, ellos los anudaban de nuevo en el cuello de su camisa blanca con desgana, como si, colocada aquella prenda, se convirtieran en ejecutores de un determinado ritual infernal. Aparecían por la puerta de atrás, la puerta oscura que se abría entre los cortinajes de terciopelo rojo y desaparecían por la misma puerta. Se fundían con la oscuridad, destacando únicamente el rojo de los pañuelos que oscilaba con sus movimientos como llamas desprendidas de la “mariposa de fuego”.

El local estaba casi siempre vacío, los camareros se turnaban para servirle, durante las largas  noches, el brandy oscuro, en vaso largo con hielo. Alternativamente, y siguiendo el mismo ritmo impecable depositaban la bebida sobre el velador cada veinte minutos y ella se demoraba exactamente este tiempo en apurarla.

Ya no había duda sobre las intenciones de mi paciente; seguimos el juego, yo, en silencio, trascribiendo en mi bloc su relato.

Lámina IV.- Un hombre con gabardina

Supongo que es el hombre de la gabardina oscura. Se fundía con las sombras cuando cruzaba  bajo los soportales, con pasos desiguales, sobre sus zapatones deformados. Tenía la cabeza pequeña para su corpachón desgarbado y la escondía siempre en el cuello de la gabardina, con una actitud copiada de viejas películas de espías.

Se había enterado de su llegada, casi intuitivamente, porque él tampoco se dejaba ver mucho fuera de casa, ya por aquella época, pero  había tropezado con ella al salir de “La mariposa de fuego”, atravesando los labios del sexo monstruoso como en un  nacimiento, en el que la criatura era una mujer decadente,  caminando insegura, ausente.

Pensó que esta imagen, la de Ella volviendo a nacer,  cuadraba muy bien a la historia de lo que había sido su vida, y así asistía cada noche, semioculto, envuelto en su anticuada gabardina gris, al parto de aquella mujer que había escapado de su lado muchos años atrás.

Encogía los hombros, agachaba más, si cabe, la cabeza y esperaba, anhelante. Cuando Ella aparecía e identificaba el brillo de sus ojos, su belleza todavía impactante, sabía que La Otra seguía estando escondida en alguna parte de  su alma, donde se había quedado cuando Ella huyó distanciándose de todo y de todos.

Ahora le veo aquí, solo, como siempre estuvo, marchando de espaldas hacia no se sabe dónde, tratando de huir, esta vez es él quien huye, de la realidad.

La historia seguía desgranada por los labios finos del hombre viejo, sentado en la mesa de mi consulta, sin casi moverlos para hablar. La voz como un silbido que se escapaba entre las rendijas de sus dientes deformados.

Lámina V.- Un murciélago

Esta es la mujer de la capa de terciopelo, camina deprisa, por las callejas estrechas y serpenteantes del barrio viejo. Semeja un murciélago con las alas extendidas cuando el viento hace ondear su capa negra al ritmo de sus pasos.

Va a encontrase con Ella, también se ha enterado de su llegada, y, de nuevo la envolverá cubriéndola con sus alas de bestia diabólica, falsamente suaves, como ese terciopelo de su capa. Entonces se fundirá con Ella  y acabará con las  escasas fuerzas, las que le han permitido volver,  sin saber que la estarían esperando todos, los mismos que estuvieron presentes en el mundo que constituyó su juventud. Un poco más viejos, un poco más aislados, un poco más extraños, más alejados todavía de la realidad que estaban entonces, cuando formaban el grupo de los malditos en el que la  Otra era la indiscutible reina.

La mujer de la capa de terciopelo era la única que conocía bien a La Otra, y en sus encuentros íntimos lograba  hacerla resurgir, llena de fuerza, desde lo más profundo de Ella, apareciendo en todo su esplendor para deleite suyo. Ahora Ella era más vieja, más débil y la Otra seguía siendo joven y hermosa todavía, con la belleza de las criaturas diabólicas.

El terciopelo negro que la cubría mientras la desvestía, contrastaba con la piel de Ella, destacándola en contrapunto con el pequeño y oscuro cuerpo de la propietaria de la capa que se enroscaba al suyo, hasta hacerla gritar de placer.

