Propuesta 12: historias de vecindad

ESPACIOS PRIVADOS.

En la plaza las farolas acaban de encenderse. El edificio más antiguo de los que actualmente conforman este espacio urbano es una finca de cinco plantas, pintada en un deslucido tono crema, con balcones de hierro forjado y ventanas con persianas venecianas de láminas de madera bajo frisos modernistas que sugieren un arabesco de hojas de vid.

El portal permanece cerrado y a ambos lados del mismo también se han echado los cierres de los dos pequeños comercios allí instalados: una tahona dependiente de una cadena de panaderías y una modesta tienda de informática que regenta un muchacho muy joven.

La finca tenía portería, la tuvo desde la época de su construcción, allá por los años treinta y tantos, poco antes de la Guerra Civil, hasta bien entrados los setenta, cuando se jubiló la señora Aventina y ya se pasó a los porteros automáticos.

La señora Aventina era una mujer rechoncha, con su cabello moreno recogido en un moño bajo en el tiempo en que llegó a Valencia, desde su pueblo de Alcalá del Júcar, en zona manchega. Era entonces una viuda joven con dos niñas. A su marido, arriero, lo mató una coz de una  mula que, al parecer, le reventó el hígado.

A Aventina le salieron luego algunas proposiciones de matrimonio, pero ella tuvo bien claro que la proposición era sobre las reatas que había dejado el difunto, más que sobre su persona, así que optó por venderlas y con el producto subir hasta Valencia a buscar un medio de vida para ella y un futuro para sus chiquillas.

En Valencia encontró el chiscón de la portería en este edificio recién levantado en lo que había sido una alquería en una plazuela tranquila, próxima a las huertas por aquel entonces, próxima a un mercado y una iglesia, rodeada de pequeños comercios familiares. Un entorno un poco rural que le pareció seguro.

La vivienda y la portería eran todo uno, un espacio minúsculo al que se accedía por el lateral del enrejado del ascensor y que se componía de una estancia en la que se alineaba un banco de cocina con un fregadero. Al fondo, una puerta pintada de azul comunicaba con la única habitación cuyo ventanuco alto se abría a la escalera y a la que daba un servicio con un inodoro y un lavabito.

Allí Aventina veía crecer a sus dos hijas, Domi, Domitila, la mayor y Teresina, Teresa, la pequeña.  Dormían juntas, en una cama junto a la de  su madre, claro está, hasta que Domi, Domitila, también morenilla pero más  airosa, con sus ojazos negros y sus labios carnosos, comenzó a pensar que era preferible otro calor que el de su hermanita y en los azarosos años de la postguerra  buscó el arrimo de un estraperlista, por supuesto con mujer e hijos legítimos, que acabó consiguiéndole un puesto de pollería en el Mercado Central para sacar adelante a la criatura que había engendrado.

Domi no volvió a ver al padre de su hijo, pero con los beneficios de la pollería pudo alquilar una vivienda, en el tercero derecha, en la misma finca donde había transcurrido su infancia.

Aventina, mujer práctica ante todo, se encontró con que podía dormir ahora en una habitación con ventana a la placita cuando terminaba de recoger los cubos de la basura de los demás pisos, vaciarlos en el  cubo comunitario y cerrar la puerta de hierro con abrazaderas doradas que ya solo abriría el sereno previo reconocimiento puntual de los vecinos trasnochadores.

Mientras, Teresina, había entrado de aprendiza con doña Elena, una modista que tenía su taller en el entresuelo izquierda. La señorita Elena Molmeneu era soltera, tenía unos treinta y pocos años, cosía muy bien, pero también se decía que tenía una forma especialmente sensible de tomar medidas a las clientas, de ajustar este pliegue, de pinzar aquella sisa, de contornear el talle para ajustar la cinturilla de las mujeres  que acudían a encargar su ropa al taller.

El piso de  Elena  Molmeneu estaba en función del taller, la habitación principal, la del balcón, se usaba como probador, Elena dormía en la habitación contigua.

El probador tiene un gran espejo que cubre toda una pared y que se refleja en otro, un  poco menor que ocupa el testero de enfrente. En el balcón,  cortinas de organdí claro y colgaduras color salmón crean una atmósfera cálida.

Las clientas se sienten a gusto allí, Elena Molmeneu las hace sentir bien, quizás por esa misma adoración silenciosa de su cuerpo que despierta sensaciones equivocas que no pasan de ser solamente eso.

Teresina sin embargo es la que adora a su maestra. Se enfrenta a las otras aprendizas cuando escucha chismorreos y palidece cuando alguna de ellas que ha estado con la jefa ayudando en una prueba, hace comentarios picantes.

Si Teresina se atreviera le pediría a doña Elena que le dejara quedarse a dormir allí en el taller, en un cuartito que está junto a la sala donde las muchachas cosen en cuatro máquinas Singer sobre las que pedalean durante toda la jornada, en un cuartito donde se guardan retales, muestrarios y patrones. Le pediría no bajar ya a la portería cuando acaba el trabajo, le pediría seguir a su lado. Pero en este momento Teresina solo tiene diez y seis años y faltan unos pocos para que sea Elena la que le pida una noche que no se vaya.

Más adelante, cuando Aventina ya dormía en casa de Domi, Teresina era la primera oficiala de Elena Molmeneu, y cinco años más tarde Elena y Teresa creaban la firma Telna de prêt a porter, con diseños propios que se exportaban a todo el país. Desde entonces fueron socias y la T y la L enlazadas en el anagrama  significó algo más que un símbolo comercial.

