Propuesta 29: cambios a raíz de regresar un viaje

DÉJÀ VU-JAMAIS VU

Lo había preparado todo Mercedes, eficiente como siempre, esperando mi vuelta, sin dudar en absoluto de que regresaría, confiando en mi capacidad para salir airosa de todas las situaciones, con esa fidelidad y dedicación que ya solo tienen las personas que han trabajado en una misma casa durante mucho tiempo.

Había colocado flores en la entrada, un hermoso ramo de rosas blancas, y un pequeño ramillete de violetas, (son mis preferidas y sabe Dios lo que debió costarle encontrarlas), en mi habitación. También  había margaritas y dalias color naranja en el salón.

Yo regresaba de Estocolmo, en el Karolinska me habían practicado una novedosa técnica de neurocirugía para tratarme un astrocitoma en el lóbulo temporal derecho de mi cerebro. Me habían implantado un isótopo radioactivo a través de la arteria carótida llevándolo hasta el lugar exacto del tumor para que, desde allí, fuera destruyendo las células malignas, lentamente, inexorablemente, tan lenta e inexorablemente como habían ido creciendo.

No había proporcionado ningún tipo de información del objeto mi viaje, salvo a Mercedes naturalmente, y por motivos eminentemente prácticos. Estoy  convencida de no importar realmente a nadie, como nadie me importa realmente a mi;  vivo sola, siempre he estado sola y tengo medios suficientes para no tener dependencia alguna, pues considero que es la necesidad económica la que hace que la gente a permanezca unida.

Había tardado en darme cuenta de mi enfermedad, el único síntoma ha sido el “déjà vu”; ya me han dicho que el lóbulo derecho del cerebro es silencioso, al fin y al cabo es el que rige la emotividad,  la afectividad, los sentimientos, y en mi estos elementos tienen muy poca presencia.

Yo seguía funcionando perfectamente a nivel intelectual y de motricidad, nada me impedía concentrarme en un libro de filosofía política, interpretar al piano unas variaciones de Satie o conducir  por las cuestas del Maestrat.

Pero es cierto que ocurría algo extraño, que todo me sonaba a ya vivido: evidentemente yo había estado allí en muchas ocasiones, conocía cada recodo de la agreste carretera  y los pequeños pueblos que incluye el Parque Natural pero era una sensación especial, no de reconocimiento exactamente, no de los que nos ocurre cuando recorremos un lugar del que guardamos recuerdos e imágenes grabadas en la memoria, sino que se trataba de una especie de vivencia intima de algo repetido exactamente igual, lo que por supuesto, mi razón descartaba ya que ningún instante es idéntico a otro.

Y lo mismo me pasaba con los libros, y esos si que eran nuevos, y sin embargo siempre me parecía que ya los había leído, aunque si me hubieran preguntado la trama de la novela o los argumentos del pensador no hubiera podido exponer estos últimos ni contar el desenlace de la primera. Simplemente “sabia” que ya había estado sentada exactamente en este sillón y en esta determinada postura leyendo precisamente este libro en concreto.

Y con la música sucedía lo mismo, no importaba que buscara partituras que nunca antes hubiera interpretado, siempre me sonaban a conocidas, siempre estaba segura de que, en algún otro momento, en algún otro lugar, había estado sentada ante el piano tocándolas.

En principio, lo achaqué al paso del tiempo, cuando nos vamos haciendo mayores ya nada nos sorprende, nada nos causa curiosidad, nada nos mueve el interés de lo desconocido. Mi vida cómoda y rutinaria propiciaba también  pensar de esta manera, todo controlado, una seguridad bien asentada en una saneada cuenta corriente, pocas personas en mi círculo de conocidos, que no amigos, con los que acostumbro a cenar un par de veces al mes, a viajar de vez en cuando o a ir al cine o al teatro si me interesa el espectáculo.

Pero esta sensación era nueva, curiosamente “nueva” cuando se trataba de haberlo visto y vivido con anterioridad. Quizás porque no estoy acostumbrada a sentir de forma inhabitual, a no controlar también lo que siento en cualquier situación me resultaba extraño tener esta percepción íntima y verdaderamente emocional.

Así que, como de pasada, lo comenté con uno de mis contertulios, entre risas forzadas, sorprendida por esta vivencia desconocida para mí. Pero él se lo tomó en serio, a pesar de no ser médico creo que había leído algo sobre el tema, y me sugirió que consultara con un neurólogo.

.- ¿Y por qué no con un psiquiatra?, respondí, tratando de seguir la broma.

.- Pues también valdría, supongo.

Como el fenómeno continuaba y ya comenzaba a serme incómodo acabé por acudir al médico. Ahora ya todo se desarrolló rápidamente, pruebas de neuroimagen confirmaron que allí, en el fondo de mi lóbulo temporal derecho, crecían unas células rebeldes causantes de la percepción parásita.