Después, Ella, se sentía avergonzada, y odiaba a la Otra que había gozado, durante todo el tiempo que la mujer de la capa de terciopelo había querido. Pero ahora, en este nuevo encuentro, en su madurez, Ella ya no había sentido temor ante la pasión, Y fue, a partir de este momento, cuando  decidió recuperar plenamente a la Otra, la que se había quedado agazapada esperándola tanto tiempo.

La mujer de la capa de terciopelo le hablaba con una voz, más acariciadora todavía que el tejido suave de aquélla, le traía recuerdos de su gente, de las madrugadas dominadas por los rituales y las letanías ancestrales que ellos habían desempolvado para inventarse un nuevo culto que mezclaba la adoración a la naturaleza con las fuerzas ocultas del mundo de las sombras.

A estas alturas, la prueba ya no tenía sentido, pero la imaginación del anciano había conseguido elaborar el relato en algún momento de su vida y yo tomaba notas maquinalmente, pendiente de su desarrollo. Los personajes que iba introduciendo formaban un universo demasiado literario para ser real, pero que describían a una mujer con un evidente Trastorno Disociativo. Fantasee que ella, y no él debería ser mi paciente.

Lámina VI.- Una alfombra de piel y un sexo

Esta es la alfombra de piel de toro. A su alrededor, las paredes están cubiertas de estanterías de roble, atestadas de libros. Ella está sentada en la alfombra, es muy pequeña y se deja acariciar por la suavidad de la piel curtida, gatea divertida. La mesa, igualmente de roble, es un castillo, detrás de él está papá trabajando. La  luz de la lámpara ilumina solamente la hoja de papel en la que  escribe unas letras menudas e igualadas con su pluma fuente.

Ella piensa que querría escalar la muralla del castillo para sentarse en los brazos de papá y volver  a sentir aquello que presiona entre sus nalgas cuando papá le baja las braguitas, mientras le hace cosquillas .

Pero hoy, papá no quiere jugar, y Ella se enrosca en una de sus piernas, acurrucándose encima de su zapatilla cálida y  suave, metiendo sus manitas por el borde también peludo y acariciador. Todo era tacto, todo era suave, todo era pelo, todo era piel, la de toro de la alfombra, la de mouton de las zapatillas, la de papá en sus piernas fuertes y la más rizada de más arriba, la que le rozaba suavemente la suya de melocotón.

En el centro de la alfombra, de pronto, se he erguido un ídolo gigantesco que ha surgido con una cabeza sonrosada y amorfa que babea.

De aquello ella sólo podía recordar haber sentido el frío de un filo acerado seccionándola en dos mitades exactamente idénticas, partiéndola desde la frente, bajando por los labios, el pecho, el vientre, hasta llegar al sexo que también se partía en dos.

Cuando el viejo me devolvió la lámina le miré a los ojos con curiosidad, no por el contenido de su relato, del que ya había oído muchas  otras versiones,   sino por la ausencia de vibración en la voz, aquella voz silbante, que había mantenido constantemente. Y tampoco había resto de emoción en su rostro que permanecía impasible sosteniéndome la mirada. Estaba motivando demasiado profesionalmente el Trastorno Disociativo, como un caso clínico en un aula universitaria. Y su distanciamiento emocional hacían volver a situarlo a él en el rol de paciente, con una estructura narcisista.

Lámina VII.- Dos niñas con moñete.

Desde aquella tarde Ella se miraba mucho al espejo, y veía, frente a sí, la misma niña con su moñete en lo alto de la cabeza, sus mejillas sonrosadas y su perfil ingenuo.

Pero la Otra era quien le devolvía su imagen, la Otra era quien quería volver a jugar en la alfombra de piel, la Otra era quien golpeaba inútilmente la puerta cerrada del estudio de papá que ya nunca volvió a abrirse.

Están tratando de separarse, de diferenciarse pero siguen unidas por el espacio común que comparten, esa pequeña hendidura oscura entre las piernas que Ella quiere ignorar y que a la Otra le hace desear algo que no puede recordar con exactitud pero que se convierte en una obsesión de tacto y dolor en una fusión única que conduce al placer de la disolución.

