Esperando en…

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En una agencia artística: EL CASTING

Me había propuesto esta vez no prestar atención a las otras participantes.. No compararme con ellas, no tomar en cuenta si su loock era mejor que el mío, si llevaban ropa de marca o de imitación y si tenían estilista de altura o las había peinado, como a mi, una peluquera de barrio.

Me había avisado de la prueba uno al que llamaban El Óscar, un macarra amiguete mío que, no se cómo diablos, se enteraba de todo y alcahueteaba cualquier cosa que le supusiera un beneficio: si conseguía que me seleccionaran se llevaba el veinte por ciento, y era inútil tratar de engañarle, porque también sabría al céntimo cuánto me habían pagado.

Esta vez era para un anuncio de agua mineral: supuse que buscaban una apariencia saludable y fresca, así que procuré maquillarme poco, aclararme el cabello, y vestirme informal, con su toque de ecologismo en las prendas, nada sintético, por supuesto, lino blanco arrugado que me hacía tiritar de frío y adornos de madera.

Mi mayor logro hasta ahora había sido un spot para la televisión autonómica, de cara a la integración multicultural, en el  que yo bailaba sucesivamente con un colombiano, un rumano, un senegalés, un moldavo y un marroquí, vestida con el traje regional. Me parecía que había quedado estupendamente, pero a la hora de los honorarios se me pasaba con razones, porque no había llegado la subvención oficial del Organismo Competente que había organizado la campaña.

Así que andaba como loca buscando algún currito y El Óscar me hacía de agente artístico, ¡qué remedio!.

No quería mirar, pero a mi lado colgaban unos pies que no llegaban a tocar el suelo, los seguí  hacia arriba sin poderlo evitar, los pies correspondían a unas  piernas bien moldeadas de un dorado carente de marca o imperfección que pertenecían a una deliciosa niña de unos ocho años.

Vestía también ropa de primavera, a pesar de estar en febrero, florecillas que salpicaban una falda verde en imitación casera de Ruiz de la Prada para niñas, y un top dejaba ver su cintura que exhibía el mismo bronceado de sus piernas. Junto a ella, su madre sin duda, no cesaba de retocar su cabello recogido con dos pinzas también verdes a ambos lados de su cabeza.

Sin embargo la niña, se afanaba en su tarea escolar con una dedicación que la aislaba de todo lo demás, apoyando sus cuadernos sobre las rodillas, trataba de completar los deberes que su maestra había marcado. A su lado la mochila permanecía en el suelo mientras la madre parecía preocupada en grado sumo por si la niña se manchaba con los rotuladores su vestido.

Normalmente no había deseado nunca con verdadera fuerza que alguna de mis contrincantes no fuera seleccionada, quizás porque en el fondo, no confiaba demasiado en mi futuro como actriz y pensaba, invariablemente, que cualquiera de ellas lo lograría antes que yo, pero esta vez sí desee que la niña fuera rechazada, que pudiera jugar en el patio sin temor a arañarse las piernas, que pudiera rellenar las hojas del cuaderno con sus rotuladores en su cuarto y viera la tele con sus amiguitas zampándose una bolsa de chuches sin controlar a diario su peso, que siguiera siendo niña. Cerré los ojos y lo hice: puse toda mi energía mental en visualizar su fracaso.

Cuando los abrí la niña salía por el pasillo con la cabeza baja, su madre tiraba de ella con una expresión de furia apenas disimulada. Se agachó a recoger su mochila que había quedado en el asiento junto a mi y entonces le pude decir muy bajito:

.-Has tenido suerte.

Ella me miró sorprendida. Luego, pareció comprender y sonrió.

En una estación de tren: FRATERNAL

Como todas las tardes del 24 de diciembre, María estaba allí, esperando el Euromed de las 18,30 procedente de Barcelona en el que llegaría su hermana  Una rutina más de su rutinaria vida, una rutina que se repetía anualmente desde hacía 12 años, cuando Marta, que había empezado a trabajar  a la vez que María en  la Mensajería,  había sido promovida a las Oficinas Centrales.