La vivienda de Domi tiene, además de la habitación donde ha dormido siempre Aventina, su madre,  amueblada con una cama de madera clara, de las llamadas de cuerpo y medio, con su colcha de ganchillo y su cojín bordado por sus propias manos junto a la que permanece iluminada una lamparilla de aceite en la mesilla ante una imagen de la Virgen, otra habitación, un poco más amplia y con balcón que también da a la plaza.

En la habitación del balcón de contraventanas plegadas y cristales estrechos cubiertos de  visillos sujetos por un gusanillo metálico que los frunce, se  ha acostado todas las noches Domitila, rendida después de despiezar pollos y gallinas, sonreír a la clientela y responder con gracia popular y algo chulesca a las chanzas de los demás vendedores mientras la encontraban todavía fresca y apetitosa.

El comedor tiene un aparador y un trinchero a juego, con espejo de borde esmerilado, un frutero de cerámica de Manises basta y chillona que se llena de naranjas en invierno, melocotones y cerezas en primavera, uvas en verano y manzanas y brevas en otoño, siempre lo mejorcito de las fruterías del Mercado Central, que para algo Domi podía elegir casi de madrugada cuando todos los comerciantes montan los puestos.

Ahora la abuela Aventina ha muerto hace muchos años, y Domitila es una anciana al cuidado de su único hijo, Vicente, que regenta la pollería de su madre y compró el piso.

Vicente, Vicentín, Titín, tiene cincuenta y cinco años y sus parroquianas del Mercado Central le adoran. Adoran aquel  exquisito trato que tiene para con  todas las mujeres, como si fueran, de alguna manera,  sus madres, y atrás han quedado las chanzas sobre su soltería  y su amaneramiento. Titín sigue escogiendo las mejores frutas de la temporada para el frutero de cerámica de Manises de Domitila.

Ni punto de comparación tiene el frutero de Domi con el de doña María Luisa, en el segundo derecha, inmediatamente debajo de la vivienda de Domi.

Doña María Luisa, viuda de caído por Dios y por España, está sola con sus recuerdos, con el mito de su heroico marido convertido en unas medallas, unas comunicaciones oficiales en papeles amarillentos que ostentan el escudo del águila imperial y el yugo y las flechas y unos uniformes que se conservan entre bolas de naftalina en el armario de la sala donde casi nunca se abren las contraventanas del balcón.

Ella duerme en el otro gabinete, el de la ventana, debajo mismo del que ocupó Aventina en casa de su hija Domi.

Doña María Luisa se estremece cada noche con la idea de que la portera de la finca haya estado durmiendo en una habitación idéntica a la suya, de que las costumbres se hayan degradado hasta tal punto que la prole de Aventina, aquella muerta de hambre, se haya ido instalando en el edificio.

Porque Teresa y Elena  han seguido viviendo allí, aunque ya no tuvieran el taller ni cada mañana se montaran en un Wolksvaguen negro para desplazarse al estudio de diseño que dirigieron en  uno de los nuevos edificios de oficinas cerca del Hemisferic.

Redistribuido el espacio, la sala donde se cosía, se ha unido a las dependencias de plancha y al pequeño almacén junto a la antigua cocina para hacer un espacioso office y el salon-probador que se comunicaba con la habitación de la ventana, donde dormía Elena, dando todo a la plaza, es ahora un dormitorio luminoso para ambas. Los espejos han sido sustituidos por librerías a medida y todavía cabe, delante del balcón una mesa camilla con faldas de terciopelo azul para desayunar.

Después pasaban ya muchos ratos sentadas en sendos sillones de orejas viendo caer la tarde y esperan serenamente la muerte juntas, como lo han estado desde hace más de cuarenta años, al cuidado de Ramona la asistenta. Elena es ahora una mujer muy vieja, enjuta, de pocas palabras y mirada profunda, cada vez más profunda. Y Teresa, a sus setenta años la sigue admirando, como cando era niña. La marca Telna con su anagrama que enlaza la T y la L definitivamente, ha sido absorbida por una multinacional y  se fabrican bolsos, zapatos y perfumes Telna; bolsos, zapatos, perfumes y prendas que ya no usan Teresa y Elena.

El frutero de Doña María Luisa es de cristal tallado sobre peana de plata labrada, y está sobre un aparador holandés de madera de roble con vitrina donde se guardan un juego de café de doce servicios al que le faltan tres platitos y una taza, una vajilla de porcelana de La Cartuja de Sevilla a cuya sopera se le rompió el asa derecha y fue reparada con pegamento, los platos hondos  han perdido el filete dorado,  hay dos con desportillados  y de los llanos solo quedan nueve, y una tetera traída de  Filipinas por aquél tío abuelo, Federico Castells i Blasco, cuando volvió de la trágica campaña del 98. Trajo también las fiebres pero esas no se pudieron conservar en la casa.

Pero el frutero de cristal tallado no se llena de las jugosas frutas que adornan el de Domitila, sirve para dejar allí el monedero cuando Doña María Luisa regresa de la compra diaria, el resguardo de la tintorería, un boleto que tuvo que comprar en la rifa del colegio de la nieta de su prima Herminia, una caja de cerillas y un cabo de vela por si hay apagón, y la tarjeta comercial de un fontanero de confianza.