Lo de Estocolmo fue casi un capricho, era una técnica nueva y me pareció interesante porque no me tendrían que abrir el cráneo. Ya he dicho que no debo dar cuenta a nadie de mis actos, tan solo consulté a mi agente de bolsa para disponer del capital necesario, un agente no suele preguntar la razón por la que se desea disponer de dinero, no es su oficio, así que todo se materializó de forma discreta y, una vez más, bajo mi control.

Ahora había regresado y dentro de mi cabeza una minúscula cantidad de radiación hacía su trabajo.

La casa llena de flores me pareció encantadora, era mi casa de siempre y  periódicamente había encargado a Mercedes que pidiera a mi floristería habitual arreglos florales, pero ahora era distinto, me sorprendía la perfección de las rosas blancas y tenía que hacerme violencia para no permanecer mirando atentamente el ramo de la entrada, como si no hubiera visto jamás aquella flor cuyo aroma me resultaba extrañamente desconocido.

En cuanto a las violetas, ¡qué delicadeza y qué ternura despertaron en mí!, me embargaba una alegría infantil, la ilusión de la sorpresa ante el regalo inesperado que tenía tan olvidada desde muy niña.

Recorría mi casa admirándome ante sus muebles, ante sus cuadros y por sus acogedores rincones, el ventanal sobre el jardín, los árboles frondosos y los arriates de plantas vivaces que ponían notas de color sobre los verdes.

Todo era nuevo y perfecto, saber que podía disfrutar de todo me causaba un entusiasmo insospechado, vi el piano y quise tocarlo, sonó como una principiante pero era divertido, muy divertido, experimentar con las notas y con los acordes.

Revisé los libros alineados en las estanterías de mi biblioteca y me di cuenta del tiempo que iba a precisar para leer todo aquello, sus títulos me resultaban interesantes y me entraron ganas de comenzar ya a hojearlos.

Mercedes me seguía en silencio, yo notaba sus ojos fijos en mí con un punto de complicidad, me volví a mirarla y quedé sorprendida. Aquella mujer que había vivido más de quince años a mi lado era para mí una completa desconocida.

Decidí conocerla mejor, algo me empujaba a entablar con ella algún tipo de vínculo  indestructible. Cuando me sirvió el zumo de frutas natural que tomaba todas las mañanas en la terraza le dije que trajera un vaso para ella, se sentara frente a mí y se sirviera de la jarra al tiempo que llenaba el mío. Pareció que lo estaba esperando.

Comenzamos a charlar y pude darme cuenta de que era una mujer serena, inteligente y segura de sí misma, con ideas sencillas pero muy claras sobre la vida y también sobre la muerte, especialmente sobre la muerte.

El descubrimiento de la persona que era Mercedes me llenó de alegría, una alegría también nueva, se lo comuniqué a ella y me respondió que era algo habitual en la gente que ha sufrido una experiencia como la mía; que hay quien habla de “volver a nacer”, pero que ella no lo consideraba así en absoluto.

Poco a poco fui estrechando el vínculo con Mercedes, no era ya la silenciosa y fiel servidora de años atrás, sino que  se iba adueñando sutilmente de mis  sensaciones, de mis decisiones, de mis opiniones y de mi nueva existencia, sin que yo opusiera resistencia alguna, sintiéndome especialmente cómoda en sus manos.

Yo seguía disfrutando de todo como si lo viera por primera vez, por eso decidí, ¿o decidimos? invitar a mis conocidos a una fiesta, algo que nunca se me habría ocurrido antes, esperaba que con ellos se diera el mismo fenómeno que con Mercedes, que los iba a conocer de nuevas, que iba a establecer con ellos lazos hasta ahora inexistentes.

La fiesta estaba resultando un éxito, la gente era estupenda, los hallé divertidos, ingeniosos, ocurrentes, reía de las mismas anécdotas que ya me habían contado otras veces pero que ahora me parecían muy graciosas. Me gustaban los trajes y los peinados de ellas y la elegancia de ellos. Era el despliegue de todo un mundo desconocido que se abría ante mi.

Mercedes me contemplaba desde lejos, en su puesto junto al buffet, ocupándose de que nada faltara a los  invitados.

Yo también la miré, sus ojos claros más azules que nunca me atraían de forma inevitable, me sumergía en aquel azul que  lo iba invadiendo todo, los contornos se difuminaban y las voces se convertían en un oleaje suave, ascendiendo y descendiendo como un mar en calma.

Para mí ya no había más que azul, y entonces alguien susurró cerca de mí:

.- “se esta muriendo”.

Y supe realmente quien era aquella  desconocida Mercedes a la que jamás había visto antes y que ahora me acogía en su seno.

Agosto.-2011

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