Ella  es brillante, atractiva y alegre, afectuosa, imaginativa pero disciplinada, el alma del Centro Cultural de su ciudad, sueña con ser  una actriz respetada. La Otra ha encontrado su mundo entre un grupo marginal que se autocalifican esotéricos, rinden culto a la diosa Perséfone  e inventan rituales cada noche en los que se mezcla la música y los psicodislépticos,  se recitan “Las flores del mal” y hay un desgarbado muchacho con gabardina oscura que la adora en silencio mientras una joven envuelta en una capa de terciopelo negro la hace caer en  algo parecido al vacío, rodeado de placer.

La imagen que me estaba dando de aquella mujer, la convertían en un ser extremadamente seductor, más seductor si cabe en sus facetas “negras”, aquellas de las que él parecía querer responsabilizarse en un juego ambivalente de culpabilidad y orgullo.

Comenzaban las láminas en color. Si no se producía el conocido “shock al color” del Rorschach estaba claro que el hombre conocía las láminas y había preparado sus respuestas cuidadosamente. Sin embargo, sí se produjo, aunque, tan calculado que deduje que incluso este aspecto de la prueba le era conocido.

Lámina VIII.- Dos perros.

Éstos son los perros. Aullaron hasta el amanecer la noche que Ella se fue. Eran dos perros grandes, de la misma camada, indistinguibles a primera vista, salvo que uno era macho y el otro hembra. Pero, al estar castrados, nunca se les veía juntos, nunca se buscaban desde que dejaron de jugar siendo cachorros.

A Ella la adoraban, competían por sus caricias, a la Otra la temían y huían de su arrebatos hostiles. Supieron que era Ella la que se marchaba y trataban de retenerla. No se dejó convencer.

Atravesó el jardín y tan sólo se detuvo bajo el hibiscos del cual arrancó una flor que dejó sobre el dintel de la puerta de la casa en señal de despedida. La flor, con su brillante rojo anaranjado, parecía sangre derramada.

Los perros siguieron esperándola durante muchos días, y después la buscaron husmeando por debajo de los pinos del parque. Al final, descansaron rendidos y también esperaron, esta vez atemorizados, la aparición de la Otra, que tampoco volvió a la casa. Cuando la mujer de la capa de terciopelo se aproximaba, con sus pasos seguros, desde lo alto de la calle empedrada, los perros aullaban con furia y asomaban sus negros hocicos por la verja.

Cuando terminé de tomar nota, el viejo se veía cansado.

.- Solo quedan dos láminas más, ya sabe…

Me miró con cierto rictus de sonrisa irónica en los ojos, pero no en la boca que seguía siendo únicamente un trazo borroso bajo su nariz, pero no dijo nada. Esperó, simplemente que le tendiese la cartulina.

Lámina IX.- El cáliz de la ceremonia.

Es la ceremonia. Se utilizó una pieza única. Un cáliz de cristal, tallado en el siglo XV para los Borgia, de una sola pieza. Lo consiguió  la Otra a través del Director del  Museo de la ciudad que vio nacer al gran Alejandro VI, éste lo había localizado en la trastienda de un anticuario medio alcoholizado de Florencia que conservaba, semioculta, aquella copa perfecta, con sus brillos irisados en un dorado imposible de conseguir en un cristal como aquél salvo que se utilizaran fórmulas guardadas secretamente como conocimiento esotérico y prohibido.

El Director esperaba ansiosamente el momento de tramitar la adquisición de la pieza para revalorizar la colección borgiana de su  modesto Museo provinciano, pero fue la Otra quien, utilizando cierta información que filtró estúpidamente él mismo, se había adelantado para manipular al anticuario, desvalorizar la copa y llevársela por un precio muy inferior a su valor real.

El ritual estaba preparado, y la mujer de la capa de terciopelo, ataviada con una túnica verde, oficiando de sacerdotisa, elevaba el cáliz sobre unas ascuas en las que se habían quemado las rojas amapolas de la adormidera.

Ella y la Otra a ambos lados del cáliz quedaban  así fundidas en la única naturaleza que debieron ser.