Doña María Luisa tiene dos hijos que se fueron de casa muy jóvenes, se dice que uno de ellos, Fernando, como el padre, dirige la delegación en España de una prestigiosa firma de productos farmacéuticos y por eso vive en Barcelona. Otros comentan que es un simple visitador médico que se patea los hospitales de la ciudad condal .

El otro, Luis, trabaja de comercial en una agencia de viajes en Sevilla, aunque su madre dice que es el gerente y que está en el mundo de las Empresas Turísticas. De cualquier forma, nadie sabe si Doña maría Luisa está al borde de la precariedad llevada dignamente o posee una fortuna en valores bancarios que nadie disfruta.

Tampoco acepta Doña María Luisa a los vecinos del ático. Son una joven pareja, Estela y Ferran. Compraron los dos apartamentos cuando fueron ofertados en la lista de una agencia inmobiliaria.

El de la derecha, había pertenecido a D. Alfonso de Castañeda, un ilustre prócer de la ciudad, soltero y solitario, con una hermosa finca en Godella rodeada de huertos de naranjos y cuidados jardines y que poseía aquel pequeño ático en un edificio más bien modesto, al cuidado de una anciana criada y en el que se refugiaba, no se sabe muy bien cuando ni por qué.

El de la izquierda estuvo habitado por dos hermanas: Amparito y Matilde, Amparito había estado casada con  un obrero del metal, Justino, que la sacó de la mala vida porque se enamoró perdidamente de ella y la otra, Matilde, un tanto deficiente, les hacía de criada para todo. Justino había muerto de un ataque cerebral y Amparito y Matilde habían seguido juntas en una relación un tanto perversa en la que Amparito ridiculizaba las torpezas de Matilde y  descargaba sobre ella las frustraciones de toda su vida y Matilde, amparada en sus cortas luces, no desaprovechaba la ocasión de sacar a colación en los momentos menos oportunos los detalles más vergonzosos del pasado de Amparito.

Amparito había tratado de salir de la vida que le deparaba su origen de hija de un honrado abaniquero de la Bolsería aprovechando su fina estampa de hembra bien plantada y una voz suficientemente timbrada como para que le hicieran concebir esperanzas de que podía triunfar en el mundo del espectáculo.

Eran tiempos, aquellos años 40, en los que lo folklórico estaba en alza, y Amparito, Amparo Puñales como nombre artístico, actuó en algunos locales de tercera categoría, después en fiestas privadas en las que la presencia de artistas encubría una prostitución sin paliativos, y diez años más tarde se la encontró el infeliz de Justino en la calle del Hospital vendiendo sus favores por las esquinas.

El que Justino se encaprichara de ella hasta el punto de hacerle una oferta de matrimonio es algo que debe quedar en la intimidad de la alcoba. El caso es que Amparito se casó con Justino y considerando que no estaba por la labor de cumplir los deberes de esposa salvo en lo concerniente al sexo, explotó la vena caritativa ante su marido  para hacerse cargo de su pobre hermana, retrasadilla pero que sabía lavar, planchar, cocinar y hasta podía ir a la plaza si se le daba el dinero justo.

Matilde hacía todas esas labores, pero mal, aunque le era más útil el que podía alcahuetear sin despertar sospechas y conseguirle a Amparito algunos clientes, mientras Justino se afanaba con el torno y la fresa, que le permitían lucir aquellas pulseras de abalorios que tanto le gustaban. Justino se hacía lenguas de lo apañada que era su mujer con el jornal, administrado de forma que daba para las joyas que tan bien le quedaban.

Habían muerto ya, sin descendientes, D. Alfonso y las hermanas Amparito y Matilde. Una de esas agencias que buscan inmuebles antiguos por las ciudades tramitó la compra a los herederos lejanos de uno y otras y ha reconvertido el espacio en un alegre estudio con dos terrazas simétricas a las que se accede por unas puertas acristaladas. El salón formado por las dos habitaciones unidas es espacioso y Estela tiene allí un caballete y su mesa repleta de tubos de acrílicos, pinceles, cajas de pastel y lápices de colores.

Estela pinta los domingos por la mañana, para olvidarse de su trabajo de ingeniera química en una fábrica textil. Espera que, en la empresa, algún día le acepten alguno de sus diseños para los tejidos, pero por ahora tan sólo maneja colorantes sintetizados en el laboratorio.

Ferrán trabaja de ocho a tres de Agente Judicial, y sueña con estudiar Derecho, se siente un poco inferior a Estela y cree que ella le querrá más si es abogado. Estela le adora, simplemente, porque es él, Ferrán.

Doña María Luisa sospecha que no están casados, y acierta. Pero no tiene ni remota idea de lo que se quieren.

Con quien Da. María Luisa trató de relacionarse, sin éxito, fue con D. Alfonso. Pero este caballero se mantuvo siempre al margen de la vida de aquella comunidad de vecinos. Antonia, la criada, debía tener también ordenes estrictas de su señor para mantener la misma discreción y distancia, salía muy temprano para el mercado cercano, con lo que evitaba el encuentro en la escalera, lugar común, con el resto del vecindario y ya no volvía a hacerlo en todo el día.

Se comentó que D. Alfonso llegaba alguna noche acompañado de alguna mujer, era entonces cuando se iluminaba la terraza en cuya pérgola se enredaba una buganvilla roja y por la ventana que daba a la fachada se perdían en la madrugada los acordes de un melancólico tango porteño.

