Propuesta 13:el vecino extraño

EL VECINO DEL TERCERO DERECHA

Arminda y María Graciela, las dos colombianas que, con sus familias habían alquilado el segundo izquierda, se ofrecieron a Vicente, el hijo de Domi, Don Titín como ellas le llamaban, para hacerse cargo de la limpieza.

Ellas procuraban mantener decentemente cuidados la escalera y los rellanos, el ascensor, el portal y demás espacios comunes. No es que luciera mucho la tarea realizada en un entorno viejo y desgastado como aquel. Los mármoles habían dejado de brillar hacía ya tiempo y los metales exhibían marcas de óxido resistentes a los mejores productos del mercado, pero las dos mujeres se afanaban en su labor deseosas de agradar al vecindario. Se encargaban de ello los martes y los viernes.

Titín, que actuaba como Presidente de la Comunidad de Vecinos, por ser de los más antiguos habitantes de la casa y por su buen carácter contemporizador a la hora de dirimir pequeñas controversias, había aceptado de buen grado la propuesta deseoso como siempre, de hacer un favor a quien lo precisara. Hubo alguna objeción por parte de Doña María Luisa que no consideraba adecuado que un vecino se ocupase de tareas de servicio, pero dicha opinión fue desestimada.

Arminda y María Graciela, venidas desde Boyacá con sus maridos, primos hermanos que habían conseguido al fin los papeles de residencia y trabajaban en la construcción, eran afables, llevaban a sus hijos limpios a la escuela del barrio y se hacían de querer.

Llevaban desde el domingo notando un olor extraño en la escalera, pensaron en humedades provenientes del pequeño cuarto donde estaban los contadores del suministro de agua, junto a la antigua portería que ahora se utilizaba para almacenar los útiles de limpieza. Miraron allí, pero estaba seco. Pensaron entonces el algún ratoncillo atrapado en el fondo de la caja del ascensor, pensaron en un pájaro caído sobre el mismo a través de la claraboya,  y  subieron a casa de Don Titin a pedir la llave que les permitiera acceder a estos espacios.

Fue entonces cuando se percataron de que era desde aquel rellano de donde partía el desagradable olor que se extendía por todo el inmueble. Titín tuvo que reconocer que lo había notado pero no creyó que estuviera relacionado con la vivienda de enfrente exactamente, esperaba que la limpieza habitual de los martes resolviera el problema.

Mientas las dos mujeres hablaban con Titin en el vestíbulo de la casa, Domi que andaba silenciosa extendiendo el mantel sobre la mesa y colocando vasos y cubiertos para la comida intervino súbitamente en la conversación:

.- Queden tranquilas, que esto es cosa mía.

Titín miró a su madre, extrañado ante la contundencia con que había pronunciado aquellas palabras, ahora que ya se había acostumbrado a tener a su lado a una anciana que se apoyaba en él para cualquier gestión por sencilla que fuese: llamar al fontanero, cambiar una bombilla fundida, reparar la televisión o pasar por la Caja a comprobar si se habían cargado en cuenta los impuestos.

Arminda y María Gabriela también se miraron sorprendidas, pero su instinto que les inclinaba a no crear ni crearse problemas, les aconsejó dar media vuelta tras saludar a ambos, dejando claro que ellas habían cumplido con su obligación.

Cuando se cerró la puerta tras ellas, Domi se encaminó cansinamente hacía su habitación, rebuscó en el cajón de la mesilla de noche y de allí, de debajo de la hoja de papel de seda  blanco que ahora amarilleaba y  que siempre había cubierto el fondo, extrajo la llave que celosamente había guardado Aventina, su madre, desde hacía cincuenta años.

Titin desde la puerta observaba a su madre y le pareció extrañamente rejuvenecida, y se vio a si mismo, con cinco años, agarrado a las faldas de su abuela asomado al umbral de la casa de enfrente percibiendo un universo distinto, como si aquella vivienda, simétrica a la de su madre, contuviera en su misma simetría el negativo de su propia vivienda, y de su propia vida.

Aventina le dejaba apenas atisbar aquel mundo demasiado oscuro, demasiado cerrado, como si temiera que el niño se contaminase de una atmósfera pútrida a pesar de sus limpiezas periódicas, una atmósfera cuya putrefacción, ahora, por fin traspasaba la gruesa puerta de mobila del tercero derecha.