Marta era dos años menor que María, pero no más bonita ni más lista; de hecho ninguna de las dos eran excesivamente bonitas o listas. María se había quedado en el viejo piso de la familia que les dejaron sus padres después de su complicado divorcio, para poder escapar cuanto antes uno del otro y de sus hijas, recién cumplida la mayoría de edad de ellas

Marta se fue y María se quedó,  y eso fue todo. No pensaban la una en la otra el resto del año, ni se comunicábamos a no ser a través de la Red de la Empresa que les permitía conversaciones cortas sin coste alguno.

Marta decía que estaba en el Departamento de Logística y María seguía pegando etiquetas en los paquetes, Marta mencionaba como de pasada a amigos y  amantes, y María le contaba alguno de los provincianos chismorreos del barrio. Y todos los 24 de Diciembre Marta volvía a su ciudad a pasar la Noche Buena y la Navidad con María. Seguían muy unidas.

María  se fijó en el panel de la sala VIP, cambiaban los destinos de salida y arribada de los trenes, el de Marta estaba a punto de entrar en el anden, diez minutos más tarde saldría otro en dirección a la Ciudad Condal. Y supo que tenía que hacerlo, se acercó al mostrador, compró un billete, en clase turista y esperó a Marta. Sabía que cuando llegara seguiría también el mismo ritual de todos los años: dejaría su bolsa de viaje a sus pies y pasaría a los lavabos para retocarse el maquillaje antes de aparecer por el antiguo barrio, donde ya casi nadie la recordaba.

Besos, abrazos: – un momento, paso al baño.

María toma la bolsa que ha quedado en el suelo y sale al andén, la azafata comprueba el billete, ya está en el vagón. Tranquila, se dice que era tiempo de partir.

Marta sale de los servicios, encuentra en uno de los sillones, el bolso de María, lo reconoce porque es el mismo de hace cinco años y sonríe.  Toma un taxi y da la dirección de su antigua casa, era tiempo de regresar. Desde niñas sus acuerdos eran tácitos pero funcionaban en su caótica familia. Cada una aprendió a percibir y a cubrir la necesidad de la otra sin mediar palabra.

El día 26 se pondrá a pegar etiquetas en la antigua Oficina, al fin y al cabo María puede hacer su trabajo en Barcelona. Siempre han sabido que, para el resto del mundo, eran como tantas otras personas, intercambiables.

En una notaría: BOTÁNICA FORESTAL.

Es la tercera vez en esta tarde que Paco pulsa el dispositivo que le permite abrir la puerta de la Notaría desde su escritorio situado estratégicamente entre la entrada y la sala de espera.

Paco es el becario contratado merced al convenio Universidad-Empresa que permite tener a un estudiante de los últimos cursos de carrera por 300 euros durante más de ocho horas.

Paco está a punto de terminar Derecho, a falta de 15 créditos, y se sintió feliz con el contrato; esperaba con ello aprender de verdad algo de su futura profesión, cosas que los apuntes que circulan por la Facultad y los exámenes tipo test con los que ha ido superando asignaturas no le proporcionaban.

Pero, por ahora, se limita a hacer pasar a los clientes al despacho de D. Fernando María Gil de Ramales y a fotocopiar la multitud de legajos que las dos secretarias, Myriam de dulces ojos color miel y sinuosos andares y la Srta. Rodríguez de acerada mirada y muchos años de experiencia, le dejan sobre la mesa. Fotocopiarlos o mandarlos por fax, con tanta celeridad que ni siquiera puede echarles un vistazo para ver como se redacta un contrato de compra-venta, un acta de constitución de sociedades o un testamento.

A las cuatro en punto abrió a LLobell, de “Vertiblau Homes”.  Paco ya le conoce, es uno de los clientes habituales de la Notaría, un constructor de éxito en la costa, gafas oscuras Rayban y polo de Ralph Laurent, trata de broncearse a base de rayos UVA pero no deja de tener el rojizo color de piel que delata su origen rural.

LLobell, siempre se muestra ajetreado, dando paseos nerviosos por el vestíbulo, preguntando a cada momento si ya ha llegado D. Fernando, porque a él le esperan en no se sabe cuántos sitios, con las manos llenas de papeles, escrituras, contratos, informes urbanísticos, planos; todo en un batiburrillo que trata inútilmente de  ordenar. Bromea con las secretarias a las que quiere caer simpático con frases sacadas de contexto que ha oído en algún lado y con pequeños obsequios que ellas, sistemáticamente, no han aceptado, y le evitan.