Hubo más vecinos por aquellos tiempos, como la desafortunada señora Josefa, hemipléjica al cuidado de su hija Marina, una mujer obesa y poco agraciada que sufría las despóticas demandas de una enferma crónica. Ocupaban el segundo izquierda.

Un invierno la estufa de la camilla de la señora Josefa se prendió y Marina tuvo que contemplar horrorizada desde la tienda de comestibles de la esquina como las llamas destruían la casa y acababan con la vida de la madre. Los hermanos tramitaron posteriormente las indemnizaciones del seguro, remozaron el piso y lo dieron a una inmobiliaria que lo ha alquilado sucesivamente a una pareja recién casada con un niño de pecho, tres estudiantes universitarios, un funcionario de prisiones recién destinado en la ciudad y por último dos parejas de inmigrantes latinos con varios pequeños que  atronan con sus gritos la escalera.

Enfrente de la vivienda de Teresa y Elena vivió la familia de Gertrudis, viuda, con un hijo empleado en una pañería, Pedro, vestido siempre de gris y con una expresión grave en sus ojos, y una hija, Gertruditas, que cogía puntos de media en la mercería de Encarna.

Gertruditas acabó casada con un empleado de la compañía del gas que pasaba periódicamente a revisar los contadores y Pedro ahorró para llevar a su madre a un piso nuevo en la Avenida de Cataluña.

En el entresuelo derecha han puesto ahora una gestoría.

Los dos primeros estuvieron ocupados por don Francisco Ferrer, un médico que los adquirió para vivir con su familia, esposa y tres hijos, en el de la izquierda y abrir consultorio en el  de la derecha. Se comunicaban por un pequeño cuarto ciego que había sido diseñado como despensa.

Tenían a Benita, una muchacha para todo que igual limpiaba los mocos a Paquito, el menor y el único varón de la prole, que abría la puerta a los pacientes, durante las tres horas, de 9 a 12, en que se pasaba la consulta.

Eran los tiempos de las igualas médicas y la clientela de D. Francisco, D. Paco para todos, se nutría de los vendedores con puesto fijo en el mercado próximo y los pequeños comerciantes del barrio.

Pasado el tiempo, aquel Paquito desempeñó el cargo de Jefe de Servicio de Radiología en uno de los hospitales de la red pública en la ciudad y sus hermanas mayores se casaron y se establecieron en otras ciudades. Doña Aurora, la esposa de D. Paco, mantuvo la vivienda hasta que sus fuerzas no le permitieron seguir sola y las hermanas, después de numerosos conflictos volvieron a tapiar la pared de la despensa, incomunicando los dos pisos, como si quisieran  materializar así la incomunicación que siempre había existido entre  ellas.

Los pisos se  pusieron en venta, y así continúan porque ambas compiten a la hora de obtener un rendimiento con lo que su precio se va incrementando en razón directa al incremento de su rivalidad.

Cuando nacieron las gemelas en el primer parto de Dña Aurora, su esposo, Dn. Francisco tuvo la infeliz idea de llamarlas Amalia y Amelia con lo que la confusión de identidades se fomentó creando en las niñas un sentimiento confuso de individuación. Tuvieron que soportar muchas chanzas en la escuela e incluso en el seno de la familia se las confundía por su semejanza física y por el equívoco habitual en sus nombres.

Amalia y Amelia trataban desesperadamente de lograr ser reconocidas como únicas lo que les llevó a albergar una rivalidad rayana en odio. Ambas deseaban abandonar aquella casa y aquella familia donde siempre tenían la sensación de que había un doble de cada una en la sombra.

Encontraron parejas en otras ciudades y pudieron al fin independizarse materialmente, pero el vínculo morboso no  ha desaparecido.  Obtenían, a través de su madre, la información necesaria para seguir, inconscientemente, cada una los pasos de la otra, en un extraño juego de espejos que se multiplican hasta el infinito.

La señora Aventina, la portera, había tenido siempre la llave del tercero izquierda, y subía una vez cada quince días, los miércoles por la tarde, para airearlo y limpiar. Abría el balcón y la ventana que daban a la plaza y los demás huecos de la casa que daban a los patios de luces, sacudía las persianas y baldeaba los suelos.

Los vecinos trataron de sonsacarle quiénes eran los propietarios del piso, quién le pagaba su trabajo, cuándo iban a venir a vivir allí. Pero Aventina, mujer por lo demás charlatana, dicharachera y algo chismosa mantuvo el más absoluto silencio respecto a estos extremos, amparándose en el ambiguo:

– Pues es de unos señores, que lo han comprado para  casar al hijo.

Si se le insistía añadía aquello de:

– A mi me pagan por limpiar, no por hablar

Y daba por terminada la conversación con un desaire.

La llave estuvo siempre colgada detrás de la puertecilla azul y el día en que Aventina abandonó definitivamente el chiscón fue lo único que subió consigo a casa de Domitila.

La puerta de la vivienda del tercero izquierda dejó entonces de abrirse los miércoles, aunque parece que Aventina, instalada enfrente con Domi, utilizaba la llave de vez en cuando.

Hacía un año que la portera había muerto, era una mañana fría y lluviosa del invierno de 1975 cuando un hombre de unos cincuenta años hizo girar otra llave pareja de la de Aventina en la puerta del piso.

Domitila esperó en vano que el señorito, como había oído  nombrar a su madre al hijo del caballero con el  que  se encontraba  en la Sacristía  de la Parroquia del barrio todos los primeros de mes, pagando puntualmente sus servicios, le demandara la llave, pero no lo hizo y ella tampoco se atrevió a llamar a aquella puerta que su madre nunca le había dejado traspasar.