Evidentemente la historia había sido articulada siguiendo un hilo argumental. Calculé cuánto tiempo le habría dedicado a hilvanarla, de donde había sacado las láminas, que sentido tenía para aquel anciano esta tarea en la que podía haber invertido tardes de soledad y angustia, exorcisando así sus recuerdos, sus culpas. Y  que todo aquello, que, evidentemente no había sucedido nunca sino en su mente,  traslucía su necesidad de ser perdonado, no tanto de su posible abuso sexual como de alguna otra cosa que, por ahora, se me escapaba.

Lámina X.- Danza entre las flores

Baila de nuevo, pero su túnica es ahora rosada, y sus manos ya no se engarabitan, está arrodillada en el centro, rodeada de flores azules y amarillas, coronada con el yelmo de Minerva, la diosa de la sabiduría, del conocimiento, de la serenidad del pensamiento racional.

Ya no le teme a la mujer de la capa de terciopelo, ya no tiene que alejarse del huidizo hombre de la gabardina gris. El pasado ha quedado muy atrás y ahora sólo existe una mujer completa en la que se integran impulsos y deseos que no son pecados ni virtudes, sino elementos que constituyen el rico entramado de la personalidad.

Su regreso ha tenido sentido, su camino hacia el espacio en blanco que la fascinaba en “La mariposa de fuego” ha concluido cuando ha conseguido por sí misma llenar completamente ese espacio en blanco.

Su retorno ha sido, de alguna forma, obra mía. Se lo debía.

Fue en el único momento en que su voz cambió de matiz, y dejó de hacerse silbante para adquirir un tono grave que parecía venir de algún otro lugar que no era aquel pequeño y avejentado cuerpo que se sentaba delante de mi

Cerré mi bloc y quise preguntarle muchas cosas, pero él se había levantado ya y me tendía la mano.

.- Estoy muy cansado ahora, debo irme. Gracias, doctor. Tendrá noticias mías.

*********************************************

Si revisaba el Protocolo, me daba cuenta de que sus respuestas, lo que realmente Rorschach considera respuestas, eran de lo más vulgares: una bailarina, una mariposa, dos camareros, un hombre con gabardina, un murciélago, una alfombra de piel, dos perros, un cáliz, flores…y sin embargo, las había utilizado para, fabulando, contar una historia de la que no podía saberse si había algo de real o era igualmente confabulatoria.

En cuanto a la interpretación: la culpabilidad respecto del abuso infantil, la bisexualidad, la disociación tras el trauma, la sombra, el Otro… Nada nuevo tampoco en psicopatología. Únicamente el vehículo elegido para expresarlo. Pero nunca volví a ver al viejo, como era de esperar. Realmente ya  había dicho todo lo que quería decir en la primera entrevista.

Poco tiempo después una  pequeña noticia en la sección local de un periódico nacional me llamó la atención. No me hubiera fijado a no ser por la foto que la acompañaba: una actriz de segunda fila, oriunda de esta ciudad, traía las cenizas de su padre, profesor universitario exilado en México, para ser enterradas en el Cementerio de la localidad. Desde una instantánea borrosa, el viejo, mi paciente, me sonreía.  El Profesor había fallecido en América, unos años atrás.

Traté de contactar con la hija, busqué en la guía telefónica una dirección, un número al que llamarla, pero, al parecer, se había alojado en un hotel de una ciudad cercana. Su casa, un modesto piso de la zona industrializada allá por los años 30, ya no existía, pero averigüé que ella había llegado a ser una actriz mediocre amparada por un gerifalte del Régimen que la hizo su querida, siendo muy joven, en los últimos meses de la guerra civil, al quedarse sola, cuando su padre huyó en los últimos barcos que zarpaban del Mediterráneo.

Pensé entonces que la realidad había sido mucho más sórdida que la historia que el Rosrchach contaba. Que, posiblemente, nunca existió una extraordinaria mujer con Trastorno Disociativo, salvo en la mente de su padre,  que el texto que yo tenía entre las manos era la patética labor de maquillaje de un viejo narcisista, fantaseada en la soledad y el anonimato de una vida gris, para hacerse perdonar su huida, el abandono, y el no haber conseguido hacer de su hija alguien extraordinario.