Domitila se negaba tercamente a entregar la llave a Titin como éste le pedía, la fidelidad a un secreto servilmente guardado parecía dotar a la anciana de unas nuevas fuerzas. Pero Titin también se sentía diferente y quizás por vez primera se enfrentó a su madre adoptando una actitud tan estereotipadamente masculina que Domi se replegó en segundo plano.

Cuando Titin hizo girar la llave en la cerradura y abrió la puerta el inconfundible olor de alimentos en descomposición les golpeó en la cara. Demasiado identificaban ellos, con toda su vida pasada en el Mercado Central, el ácido dulzón de la fruta pasada, el fétido amoniacal de los huevos podridos y el escatológico vapor de la carne que comenzaba a agusanarse.

Venciendo la náusea, Domitila entró en el comedor y tal como ya se esperaba vio la mesa servida como para un banquete. Las copas de fino cristal tallado alineadas, todavía brillaban bajo las luces de una lámpara de Tiffanis que pendía del techo, los platos de filete dorado estaban perfectamente colocados sobre su posaplatos de plata,  entre los tres tipos de cubiertos que los circundaban, y en el centro, en un jarrón negro de porcelana china, un marchito ramo de doce rosas rojas rendía sus tallos blandamente .

Al fondo del pasillo, el balcón seguía entreabierto con las persianas venecianas echadas y el sol del medio día dibujaba renglones sobre las baldosas, las cortinas de encaje se balanceaban levemente con la ligera brisa de la primavera  y los muebles diseñados en los talleres de un discípulo de Gaudí, allá por los años treinta, creaban fantasmagorías de volutas y curvas imposibles.

Domitila entró en la cocina y, como tantas veces hiciera su madre, buscó un mandil grande y muy despacio comenzó a introducir los despojos en el horno del viejo fogón de carbón que permanecía aún desde que la casa fue construida . Titín había vuelto a casa en busca de unos guantes de goma y ahora sí se le escapó un grito atiplado que derivó en una blasfemia, ante la cantidad de víveres acumulada e irremisiblemente perdida.

Su madre, con una extraña resignación incineraba todos aquellos alimentos descompuestos mientras murmuraba con rabia:

–  Esta vez el señorito no ha podido con ella, es demasiado viejo.

– Y se ha vuelto a ir huyendo. ¡Si no le van a hacer nada!

Y ahora Domitila lloraba.

Titín no recordaba haber visto llorar a su madre jamás, de pronto sintió una rabia desconocida en su corazón, ese corazón lleno de mansedumbre por el que siempre le habían considerado un castrado, y casi levantando  en volandas a Domi la llevó fuera de aquel entorno en el que lo perverso se había materializado en aquel insoportable hedor, mientras seguía mascullando maldiciones que nunca había pronunciado en voz alta en presencia de la madre.

.- Esto no es cosa nuestra, mamá, hay que avisar a la Policía y en paz. ¿Quién coño es el señorito guarro que almacena mierda?, ¿por qué cojones hay que aguantar esto?.

.- No, hijo, no, yo lo limpio, ahora lo limpio, y cerramos la puerta, yo lo limpio, yo lo limpio, como hacía la abuela.

.- Pero, madre, ¿por qué?, ¿quién es?, ¿quién es?.

Y la voz de Titin atronaba en la escalera mientras empujaba a Domi por el rellano hasta su casa.

Domi se dejó caer exhausta en su mecedora del comedor, volvía a ser una pobre vieja de setenta y cinco años, el mandilón le cubría las enflaquecidas piernas hasta rozar el suelo y las manos enrojecidas buscaban inútilmente un pañuelo por debajo del mismo, en el bolsillo de su bata de casa.

Titín de pié frente a ella volvía también a sentirse débil y tierno, dudando en dirigirse al teléfono. Sin embargo la sensación recientemente experimentada de seguridad y dominio había sido como el despertar de unas posibilidades que había ido dejando agazapadas mucho tiempo atrás para configurar el perfil de un hombre sumiso y blando, como  creía que su madre quería que fuese.

Fue entonces cuando Domitila miró a su hijo también de forma diferente y le pidió que se sentara junto a ella, en la otra mecedora, como tantas tardes después de la comida, con el café servido entre ellos en una mesita de mimbre cubierta por un tapete de ganchillo. Solo que hoy la sopa se enfriaba en la  olla y ninguno de los dos tenía ningún apetito para sentarse a la mesa.

Domi comenzó a hablar de un tiempo lejano, de cuando había llegado la abuela Aventina a Valencia con la tía Teresa de dos  años y ella de siete. Solas y asustadas habían buscado un primer acomodo en casa de una prima lejana que tenía una tiendecilla de frutos secos por la calle Cabillers.