Hoy Llobell  aguardaba a una mujer alta y robusta, de cabello corto, rubio con mechas grises y ojos de un azul tan nítido que resultan inescrutables y  que ha llegado un minuto después, con puntualidad germánica  Es Hedera von Heim, su nueva socia. Ella se ha limitado a sentarse en la sala de espera, junto a la mesa rectangular del fondo, colocada allí por si los clientes desean dar una última ojeada a sus documentos. Ha dejado sobre esta mesa su portafolios negro y guarda silencio.

Hedera von Heim, habla ahora un correcto castellano. Cuando pisó por vez primera esta ciudad, en el 69, era una nota más de luz en los acantilados con sus rubios, casi albinos, cabellos al sol.

Había llegado con dos amigas, Helena y Herta, las chicas H las dieron en llamar porque llevaban camisetas de colores vivos, con su letra estampada sobre el bikini, casi como único atuendo.

Se reían de todo lo que no entendían, que era casi todo. Helena consiguió conquistar cada noche a un muchacho distinto, a despecho de la pandilla foránea, Herta se divertía con dos amigos de toda la vida a los que acabó haciendo enemigos irreconciliables  y Hedera fijó la inmensidad azul de su mirada en un chico ya mayor, con novia formal, del que logró que hiciera por ella cualquier cosa,  por ridícula o arriesgada que resultara.

El 25 de agosto, las chicas H se fueron, las pandillas se reorganizaron, los amigos se sintieron estúpidos por su pique, y la boda prevista se celebró en octubre. Las chicas H tampoco volvieron el verano siguiente

Llobell le ofrece una vez más comprobar los planos del apartotel que incluirá servicios de salud para la tercera edad “Vertiblau Senior”, ella rehúsa con un gesto. LLobell, para un público inexistente porque nadie en la Notaría les presta atención,  adopta una actitud de condescendiente superioridad: por supuesto, una mujer dejará en sus manos el asunto, una mujer divorciada que ha obtenido una  sustanciosa suma de euros de su exmarido y desea refugiarse en el Meditarréneo al abrigo del sol y de un hombre de una pieza como él.

La tercera visita a la que Paco ha abierto la puerta es un anciano vestido pulcramente, con su traje oscuro de los días importantes, acompañado de de dos jóvenes de aspecto universitario. Sí, es el Sr. Ivars y sus nietos, comprueba Paco en la agenda: Poderes Generales a estos nietos para gestionar propiedades que fueron parcelas agrícolas y ahora, al ser urbanas, han elevado su valor exponencialmente.

Se sientan en silencio, el abuelo flanqueado por los nietos. El abuelo mira indiferente por la ventada por donde asoman las copas de los plátanos de la Avenida.

De pronto, Llobell se ha quitado las gafas para comprobar por enésima vez las cotas de los planos, el anciano se le queda mirando con impertinencia, los nietos, violentos, prontos a intervenir. cuando exclama:

.- Pero, si eres el hijo del tío Pollancre, pues no las hemos hecho buenas tu padre y yo cuando éramos jóvenes.

Los nietos observan la reacción de LLobell, desean que su abuelo no se haya equivocado, para que no se ponga en duda su perfecto estado mental, entre otras cosas.

Pero no, no se ha equivocado, y Llobell no tiene más remedio que responder con un hosco:

.- Pues claro que soy yo, tio Conna, remarcando a su vez el apodo del viejo.

Y sigue absorto en sus planos

Al abuelo se le han despertado de pronto los recuerdos y comienza con chascarrillos de su juventud, relatados con tal gracia espontánea que no pueden por menos que hacer reír a los nietos. Paco, desde el vestíbulo contiene la carcajada, y hasta las secretarias aprovechan que D. Fernando no las reclama para acercarse a la puerta de la sala de espera a escuchar aquellas anécdotas de sainete vernáculo que implican al padre de Llobell.

Llobell, inseguro, no sabe qué gesto componer y la alemana sigue en su aislamiento indiferente.

Suena el timbre del interfono en la mesa de Paco. D. Fernando espera a los  Srs. José Llobell y Hedera von Heim, Paco se acerca a la sala de espera y les hace pasar. Llobell no se despide del abuelo, este mira fijamente a los ojos a la mujer de mirada azul. Cuando han salido de la habitación se vuelve hacia sus nietos y les dice en voz baja:

.- ¿Cómo dijo el muchacho que se llamaba la señora?

