Pretérito futuro

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1.-

De lejos, de muy lejos

—¿Has visto esta foto? Arminda —va pasando las hojas del álbum de cantos gastados.

—Si, doña Amparo, ya la vi.

—Llevo el vestido blanco que tanto le gustaba a papá, ¿ves?, y estoy con mis primos y Tani y la niñera de mis primos que se llamaba Leo. Tani me llevaba a la Alameda a tomar el sol, ¿sabes quien era Tani?, Arminda.

—No, señora.

—Era mi niñera, se llamaba Estanislaa, pero ella quería que la llamara Tani, había venido de muy lejos, ¿sabes?

—¿De muy lejos?

—Sí, de un pueblo chiquito de la provincia de Teruel, ¡fíjate!, desde Teruel había bajado a Valencia a buscar trabajo…

Y Arminda no sabe muy bien dónde está Teruel, pero calcula distancias y calla.

—Y después de jugar en la Alameda, Tani me llevaba a darle un beso a papá a su despacho de la calle de la Paz, ¿te he dicho que mi papá era Notario?, Arminda.

—Sí, doña Amparo.

—Tenía un despacho muy grande, con vitrinas llenas de libros cerradas con cristaleras de colores y unos sillones de cuero marrón que olían muy bien. Claro que después tuvo que cerrarlo, cuando comenzó la guerra y nos fuimos al chalet de Rocafort, porque papá no quería ir a la guerra, porque la guerra es mala, decía él siempre.

Y Arminda ve uniformes y machetes y sangre sobre la caña de azúcar del ingenio.

—Es mala la guerra, sí, señora.

—Tani se vino a Rocafort con nosotros, claro, pero luego la convenció un novio que tenía y se marchó con él un día en un camión con otras chicas y chicos que cantaban, yo los vi desde la verja del chalet, y como dijo mamá: peor para ella, no llegarán a la frontera de Francia, los matarán antes. No sé si los mataron.

Y sonríe, lejana, mostrando los dientes perfectos de su prótesis.

—Después me casé con don Alfonso, ¿te he hablado de él?, Arminda.

—Sí, doña Amparo.

—Pues ya sabes, era Ingeniero Naval y le conocí también en la Alameda, pero en el baile del Pabellón del Ayuntamiento en la Feria de San Jaime. Íbamos al Pabellón porque mamá tenía un primo que era muy amigo del Alcalde. Pero ya de casada me entró aquella debilidad que me impedía tener hijos, y vino a cuidarme otra chica de lejos, Rocío, que era de la sierra de Córdoba, tenias que haberla conocido, no sabía ni hablar, ¡por Dios!, con aquel acento andaluz tan vulgar.

Y Arminda recuerda sus dulces palabras quechuas que poco a poco se le van olvidando.

—¡Qué desagradecida fue!, cuando ya la desasnamos le pidió a don Alfonso que la recomendara para entrar de limpiadora en una Consignataria del Puerto, total, porque la aseguraban. Claro que la despedimos enseguida, ¡faltaría más!

Y levanta la barbilla con orgullo, y su cuello es una cascada de piel flácida y blanca.

—Luego, las monjitas del Servicio Doméstico nos mandaron a María Antonia, ¡que venía de Coria, allá por Extremadura! Era tan callada que nunca supimos nada de su familia, digo yo que sería inclusera, en aquellas tierras, ya se sabe.

Y Arminda ve pasar un camión de las milicias rebosando de niños con los ojos muy abiertos y las lagrimas secas en sus mejillas.

—Esta se fue tan en silencio como había llegado, dijo que a trabajar en una fábrica textil. O en otros sitios… ¡vete a saber!, porque guapa, sí que era, sí.

Y ríe maliciosa con su voz cascada.

—A final tuvimos que buscar filipinas, ya ves, como teníamos esta casa tan grande y hay una habitación para… bueno, la que tú usas, y casi por la cama las filipinas trabajaban de firme, como que la última tuvo que ocuparse de atender a don Alfonso, que en paz descanse, hasta el final, y eso que el pobre se lo hacía todo encima. ¡Ésta sí que venía de lejos!, ni siquiera sabíamos el nombre de su pueblo. Y ahora tú, Arminda, ¿que de dónde me dijiste que eras?

—De Cali, doña Amparo, en Colombia.

—Ya ves, ¡qué barbaridad!, del otro lado del charco.

—Y, diga, doña Amparo, ¿nunca trabajó aquí una chica valenciana?

—Quita, ¡por Dios!, hay trabajos que son para la gente forastera…

Doña Amparo cierra los ojos, cae la tarde tras los visillos de su balcón, fuera queda la plaza recoleta y tranquila a espaldas de la Catedral, que después se llenará de jóvenes vendedores de artesanía étnica y manteros con cedés pirata, pero doña Amparo, no los ve, no los ha visto nunca.

Arminda va a la cocina, le prepara la infusión de todas las noche, va a su cuarto y recoge sus cosas, las mete en su bolsa de viaje y escribe una nota que dejará en la bandeja, junto a la taza con la manzanilla y el azahar.

Escribe: «Doña Amparo, la próxima muchacha la tendrá que buscar aún más lejos, en el infierno».

Y suavemente, para no despertar a la señora, coloca la bandeja sobre el velador y muy despacito cierra la puerta.

2,.

Riesgos

—Bájate de ahí, Alba, que te vas a caer.

—No seas tonto, ¿no ves como sí puedo?

—¡Mamaaaaa¡ mira a Alba.

* * *

—Pero, Alba, ¿qué haces subida a la canasta del patio de los mayores? Te puedes hacer daño.

—Déjame en paz, eres un cagarri.

—¡Señoritaaaaa, dile algo a Alba!