Domi recordaba aquellas primeras semanas de la ciudad, su madre con los ojos llenos de amargura manteniéndose fría y adusta, tratando de que las niñas molestaran lo menos posible a la prima Delfina y temiendo, al mismo tiempo que se perdieran por el dédalo de callejas estrechas y húmedas que configuran el barrio de Serranos si salían a jugar.

Pronto salió aquello de la portería, la criada del Sr. Monsonís la recomendó para que este y su socio Ibáñez-Cuesta le dieran el empleo en la finca que acababan de levantar en el solar de la vieja alquería de Montagut.

Domi  seguía hilando con los ojos bajos y la voz cansada, una historia que Titin no había escuchado nunca, porque su madre y su abuela parecían haber firmado un pacto de silencio sobre todo lo que había sucedido antes de que él naciera y le inventaran  aquella versión idealizada de un padre muerto en la cárceles franquistas sin de haber podido casarse y darle los apellidos.

El mito del padre héroe hacía mucho tiempo que había caído en la mente de Titin por un simple cálculo de cronología, pero su madre y el seguían manteniendo esa farsa entre ellos, como mantenían  tantas otras.

Diez años más tarde, cuando Domi tenía diez y siete y el país trataba de olvidar la pesadilla de la contienda, un caballero, chaqueta cruzada y fino bigote, preguntó por Aventina presentándose como el secretario del Sr. Montagut. Domi le miró con su habitual sonrisa descarada y fresca que chocó con la altivez displicente del secretario que se limitó a darle un sobre en el que figuraba el nombre de la madre.

Desde entonces Aventina comenzó a entrar en el tercero derecha dos veces a la semana.

– De nada me sirvió preguntar a la abuela, y por otro lado, demasiado ocupada estaba yo con mis propios asuntos .Ya sabes… tu padre, que murió en la cárcel.

– Más tarde, la abuela Aventina subía a dormir con nosotros, ¿te acuerdas?, yo me iba muy temprano a la Plaza y tu a la escuela, supongo que ella siguió abriendo el piso de vez en cuando.

– Cuando supo que iba a morir, de aquello malo que le salió en los intestinos, me dio por fin la llave y me hablo por vez primera del señorito Pablo Montagut. Su padre D. Pablo había localizado a la abuela por el cura de  la parroquia,  el padre Abel, el de San Esteban, ¿sabes?. Y después de la carta del secretario aquel tan estirado habló con ella en la Sacristía y le encargó que mantuviera limpio y siempre a punto el piso que  había comprado para el señorito Pablo que estaba estudiando para arquitecto en Barcelona.

-La abuela decía que habían traído muebles muy raros, que eran de los más modernos allí, pero que las sillerías y las camas parecían barcas,  los respaldos tenían como enredaderas en madera de  distintos colores  y los espejos no reflejaban las caras normales, sino como hundidas allá en el fondo oscuro.

-El señorito Pablo nunca venía, aunque una vez, un año, por  la Virgen de Agosto llegaron ya muy tarde de la casa de Montagut una cocinera y dos camareros y prepararon un banquete, y durante toda la noche las luces se quedaron encendidas, pero el balcón y las ventanas cerradas aunque era verano. Hasta que el martes siguiente, cuando la abuela subió a limpiar, tuvo que recogerlo todo y tirarlo a la basura sin que nadie lo hubiera tocado.

– Decían que el señorito Pablo tenía apalabrada la boda con una prima suya con la que solo hablaba cuando venía en las vacaciones.  A la abuela Aventina  se lo había comunicado con mucha ceremonia D. Pablo, para explicarle lo de la cena, que se había organizado para mostrar a la novia su futura vivienda. No le dijo más de por que no cenaron.

– Al final de ese mes, cuando fue a cobrar a la Sacristía como hacía siempre, escuchó al Padre Abel hablando con D. Pablo y la abuela entendió que se trataba del señorito, que llevaba muy mala vida en Barcelona.

– Se había juntado con unos cuantos que tenían torres por la Bonanova y montaban fiestas a donde se hacían traer chiquillas muy jóvenes, casi niñas de la parte del Carmelo y del Guinardó. Gitanitas muertas de hambre a las que, por cuatro perras podían hacer daño de veras, porque parece que gastaban droga y les gustaba ver sufrir.

– Todos eran ricos, gente importante y la policía nunca intervino, y si lo hizo se tapó todo hasta que murió la chiquita con la que habían estado encerrados tres días.