Los demás, acostumbrados a considerar desocupada la vivienda  prestaron atención al nuevo vecino durante las primeras semanas, pero la casi invisibilidad de este hizo que pronto se olvidaran de él. Solo Doña María Luisa se dolió de que no le hiciera la consabida visita de cortesía, pero no encontró oídos atentos a esta queja.

Al hombre se le veía muy poco por el barrio, en general al anochecer,  caminando de forma un tanto huidiza, hacía algunas provisiones de alimentos  y volvía a la casa. Por la mañana muy temprano, desaparecía para no regresar hasta mediada la tarde. El balcón permanece entornado día y noche, la ventana abierta con la persiana echada tanto si luce el sol como si la lluvia azota la fachada, tanto si es invierno como si es verano.

El treinta y uno de diciembre de 1999  en la finca permanecían iluminados algunos huecos. En el ático Estela y Ferran recibían el nuevo siglo llenos de proyectos, cenaron con amigos en el estudio engalanado que lució hasta el amanecer y se sintieron dueños de su destino.

Titin había traído las mejores uvas del Mercado Central y las colocó en sendos platitos de cristal barato de un fucsia imposible sobre una bandeja lacada en negro con estampaciones que quieren ser japonesas. Dos copas de cava catalán sirvieron para que Titin y Domi, su madre, celebrasen la llegada del año nuevo. Titin y Domi estaban un poco tristes en el fondo, pero continuaron la farsa,  Titin contó las mismas anécdotas algo picantes de la plaza, con su estilo de sarasa viejo y su madre le rió las mismas gracias.

No imaginaban en aquel momento,  que  el nuevo siglo acabaría con los viejos fantasmas del pasado que todavía les rondan por los desvanes de sus almas, aunque en  el tercero izquierda, ni la ventana ni el balcón muestren  cambio alguno.

Doña María Luisa se acostó temprano, como es su costumbre. No esperó la llamada de sus hijos que saben que no deben molestarla más allá de las diez de la noche. Su rígida actitud le evita enfrentarse a la incertidumbre de constatar si sus hijos desean realmente compartir con ella estos últimos minutos del siglo.

Los latinos del segundo izquierda sintieron más añoranza de su tierra y de su gente y salieron a hacer cola en el locutorio junto a tantos  otros emigrantes lejos de sus países. Luego, todos juntos, cantaron y rieron por las calles hasta el alba.

Teresa y Elena, en sus sillones de terciopelo azul, trataron de no dormirse para comenzar juntas otro nuevo año, pero cuando la mañana comenzó a clarear tras el balcón que da a la plaza se dieron cuenta que no escucharon las doce campanadas de la Puerta del Sol a pesar de que la televisión permaneció encendida, y sonrieron al comprobar que seguían vivas un día más.

Con el nuevo año, Arminda y María Graciela, las dos colombianas que, con sus familias habían alquilado el segundo izquierda, se habían ofrecido a Vicente, el hijo de Domi, Don Titín como ellas le llamaban, para hacerse cargo de la limpieza.

Ellas procuraban mantener decentemente cuidados la escalera y los rellanos, el ascensor, el portal y demás espacios comunes. No es que luciera mucho la tarea realizada en un entorno viejo y desgastado como aquel. Los mármoles habían dejado de brillar hacía ya tiempo y los metales exhibían marcas de óxido resistentes a los mejores productos del mercado, pero las dos mujeres se afanaban en su labor deseosas de agradar al vecindario. Se encargaban de ello los martes y los viernes.

Titín, que actuaba como Presidente de la Comunidad de Vecinos, por ser de los más antiguos habitantes de la casa y por su buen carácter contemporizador a la hora de dirimir pequeñas controversias, había aceptado de buen grado la propuesta deseoso, como siempre, de hacer un favor a quien lo precisara. Hubo alguna objeción por parte de Doña María Luisa que no consideraba adecuado que un vecino se ocupase de tareas de servicio, pero dicha opinión fue desestimada.

Arminda y María Graciela, venidas desde Boyacá con sus maridos, primos hermanos que habían conseguido al fin los papeles de residencia y trabajaban en la construcción, eran afables, mandaban a sus hijos limpios a la escuela del barrio y se hacían de querer.

Llevaban desde el domingo anterior notando un olor extraño en la escalera, pensaron en humedades provenientes del pequeño cuarto donde estaban los contadores del suministro de agua, junto a la antigua portería que ahora se utilizaba para almacenar los útiles de limpieza. Miraron allí, pero estaba seco. Pensaron entonces el algún ratoncillo atrapado en el fondo de la caja del ascensor, también pensaron en la posibilidad de que hubiera caído un pájaro sobre el mismo a través de la claraboya,  y  subieron a casa de Don Titin a pedir la llave que les permitiera acceder a estos espacios.

Fue entonces cuando se percataron de que era desde aquel rellano de donde partía el desagradable olor que se extendía por todo el inmueble. Titín tuvo que reconocer que ya lo había notado, pero no creyó que estuviera relacionado con la vivienda de enfrente exactamente,  y esperaba que la limpieza habitual de los martes resolviera el problema.

Mientas las dos mujeres hablaban con Titin en el vestíbulo de la casa, Domi que andaba silenciosa extendiendo el mantel sobre la mesa y colocando vasos y cubiertos para la comida intervino súbitamente en la conversación:

– Queden tranquilas, que esto es cosa mía.