.-  Hedera no se qué, abuelo. Responde el mayor.

.-¿Por qué lo preguntas, abuelo?. Indaga el menor de los nietos.

El abuelo se ha vuelto a quedar mirando los plátanos de la Avenida y  melancólicamente, en un susurro,  con una media sonrisa responde enigmático:

.- Es que a este Pollancre  se le ha olvidado que la hiedra, si se deja crecer, siempre acaba asfixiando al chopo y lo seca.

Nota: Pollancre es chopo en catalán. Hedera Helix: nombre botánico de la hiedra

En una sala de espera médica: AYUDA PROFESIONAL

No sé que hago aquí, ni porqué he tenido que hacer caso a Pablo en eso de que necesito ayuda profesional porque estoy de los nervios, lo que necesito es ayuda doméstica, porque estoy agotada, hecha polvo literalmente, harta de tener que sonreír todo el día en los Almacenes:
—¿En qué puedo ayudarla, señora?
—¿Deseaba alguna cosa, señor?
—No, lo siento, abrigos color pistacho no tenemos…
Y luego, antes de llegar a casa, pasar por el Super, cargar con las bolsas, cocinar algo para comer, tender la ropa que dejé en la lavadora por la mañana, planchar la que destendí ayer y preparar la cena

La sala de espera es agradable y se está bien, al menos he conseguido una tarde libre, ¡Dios mío!, qué expresión tan triste tiene la señora que acaba de entrar, nunca había visto a alguien con unos ojos tan hundidos y una mirada tan angustiada, debe ser su hermana quien la acompaña, ¡qué barbaridad!, son casi iguales si bien se mira, pero una está viva y la otra, peor que muerta.

Y aquél señor del rincón, que no hace más que rellenar de garabatos minúsculos los márgenes de la revista que tiene entre las manos. Y el muchacho a quien su madre pasea por el pasillo, arriba y abajo.

Y, ¿qué tengo yo en común con ellos? Esta gente está muy enferma y yo… Sí, todo sería más fácil si no viviera con Pablo, me podría quedar a comer en el comedor de los Almacenes, no tendría que limpiar el baño dos veces, cada vez que Pablo se lava los dientes y salpica el espejo, que no se cómo lo hace, habría menos ropa que lavar y que planchar, y la casa en orden porque yo lo dejo todo recogido antes de acostarme, no como Pablo que se queda fumando hasta tarde y deja el vaso de güisqui en la mesa y los periódicos en el sofá.

Y, en realidad, ¿por qué vivo con Pablo, y porqué vive él conmigo?, si, al menos yo, ya no le quiero, y creo que él tampoco está ya enamorado de mí. Todo es pura inercia que cada vez resulta menos satisfactoria, ni siquiera hacemos el amor porque yo me duermo enseguida. Ya sólo nos queda aburrirnos juntos.
No necesito ayuda profesional, necesito dejarle, sencillamente.
—Disculpe, señorita, tengo que marcharme, lo siento, quizás llame más adelante, buenas tardes.
Hace una tarde preciosa, ¡qué fácil me parece todo!

—¿Hola, cómo te ha ido con el psiquiatra?
—Muy bien, he aclarado muchas cosas y creo que es mejor que lo dejemos por un tiempo, me pienso ir al piso de la abuela, desde que se fue a la Residencia, está vacío.
—Pues también es verdad, yo puedo volver con mi madre, este estudio nos estaba resultando caro..
—Ya…estupendo, estamos de acuerdo ¿no?
—Claro, si ya te decía yo que no hay nada como la ayuda profesional.

Pablo respira aliviado, qué buena idea la que le dio su amigo Andrés de mandarla al Psiquiatra cuando le comentó que no sabía cómo dejar a Inés, ¡lo bien que lo resuelve todo un buen especialista!

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2 comentarios el “Esperando en…

  1. Pues si, en clave de humor conté algo que ocurre frecuentemente, sabemos lo que debemos hacer para solucionar un problema pero esperamos que nos lo aconseje un profesional, aunque en este caso , supongo que Inés se gastó en tiendas lo que le iba a costar la consulta e hizo muy bien.

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