Pensé también que él era en realidad un pobre hombre y que, a pesar del esfuerzo, ni siquiera había logrado originalidad en las respuestas.

Carmen López León

Denia, junio 2003


LA FRASE

No es fácil determinar el comienzo de esa cadena de sucesos que llevan a un determinado desenlace, cuándo se inicia, cual es el primer estímulo que origina que, de una forma imparable, ocurran ciertas cosas. Y, sin embargo, ahí estaba la clave: en una frase. Las palabras tiene una realidad que va más allá del sentido que comúnmente les damos,  hay que saber escuchar las palabras, prestarles la atención que se merecen y aprehenderlas en su verdadera dimensión.

Se conocieron en el andén del Metro, ella era menuda, tenía veinte años y unos ojos color miel que miraban de frente, sin miedo. Llevaba el uniforme de una cadena de Supermercados, su falda granate y su blusa a rayas verticales azul marino y rojas. Todos los días muy bien planchada y muy pulcra. Segura de sí misma y de su lugar en el mundo, un espacio sin aspiraciones pero con dignidad de muchacha trabajadora.

Él tenía los brazos fuertes y las manos grandes. Serio y silencioso, con una camiseta negra en la que destacaba únicamente una graciosa jirafa de esas con un nudo en su largo cuello. Era de esos que piensan que la vida les debe algo que no les paga.

Se miraban todos los días, a ella le reían las pupilas por lo del nudo en el cuello de la jirafa, o al menos eso pensaba ella, y de la camiseta subía hasta el rostro del muchacho que permanecía tremendamente distante.

Él adivinaba lo que se perfilaba debajo de aquella blusa de uniforme, un uniforme  que se desperdigaba y llenaba la ciudad en las horas de cambio de turnos. Se obsesionaba imaginando lo pechos menudos y cálidos que podría abarcar con sus manazas de obrero manual. Pero no dejaba traslucir su deseo, porque aquella fijación  exclusiva por el cuerpo de una muchacha era nueva para él y iris dorado de chica comenzó también a metérsele por los ojos dejándole una extraña sensación de vacío.

Al cabo de muchas semanas se le acercó y le dijo una breve frase al oído. Ella levantó la cabeza y le ofreció sus labios.

Ahora comparten un piso en los impersonales bloques de una ciudad dormitorio, ella tiene que hacer tres transbordos para llegar a tiempo a su trabajo, y su blusa de rayas ya no está siempre tan  impecablemente planchada, huele a veces a sudor y a lágrimas.

El nudo del cuello de la jirafa  parece apretarse cada día un poco más pero ahora lo hace también en torno al cuerpo de él, que se ahoga de frustración y rabia cada vez que le prometen un empleo que nunca termina de materializarse.

Ella se dobla bajo el peso de los  empellones de los brazos fuertes y las bofetadas de las manos grandes, cuando vuelve agotada y rota del Supermercado y le pregunta por el resultado de la entrevista que tenía él a media mañana.

Y sus ojos color miel se llenan de lágrimas, él nunca le habla, y ella recuerda la única frase de amor que le escuchó. Fue en el anden del Metro. Entonces él le dijo que le había robado el corazón.

Por eso ahora, mirando al suelo, percibe la secuencia de los hechos y entiende la importancia de aquellas palabras, las más ciertas de toda su breve vida en común, las que motivan que sigan juntos a pesar de haberse convertido en  una piltrafa humana sin fuerzas ni dignidad, porque, realmente, ¿de qué puede quejarse?, si es que es un hombre sin corazón.

UN VIAJE Y UNA LAGARTIJA

Querido Luís:

Tomé el primer tren como me habías aconsejado cuando me hablaste del magnífico amanecer  que podría contemplar en el tramo en el que el ferrocarril bordea la costa tan cerca del acantilado que, en los días de mar picada, lo salpican las olas. Me decías que el trayecto me compensaría por sí solo del madrugón.

Pero ayer, el cielo estaba gris y hacía frío. En el ferrocarril solo viajaban algunos hombres con aspecto de obreros que mantenían entre sí una distancia hostil. Nada de la amigable camaradería que cabría esperar entre trabajadores, solo miradas hoscas y parcos saludos, cuando no silencios. No parecía muy buen presagio para comenzar y deseé no haberte escuchado cuando me empujabas a acudir a una invitación que todos los años he declinado.

