Póquer literario

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Jardines

Yo era un hombre tranquilo y algo solitario, es cierto, pero feliz, y seguro de mi mismo, de quien era yo.

Vivía en mi finca, un poco alejada del pueblo, con mi fiel Sait, aquél cachorro que llegó un día con un perdigonazo en una oreja y se quedó conmigo para siempre. Mis tierras bien trabajadas, mis jornaleros satisfechos del trato y el salario, mis cosechas suficientes para un buen pasar y mi visita cada dos meses a Mariela, por aquello de que un hombre necesita de vez en cuando un desahogo. Bueno, realmente yo no sentía tanta necesidad de las blancas carnes de Mariela, que, a veces, incluso me daba miedo, tan hermosa, tan fuerte, tan grande, cuando se desnudaba delante de mi.

Fue un compromiso, al Alcalde le dio por programar un cursillo de jardinería y horticultura para entretener a unas cuantas solteronas desocupadas que parecían aburrirse. Aquello estaba bien visto, organizar actividades y cosas así.

Nadie estaba libre por aquel entonces, o al menos tan libre como yo, para impartirlo, y el jardín que rodeaba mi casa llamaba la atención, de él me encargaba yo personalmente, y me vi. metido en aquello, teniendo que compartir cada día cuatro horas con cinco mujeres que se pasaban más tiempo hablando de sus cosas que pendientes de la poda o de las plagas de los rosales, que usaban las herramientas como un adorno más de su atuendo y reían por todo, sin parar.

Nunca había tratado a las mujeres de cerca, quiero decir a aquella clase de mujeres, mi madre era un recuerdo lejano de mi infancia, no tuve hermanas, ni amigas. Mi mundo era masculino, hombres con los que compartir la marcha de la economía y la política local, con los que cazar o jugar a los naipes en el Casino, solo hombres, camaradas con los que dar la talla.

Y casi sin darme cuenta empecé a sentirme cómodo con la cháchara banal, hablando como ellas, identificado con sus pequeños problemas de cada día, comentando la textura de una blusa o el encaje para un cuello en una camisa de organiza. Ellas no eran como Mariela, no me asustaban, era su igual.

Hoy me he probado un antiguo vestido de mi madre, me veo bien, pero creo que tendré que rasurarme un poco.

La hipótesis


.- Madre, ¿qué haces aquí?, ¡no entres, no mires!, cierro y nos vamos juntos tú y yo, papá nos estará esperando en casa, ¿verdad?; papá sentado como siempre en su sillón rojo, dispuesto a preguntarme cómo me ha ido en el Hospital, si ya me han hecho el contrato, si el Profesor Goyanes ha tenido en cuenta el trabajo que le presenté.

Y tendría que decirle una vez más, que no ha leído los más de dos mil folios que he estado redactando este último año. Que no se ha parado a considerar ninguna de mis hipótesis de investigación para proporcionarme los medios de llevar a cabo alguna de ellas.

Ya no soporto que papá adopte esa actitud expectante cuando regreso a casa y  me mire después con esa pesadumbre que le nubla los ojos cada vez que ve frustrada su esperanza de que su hijo sea conocido en el panorama científico.

.- No te asustes, madre, ¡no te dije que no miraras, que tú no entiendes de estas cosas!.

Ahora iremos a casa y papá se vendrá conmigo, y desde aquí llamaremos al Dr. Canellas, el neurólogo, y quizás también al Dr. Rovira, el patólogo.

Quiero que papá esté presente cuando ellos comprueben que al menos esta hipótesis es cierta, que la privación de oxígeno en el cortex  conduce irreversiblemente a la destrucción de las neuronas, incluso de los cerebros más brillantes, como el del ilustre profesor Goyanes Espín, Catedrático de Neurocirugía.

Miradas

– Clara, no deberías…

.-Ya lo sé, madre. Solo he abierto la ventana por que ¡hace tanto calor!.

Por la noche ella es mía, su cuarto es acogedor, la luz hace brillar los colores, sobre la moqueta verde destaca su pequeña toalla roja, amapola sobre trigo, acrílica y urbana, pero llena de vida . En mi casa, la luz es fría a pesar del calor;  de noche, me aterran más aún las paredes desnudas y las mesas vacías donde todo está muerto.

.- Clara, es tarde, acuéstate ya, mañana no habrá quien te despierte.

.- Ya voy, madre. No tengo sueño todavía.

Ella busca algo en un mueble:  quizás un perfume para agradarle a  él, quizás unas copas para ambos, quizás un libro para ella, entreteniendo la espera.

Quiero verle llegar, atisbar su abrazo de bienvenida, percibir el deseo en sus ojos y incluso oír sus risas cómplices y lejanas cuando apaguen la luz del mirador para irse juntos a la habitación, imaginar que soy él y vivir con ella una nueva noche de amor  sucio y oscuro.

.- Clara, levanta, tienes café caliente en la cocina.

.- Sí madre, ahora mismo.

El sol salió hace rato, hay un rectángulo de luz en la pared, ella se ha vuelto para no despertarse todavía, para no verle ya vestido y ya ausente a pesar de estar rozándola, olvidado de ella para no dolerse tanto de tener que dejarla. Con un poso de  amargura  y de culpa.

.- Clara, ¿qué haces?, ¿no te has vestido todavía?, vas a llegar tarde al trabajo.

.- Enseguida estoy, madre, no te preocupes.

La luz de la mañana ha acabado con la magia de su encuentro. Ahora es mi momento, el momento  en que le  muestro mi cuerpo desnudo y erguido al sol. Me demoro fumando un cigarrillo para que me contemple. No voy a volverme, él me está mirando y  me desea. Con el día,  imagino que soy ella,  y que él es mío  para vivir un claro y limpio amor .


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Un comentario el “Póquer literario

  1. El que más me ha gustado, el último. Original, como siempre, buen final, como siempre, psicología a raudales, como siempre… Como siempre, no sé explicar bien por qué me gusta un poquito más que los demás.

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