* * *

—Dios mío, Alba, ¿pero cómo que vas a hacer puenting desde aquí? Te vas a matar.

—¡Pero, ya vale!, es mi vida, ¿no?

—¡Policía,  paren a Alba!

* * *

—Alba, ¿Qué ha pasado?

—Se soltó un escalón de la escalera de mano cuando estabas cambiando una bombilla.

—No puedo moverme.

—Hay que tener paciencia, parece que tienes una vértebra aplastada, con rehabilitación… quizás…

—¡Doctooooooor!, ¿escucha a Alba?

3.-

Esperando a papá

Mi padre llegaba siempre al anochecer, en un enorme coche negro que conducía un hombre vestido de azul, y que se deslizaba suavemente, sin hacer ruido, a lo largo de nuestra calle, cuando ya los pequeños comercios habían echado el cierre, las farolas habían vencido al crepúsculo y en las ventanas de las casas la luz tenía olor a sopa de verduras.

Yo avisaba a mi madre gritando:

—Papá viene, papá viene.

Mi madre entraba en su habitación y al instante reaparecía con el cabello suelto, los labios de un rojo encendido, sus enormes ojos negros sombreados de gris y aquel vestido del color de sus labios que la hacían parecer una de esas actrices de los carteles de las películas que no nos dejaban ver por ser menores. Y la casa se llenaba del perfume de las noches en que papá estaba con nosotros.

Mi padre me traía un nuevo vagón para el tren eléctrico que me habían dejado los Reyes, o un nuevo elemento para la grúa del enorme Mecano del año anterior, juguetes que sólo podían ver mis compañeros de escuela en los escaparates de los almacenes del centro, pero que, por desconocidos motivos, nunca venían a compartir conmigo.

Luego, venía un botones del Hotel Victoria, y aparecían  sobre la mesa que mi madre había preparado con la vajilla y la cristalería del aparador grande y los candelabros de plata, una serie de alimentos de sorprendentes colores y texturas que yo casi no probaba, añorando mi lomo con patatas de todas las noches, hasta que me quedaba dormido en el sofá escuchando las risas veladas de mi padres en su habitación.

A la mañana siguiente, tan sólo sabía que no había sido todo un sueño porque, al despertar en mi cama, todavía apretaba entre mis manos el nuevo vagón del tren.

Después volvían los días monótonos y grises, la escuela, la soledad y el silencio de mi casa sin visitas de familiares o amigas de mi madre. Ya sabía entonces que no debía preguntar cuándo volvería mi padre, tan sólo esperar tras de los cristales de la ventana la aparición del coche negro.

Ahora no debo asomarme al balcón de mi apartamento, ella llegará en el coche que conduce el chofer de la empresa que, si me reconociera, daría al traste con mi modesto empleo de visitador médico de la multinacional que dirige su marido. Son dos llamadas perdidas al móvil lo que anuncia su visita.

Tampoco sé a ciencia cierta cuándo va a venir pero aprendí de mi padre a pedir por teléfono el catering para la cena en uno de los nuevos restaurantes de delicatessen, y de mi madre a cambiar rápidamente mis pantalones de pana y mi suéter desgastado por el pantalón gris, el blazer azul y la corbata de Armani,  para recibirla.

Ella, a veces, deja sobre el velador una reserva para el AVE, según las convenciones a las que ya sé que mi jefe debe acudir y a las que ella le acompaña; pero, cosa curiosa,  yo diría que  cuando está ella el apartamento huele al mismo perfume de cuando llegaba mi padre.

4.-

El aura

Mi padre estaba obsesionado con la fotografía, nos hacía posar  durante horas, usaba placas de gelatinobromuro de plata que necesitaban una exposición muy larga,  y nos retrataba solos o en grupos: mis dos hermanas, mi hermana y yo, mi hermano y  una de mis hermanas, o la otra…

Había que permanecer inmóviles en la posición que mi padre decidía, para poder captar el aura, esa especie de niebla que se percibe en las fotos antiguas, probablemente  por un defecto causado por la naciente técnica,  pero a la que se le dio carta de naturaleza, como si se tratase de algo sobrenatural: el espíritu que envuelve la forma.

Allí, en la cámara oscura espiaba ansiosamente su aparición, convencido de que la placa fotográfica que no es sensible e los mismos rayos que nuestra retina, podía en ciertos casos, mostrar más que el ojo, revelar aquello que este no es capaz de percibir.

Quería poseer ese halo único que, pensaba él, ponía de manifiesto los movimientos del alma humana, los sentimientos, los deseos más ocultos, las obsesiones Pero, con nosotros solo experimentaba, para lograr una verdadera iconografía fotográfica de la voluntad, la rabia, la tristeza, el dolor…, porque lo que verdaderamente buscaba, y eso lo supe mucho después, era, al fotografiar a mi madre,  percibir en su aura cuánto le amaba todavía

Con mi madre se encerraba en su habitación y las sesiones duraban mucho más; después ella salía ojerosa y cansada, con una de sus eternas jaquecas.

No teníamos fotos de mi padre, sin embargo; nunca se había hecho un autorretrato, hasta que un día decidió que posaríamos todos juntos ante un espejo, pero él no se atrevió a levantar la mirada, fija, como siempre en su cámara, y no aparecía aura alguna.

Cuando se estaba muriendo, en la larga noche de su agonía, mi madre permanecía a su lado en silencio, sin lágrimas, también ojerosa y cansada, y de pronto se levantó como una autómata, regresó con la cámara de mi padre en las manos, la enfocó hacia su rostro como tantas veces le había visto hacer a él e hizo el disparo.

Él había recuperado por unos instantes la conciencia y había abierto los ojos, y no fue el terror ante la muerte lo que se reflejó en aquella fotografía sino el horror a que la cámara captara, a través de  su aura, la verdad de su alma.

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