Busqué un vagón vacío y me acomodé lo mejor que pude en el rincón junto a la ventanilla, aunque fuera solo había negrura cuando se fueron perdiendo de vista las luces de la ciudad, sintiendo una premonición. La de que iba a ser un extraño viaje

Intentaba rememorar las idílicas imágenes que me habías descrito, las pequeñas y deliciosas estaciones en las que el tren se detendría con sus caseríos blancos tras ellas, el alegre pueblo marinero al que voy (y donde habría deseado que me esperaras tú, con un alegre fuego de chimenea ardiento tras una de aquellas ventanas),  para tener una visión más amable de este encuentro de puro compromiso en el que tengo que reunirme con familiares a los que he visto muy poco y de entrada detesto.

Ya sé que también son familia tuya, pero eso no es suficiente para que a mi me caigan bien, son estirados y algo estúpidos, tienes que reconocerlo. Pero, bueno, sigo contándote,  que ya verás…

Cerré los ojos para aislarme de lo desagradable esperando que el alba despejase las nieblas y el sol asomara argentando la franja de mar que se hacía presente en el rumor del oleaje que sonaba embravecido  y en el inconfundible olor de las algas podridas amontonadas sobre las rocas.

Quizás por eso, por mantener los ojos cerrados, no vi a la mujer que había entrado también en el vagón, porque cuando los abrí estaba sentada frente a mi y a su lado, en uno de esos trasportines  provistos de asas que son un cómodo asiento para las criaturas, había un bebé  al que calculé unos siete u ocho meses.

Ya sabes que no tengo especial afición a los pequeños, pero sin casi mirar a la que supuse la madre, compuse la sonrisa natural que se le dedica a un niño de tan corta edad, esa sonrisa que nos inspira cualquier cachorro de ser vivo,  y dirigí mis ojos hacia él. Sin embargo, pronto mi gesto que quería ser tierno se me quedó a medio camino, detenido entre los ojos y la boca, al observar el rostro del chiquillo.

No puedo decir que tuviera ninguna irregularidad, ninguna malformación, nada fuera de lo común, su cabello era oscuro y rizado, su piel blanca ligeramente tostada por el sol, vestía un pantaloncito azul con tirantes sobre una camiseta de vivos colores y botitas también azules; pero era su rostro lo que estremecía al contemplarlo. Unos ojos negrísimos y de una seriedad inusitada para su tiempo, dos pozos oscuros y profundos abriéndose allí bajo su frente infantil, que parecían comunicarse con el infinito. Y su boca, apenas dibujada bajo su naricilla como una línea recta difuminada que parecía que iba a borrarse y desaparecer en cualquier momento.

Fuera seguía sin amanecer pero la mujer se mantenía con mirada fija en el cristal que reflejaba su imagen como un espejo. Era muy joven y muy delgada, morena, de cabello lacio  que rozaba ligeramente su nuca, apelotonadamente descuidado. Llevaba una larga chaqueta de punto tejida a mano según una moda ya pasada sobre unos pantalones de pana de un negro dudoso. Había dejado sobre el asiento una mochila bastante mugrienta y una carpeta sobada donde se podía aún reconocer “Centro de estudios Bondenza”, una de esas academias especializadas en cursillos para parados.

¿Por qué me pareció que el niño me había hablado si no había emitido sonido alguno y la edad que se deducía de su desarrollo no permitía todavía el lenguaje? Pero te aseguro, Luis, que le oí, no pienses como siempre en cosas de mi fantasía, y al volverme hacia él me encontré con sus ojos tan fijos en mi que me asustaron.

.- ¿Ves a mi madre?, sé que me odia, no puede evitarlo. Quizás dentro de un momento me haga una caricia delante de ti, pero no significa nada, nada más que su miedo, miedo a su odio. Porque yo también la odio a ella, por eso me teme.