Titín miró a su madre, extrañado ante la contundencia con que había pronunciado aquellas palabras. Ahora que ya se había acostumbrado a tener a su lado a una anciana que se apoyaba en él para cualquier gestión por sencilla que fuese: llamar al fontanero, cambiar una bombilla fundida, reparar la televisión o pasar por la Caja a comprobar si se habían cargado en cuenta los recibos.

Arminda y María Graciela también se miraron sorprendidas, pero su instinto que les inclinaba a no crear ni crearse problemas, les aconsejó dar media vuelta tras saludar a ambos, dejando claro que ellas habían cumplido con su obligación.

Cuando se cerró la puerta tras ellas, Domi se encaminó cansinamente hacía su habitación, rebuscó en el cajón de la mesilla de noche y de allí, de debajo de la hoja de papel de seda  blanco que ahora amarilleaba y  que siempre había cubierto el fondo, extrajo la llave que celosamente había guardado Aventina, su madre, desde hacía cincuenta años.

Titin desde la puerta observaba a su madre y le pareció extrañamente rejuvenecida, y se vio a si mismo, con cinco años, agarrado a las faldas de su abuela asomado al umbral de la casa de enfrente percibiendo un universo distinto, como si aquella vivienda, simétrica a la de su madre, contuviera en su misma simetría, el negativo de su propia vivienda, y de su propia vida.

Aventina le dejaba apenas atisbar aquel mundo demasiado oscuro, demasiado cerrado, como si temiera que el niño se contaminase de una atmósfera pútrida a pesar de sus limpiezas periódicas, una atmósfera cuya putrefacción, ahora, por fin traspasaba la gruesa puerta de mobila del tercero derecha.

Domitila se negaba tercamente a entregar la llave a Titin como éste le pedía, la fidelidad a un secreto servilmente guardado parecía dotar a la anciana de unas nuevas fuerzas. Pero Titin también se sentía diferente y quizás por vez primera se enfrentó a su madre adoptando una actitud tan estereotipadamente masculina que Domi se replegó en segundo plano.

Cuando Titin hizo girar la llave en la cerradura y abrió la puerta, el inconfundible olor de alimentos en descomposición les golpeó en la cara. Demasiado identificaban ellos, con toda su vida pasada en el Mercado Central, el ácido dulzón de la fruta pasada, el fétido amoniacal de los huevos podridos y el escatológico vapor de la carne que comenzaba a agusanarse.

Venciendo la náusea, Domitila entró en el comedor y tal como ya se esperaba vio la mesa servida como para un banquete. Las copas de fino cristal tallado alineadas, todavía brillaban bajo las luces de una lámpara de Tiffanis que pendía del techo, los platos de filete dorado estaban perfectamente colocados sobre su posaplatos de plata,  entre los tres tipos de cubiertos que los circundaban, y en el centro, en un jarrón negro de porcelana china, un marchito ramo de doce rosas rojas rendía sus tallos blandamente .

Al fondo del pasillo, el balcón seguía entreabierto con las persianas venecianas echadas y el sol del medio día dibujaba renglones sobre las baldosas, las cortinas de encaje se balanceaban levemente con la ligera brisa de la primavera  y los muebles diseñados en los talleres de un discípulo de Gaudí, allá por los años treinta, creaban fantasmagorías de volutas y curvas imposibles.

Domitila entró en la cocina y, como tantas veces hiciera  Aventina, su madre, buscó un mandil grande y muy despacio comenzó a introducir los despojos por el  hueco del viejo hornillo de carbón del gran fogón de hierro colado que no había sido sustituido desde que la casa fue construida . Titín había vuelto a casa en busca de unos guantes de goma y ahora sí se le escapó un grito atiplado que derivó en una blasfemia, ante la cantidad de víveres acumulada e irremisiblemente perdida.

Domi, con una extraña resignación trataba de prender unas brasas para incinerar todos aquellos alimentos descompuestos mientras murmuraba con rabia:

–  Esta vez el señorito no ha podido con ella, es demasiado viejo.

– Y se ha vuelto a ir huyendo. ¡Si no le van a hacer nada!, a estos nunca les hacen nada.

Y ahora Domitila lloraba mientras en su cerebro resonaba la amargura de las palabras de su madre en su lecho de muerte cuando junto con la llave de aquella vivienda, depositó en ella aquel secreto. Y seguía sintiendo la vergüenza de  haber tenido miedo, de seguir teniéndolo desde que aquél hombre había vuelto a aproximarse a sus vidas.

Durante los últimos venticinco años, desde el día en que escuchó abrirse la puerta del tercero izquierda, había estado esperando y temiendo encontrarse con él, suponía que él sabría que ella sabía y en este juego casi delirante de verdades ocultas se sentía amenazada e indefensa.

La llave que tan celosamente había guardado se  había convertido en el oscuro legado envenenado que le relacionaba con aquel hombre, sin darse cuenta de que para él, la vieja Aventina, a la que ni conoció, solo era un nombre más de la serie de gentes de la que su familia estaba acostumbrada a  disponer.

Titín no recordaba haber visto llorar a su madre jamás; de pronto sintió una rabia desconocida en su corazón, ese corazón lleno de mansedumbre por el que siempre le habían considerado un castrado, y casi levantando  en volandas a Domi la llevó fuera de aquel entorno en el que lo perverso se había materializado en aquel insoportable hedor, mientras seguía mascullando maldiciones que nunca había pronunciado en voz alta en presencia de la madre.