– El señorito Pablo había llegado a Valencia en el tren de la mañana y había dicho en casa que quería fijar ya la fecha de la boda. D. Pablo pedía consejo al padre Abel porque el Gobernador Civil de Barcelona había avisado a un  cuñado de D. Pablo, que era algo muy importante en la Audiencia de Valencia de que las cosas se habían puesto  ya muy serias. El padre Abel parecía muy preocupado aunque D. Pablo no  se inmutaba y hablaba de recurrir al Arzobispo, si era preciso para acelerar las cosas.

– Cuando salió de la Sacristía no esperaba encontrar a la abuela, plantada con su mandil tan estirado, y su mirada tan valiente y tan limpia llena de horror. Se incomodó mucho, pero hizo valer su poder y su influencia. Amenazó a la abuela con denunciarnos, porque yo …,  porque tu, Vicente, llevas mis apellidos y porque la tía Teresa, bueno,  porque ya sabes que lo que tiene con Elena, es lo que es… y con quitarle la portería y no sé cuantas cosas más.

– Eran malos tiempos, hijo, y podían perjudicarnos mucho. Podíamos perderlo todo, la portería, el puesto del mercado, el taller de Elena. Ellos lo tenían todo en sus manos y nosotras nada.  Ellos tenían vicios, que siempre se tapaban unos a otros, pero nuestra forma de vivir tenía que estar bendecida por la Iglesia. Mierda de Iglesia.

– La abuela siguió limpiando la casa, los de Montagut ya no prepararon más cenas para el señorito y aquella novia que nunca llegó a venir a cenar. No sé si él se fue al extranjero o que pasó. A la abuela le pagaba D. Abel hasta que dejó de hacerlo y ya no se abría el piso para nada.

– Desde que volvió he estado esperando, asustada, que me hablara, pero  no lo ha hecho, supongo que, el muy cerdo, ha buscado también por aquí chiquitas como aquellas de Barcelona, pero ahora ya no tendrá dinero. Debió acabar con todo aunque le quedarán las influencias, los conocidos.

– Yo he estado vigilando, porque duermo poco y nunca había traído a nadie. Por fin, la otra noche subió una putilla, una de esas chicas flacas y blancas comidas de la miseria y de eso que se pinchan. Se le debió quedar dormida por la droga y el muy cabrito debió pensar que estaba  muerta y se largó como entonces. Pero yo oí a la muchacha salir de madrugada.

– Soy demasiado vieja, tengo miedo,  como lo tuvo la abuela Aventina, ¿qué nos van a hacer si viene la policía?. Nos preguntarán, ¿qué pueden preguntarnos?.

Y en los ojos de la pobre anciana se pintaba la angustia.

Titín había escuchado en silencio a su madre, sus sentimientos habían recorrido toda una gama que iba desde la curiosidad inicial hasta la indignación, pasando por la humillación de saberse de la raza de los perdedores, de los que solo han podido obedecer y callar para sobrevivir, ocultando realidades consideradas como vicios por una sociedad retorcida y viciosa.

Comprendía por qué su abuela le había alejado de la vivienda de aquel señorito Pablo al que también llegó a idealizar a partir de aquella fantasmagórica decoración de lujo y de la aureola de una profesión de Arquitecto que nunca llegó a desempeñar, y al que ahora se permitía  despreciar y odiar.

– Miedo, madre, ¿de qué?, ¿miedo de hablar claramente de mi padre y de que le quisiste, miedo de reconocer que tengo aires de marica, miedo de aceptar que la tía Teresa es la única de la familia que ha sabido lo que es realmente el amor?.

Domi, junto a aquel hijo que se le revelaba de pronto tan  fuerte, tan  valiente y tan claro levantó la mirada para decirle:

– Anda, Vicente, llama a la Policía, que ya no se puede aguantar más este olor a podrido.

Carmen López León

Denia. Septiembre 2003

Responder

Introduce tus datos o haz clic en un icono para iniciar sesión:

Logo de WordPress.com

Estás comentando usando tu cuenta de WordPress.com. Cerrar sesión / Cambiar )

Imagen de Twitter

Estás comentando usando tu cuenta de Twitter. Cerrar sesión / Cambiar )

Foto de Facebook

Estás comentando usando tu cuenta de Facebook. Cerrar sesión / Cambiar )

Google+ photo

Estás comentando usando tu cuenta de Google+. Cerrar sesión / Cambiar )

Conectando a %s