Fue eso, Luis, lo que me dijo, o me trasmitió directamente de su mente a la mía. Me estremecí y entonces la mujer se acercó a el, le rozó levemente la cara y extrajo de su mochila un juguete, un monigote de trapo, una lagartija con todos lo colores del arco iris en su lomo y una expresión simpática, pero que entre las manitas del niño cobraba un siniestro sentido.

Ella debió captar mi estupor  y se me dirigió entonces con una voz cansada y de escasas tonalidades, como repitiendo una historia mil veces relatada:

.- Ya te lo ha dicho, ¿no?, él lo sabe todo, sabe la verdad y yo no puedo hacer nada por ocultársela, no quise que naciera, se me cumplieron los plazos sin darme ni cuenta,  pero ahora ya lo tengo todo arreglado, llevo los papeles para la casa de acogida, el informe de servicios sociales, no tengo vivienda, ni trabajo, mi madre es una pensionista con lo mínimo. Y él…él conoce lo que hago, donde he estado y con quien y se lo cuenta, ¿cómo si no se iba a enterar mi madre de con quien he dormido cada noche? No puedo soportar esos ojos que son dos pequeños escarabajos que hurgan en mi vida y cavan túneles en mi cabeza para volverme loca.

Lo dijo sin emoción, como algo inevitable y tremendamente lógico

¿Qué podía responderle?, ya me dirás, Luís, porque aunque su discurso sonara a paranoia, a mi  también me había transmitido la información, y no estoy paranoica.

Tampoco creo que esperara nada de mi. Y entonces el tren se detuvo en una estación cuyo nombre no alcancé a ver, se levantó deprisa, colgó su mochila de uno de sus hombros y bajó rápidamente. Sentí pánico, realmente estaba aterrada al quedarme frente a aquella criatura que seguía mirándome sin casi pestañear y sin una sonrisa, mientras sacudía a la lagartija cogida por el cuello.

Para sustraerme de aquellos ojos, que durante el tiempo que hablo su madre,  habían estado pendientes ella, miré por la ventanilla. Una claridad sucia se extendía por el andén anunciando la amanecida, (nada que ver con tus descripciones, Luís, desde luego). La mujer salía de la cantina con una lata de refresco en la mano, y un clavel ajado, recogido  sabe Dios dónde, enredado en su pelo; unos chicos la interpelaron, se acercó a ellos con una media sonrisa y dio una calada del cigarro que le ofrecieron, sacó algo de dinero del bolso y compró una china, ahora se reía blandamente.

Mientras, el tren había arrancado, la chica corrió por el andén, la perdí de vista, pero inmediatamente el convoy chirrió y se detuvo. El jefe de estación, todavía con su banderín rojo entre las manos corría también, alguien había gritado, los chicos se esfumaron, a lo lejos comenzó a sonar, aproximándose, la sirena de una ambulancia.

Dos guardias civiles aparecieron en el vagón, la agente se hizo cargo del trasportín tomándolo por las asas, su compañero comenzó a hojear el contenido de la carpeta:

.- Vaya, si intentaba dejar al crío en acogida lo ha conseguido por la vía rápida

.- ¡Pobrecito!,-dijo la guardia-, con lo precioso que es, me lo llevaría a casa

Miré de nuevo hacia el niño sorprendida de que  a aquella mujer no le hubiera producido la misma sensación que a mí, pero, no te lo vas a creer, su expresión había cambiado radicalmente y ahora sonreía beatíficamente impregnando su rostro de dulzura, mientras sus párpados se cerrabas suavemente sobre sus brillantes ojos negros.

Poco después el tren proseguía su marcha. Ahora sí había salido el sol y el mar era  talmente una cinta de plata. Entre mis pies se deslizó una lagartija que trepó hasta el techo del vagón y desapareció.

Febrero 2010


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3 comentarios el “Presentados al concurso de Faes

  1. “Sin cita previa”. Desde las primeras líneas, puse gesto de sonrisa y no lo dejé hasta minutos después de acabar la lectura. Se agradece.
    “Manchas”. Perfecta mezcla de profesión y literatura. Redondo, envolvente.

  2. Es uno de los pocos relatos de humor que he escrito, verdaderamente.
    El de “Manchas” se entiende más si se están mirando las laminas del test de Rorschach, pero por motivos obvios no se pueden publicar las imágenes auténticas.

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