– Esto no es cosa nuestra, mamá, hay que avisar a la Policía y en paz. ¿Quién coño es el señorito guarro que almacena mierda?, ¿por qué cojones hay que aguantar esto?.

– No, hijo, no, yo lo limpio, ahora lo limpio, y cerramos la puerta, yo lo limpio, yo lo limpio, como hacía la abuela.

– Pero, madre, ¿por qué?, ¿quién es?, ¿quién es?.

Y la voz de Titin atronaba en la escalera mientras empujaba a Domi por el rellano hasta su casa.

Domi se dejó caer exhausta en su mecedora del comedor. Volvía a ser una pobre vieja de setenta y cinco años, el mandilón le cubría las enflaquecidas piernas hasta rozar el suelo y las manos enrojecidas buscaban inútilmente un pañuelo por debajo del mismo, en el bolsillo de su bata de casa.

Titín de pié frente a ella, volvía también a sentirse débil y tierno, dudando en dirigirse al teléfono. Sin embargo la sensación recientemente experimentada de seguridad y dominio había sido como el despertar de unas posibilidades que había ido dejando agazapadas mucho tiempo atrás para configurar el perfil de un hombre sumiso y blando, como  creía que su madre quería que fuese.

Fue entonces cuando Domitila miró a su hijo también de forma diferente y le pidió que se sentara junto a ella, en la otra mecedora, como tantas tardes después de la comida, con el café servido entre ambos en una mesita de mimbre cubierta por un tapete de ganchillo. Solo que hoy la sopa se enfriaba en la  olla y ninguno de los dos tenía ningún apetito para sentarse a la mesa.

Domi comenzó a hablar de un tiempo lejano, de cuando había llegado la abuela Aventina a Valencia con la tía Teresina de dos  años y ella de siete. Solas y asustadas habían buscado un primer acomodo en casa de una prima lejana que tenía una tiendecilla de frutos secos por la calle Cabillers.

Domi recordaba aquellas primeras semanas de la ciudad, su madre con los ojos llenos de amargura manteniéndose fría y adusta, tratando de que las niñas molestaran lo menos posible a la prima Delfina y temiendo, al mismo tiempo que se perdieran por el dédalo de callejas estrechas y húmedas que configuran el barrio de Serranos si salían a jugar.

Pronto salió aquello de la portería, la criada del Sr. Monsonís, amiga de Delfina, la recomendó para que este y su socio Ibáñez-Cuesta le dieran el empleo en la finca que acababan de levantar en el solar de la vieja alquería de Montagut.

Domi  seguía hilando con los ojos bajos y la voz cansada, una historia que Titin no había escuchado nunca, porque su madre y su abuela parecían haber firmado un pacto de silencio sobre todo lo que había sucedido antes de que él naciera y le inventaran  aquella versión idealizada de un padre muerto en la cárceles franquistas sin de haber podido casarse y darle los apellidos.

El mito del padre héroe hacía mucho tiempo que había caído en la mente de Titin por un simple cálculo de cronología, pero su madre y él seguían manteniendo esa farsa entre ellos, como mantenían  tantas otras.

Diez años más tarde, cuando Domi tenía diez y siete y el país trataba de olvidar la pesadilla de la contienda, un caballero, chaqueta cruzada y fino bigote, preguntó por Aventina, presentándose como el secretario del Sr. Montagut. Domi le miró con su habitual sonrisa descarada y fresca que chocó con la altivez displicente del secretario que se limitó a dejarle un sobre en el que figuraba el nombre de la madre.

Desde entonces Aventina comenzó a entrar en el tercero derecha dos veces al mes.

– De nada me sirvió preguntar a la abuela, y por otro lado, demasiado ocupada estaba yo con mis propios asuntos. Ya sabes… tu padre, que murió en la cárcel.

– Más tarde, la abuela Aventina ya subía a dormir con nosotros, ¿te acuerdas?, yo me iba muy temprano a la Plaza y tu a la escuela, supongo que ella siguió abriendo el piso de vez en cuando.

– Cuando supo que iba a morir, de aquello malo que le salió en los intestinos, me dio por fin la llave y me hablo por vez primera del señorito Pablo Montagut. Su padre D. Pablo había localizado a la abuela por el cura de  la parroquia,  el padre Abel, el de San Esteban, ¿sabes?. Y después de la carta del secretario aquel tan estirado, habló con ella en la Sacristía y le encargó que mantuviera limpio y siempre a punto el piso que  había comprado para el señorito Pablo que estaba estudiando para arquitecto en Barcelona.

-La abuela decía que habían traído muebles muy raros, que eran de los más modernos allí, pero que las sillerías y las camas parecían barcas,  los respaldos tenían como enredaderas en madera de  distintos colores  y los espejos no reflejaban las caras normales, sino como hundidas allá en el fondo oscuro.

-El señorito Pablo nunca venía, aunque una vez, un año, por  la Virgen de Agosto llegaron ya muy tarde de la casa de Montagut una cocinera y dos camareros y prepararon un banquete, y durante toda la noche las luces se quedaron encendidas, pero el balcón y las ventanas cerradas aunque era verano. Hasta que el miércoles siguiente, cuando la abuela subió a limpiar, tuvo que recogerlo todo y tirarlo a la basura sin que nadie lo hubiera tocado.

– Decía que el señorito Pablo tenía apalabrada la boda con una prima suya con la que solo hablaba cuando venía en las vacaciones.  A la abuela Aventina  se lo había comunicado con mucha ceremonia D. Pablo, para explicarle lo de la cena, que se había organizado para mostrar a la novia su futura vivienda. No le dijo más de por que no cenaron.

– Al final de ese mes, cuando fue a cobrar a la Sacristía como hacía siempre, escuchó al Padre Abel hablando con D. Pablo y la abuela entendió que se trataba del señorito, que llevaba muy mala vida en Barcelona.

– Se había juntado con unos cuantos que tenían torres por la Bonanova y montaban fiestas a donde se hacían traer chiquillas muy jóvenes, casi niñas de la parte del Carmelo y del Guinardó. Gitanitas muertas de hambre a las que, por cuatro perras podían hacer daño de veras, porque parece que gastaban drogas y les gustaba ver sufrir.

– Todos eran ricos, gente importante y la policía nunca intervino, y si lo hizo se tapó todo hasta que murió la chiquita con la que habían estado encerrados tres días.

– El señorito Pablo había llegado a Valencia en el tren de la mañana y había dicho en casa que se  iba a quedar ya aquí, y que quería fijar  la fecha de la boda. D. Pablo pedía consejo al padre Abel porque el Gobernador Civil de Barcelona había avisado a un  cuñado de D. Pablo, que era algo muy importante en la Audiencia,  de que las cosas se habían puesto  ya muy serias. El padre Abel parecía muy preocupado aunque D. Pablo no  se inmutaba y hablaba de recurrir al Arzobispo, si era preciso para acelerar las cosas.

– Cuando salió de la Sacristía no esperaba encontrar a la abuela, plantada con su mandil tan estirado, y su mirada tan valiente y tan limpia llena de horror. Se incomodó mucho, pero hizo valer su poder y su influencia. Amenazó a la abuela con denunciarnos, porque yo …,  porque tu, Vicente, llevas mis apellidos y porque la tía Teresa, bueno,  porque ya sabes que lo que tiene con Elena, es lo que es… y con quitarle la portería y no sé cuantas cosas más.

– Eran malos tiempos, hijo, y podían perjudicarnos mucho. Podíamos perderlo todo, la portería, el puesto del mercado, el taller de Elena. Ellos lo tenían todo en sus manos y nosotras nada.  Ellos tenían vicios, que siempre se tapaban unos a otros, pero nuestra forma de vivir tenía que estar bendecida por la Iglesia. Mierda de Iglesia.

– La abuela siguió limpiando la casa, los de Montagut ya no prepararon más cenas para el señorito y aquella novia que nunca llegó a venir a cenar. No sé si él se fue al extranjero o que pasó. A la abuela le pagaba D. Abel hasta que dejó de hacerlo y ya no se abría el piso para nada.

– Desde que volvió he estado esperando, asustada, que me hablara, pero  no lo ha hecho. No sé como me las hubiera apañado para mirar su cara. Porque supongo que, el muy cerdo, ha buscado también por aquí chiquitas como aquellas de Barcelona, pero ahora ya no tendrá dinero. Debió acabar con todo, aunque le quedarán las influencias, los conocidos.

– Pero yo he estado vigilando, ya sabes que últimamente duermo poco, y nunca había traído a nadie, seguro. Por fin, la otra noche subió  con una putilla, una de esas chicas flacas y blancas comidas de la miseria y de eso que se pinchan. Se le debió quedar desmayada, y el muy cabrito debió pensar que estaba  muerta y se largó como entonces.

– No sabía que hacer, hasta intenté rezar, yo que nunca lo hago, por suerte, al final,  oí a la muchacha salir del piso, de madrugada.

– Soy demasiado vieja, tengo miedo,  como lo tuvo la abuela Aventina, ¿qué nos van a hacer si viene la policía?.

–  Nos preguntarán, ¿qué pueden preguntarnos?.

Y en los ojos de la pobre anciana se pintaba una vieja angustia, la angustia de las gentes a la que la ignorancia ha dejado inermes.

Titín había escuchado en silencio a su madre, sus sentimientos habían recorrido toda una gama que iba desde la curiosidad inicial hasta la indignación, pasando por la humillación de saberse de la raza de los perdedores, de los que solo han podido obedecer y callar para sobrevivir, ocultando realidades consideradas como vicios por una sociedad retorcida y viciosa.

Comprendía por qué su abuela le había alejado de la vivienda de aquel señorito Pablo al que también llegó a idealizar a partir de aquella fantasmagórica decoración de lujo medio entrevista por las rendijas, y de la aureola de una carrera de Arquitecto que nunca llegó a acabar, y al que ahora podía  permirse, por fin,  despreciar y odiar.

– Miedo, madre, ¿de qué?, ¿miedo de hablar claramente de mi padre y de que le quisiste,  de que era también un sinvergüenza al que tuviste que suplicar para que te ayudara a sacarme adelante, miedo de reconocer que tengo aires de marica, miedo de aceptar que la tía Teresa es la única de la familia que ha sabido lo que es realmente el amor?.

Domi, junto a aquel hijo que se le revelaba de pronto tan  fuerte, tan  valiente y tan claro levantó la mirada para decirle:

– Anda, Vicente, llama a la Policía, que ya no se puede aguantar más este olor a podrido.

Carmen López León

Denia. Agosto- Septiembre 2003

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